<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?><FictionBook xmlns:l="http://www.w3.org/1999/xlink" xmlns="http://www.gribuser.ru/xml/fictionbook/2.0"><description><title-info><genre/><author><first-name>OPPEL, KENNETH</first-name><last-name/></author><book-title>(SHADE.02) - SUNWING</book-title><date/><lang>sp</lang></title-info><document-info><author><first-name>Biblioteca GUDU1000</first-name><last-name/></author><program-used>doc2fb</program-used><date>2009-10-08</date><version>2</version></document-info></description><body><section><title><p><strong>SUNWING</strong></p></title><subtitle>(Serie: "Shade", vol.02)</subtitle><subtitle>Kenneth Oppel</subtitle><p/><subtitle>1999, <emphasis>Sunwing</emphasis></subtitle><subtitle>Traducción: Alejandro Palomas</subtitle><p/><p/><p/><p/><p/><p/><p/><subtitle><strong>PRIMERA PARTE</strong></subtitle><p/><p/><p/><p/><p/><subtitle><strong>_____ 1 _____</strong></subtitle><subtitle><strong>PLENO INVIERNO</strong></subtitle><p/><p>Shade volaba por el bosque con las alas en perfecto equilibrio. Los olmos, los arces y los robles desnudos brillaban a la luz de la luna, con las ramas colmadas de carámbanos. Debajo de él, yacían los árboles derribados, como esqueletos de bestias gigantes. Los crujidos de la madera al congelarse llenaban el aire y, a lo lejos, Shade oyó un fuerte chasquido cuando otra rama se rompió y cayó al suelo.</p><p>Tiritaba. A pesar de que llevaba horas volando, seguía teniendo frío y el viento no dejaba de atravesarle el pelo negro y liso, calándole los huesos. Le entristeció pensar en los demás Silverwings, los Alasplateadas, que seguían durmiendo apretujados en Hibernaculum. Incluso aunque sus cuerpos a buen seguro resplandecían bajo una capa de escarcha, gozaban del calor en un profundo sueño invernal que los llevaría hasta la primavera. No habían querido acompañarle: decían que hacía demasiado frío y que era una aventura demasiado peligrosa. No les interesaba tanto como para embarcarse en aquel viaje. Que duerman, pensó Shade, entrecerrando los ojos al encontrarse una súbita ráfaga de viento. No tenían la menor curiosidad, ningún sentido de la aventura.</p><p>Shade iba en busca de su padre.</p><p>Y no estaba solo. Más de una docena de Silverwings zigzagueaban a su lado entre los árboles del bosque. Vio a Chinook volando a ras de la frondosa rama de un abeto y desprendiendo la nieve a su paso. Por encima de él volaba Ariel, la madre de Shade, que hablaba en voz baja con Frieda, la anciana jefe de la colonia. Había también otro murciélago a la cabeza del grupo, un macho llamado Ícaro que hacía las veces de guía. Shade esperaba que supiera hacia dónde se dirigía, aunque después de todo lo que le había sucedido últimamente le alegraba poder dejar que fuera otro quien, para variar, se pusiese al frente de la expedición.</p><p>--¿Tienes frío? -le preguntó Marina, que volaba a su lado.</p><p>--¿Yo? -respondió Shade, sacudiendo la cabeza y haciendo lo posible para impedir que le castañetearan los dientes-. ¿Y tú?</p><p>Marina arrugó su elegante y puntiaguda naricilla, como si la pregunta le hiciera gracia.</p><p>--No, pero estoy segura de que te he visto tiritar.</p><p>--Imposible -dijo Shade, y le devolvió una mirada igual de desconfiada-. De todas formas, tú tienes más pelo. ¡Mira cuánto pelo tienes!</p><p>--Bueno, soy mayor que tú -señaló Marina.</p><p>Shade gruñó. ¡Como iba a olvidarlo si ella no hacía más que recordárselo!</p><p>--Y los Brightwings, los Alasbrillantes, tenemos mejor pelaje -añadió Marina sin el menor titubeo-. Así es y así hay que aceptarlo, Shade.</p><p>--¡Mejor pelaje! -estalló Shade indignado-. ¡Lo que me faltaba por oír! Que sea más grueso no significa que sea mejor.</p><p>--Desde luego abriga mucho -dijo Marina intentando disimular una sonrisa.</p><p>Shade no piulo evitar sonreír a su vez. De todos los murciélagos que viajaban con él, Marina era la única que no era una Silverwing. Su pelaje era mucho más grueso y brillante, y resplandecía a la luz de la luna. Sus alas eran más estrechas y tenía unas elegantes orejas en forma de concha. La había conocido el otoño anterior, después de perderse durante su primera migración. Ella le había ayudado a llegar a Hibernaculum y reunirse con su colonia. Aunque Marina era una exasperante sabelotodo, Shade no podía por menos que admitir que le había salvado la vida en más de una ocasión.</p><p>Un copo de nieve le golpeó en plena espalda y Shade levantó la mirada, aguzándola hasta ver a Chinook que descendía balanceándose con una sonrisa de triunfo.</p><p>--Oh, perdona, Shade. ¿Te he dado?</p><p>--Muy gracioso, Chinook. De verdad te lo digo.</p><p>Shade se sacudió la nieve antes de que se le derritiera encima. Cuando ambos eran unos recién nacidos en Tree Haven, el Árbol Refugio -y de eso no hacía tanto tiempo-, Chinook le había tratado con el mismo respeto con el que se trata a una hoja machacada. Al fin y al cabo, Chinook había sido el cazador y volador más prometedor del grupo, y Shade no era más que el alfeñique de la colonia. Pero ahora, después de todas las aventuras de Shade, Chinook había decidido que quizá merecía que le dirigiera la palabra.</p><p>--Chinook, ésa no es forma de tratar a un héroe -dijo Marina, con un destello de júbilo en la mirada.</p><p>Shade suspiró. ¿Un héroe? Desde luego no era así como se sentía. Quizá sí lo había sido la primera o la segunda noche tras su llegada a Hibernaculum, cuando todos escuchaban sus historias. Pero después, en cierto modo las cosas volvieron a la normalidad. Comía, bebía y dormía como los demás, y volvió a sentirse como siempre. A decir verdad, había esperado algo más. ¿Qué tenía que hacer para ganarse cierto respeto? Había conseguido escapar de las palomas y de las ratas, de los buhos y de los murciélagos caníbales. Había recorrido túneles bajo tierra y sobrevivido a tormentas eléctricas. ¡Y había volado a plena luz del día!</p><p>Y ahora le lanzaban nieve a la cabeza.</p><p>Los héroes no permiten que nadie les tire nieve a la cabeza.</p><p>Hizo una mueca al ver a Chinook descender hasta colocarse junto a Marina. A Chinook le gustaba la compañía de la Brightwing, eso saltaba a la vista. Durante las últimas noches se había desviado de su ruta para volar junto a ella y dormía a su lado durante el día. Lo más increíble era que a Marina eso no parecía importarle. La nieve era probablemente su forma de impresionarla, pensó Shade con un bufido, y parecía funcionar. ¡Ahí estaba ella, todavía riéndose! A veces, cuando los miraba desde lejos, Shade la oía reír por algo que Chinook había dicho, una risa cantarína que no había escuchado antes. Marina no se reía así con él y eso le volvía loco. ¿Qué podía ocurrírsele a Chinook que fuera tan gracioso? No era tan agudo como para resultar gracioso. ¿Estarían riéndose de él?</p><p>--He estado pensando en esos murciélagos caníbales -dijo Chinook-. En Goth y en Throbb.</p><p>--Ahá -dijo Shade.</p><p>--Y creo que habría combatido contra ellos.</p><p>Shade tensó las orejas, indignado.</p><p>--No. Chinook. Te habrían comido.</p><p>¿Cuántas veces tendría que repetírselo? No había manera de convencer a Chinook de que no habría sido capaz de vencerlos si se hubiera enfrentado a ellos.</p><p>--Eran enormes -le dijo Shade.</p><p>Chinook ensanchó las aletas de la nariz con despreocupación.</p><p>--¿Cómo de enormes?</p><p>--Así de enormes -dijo Shade maliciosamente, y envió una ráfaga de sonidos directamente a las orejas de Chinook, dibujando en su mente una imagen ecosonora de Goth atacando con el hocico totalmente abierto y por el que asomaban dos cordilleras idénticas de goteantes dientes, y agitando sus alas de un metro de longitud, sudorosas, hinchándose...</p><p>Esta imagen que habían creado los sonidos destelló en la mente de Chinook durante una mínima fracción de segundo, pero fue tan repentina y tan horripilante que éste soltó un chillido y viró hasta ir a dar contra la copa de un abeto, quedando cubierto de nieve.</p><p>--¿Era realmente necesario hacer eso? -preguntó Marina a Shade.</p><p>--Oh, me parece que sí.</p><p>--Buen truco -farfulló Chinook, sacudiéndose la nieve de los hombros.</p><p>--¿Todavía crees que podrías plantarles cara? -preguntó Shade.</p><p>--Bueno, podríamos haber luchado contra ellos en Hibernaculum. Allí somos miles.</p><p>--No -intervino Marina-. Habrían esperado hasta que os hubierais dormido y os habrían comido uno a uno durante el invierno. Ese era su plan. Y habrían ido directos a por ti, Chinook. Hay mucha carne sobre esos huesos.</p><p>--Bueno, es todo músculo -dijo Chinook, orgulloso-. No tengo nada de grasa -añadió, frunciendo el ceño ante la idea de convertirse en comida-. Aún creo que podría haber...</p><p>--En fin, están muertos, así que nunca lo sabrás -le interrumpió Shade, impaciente.</p><p>--Throbb desde luego -dijo Marina-, le vimos convertirse en cenizas. Pero, en cuanto a Goth, lo único que vimos fue que le alcanzaba un rayo.</p><p>--No hay ninguna posibilidad de que haya sobrevivido -dijo Shade, y se sorprendió al escuchar lo ansiosa que sonaba su voz; deseaba con todas sus fuerzas estar en lo cierto. Recordaba claramente el cuerpo carbonizado de Goth cayendo en picado, atravesando la nube de tormenta. No era capaz de olvidar a los dos caníbales, que todavía le acosaban en sueños. Goth le sujetaba contra el suelo y Shade podía sentir cómo con su peso le aplastaba el pecho mientras le echaba su rancio aliento. Entonces Goth bajaba la cabeza y la acercaba a la de Shade para susurrarle cosas al oído, cosas terribles de las que él nunca se acordaba cuando se despertaba al anochecer. Y daba gracias por ello.</p><p>--Tiene que estar muerto -musitó.</p><p>--Espero que no te equivoques, es todo lo que puedo decir -dijo Marina. Miró la cicatriz que la mandíbula de Goth le había dejado en la muñeca. También Shade había resultado herido: había sufrido dos cortes en el ala. Aunque las heridas habían sanado, todavía le escocían con el frío cuando volaba. Y a menudo se sorprendía mirando atrás por encima del ala, casi esperando ver la monstruosa silueta de Goth.</p><p>--Ya no queda mucho.</p><p>Era la voz de Ícaro, que volaba por delante de ellos.</p><p>--Deberíamos llegar a la pradera dentro de poco. Una vez allí sólo estaremos a una hora de vuelo. Eso es lo que dijo Cassiel.</p><p>Shade irguió las orejas cuando oyó mencionar el nombre de su padre. La primavera anterior antes incluso de que él naciera, Cassiel había salido en busca de un extraño edificio humano, no muy lejos de Hibernaculum, y no regresó jamás. Los buhos le habían matado: eso fue lo que todos creyeron. Pero al llegar el otoño, mientras volaba hacia el sur con Marina, Shade conoció a un murciélago albino llamado Céfiro, que tenía la capacidad de escuchar el pasado, el presente y el futuro.</p><p>Y había dicho que Cassiel estaba vivo.</p><p>Shade sabía muy poco acerca de su padre. Sólo que los humanos le habían anillado... y que había querido averiguar desesperadamente qué significaba eso. Debió de pensar que hallaría las respuestas en aquel edificio. Y Shade estaba seguro de que era allí donde por fin encontraría al padre que aún no conocía.</p><p>De pronto, Shade vio arriba, delante de él, a Frieda que con su ala izquierda y en silencio hacía señales de peligro, y él de inmediato viró hacia el árbol más cercano con Marina, clavó las garras en la corteza helada, se dejó caer cabeza abajo, plegó bien las alas e intentó parecer un carámbano. Por debajo de él oyó a los demás buscando refugio a toda prisa y luego se hizo el silencio.</p><p>--¿Ves algo? -le susurró a Marina.</p><p>Ella negó con la cabeza. Con sumo cuidado, Shade barrió los árboles con ultrasonidos, viendo cómo los ecos que recibía dibujaban imágenes en su mente.</p><p>Ahí estaba.</p><p>Con su blanco plumaje, el buho estaba tan bien camuflado contra las ramas cubiertas de nieve que Shade podría haber pasado por alto su presencia con los ojos. Pero atrapado en la visión ecosonora de Shade, el buho centelleaba como el mercurio. Era un gigante alado cuyo tamaño alcanzaba fácilmente cuatro veces el suyo: un amasijo mortal de plumas, músculos y garras, y con los ojos, enormes como lunas, abiertos. Cincuenta aleteos más y se habría dado de bruces contra él. Debería haber estado más atento.</p><p>La simple visión del buho le llenó de odio. Durante millones de años los buhos habían patrullado los cielos al anochecer y al amanecer, asegurándose de que los murciélagos jamás vieran el sol. Por ley, si veían a un murciélago a la luz del día, podían cazarlo y matarlo.</p><p>Casi lo que le había ocurrido a él el otoño anterior. Recordaba claramente aquel anochecer: cómo había esperado, oculto, hasta poder echar un vistazo al sol naciente. Tenía que verlo. Y lo vio, un rayo cegador que todavía ardía con toda su gloria en su memoria. Pero lo que había ocurrido a continuación nada tenía de glorioso. Como venganza, los buhos redujeron a cenizas Tree Haven, el viejo asentamiento de su colonia donde se criaban los más pequeños. No pudo reprimir una mueca de dolor al recordarlo: las ruinas abrasadas y retorcidas de su hogar. Ese era el precio que había obligado a pagar a los demás por su ojeada al sol.</p><p>Miró airadamente al buho. Ahora ni siquiera los cielos nocturnos eran seguros. Apenas unos meses atrás, los buhos les habían declarado la guerra, convencidos de que estaban matando pájaros. Shade sabía con certeza que los únicos murciélagos que mataban pájaros eran Goth y Throbb, pero los buhos jamás le creerían.</p><p>--¿Qué estará haciendo ahí? -susurró a Marina.</p><p>Después de todo, estaban en pleno invierno, y aquel buho debería estar hibernando. Como nosotros, pensó Shade con una punzada de culpa. Había sido idea suya ir en busca de su padre en mitad del invierno, aunque no había sido consciente de lo tremendamente duro que iba a resultar vencer el sueño ni del frío que iban a pasar. Pero hasta Frieda había asegurado que los cielos estarían libres de buhos.</p><p>Y ahora ahí estaba ése, bloqueándoles el camino a través del bosque.</p><p>Aléjate, pensó Shade con rabia. Piérdete.</p><p>Pero el buho no se movía. Y tampoco estaba solo. Un sombrío ululato surgió de entre los árboles y a Shade el corazón le dio un brinco. El primer buho devolvió la llamada y empezó a rotar lentamente su enorme cabeza.</p><p>Un buho podía ser mala suerte. Dos ya era preocupante.</p><p>--¿Centinelas? -susurró Shade.</p><p>--¿En pleno invierno? -dijo Marina.</p><p>--Quizá estemos cerca de alguna guarnición, o quizá de algún punto de hibernación.</p><p>--Normalmente no ponen vigilantes en invierno. Puede que nos estén buscando -añadió apesadumbrada-. Hay que tener una razón de peso para no respetar la hibernación.</p><p>Shade se estremeció. Si esos dos buhos estaban despiertos, ¿cuántos más habría? Y ¿qué estarían planeando?</p><p>--Sobre las copas de los árboles -sugirió Shade-. Podríamos volar por encima de ellos.</p><p>--No. Mira.</p><p>Shade miró hacia donde ella le indicaba y a través de las ramas desnudas de los árboles alcanzó a divisar la silueta de un buho que volaba en círculos pequeños con la luna de fondo.</p><p>--Daremos un rodeo -dijo Shade-. No pueden haber puesto vigilantes por todo el bosque.</p><p>Tenía las garras enterradas en la corteza helada de la rama y estaba empezando a dejar de sentirlas. Las movió ligeramente y al hacerlo vio horrorizado cómo una enloquecida telaraña de grietas se dibujaba en la rama. Un largo bloque de hielo se desprendió de pronto, llevándose con él una docena de carámbanos. Cayeron al vacío y chocaron ruidosamente contra las ramas. Shade se revolvió para volver a asirse y miró al buho.</p><p>Este giró la cabeza bruscamente.</p><p>--Ni pestañees -le susurró Marina.</p><p>Shade oyó los ecos de rastreo del propio buho dándole de pleno y rebotando después, e intentó tensar el cuerpo para parecer un carámbano. Ser sondeado por aquella ave de rapiña y casi sentir sus bruscas oleadas de sonido contra su pelaje era una sensación horrible.</p><p>Shade esperó, deseando fervientemente que el buho atribuyera aquel ruido a la caída de algún bloque de hielo y se alejara. Pedazo de idiota, se dijo Shade, furioso. ¿No podías quedarte quieto? ¡Tenías que moverte y provocar una pequeña avalancha!</p><p>El buho alzó el vuelo y, batiendo sólo dos veces sus poderosas alas, llegó al árbol. Aterrizó en la rama donde estaban, y su poderosa pata se aferró a la madera con sus cuatro garras, a escasos centímetros de la cola de Shade. El cuerpo entero le pedía escapar, pero sabía que, si lo intentaba, en menos de un segundo el buho clavaría en él su pico ganchudo.</p><p>Shade miró a Marina, y se mantuvieron unidos con la mirada. Esperaba que también los demás Silverwings, que se habían repartido por las ramas inferiores, tuvieran la suficiente cordura para no moverse.</p><p>De pronto el buho saltó a una rama más baja, aterrizando bruscamente y provocando con ello una lluvia mortal de carámbanos. Sabe que estamos aquí, pensaba Shade horrorizado. Comprendió lo que estaba haciendo el buho: intentaba hacerles caer, o atraparlos durante la caída. El buho permaneció inmóvil y ladeo la cabeza. Saltó de nuevo a otra rama situada más abajo. Se desprendió más hielo. Giró la cabeza para poder ver lo que había debajo de la rama. No tardaría mucho en descubrir a los demás.</p><p>Entonces Shade se percató del carámbano. Colgaba de su rama, cerca del tronco, y era mucho más largo que la mayoría, ya que se alimentaba del hielo procedente de unas cuantas ramitas. Pendía directamente sobre la cabeza del buho. Rápidamente hizo sus cálculos.</p><p>Miró a Marina y señaló el carámbano con la cabeza.</p><p>--Despréndelo -articuló.</p><p>Marina frunció el ceño. ¿Cómo?, le preguntó con la mirada.</p><p>No había tiempo para explicaciones. Eligió una frecuencia que el buho no pudiera captar y concentró toda su atención en la base del carámbano. Durante las últimas noches se había dado cuenta de que no sólo podía ver cosas mediante el sonido y enviar imágenes sonoras a la mente de otros murciélagos, sino que también podía mover cosas con el sonido. Durante el día practicaba con hojas. Todavía no se le daba demasiado bien. Podía mover objetos ligeros y sólo un poco. Pero un carámbano...</p><p>Lo acribilló con sonido, tensando todo el cuerpo y cerrando los ojos con fuerza. El sudor le resbalaba por el pelo. Vio en su mente la base del bloque de hielo. Tomó aire con sumo cuidado y miró al buho.</p><p>Había saltado a ramas más bajas. Shade sabía que bajo la siguiente rama colgaban su madre. Frieda y Chinook. No tenía mucho tiempo. Proyectó toda su energía sobre la base del carámbano, logrando que oscilara. Oyó un débil chasquido, pero el carámbano no se soltó.</p><p>Intentó contener el aliento. Quizá bastara con otro intento. Pero antes de que pudiera detenerla. Marina avanzó a toda velocidad por la rama hacia el carámbano. La corteza crujía bajo sus garras, y Shade vio al buho alzar los ojos y clavarlos en ellos con odio. Luego agitó las alas y chilló en el preciso instante en que Marina chocaba con el carámbano.</p><p>Éste cayó en picado, girando hacia un lado y golpeando con fuerza al buho en la cabeza. El pájaro gigante vaciló un instante y a continuación cayó inconsciente al suelo del bosque, enredado en sus propias alas.</p><p>--Volad -gritó Frieda desde abajo, y de pronto estaban todos de nuevo en el aire. Shade volaba tras los demás, con Marina a su lado, aleteando con fuerza, deslizándose entre los árboles del bosque, rozando las flexibles ramas y creando una estela de nieve y niebla a su paso. Sabía que los demás buhos tardarían poco en acudir a investigar lo ocurrido.</p><p>De repente emergió del abrigo de los árboles y se encontró planeando sobre la pradera. Tuvo miedo. Allí estaban demasiado a la vista y aquel cielo abierto parecía venírseles encima. Instintivamente perdió altura, las alas casi rozaron las altas briznas de yerba. Se arriesgó y miró atrás: media docena de buhos volaban en círculos en el cielo, pero sus chillidos sonaban lejanos. Después de todo, quizá no los habían visto.</p><p>Volaron en silencio durante mil aleteos más, concentrados únicamente en aumentar la distancia que los separaba de los buhos.</p><p>Shade miró a Marina.</p><p>--Gracias por tu ayuda.</p><p>--De nada.</p><p>Un instante después Shade añadió:</p><p>--Aunque sabes que podría haberlo hecho sin ella.</p><p>Marina le miró con esa expresión tierna y pícara que empleaba para atormentarle.</p><p>--Por supuesto -dijo.</p><p>--¡Casi lo tenía!</p><p>--Pero no disponíamos de mucho tiempo, Shade.</p><p>Sabía que ella tenía razón, pero seguía enfadado consigo mismo por haber fracasado.</p><p>--Bueno, ¡intenta desprender un carámbano sólo con sonido!</p><p>Sabía que ella no podía hacerlo, por eso se lo decía. Al principio creía que todos los murciélagos podían mover cosas con el sonido. Pero Frieda le había dicho que no era así. Era una especie de don, una rara habilidad. Ella misma apenas podía hacer oscilar una brizna de yerba, y no desde muy lejos. Sin embargo, este último gran esfuerzo no había sido muy brillante. Casi se desmaya intentando partir aquel maldito carámbano.</p><p>--Vale -dijo Marina, girando sus orejas con desdén-, tú has usado todos tus estrafalarios trucos sonoros. Yo sólo me encargo de la parte aburrida, como asegurarme de que el carámbano caiga y dé al buho en la cabeza.</p><p>--Bueno, ¿y quién fue el primero en ver el carámbano?</p><p>--¿Y quién fue el que se movió y nos metió en todo este lío?</p><p>Shade contuvo el aliento, intentando encontrar una respuesta. En ese momento vio que Frieda daba la vuelta y se dirigía hacia ellos.</p><p>--A eso le llamo yo buenos reflejos -les dijo la anciana Silverwing-. Buen trabajo, chicos.</p><p>--No podría haberlo conseguido sin ella -dijo Shade generosamente.</p><p>--Oh, fue idea de él -susurró Marina-. Yo sólo ayudé.</p><p>Frieda sonrió levemente.</p><p>--Tanta humildad me conmueve.</p><p>Y se alejó de regreso hacia la cabeza del grupo.</p><p>Shade sintió un ala abriéndose paso contra la suya y al girarse vio a Chinook insertándose entre él y Marina. Suspiró, apartándose para hacer hueco al murciélago de mayor envergadura.</p><p>--Vaya, eso ha sido muy excitante -dijo Chinook-. Pero ya sabéis que podría habérmelas visto con ese buho.</p><p>--Vete a lamer un carámbano, Chinook -dijo Shade, y aceleró la marcha. No era sólo que quisiera librarse de Chinook, y de la risa cantarina de Marina, deseaba realmente escuchar lo que Frieda, Ícaro y su madre estaban diciendo. No le importaba dejar que, para variar, otro guiara al grupo, pero no soportaba la idea de que le excluyeran de los asuntos importantes.</p><p>Saludó a Platón y a Isis con la cabeza al pasar a su lado. Envidiaba a Chinook por tener con él a su padre y a su madre. A veces se sorprendía mirándolos durante el día, mientras los tres se acurrucaban y hablaban. Sin embargo, le agradecía a su madre que no estuviera constantemente dando la vuelta y volando hasta él para preguntarle si tenía hambre o frío, o si le dolía el ala, aunque debía reconocer que le gustaba verla volar por delante de él, a sólo unos aleteos de distancia. Se mantuvo detrás, abrió bien las orejas y se concentró.</p><p>--...para que los buhos no hayan respetado su hibernación. Me preocupa -oyó decir a Frieda.</p><p>--Están terriblemente cerca de Hibernaculum -dijo Ariel en voz baja-. ¿Creéis que...?</p><p>No terminó la frase, como si no tuviera valor para decir en voz alta lo que pensaba. ¿Qué?, se preguntaba Shade con ansiedad. ¿Acaso creía que iban a atacar Hibernaculum? Pero era un lugar secreto, ¿o no lo era? Los buhos no atacarían una colonia de murciélagos dormidos. Sería demasiado cobarde...</p><p>--Temo que estén concentrando sus tropas para la guerra -dijo Frieda con gravedad-. Y si deciden atacar durante el invierno, corremos todos un terrible peligro. </p><p>--Brutos sanguinarios -dijo Ícaro con rabia-. Los humanos nos ayudarán a luchar contra ellos. Esa es la promesa de los anillos. La Promesa de Nocturna.</p><p>Shade escuchaba atentamente con el corazón latiéndole con fuerza contra las costillas. En Tree Haven, Frieda le había hablado de Nocturna, el Espíritu Alado de la noche. Bajo tierra, en la cámara de los ecos, había visto las historias sobre la Gran Batalla de las Aves y las Bestias, y cómo los murciélagos fueron desterrados y condenados a vivir bajo los cielos de la noche por negarse a tomar partido en ella. Pero Nocturna prometió que algún día volverían a la luz del sol y dejarían de temer a los buhos. Y los anillos de los humanos eran una señal de esa Promesa: círculos perfectos y brillantes como el sol. Al menos eso era lo que Frieda y Cassiel creían. También Shade.</p><p>--Si los buhos declaran la guerra -dijo Ícaro-, los humanos son nuestra única esperanza. Cassiel lo sabía. Por eso quería hallar ese edificio.</p><p>--¿Con qué nos encontraremos cuando lleguemos? -oyó preguntar a su madre con cautela.</p><p>--¿Qué opinas tú, Shade?</p><p>Shade dio un brinco cuando Frieda le miró por encima del ala. Se había percatado de su presencia desde el primer momento.</p><p>--Me preguntaba cuánto tardarías en unirte a nosotros -dijo su madre con una sonrisa irónica.</p><p>--Ven, acércate -dijo Frieda-. Cassiel es tu padre y puede que no hubiéramos emprendido este viaje de no haber sido por ti. O por ti, Marina.</p><p>Shade se volvió y vio a Marina volando justo detrás de él. ¡Así que también había estado escuchando! ¡Era típico de ella querer enterarse de todo cuanto él sabía! En un primer momento sintió una punzada de enojo, pero en seguida se avergonzó. Después de todo lo que Marina había hecho por él, todavía deseaba ayudarle a encontrar a su padre. Y tenía tanto interés como él en descubrir el secreto de los anillos. Al fin y al cabo, pensó con envidia, en otro tiempo ella había llevado un anillo, antes de que Goth se lo arrancara del antebrazo.</p><p>--¿Y si Cassiel no está allí? -preguntó Ariel.</p><p>Shade miró a su madre, horrorizado. También él se descorazonaba cuando le asaltaba esa duda, pero siempre conseguía sofocarla. Cuando la oyó en boca de su madre, sintió un escalofrío de pánico.</p><p>--Pero tiene que estar ahí -dijo, esperando que le tranquilizaran-. Tiene que estar...</p><p>Vio la dulce sonrisa de Marina y guardó silencio, sintiéndose como un crío. Lo único que sabía era que su padre estaba vivo. En algún lugar. El instinto le decía que le encontraría en el edificio de los humanos.</p><p>--Deberíamos estar preparados para sufrir una decepción -dijo Frieda-. Pero esperemos lo mejor.</p><p>Un susurro de sonido rozó la cara de Shade, que irguió las orejas, poniéndose alerta.</p><p>--¿Oís eso? -dijo.</p><p>--Será el viento -dijo Marina.</p><p>--No, suena como...</p><p>--Yo también lo oigo -suspiró Frieda-. Sí. Voces.</p><p>Shade tensó sus largas orejas y viró bruscamente hacia la derecha, intentando localizar el sonido. Sin duda se trataba de voces de murciélagos, pero eran tan débiles que no conseguía entender lo que decían. Era como estar de nuevo en la cámara de los ecos, oyendo aquellas antiguas corrientes de sonidos e intentando atraparlas antes de que se desvanecieran.</p><p>--¡Ahora yo también lo oigo! -dijo Marina.</p><p>--¡Y yo! -dijo la madre de Shade.</p><p>--Seguidme, Silverwings -oyó gritar a Frieda.</p><p>Shade ignoró el resto de sonidos que le llegaban del exterior y rastreó las voces. Ahora se oían con más claridad, formando un torrente semejante a un río de aire.</p><p>--¡Mirad! -oyó decir a Ícaro.</p><p>Delante de ellos, el prado se perdía en una suave curva, y esparcida por el valle vieron una radiante superficie de luz y sonido. De repente, las voces de los murciélagos parecían elevarse desde aquel lugar, cruzando el aire hasta ellos: una misteriosa sinfonía, desconcertante aunque irresistible y melodiosamente atrayente.</p><p>--¿Qué dicen? -preguntó Marina sin salir de su asombro.</p><p>Shade negó con la cabeza. Era imposible saberlo. ¿Qué más daba?</p><p>--Quieren que vayamos -dijo entusiasmado-. Eso de allí debe de ser el edificio de los humanos. ¡Vamos!</p><p>Shade se lanzó en picado valle abajo, y pronto distinguió unos muros y un horizonte de tejados coronados por resplandecientes torres metálicas. La música que producían las voces de los murciélagos era tan sobrecogedora que el edificio parecía tejido a partir de aquel deslumbrante sonido. Era la cosa más bella que había oído o visto jamás.</p><p>¡Es esto lo que buscaba mi padre! Shade estaba seguro de que allí encontraría las respuestas que anhelaba. De ahí venían las voces. ¡Y era allí donde estaba su padre! Pero ¿cómo entraría? Las voces le guiarían. Avanzó totalmente entregado a ellas y dejó que siguieran atrayéndole hacia donde estaban.</p><p>Con Marina pegada a la punta del ala, sobrevoló el enorme tejado. A juzgar por su brillo oscuro y suave, Shade supuso que estaba hecho de cristal, aunque no podía ver nada a través de él, ni siquiera una sombra en movimiento o un resplandor de luz.</p><p>Las voces seguían atrayéndole hacia el extremo más alejado del tejado, y allí el sonido era tan intenso que dibujó en su mente un halo de luz cegadora.</p><p>--¡Es aquí! -gritó a los demás.</p><p>Justo debajo del tejado, en lo alto del muro, había una abertura redonda. De allí emergían las voces de los murciélagos. Sin dudarlo un instante, Shade voló hacia la abertura, frenó y aterrizó dentro. Se encontró en una especie de túnel por el que se arrastró a toda prisa.</p><p>--Shade, quizá deberíamos esperar...</p><p>Era Marina, que había aterrizado a su lado.</p><p>--Vamos, ¡están todos ahí dentro!</p><p>No había duda de que las voces deseaban que entrara. ¡Tenía que entrar!</p><p>Se arrastró por el túnel con dificultad, y de pronto sintió que el suelo cedía bajo el peso de su cuerpo. Ese coro de hermosas y melodiosas voces se extinguió de pronto. Shade sintió un fogonazo de aire caliente en las orejas y se precipitó al vacío. Antes de que pudiera abrir las alas o aferrarse con las garras se vio propulsado al interior de otra abertura. En un segundo sus alas estaban ya desplegadas y él volando en círculos, mirando con asombro lo que tenía ante sus ojos.</p><p/><p/><p/><p/><p/><p/><subtitle><strong>_____ 2 _____</strong></subtitle><subtitle><strong>UNA VOZ EN LA CUEVA</strong></subtitle><p/><p>Goth, renqueando, surcaba el cielo.</p><p>Hacía dos noches que volaba en dirección al sur y sus alas, chamuscadas por el rayo, le hacían estremecer de dolor en cada aleteo. Por lo menos ya no había nieve en el suelo y cada noche que pasaba el aire era ligeramente más cálido. También el paisaje, ahora llano y pantanoso, estaba cambiando. Por primera vez, Goth vio en el horizonte algunas estrellas que le eran familiares, retazos de constelaciones bajo las que había crecido en la selva. El corazón le dio un vuelco. Pronto estaría de nuevo en casa, entre los demás Vampyrum Spectrum. Rezaría a Cama Zotz en el templo sagrado y se recuperaría.</p><p>De momento, sus alas magulladas hacían de él un murciélago lento y torpe, y muchas presas se le escapaban. A pesar de eso, se las ingeniaba para atrapar las suficientes para sobrevivir: algún ratón aturdido aunque bien alimentado o un gorrión en su nido, oculto bajo una bóveda de ramas. Una noche estaba tan hambriento que incluso comió algunos insectos, pero le dieron tanto asco que estuvo a punto de vomitar. Como siempre, eran murciélagos lo que ansiaba, pero había visto muy pocos y no sabía si sería lo suficientemente rápido para darles alcance, teniendo en cuenta la debilidad de su estado.</p><p>Volaba con suma cautela por los cielos nocturnos, y eso era algo que odiaba. Antes de ser alcanzado por el rayo nunca había tenido miedo, era el amo de la noche. Pero ahora no era más que una criatura lisiada. La idea de tener que enfrentarse a un buho en esas condiciones no le hacía ninguna gracia.</p><p>Y aún le preocupaban más los humanos.</p><p>Habían estado buscándole. En una ocasión habían logrado localizarle con su máquina voladora y le alcanzaron con sus dardos somníferos. Y hacía sólo unas noches creyó oír el rítmico zumbido de su máquina y estuvo esperando, conteniendo el aliento, a que el ruido se alejara.</p><p>Shade y Marina, aquellos dos murciélagos enanos del norte, eran los culpables de su desgracia. Probablemente le habían dado por muerto, como a Throbb. Y es que, si alguien merecía ser incinerado por un rayo, ése era Throbb. Al menos Goth ya no tendría que seguir soportando sus lamentos.</p><p>El cielo empezaba a clarear por el este y Goth barrió el paisaje con sus señales sonoras en busca de un refugio. Divisó una hendidura en una colina rocosa y voló agradecido hacia ella. Echó un vistazo al interior de la hendidura usando su visión ecosonora y vio que se encontraba ante un vasto entramado de cuevas. Encantado, se adentró aún más y descubrió que, contrariamente a lo que esperaba, la temperatura iba aumentando a medida que se adentraba, hasta que se vio envuelto por un calor deliciosamente tropical que provenía, según percibió, de unos orificios que había en el suelo de piedra, como si surgiera directamente del centro de la tierra. ¡Hacía tanto que no sentía un calor así!</p><p>Esploró con su visión ecosonora el techo de las cuevas. Qué raro que no hubiese allí ningún murciélago colgado. Parecía un lugar muy apropiado para ellos. Había esperado encontrar comida en abundancia. Aunque se estaba tan calentito que no podía sentirse defraudado.</p><p>Atraído por el calor y por algo más que le hacía señas en las lindes de su mente, deseó internarse en las cuevas, volar más adentro y descender a sus profundidades. ¿Qué era esa sensación que le arrastraba? A pesar del sueño y de lo mucho que le pesaban lo párpados, no dejó de volar. ¿Le llevaría esa llamada al centro mismo del Inframundo?</p><p>La oscuridad era casi total y Goth volaba dejándose guiar sólo por su visión ecosonora mientras se le cerraban los ojos. Por fin llegó a una cueva grande y redonda de la que no salía ningún otro pasadizo y se prendió, exhausto, del muro mientras el sueño le envolvía de inmediato en sus alas sedosas.</p><p><emphasis>--Goth.</emphasis></p><p>El susurro giraba alrededor de su cabeza.</p><p><emphasis>--Goth.</emphasis></p><p>--Estoy aquí -respondió amodorrado. ¿Estaba despierto o dormido? Entonces tensó el cuerpo. ¿Quién había allí? Quizá fuera sólo la voz del sueño. Pero le recorrió un escalofrío y el pelo del cuerpo se le puso de punta. Tenía los ojos abiertos, pero no veía nada. En la impenetrable oscuridad de la cueva no había más que sonido: los muros y el techo de roca ondulada brillaron en su mente con una luz tenue y plateada. Pero ahora veía algo más: una especie de corriente que se arremolinaba, lenta e hipnóticamente, abarcando toda la cueva. Una corriente de sonido en estado puro.</p><p>Goth veía atemorizado cómo la corriente, en constante movimiento, llenaba la cueva. El corazón le latía con fuerza.</p><p><emphasis>--¿Adónde vas?</emphasis> -susurró la voz.</p><p>--A casa -dijo Goth-. A la selva.</p><p>En las paredes y en el techo de la cueva iban dibujándose imágenes sonoras como jeroglíficos móviles: un jaguar, una serpiente emplumada, un par de ojos abiertos desprovistos de pupilas.</p><p><emphasis>--¿Quién soy?</emphasis> -preguntó la voz, rozándole los oídos.</p><p>A Goth se le heló el cuerpo. Sabía la respuesta, pero quería estar seguro. Quería pruebas.</p><p>--Muéstrate -dijo audazmente.</p><p>Las carcajadas retumbaron en todo el recinto.</p><p><emphasis>--No hasta que el sol haya muerto, Goth. Entonces me verás en todo mi esplendor.</emphasis></p><p>--¿El sol, muerto? -preguntó Goth, confundido.</p><p><emphasis>--¿Quién soy, Goth?</emphasis></p><p>--Sé quién eres -dijo, y vaciló, de pronto temeroso de pronunciar el nombre en voz alta, ahora que estaba en su presencia.</p><p><emphasis>--Dímelo.</emphasis></p><p>Goth tragó con dificultad.</p><p>--Cama Zotz.</p><p><emphasis>--Sssssí</emphasis> -se oyó la sibilante respuesta-.<emphasis> Los humanos te persiguen.</emphasis></p><p>--Lo sé. Pero no me cogerán.</p><p><emphasis>--Deja que lo hagan.</emphasis></p><p>--Pero son mis enemigos, mi Señor Zotz. Me trataron como a un esclavo. Se burlan de ti.</p><p><emphasis>--Creen que te están utilizando, pero serás tú quien los utilice a ellos.</emphasis></p><p>--No comprendo.</p><p><emphasis>--Ya lo entenderás.</emphasis></p><p>Goth guardó silencio durante un instante.</p><p><emphasis>--¿Eres mi sirviente, Goth?</emphasis></p><p>La voz, ahora menos tranquilizadora, le atravesó los oídos, acuchillándole la mente con su luz.</p><p>--Sí, mi Señor Zotz.</p><p><emphasis>--Entonces, obedéceme y serás rey.</emphasis></p><p>Y entonces fue como si todo el sonido hubiera sido aspirado de la cueva. Los ecos plateados se disolvieron y Zotz desapareció. Goth volvía a estar solo. Se le normalizó la respiración. El silencio era tan absoluto que dudó de que la conversación no hubiera sido sólo un sueño.</p><p>Dejarse atrapar por los humanos... ¡No tenía ningún sentido! Eran los humanos los que le habían capturado en su tierra para llevarle al norte, a su selva artificial, donde le habían encerrado. El Hombre, que le vigilaba continuamente y le había clavado sus dardos. ¿Debía volver a pasar por eso? ¿Qué bien podía hacerle?</p><p>Sacudió la cabeza y proyectó ecos alrededor de la cueva vacía. Ya había tenido sueños antes, y también visiones, aunque ninguna tan real, en ninguna había sentido el aliento de Zotz en la cara ni había visto el remolino mismo de su presencia. ¿De verdad podía Zotz dar con él tan al norte? Quizá no era más que un sueño confuso. Ya le parecía irreal.</p><p>No pudo seguir luchando por permanecer despierto. Cayó en lo más profundo de abrasadores sueños sobre la selva, tan reales que podía oler la tierra y la piedra húmeda de la pirámide real. A su alrededor volaban los Vampyrum, aunque en cierto sentido le parecieron más pequeños, más flacos, y además algo en la selva no iba bien: los árboles, las enredaderas y las frondas estaban carbonizados y humeaban.</p><p>Goth dormía inquieto, sumergido en sus sueños. Había perdido por completo la noción del tiempo. Oyó su propia voz gritar de dolor y fue consciente de cómo se arrancaba enfurecido los anillos humanos que engalanaban sus antebrazos. ¿O lo estaba soñando? Se había librado de todos los anillos excepto de uno, aquel que el Hombre le había puesto en la selva artificial. Ese fue el único del que no consiguió deshacerse.</p><p>Volvía a soñar: esta vez tenía a Shade entre las garras, clavado al suelo.</p><p>--Voy a comerte el corazón -le dijo Goth. Abrió las fauces y las cerró sobre él.</p><p>Despertó. Y esta vez supo que estaba realmente despierto. ¿Cuánto tiempo había dormido? ¿Un segundo, un día? Ni siquiera tenía una idea aproximada. Movió las alas y al instante supo que no eran las mismas. Emitió sobre ellas una oleada de ecos y miró.</p><p>Todos los anillos humanos, excepto uno, habían desaparecido.</p><p>Y tenía las alas curadas.</p><p/><p/><p>Goth salió volando de la cueva y dibujó pequeños círculos en el aire, escudriñando el horizonte. El sur. La selva, su hogar. Todo su ser le empujaba hacia allí.</p><p>Pero las palabras de Zotz resonaron en su mente.</p><p>Tenía que ser obediente. Era un príncipe de la familia real, los Vampyrum Spectrum, y debía seguir las órdenes del dios murciélago. Y ¿qué había de su promesa de que sería rey?</p><p>Desplegó las alas, poniéndolas a prueba. Increíble. Hasta entonces estaban chamuscadas y llenas de cicatrices, y en algunos puntos la piel se había desprendido del hueso. Había llegado a pensar que nunca volvería a recuperarlas.</p><p>Y ahora estaba curado.</p><p>Sólo Zotz podía haber obrado un milagro así.</p><p>Zotz le había devuelto la fuerza para que pudiera cumplir sus órdenes. Siempre había cuidado de él: en la selva artificial y durante la tormenta eléctrica en la que le había alcanzado el rayo.</p><p>Viró las alas y voló en dirección norte.</p><p>Sabía que no pasaría mucho tiempo hasta que los humanos le capturaran.</p><p/><p/><p/><p/><p/><p/><subtitle><strong>_____ 3 _____</strong></subtitle><subtitle><strong>EL PARAÍSO</strong></subtitle><p/><p>Era verano.</p><p>El bosque se extendía hasta donde alcanzaban la vista y el oído de Shade. No era el bosque helado que acababa de dejar atrás, sino un bosque rebosante de vegetación: el rico follaje de los arces, olmos, hayas, robles y de la cicuta formaba una exuberante bóveda. Las flores silvestres se entrelazaban en las ramas, y Shade aspiró el aroma de la fruta madura. Percibió el susurro de un riachuelo que corría más abajo. El aire era cálido y sedoso, olía a tierra y a corteza, y estaba atestado de insectos. Sólo con oírlos, a Shade se le hizo la boca agua. Pero ¿cómo podía hacer calor en pleno invierno? ¿Dónde estaba? Confundido, levantó la mirada. Las estrellas que tan bien conocía brillaban en un cielo resplandeciente.</p><p>Pero no estás fuera, tuvo que decirse a sí mismo. Estás dentro. Se dio cuenta de que estaba viendo el cielo nocturno a través de un techo de cristal, el mismo que, duro como una piedra, le había devuelto su visión ecosonora cuando estaba en el exterior.</p><p>Se revolvió en el aire al ver a Marina irrumpir por el mismo portal por el que él había entrado. A continuación, en grupos de dos y de tres, los demás Silverwings entraron impetuosamente en el bosque y Shade advirtió que había una especie de tapa metálica que se abría automáticamente para luego cerrarse de golpe tras ellos. Muy pronto todo el grupo estuvo dentro. Sobrevolaban en círculos la cúpula verde del bosque sin salir de su asombro.</p><p>--¿Es de verdad? -preguntó Marina conteniendo el aliento mientras volaba a su lado.</p><p>--Por el olor diría que sí -respondió Shade, y con mucha cautela se lanzó hacia la copa de un árbol, agitó una de sus hojas con la punta del ala y luego se posó sobre una rama. Clavó las garras en la madera.</p><p>--Y al tacto también parece de verdad.</p><p>Era increíble: ¡un bosque vivo dentro de un edificio! Después del terrible frío invernal, Shade notó que sus huesos empezaban a entrar en calor. Se sentía más ligero.</p><p>De pronto una polilla tigre pasó volando por delante de sus narices como un destello, y Shade, irguiendo las orejas, no pudo resistirse.</p><p>--¡Shade! -oyó gritar a su madre detrás de él, pero Shade ya había alzado el vuelo, y caía en picado entre los árboles tras su presa. Siguió aproximándose, entusiasmado, a la polilla tigre, haciendo caso omiso de la barrera de ecos que ésta emitía para confundirle. Más cerca, más cerca... y se detuvo de golpe, envolviendo a la polilla con la cola y llevándosela a la boca. Tras semanas comiendo sólo pulgas de nieve y capullos de oruga, la polilla le supo tan bien que casi se desmayó.</p><p>Descendió hasta sobrevolar un rápido y burbujeante arroyo, encantado al ver que el agua no estaba congelada. En el exterior se había acostumbrado a beber nieve, estremeciéndose de dolor mientras se le deshacía entre sus dientes. Voló entonces a ras del agua, rozando la superficie con la boca y dejando que el líquido se le deslizara deliciosamente por la garganta.</p><p>Luego ganó altura y vio a cientos de murciélagos dando vueltas con curiosidad a su alrededor: Graywings, o Alasgrises, Brightwings y Silverwings que le observaban fijamente. Había también Small-foots, Fringes, Long-ears y otras variedades de murciélagos que jamás había visto.</p><p>--¡Bienvenido! -le saludaron-. ¡Bienvenido, recién llegado!</p><p>--¿Ha sido largo el viaje?</p><p>--¡En pleno invierno!</p><p>--¡No esperábamos a más murciélagos hasta la primavera!</p><p>En ese momento Shade sintió como si le arroparan entre sus alas y le elevaran a través de la densa cúpula del bosque hasta devolverle junto a Marina, Ariel y los demás. Había allí aún más murciélagos -quizá miles- volando en círculos a su alrededor, acosándolos a preguntas. Algunos, como Shade no tardó en apreciar, estaban anillados, aunque la mayoría no lo estaba. Todos parecían muy amistosos y sinceramente encantados de verlos.</p><p>--¿Qué lugar es éste? -preguntó Frieda.</p><p>--El paraíso.</p><p>La voz provenía de una murciélago Hoary que en ese momento ascendía hacia ellos. Shade vio que se trataba de una vieja murciélago, aunque no tanto como Frieda. Tenía el pelaje gris jaspeado, con pequeñas franjas plateadas en el pecho y en la espalda, una barba corta y pálida que terminaba en una punta afilada y unos ojos negros salpicados de puntos blancos que hacían su mirada tremendamente penetrante. En su antebrazo izquierdo brillaba un anillo humano.</p><p>--Mi nombre es Arcadia.</p><p>--Soy Frieda Silverwing. Venimos de Hibernaculum, a dos noches de viaje hacia el este.</p><p>--Vuestra llegada nos llena de alegría -dijo Arcadia-. Ahora acompañadme, acomodaos junto a mí y dejad que os lo explique todo.</p><p>Arcadia los condujo hasta un arce con abundantes ramas entrelazadas y los Silverwings se agruparon en torno a ella. Shade se colgó junto a Marina, y reprimió un gruñido cuando Chinook encontró un sitio al otro lado de ella.</p><p>--Espero que esto no lleve mucho tiempo -oyó susurrar a Chinook-. Tengo hambre.</p><p>Shade fijó la mirada en Arcadia mientras ella se frotaba las alas y las plegaba cuidadosamente. Luego giró la cabeza para incluirlos a todos en su campo de visión, mirándolos uno a uno, y Shade no pudo evitar un leve temblor cuando aquella mirada se posó en él. Los ojos de Arcadia eran inteligentes, incluso hermosos, pero había en ellos cierta dureza. Quizá fuera sólo el efecto de aquellas motas blancas, como pizcas de mica centelleando en una roca.</p><p>--No tenéis de qué preocuparos -dijo Arcadia con una sonrisa-. Aquí todos recordamos lo confuso que fue al principio. Resultaba demasiado inesperado, demasiado asombroso. Pero podéis desechar todos vuestros temores. Vuestro viaje ha terminado. Como veis, los humanos han creado para nosotros el hogar perfecto. Los árboles nunca pierden sus hojas y el arroyo nunca se hiela. El aire es siempre cálido como el de una noche de verano, con tantos insectos como jamás podréis llegar a comer.</p><p>--¿Cuántos murciélagos hay aquí? -preguntó Frieda.</p><p>--Al menos varios miles, de distintas colonias.</p><p>Shade y su madre se miraron y él supo lo que Ariel estaba pensando. Miles de murciélagos, y uno de ellos tenía que ser Cassiel. Deseó marcharse del árbol cuanto antes y sobrevolar el bosque en su busca. Sus garras se clavaban inquietas en la corteza de la rama. Era un tortura saber que su padre estaba allí y no poder ir a encontrarse con él en seguida.</p><p>--Llegamos desde refugios situados a millones de aleteos de distancia unos de otros, del este y del oeste -continuó Arcadia-. Pero teníamos dos cosas en común. Creíamos en el secreto de los anillos. Y oímos la llamada.</p><p>--La llamada -dijo Frieda-. ¿Te refieres a las voces que se oían desde el exterior del edificio?</p><p>--Sí. Voces que reclamaban nuestra presencia. Mi grupo fue el primero en llegar, de eso hace unos dos meses -había un poco de orgullo en su voz-. El bosque estaba vacío, esperándonos, como si Nocturna lo acabara de crear.</p><p>Shade frunció el ceño.</p><p>--Pero, entonces, ¿de dónde venían las voces? -soltó. Por la forma en que Arcadia dirigió sus ojos hacia él, Shade comprendió que no aprobaba que un murciélago tan joven hiciera preguntas. Shade se miró las garras, incómodo. Nunca se le había dado demasiado bien mantener la boca cerrada-. Quiero decir que, si el bosque estaba vacío, ¿cómo pudisteis oír voces de murciélagos?</p><p>--Eso -dijo Arcadia- es un misterio -y el tono en que lo dijo daba por zanjada la cuestión.</p><p>--Y ¿no había aquí otras aves u otras bestias? -quiso saber Frieda.</p><p>De repente Shade fue consciente de que el cielo iba clareando sobre sus cabezas. En cualquier otro bosque, el amanecer era señal de que pronto los buhos empezarían a patrullar el cielo, los pájaros despertarían en sus nidos y los mamíferos empezarían a husmear el aire en busca de comida. Pero Arcadia no parecía en absoluto preocupada. Volvía a sonreír.</p><p>--Por supuesto que no -respondió-. Los humanos han ideado para nosotros un refugio perfecto. Por eso no hay buhos ni ninguna otra ave. Tampoco mamíferos. Salvo murciélagos.</p><p>Las palabras salieron de la boca de Shade antes de que pudiera contenerse.</p><p>--Pero ¿por qué? -preguntó-. ¿Por qué han construido este lugar para nosotros?</p><p>--Para cumplir La Promesa de Nocturna -dijo sencillamente Arcadia-. Venid conmigo.</p><p>Los guió hasta las ramas más altas del árbol y desde allí Shade vio que el cielo empezaba a clarear al tiempo que una potente franja de luz se extendía por la parte más oriental del horizonte. Como atraídos hacia allí, los demás murciélagos del bosque se elevaban entre el follaje para agruparse cerca del techo, algunos colgándose en los árboles más altos y otros sin dejar de volar en círculos, excitados, observando con atención. El crujido y el rasgar de sus alas llenó el aire.</p><p>--¡Mirad! -susurraban con febril expectación.</p><p>El amanecer. Shade observaba, atónito, cómo la luminosa silueta del sol dibujaba una curva sobre el lejano horizonte. Se acordó de cuando, meses atrás, en los bosques del norte, y siendo todavía un recién nacido, había arriesgado la vida por presenciar ese espectáculo. El recuerdo del buho que había intentado darle caza, su olor y el sonido de sus alas, se agitó con tanta fuerza en su mente que no pudo evitar mirar atrás por encima del hombro, simplemente para asegurarse de que estaba a salvo. Vio la misma mezcla de ansiedad y de temor en los rostros de los demás murciélagos de su colonia, incluso en el de Frieda.</p><p>Millones de años sin sol y ahora lo veían elevarse en el cielo con una gracia regia, arrastrando jirones de niebla desde el horizonte. En una ocasión, Shade había volado a plena luz del día, pero nunca había visto el sol ascender por el horizonte. Los murciélagos se habían sumido en un silencioso ensueño mientras el sol se alzaba en toda su gloria como un flameante disco de luz en el cielo.</p><p>Shade miró a su alrededor y observó los rostros extáticos vueltos hacia arriba. La luz del sol bañaba sus pelajes y sus ojos centelleaban. Y pensó que para ellos debía de ser un ritual reunirse para ver el amanecer.</p><p>Cuando miró a Marina fue como si la viera por primera vez. Su pelo era tan luminoso, tan suave y resplandeciente... Parecía una criatura nueva surgida de la luz. Marina volvió hacia él sus ojos brillantes, en los que se reflejaban dos diminutos soles, y sonrió. Shade le devolvió una débil sonrisa y desvió la mirada, sorprendido e incómodo.</p><p>El sol parecía transformarlo todo, revelando detalles en los que él nunca había reparado: las nervaduras de las hojas, las sombras dibujadas en la corteza de los árboles. Shade deseó volver a tocarlo todo de nuevo. El mundo parecía ser más de lo que había sido hasta entonces. Volvió a mirar al sol y le sorprendió comprobar que no era necesario entrecerrar demasiado los ojos. Frunció el ceño.</p><p>--El sol es más brillante que esto -susurró a Marina.</p><p>Ella asintió.</p><p>--Sí, lo recuerdo.</p><p>Cuando habían volado bajo su luz cegadora para escapar de Goth y de Throbb, él ni siquiera había podido mirarlo de frente sin sentir dos pinchazos terriblemente dolorosos que le traspasaban las cuencas de los ojos.</p><p>--El tejado lo filtra de algún modo -dijo, y se acordó de que, desde el exterior, se apreciaba en él un brillo oscuro.</p><p>Arcadia se elevó en el aire y voló en círculos a su alrededor con los ojos rebosantes de luz.</p><p>--Ya lo veis -dijo-. ¡La Promesa se ha cumplido! ¡Ahí está el sol! Y podemos mirarlo. Podemos volar bajo su luz y no temer nada. No hay buhos ni otros animales que puedan cazarnos. ¿Lo veis? ¡El sol vuelve a pertenecemos! ¡Nuestro destierro ha terminado!</p><p>Shade siempre había pensado que habría una guerra contra los buhos. ¿Cómo, si no, iban a poner fin a su destierro y ganarse el derecho a volar a la luz del sol? Jamás habría imaginado que sería así: un mundo perfecto creado para ellos por los humanos.</p><p>--Y ¿los anillos? -dijo Frieda-. ¿Cuál es su significado?</p><p>--Cuando me anillaron me hacía constantemente esa misma pregunta -dijo Arcadia-, como seguramente os habrá ocurrido a muchos de vosotros. Pero estos anillos no son objetos mágicos en sí mismos. No sirven para diferenciar a los buenos murciélagos de los malos. No compartimos con los humanos un lenguaje común, de modo que los anillos son un vínculo de unión entre nosotros, un signo de amistad, un símbolo de La Promesa. Son prueba de que los humanos juegan su papel en la llegada del día. Nocturna hizo La Promesa. ¡Los humanos la han hecho realidad!</p><p>Shade sonrió cuando su madre y él se miraron por encima de las copas de los árboles.</p><p>--Vamos a buscar a tu padre -le gritó Ariel.</p><p>El corazón le latió con fuerza. En algún lugar de aquel inmenso bosque estaba su padre, podía sentirlo.</p><p>--Hemos venido a buscar a alguien -dijo Ariel a Arcadia-. Un Silverwing anillado llamado Cassiel.</p><p>Arcadia se instaló en una rama y pareció pensativa.</p><p>--Cassiel. Han venido tantos, deja que intente... -alzó la voz y gritó entre las copas de los árboles-: ¿Hay algún Cassiel Silverwing entre nosotros? ¡Corred la voz!</p><p>A Shade se le pusieron los pelos de punta de pura excitación cuando oyó el nombre de su padre extenderse por el bosque como una onda por el agua. No podía estarse quieto, necesitaba elevarse. Voló hasta el mismísimo techo y se quedó escuchando.</p><p>--¡Cassiel! ¡Cassiel Silverwing! ¿Está aquí? Cassiel... Cassiel... Cassiel... -hasta que las voces fueron apagándose gradualmente, desvaneciéndose en el silencio. Shade sintió cómo le latía la sangre en los oídos. Buscó a su madre con la mirada. Ariel tenía el rostro expectante y las orejas tensas en espera de la respuesta.</p><p>Nunca llegó.</p><p>Tras unos instantes angustiosos, Arcadia dijo con suavidad:</p><p>--Lo siento.</p><p>--Gracias -dijo Ariel plegando lentamente las orejas contra su cabeza.</p><p>Shade oyó voces compasivas a su alrededor que le decían, a él y a su madre, que lo sentían, que lo sentían mucho, pero para Shade no eran más que ruido. Miró a Arcadia.</p><p>--No, tiene que estar aquí -insistió, y su propia voz le resultó ensordecedora-. Vino aquí la primavera pasada. ¡Había oído hablar de este lugar! Tiene que haber venido aquí... incluso antes que nadie. ¡Está aquí!</p><p>--Mi grupo fue el primero en llegar -dijo Arcadia con firmeza-. No había más murciélagos en el bosque, y no recuerdo a ningún Silverwing con ese nombre. Siento tener que daros malas noticias, pero debéis intentar estar agradecidos por el paraíso que habéis encontrado aquí.</p><p>Shade la miró enfadado y se alejó volando con los ojos cegados por las lágrimas. Se zambulló violentamente en la espesura de las ramas, se colgó de una de ellas e intentó pensar con calma. No iba a llorar, desde luego que no. Rastrearía el bosque por sí mismo para asegurarse. Esa estúpida murciélago barbuda no lo sabía todo. Probablemente ni siquiera era una anciana jefe, sólo una vieja arpía que se daba aires de importancia.</p><p>Cuando su madre llegó y se colocó a su lado, Shade no pudo mirarla. Sabía que, si descubría su propia pena reflejada en los ojos de su madre, se echaría a llorar.</p><p>--Está vivo -dijo Shade apretando los dientes-. Eso es lo que dijo Céfiro.</p><p>--Quizá Céfiro se equivocara. No podemos pasarnos la vida buscándole.</p><p>--¿Por qué no?</p><p>--Eres tan inquieto... igual que él -dijo Ariel-. Todo viaje tiene su final, Shade.</p><p>--¿Te estás dando por vencida? -preguntó Shade, asombrado.</p><p>--Darme por vencida -suspiró Ariel-. ¿Es eso en realidad? Muchos de nosotros hemos perdido a nuestros compañeros. Es una de esas inevitables crueldades.</p><p>Shade odiaba que fuera tan sensata. ¿Cómo podía pensar con tanta sensatez?</p><p>--No me considero tan desafortunada -dijo-. Te tengo a ti. Y a mi edad todavía puedo tener más crías.</p><p>Shade la miró fijamente, sin salir de su asombro.</p><p>--No, no puedes.</p><p>Ariel se rió dulcemente, pero Shade sintió cómo le ardía la piel bajo el pelaje, como si volviera a ser un bebé y acabara de decir algo ridículo.</p><p>--¿Cómo sabes que tu padre no ha hecho lo mismo en algún otro lugar?</p><p>--Él no lo haría.</p><p>Su madre no dijo nada. Tiene razón, pensó Shade tristemente. ¿Qué sé yo? En realidad no sé nada sobre mi padre. Nunca llegué a conocerle y quizá nunca lo conozca. Y de pronto se puso furioso.</p><p>--Siempre está un poco por delante de mí. ¿Por qué no aminora la marcha y nos ayuda dándonos una señal, dejándonos algún mensaje? He hecho un viaje de millón de aleteos para esto, y él ni siquiera...</p><p>Su voz fue apagándose poco a poco, a sabiendas de que lo que decía no tenía ningún sentido, pero ya no podía contener por más tiempo la frustración y la decepción que guardaba dentro. Si supiera a ciencia cierta que su padre estaba muerto podría superarlo, y al menos tendría la sensación de haber terminado con algo, de que ya no había nada más que hacer, nada de lo que preocuparse. Se preguntó si su padre deseaba que le encontraran. ¿Demasiado egoísta incluso para pensar en su compañera y en su hijo? ¿Es que no quiere encontrarme?, pensó desesperado.</p><p>--Puede que nunca llegara hasta aquí -apuntó Ariel-. Quizá los buhos le atraparan durante el viaje; o puede que haya ido -suspiró y desvió la mirada- a algún otro sitio.</p><p>--Lo que no entiendo es cómo puedes darte por vencida -dijo Shade.</p><p>--Creo que ya es hora de que nos ocupemos de otras cosas -dijo Ariel mirándole-. No olvides que tienes que cuidar de Marina.</p><p>Shade replicó con amargura:</p><p>--Oh, creo que se le da bastante bien cuidar de sí misma. Ya es más popular que yo. Tendrías que ver cómo Chinook está todo el tiempo a su lado... -se interrumpió y miró a su madre, sobresaltado-. ¿A qué te refieres cuando dices que tengo que cuidar de ella? Muchas veces pienso que no le gusto.</p><p>--Para ella no es fácil. No es una Silverwing y no quiero que se sienta como una extraña entre nosotros. No tiene a nadie más.</p><p>Shade asintió, incómodo.</p><p>--Ya lo sé, ya lo sé.</p><p>Cuando conoció a Marina, ella vivía sola. La habían expulsado de su propia colonia porque había sido anillada. Pensaban que los anillos estaban malditos y que les traerían mala suerte. Incluso sus padres la repudiaron, cosa que a Shade le parecía increíblemente dolorosa. Después de llegar juntos a Hibernaculum, Marina se había planteado volver a su propia colonia, ahora que ya no llevaba el anillo. Pero se había quedado. Shade sonrió al recordar cuánto se alegró cuando Marina aceptó la invitación de Frieda para que se quedara con ellos. Luego frunció el ceño.</p><p>--Se ha adaptado perfectamente -murmuró. Ariel la trataba como a una hija, y Shade era consciente de que a Marina le gustaban los cuidados de su madre por la manera en que ronroneaba cuando Ariel la peinaba. A Chinook le gustaba Marina y ella parecía devolverle las atenciones. Y tampoco se le escapaba que algunos de los machos la miraban con admiración. Probablemente a causa del soberbio pelaje de los Brightwings, pensó arrugando la nariz. Sin embargo, las jóvenes hembras no parecían tan entusiasmadas de tenerla en la colonia, aunque ¿qué más daba? Marina no parecía sufrir en absoluto.</p><p>--Se le da bien ocultar sus sentimientos -dijo Ariel, como si le estuviera leyendo el pensamiento-. Lo que intento decirte es que no la pierdas de vista.</p><p>--Sí, claro -dijo Shade. Su madre volvía a hacer que se sintiera como un ignorante recién nacido, y eso era algo que detestaba. Ni siquiera sabía por qué estaban hablando de Marina. Quería hablar de su padre.</p><p>Ariel le acarició la mejilla con el ala.</p><p>--Eres tan inquieto -dijo-. Deberías sentirte orgulloso por todo lo que has hecho, Shade. Sin ti, probablemente no habríamos conseguido llegar a este lugar. Nos has devuelto el sol, tal como tú querías.</p><p>Shade asintió, recordando la promesa que se había hecho tiempo atrás, pero el corazón le pesaba en el pecho como una piedra.</p><p/><p/><p>--Tenemos que decírselo a los que se han quedado en Hibernaculum -estaba diciendo Frieda-. Tienen derecho a saber lo que hemos encontrado aquí. Lo único que me preocupa es cuándo. ¿Volvemos ahora o esperamos a que llegue la primavera?</p><p>--Quizá para entonces los buhos ya hayan atacado -apuntó Ícaro, inflexible.</p><p>Shade se había instalado a escuchar cerca del burbujeante arroyo con Marina y los demás Silverwings de su colonia. Pero observaba atentamente los ojos de Arcadia, tan distintos de los de Frieda. Era evidente que a Arcadia no le gustaba que le hicieran preguntas y tampoco que le replicaran.</p><p>--Siento deciros que no será posible que regreséis a Hibernaculum -se limitó a decir Arcadia.</p><p>Shade sintió una oleada de indignación. ¿Quién era ella para decirles lo que podían o no hacer?</p><p>--No te comprendo -dijo Frieda sin alterarse.</p><p>--El resto de vuestra colonia ya ha hecho su elección. Decidieron no venir con vosotros.</p><p>--Pero cuando les hablemos de este lugar -dijo Frieda-, puede que cambien de opinión.</p><p>--Creo que este lugar fue ideado para aquellos que tuvieran la fe y el valor suficientes para salir a buscarlo.</p><p>--¿No te parece eso un poco intransigente?</p><p>La voz de Frieda seguía manteniendo la calina, pero Shade notó por el repentino crujir de sus alas plegadas que estaba molesta.</p><p>--Así lo quiso Nocturna. Y esto es lo que hemos elegido nosotros. La puerta sólo se abre en un sentido.</p><p>--¿Estamos atrapados? -gritó Shade.</p><p>Arcadia le dedicó una mirada burlona.</p><p>--Nadie puede estar atrapado en el paraíso. Este es tu destino final. Será mejor que lo aceptes, jovencito.</p><p>Shade se puso tenso. Jovencito. Probablemente he visto más cosas que tú, barbuda. Pero un grito de alarma había empezado a sonar en su mente. ¿Pasar ahí el resto de su vida, en ese único lugar? ¿Para siempre? El concepto le resultaba demasiado inabarcable para poder imaginarlo. Ni siquiera le había gustado la idea de tener que hibernar, y sólo eran tres meses. ¿Cómo podría quedarse ahí, o en cualquier otro lugar, para siempre?</p><p>--Tiene que haber una salida -murmuró, alejándose impulsivamente del árbol y ascendiendo hacia el techo. No le costó encontrar la abertura, y clavó las garras en la tapa metálica. No se movió, ni siquiera cuando la golpeó con el hombro. Rascó la piedra y el metal que rodeaban la abertura sin siquiera desprender una mota de polvo.</p><p>--Marina, Chinook -los llamó-, ¡venid a ayudarme!</p><p>--¡Basta! -le regañó con dureza Arcadia, volando hacia él-. Los humanos son los únicos que abren esas puertas. Me asombra este comportamiento terriblemente desagradecido. Mira a tu alrededor. ¿Qué ves? Un bosque generoso como jamás podrías encontrar. ¿Quién huye del paraíso?</p><p>--Si es el paraíso, ¿por qué no hay ninguna salida? -preguntó Shade con voz temblorosa.</p><p>--La puerta fue diseñada para mantenernos a salvo, para dejar fuera a nuestros enemigos.</p><p>Shade vio que Ariel, Marina y Frieda estaban ahora detrás de Arcadia e intentó leer en la expresión de sus rostros. Su madre parecía preocupada, pero ¿compartía su miedo o acaso pensaba que se estaba comportando indebidamente? Marina ni siquiera le miraba a los ojos. ¿Se avergonzaba de él? ¿Le juzgaba cobarde e infantil por desear encontrar una salida?</p><p>--Si la idea de vivir aquí te molesta -le dijo Arcadia, clavando en él sus ojos fríos y brillantes- quizá no deberías haber venido.</p><p/><p/><p>Goth oyó acercarse a los humanos.</p><p>El sonido de su máquina voladora zumbaba en el aire, y esta vez lo barrió con su visión ecosonora y voló directamente hacia el lugar de donde provenía. Poco después distinguía la silueta bulbosa de la máquina, justo delante de él, ribeteada de luz.</p><p>El ritmo de sus aleteos vaciló, aunque sólo durante un instante.</p><p>Zotz había vuelto a hacerle fuerte. Zotz cuidaba de él. Más que eso: Zotz le necesitaba para cumplir con sus designios. Él sería el rey de todos los Vampyrum Spectrum, y se llenaría la boca y el estómago con la carne de Shade Silverwing.</p><p>El morro de la máquina rugió delante de él, zigzagueando en el aire. Por la ventana abierta, Goth pudo ver al Hombre. Sabía que sería él, y le repugnó la visión de su barba roñosa y aquel párpado caído. Tenía una larga escopeta apoyada contra la cara y el hombro.</p><p>Goth apretó los dientes y esperó.</p><p>Sintió cómo el dardo se le clavaba en un costado del pecho y tuvo que reprimir sus instintos para no romper con los dientes la punta emplumada y salir volando.</p><p>Entonces el horizonte empezó a dar vueltas y Goth cayó.</p><p/><p/><p/><p/><p/><subtitle><strong>_____ 4 _____</strong></subtitle><subtitle><strong>UNA SALIDA</strong></subtitle><p/><p>Después de cinco noches en el paraíso, Shade todavía seguía buscando una salida.</p><p>Todas las noches volaba por el bosque, recorriéndolo por entero, sin cesar en su busca. Incluso ahora debía reconocer que era maravilloso, una mezcla de coniferas y de árboles frondosos, un suelo blando cubierto de musgo, flores silvestres y hierba, un arroyo deliciosamente caudaloso que serpenteaba a lo largo del bosque. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que el agua tenía un ligero sabor metálico. Escarpados peñascos -ya había comprobado que eran de piedra auténtica- rodeaban el bosque, elevándose hacia el techo de cristal muy por encima de las copas de los árboles. Había descubierto un buen número de diminutos portales, exactos a aquel por el que él había entrado, pero todos estaban herméticamente cerrados y resultaba imposible moverlos.</p><p>Sin embargo no pensaba darse por vencido. Tenía que haber una salida. No estaba seguro de que fuera a utilizarla todavía, pero de todos modos necesitaba saber que estaba ahí.</p><p>Voló a ras del techo, intentando localizar alguna corriente de aire frío, cualquier cosa que pudiera conducirle a una hendidura, un agujero, una posible salida. Nada, como siempre. Recorrió el bosque con la mirada. Sabía que tardaría meses en rastrearlo por entero, e incluso entonces algo podía escapársele.</p><p>Si por lo menos tuviera ayuda... pero los demás sólo querían dormir, y, cuando no dormían, se dedicaban a cazar perezosamente y a peinarse. Ariel le invitaba a dormir junto a ella, o a cazar, pero Shade la evitaba. Tenía cosas que hacer y le irritaba que su madre no sintiera lo mismo que él. Ariel no decía nada, pero Shade lo sabía. Allí era feliz, como todos los demás. Incluso Frieda pasaba casi todo el tiempo sobre su piedra favorita junto a un estanque, calentando sus viejos huesos al sol. ¿Por qué ya no se preocupaba por los que todavía seguían en Hibernaculum? Y ¿qué pasaba con los buhos? ¡También ella debería estar intentando salir de allí!</p><p>Marina había trabado amistad con un grupo de Brightwings y, cuando no estaba con ellos, estaba con Chinook. Era increíble. Cada vez que oía su risa cantarina le entraban ganas de morder las piedras. Al principio Marina le invitaba a que se uniera a ellos, pero Shade siempre se inventaba alguna excusa, y ella había dejado de invitarle. Se limitaba a dirigirle una sonrisa breve y tensa y se alejaba volando con los demás.</p><p>A su alrededor todos estaban felices y Shade se sentía como una hoja empapada.</p><p>--¿Todavía sigues buscando? -era Marina, que había alzado el vuelo tras él.</p><p>--Hmmm -gruñó Shade. Le echó una rápida mirada, preguntándose si intentaba mostrarse amistosa o simplemente se burlaba de él disimuladamente. Pero se alegraba de verla, sobre todo porque no tenía a Chinook detrás de ella. Hacía varias noches que no la veía sola.</p><p>--¿Qué tal lo estás pasando en el paraíso? -le preguntó Shade, incapaz de disimular el sarcasmo en su voz.</p><p>--Mejor esto que ser pasto de los buhos -contestó Marina con una sonrisa-. Venga, Shade, tómate un descanso. Tú te lo mereces más que nadie. Este lugar no está tan mal.</p><p>Shade quiso creerle y, por un momento, se sintió relajado. Quizá, al fin y al cabo, aquél fuera el final del viaje. Y ¿por qué no podía plegar las alas y disfrutar de un sueño largo y reparador? Sería muy fácil. Una polilla tigre revoloteó a escasos centímetros de su nariz y Shade frunció el ceño.</p><p>--¿Sabes de dónde proceden los bichos? -dijo distraídamente-. De esos diminutos agujeros que hay en los peñascos. Están por todas partes. Mira, ahí hay uno -se acercó volando al agujero y hurgó en él con la punta del ala-. Mira esto. Los bichos salen de aquí. ¿No te parece increíble?</p><p>--¿Y qué más da eso, Shade?</p><p>--Ni siquiera saben demasiado bien.</p><p>--¿Te estás quejando de la comida? ¿Preferirías estar fuera arrancando hongos congelados de un árbol?</p><p>--Reconócelo, Marina. El sabor de los bichos no es normal, y además todos saben igual. Los escarabajos no crujen como antes. Seguro que lo has notado.</p><p>--Puede que sí, pero ¿tan malo es? -dijo Marina, ceñuda.</p><p>--Es demasiado fácil cazarlos -murmuró Shade-. Hasta las polillas tigre están como atontadas. Todavía no se me ha escapado ninguna. Deberían resistirse un poco...</p><p>Shade se calló, sintiéndose infantil. Descendieron revoloteando hasta un árbol y se colgaron uno al lado del otro, guardando silencio durante unos instantes.</p><p>--Siento lo de tu padre -dijo Marina.</p><p>--Lo que no entiendo es cómo es posible que no esté aquí. Eso me hace pensar, no sé, que éste no es el lugar adecuado, que hemos cometido un error.</p><p>--A mí no me lo parece -dijo Marina-. ¿Por qué desconfías tanto? Te veo volando de acá para allá, buscando una salida. ¿Por qué no puedes simplemente disfrutar de esto?</p><p>--No puedo creer que éste sea el final correcto.</p><p>--Todo concuerda, Shade. La luz del día, habernos librado de los buhos, la ayuda de los humanos. La Promesa al completo.</p><p>--Lo sé, lo sé -replicó Shade irritado. También él lo había estado pensando, una y otra vez, como si masticara una piedra hasta convertirla en polvo, reduciéndola a la nada-. Pero ni siquiera el sol es el mismo. El sol brilla más. Tú lo viste conmigo, acuérdate.</p><p>--En el exterior era demasiado doloroso mirarlo. Aquí podemos disfrutar de él. Shade, ¿por qué iban los humanos a tomarse tantas molestias para construirnos este lugar?</p><p>--Ven -dijo Shade-. Te mostraré otra cosa que he descubierto.</p><p>Shade condujo a Marina volando sobre las copas de los árboles y se dio cuenta de que, por primera vez desde hacía noches, estaba feliz. Se sentía contento simplemente por tener a Marina a su lado como antes, cuando viajaban juntos a algún sitio. El recorrido no duró mucho. En su primera exploración había comprobado que el bosque era extraordinariamente largo, aunque relativamente estrecho. Enclavada en la pared de peñascos, por encima de las copas de los árboles, había una ventana alargada.</p><p>Y tras ella estaban los humanos.</p><p>Shade y Marina se colocaron justo encima de la ventana para poder colgarse cabeza abajo y echar un buen vistazo dentro. Había cinco humanos: dos estaban de pie y el resto sentados. Todos llevaban batas blancas. Se encontraban sólo a unos cuantos aleteos de distancia, al otro lado del cristal. Shade recordaba haber visto a los humanos, hacía mucho tiempo, rezando en la catedral de la ciudad. Los había admirado mucho: su estatura, su poder. Aquí parecían aún más formidables.</p><p>La habitación estaba bastante oscura y la luz procedente de varias superficies metálicas y luminosas les bañaba la cara y el cuerpo. Dos de ellos hablaban entre sí. Shade vio cómo sus bocas se movían. Aunque pudiera oírlos, sus palabras no tendrían para él el menor sentido. Los demás miraban por la ventana. Shade sabía que desde el punto estratégico donde estaban situados tenían a la vista casi todo el bosque.</p><p>--Nos observan -dijo Shade-. Quizá nos estén estudiando.</p><p>--Quizá -dijo Marina, evasiva-. ¿Y qué?</p><p>--Ése es el Hombre.</p><p>Shade movió su cabeza para mirar al macho humano que estaba de pie en el centro de la habitación, dando golpecitos con los dedos sobre una especie de máquina. Era alto y desgarbado, llevaba una barba negra y descuidada y tenía un ojo que parecía estar siempre entrecerrado.</p><p>--¿Qué quieres decir con eso de «el Hombre»? -estaba diciendo Marina.</p><p>--¿Te acuerdas de que Goth nos habló de él? ¿De cuando él y Throbb estaban en la falsa selva? Dijo que había un Hombre que los observaba todo el tiempo y que les apuntaba a los ojos con una luz y les clavaba dardos.</p><p>--No sabes si es el mismo.</p><p>--No, pero...</p><p>--Vale, supongamos que sea él. Cualquier humano que intente capturar a Goth y tenerlo encerrado me cae bien.</p><p>--Nos tiene encerrados a nosotros, Marina.</p><p>Marina se quedó callada durante un instante, y cuando habló había un cierto dejo de impaciencia en su voz.</p><p>--¿Por qué pierdes el tiempo pensando en Goth? Era un mentiroso. Quería destruirnos, a nosotros y a toda la colonia. Por lo que sabemos, se lo inventó todo. Quizá no hubiera ninguna falsa selva ni ningún Hombre.</p><p>--Goth y Throbb también estaban anillados. Y los humanos fueron a buscarlos en su máquina voladora. Casi me dan con uno de sus dardos, ¿te acuerdas?</p><p>--Claro que me acuerdo -dijo Marina, irritada. Suspiró-. No nos iluminan con sus focos ni nos clavan dardos. Arcadia lleva aquí dos meses y no le ha ocurrido nada malo. Todos parecen muy felices, ¿no crees?</p><p>--Muy felices -murmuró Shade. Miró fijamente a Marina-. ¿No tienes la sensación de estar prisionera?</p><p>--¡Eres tan desconfiado! ¿Es que no te parece suficiente que hayan creado este lugar para nosotros?</p><p>Shade sintió que estaba siendo desagradecido, pero no podía evitarlo.</p><p>--No, para mí no es suficiente. Quiero saber por qué lo han hecho.</p><p>--Y ¿cómo piensas averiguarlo? ¿No pretenderás que atraviesen ese muro de cristal para venir a hablar contigo?</p><p>--No estaría nada mal -le contestó Shade-. Si tan inteligentes son, ¿por qué no nos lo explican todo de una vez? Lo único que sabemos es que nos están reuniendo aquí. Quizá quieran algo de nosotros.</p><p>--Nadie nos obligó a entrar aquí -le recordó Marina-. Nosotros lo elegimos. No teníamos por qué hacerlo. Y tú fuiste el primero, ¿te acuerdas?</p><p>--Creía que encontraría a mi padre.</p><p>Marina suspiró.</p><p>--Lo lamento, Shade, pero yo aquí soy feliz. He sido una marginada durante tanto tiempo que lo único que quiero es... Mira, siento que aquí he encontrado un hogar, una familia. Ariel ha sido muy buena conmigo. Y tú también.</p><p>--Por no hablar de Chinook.</p><p>Se arrepintió de sus palabras en cuanto éstas salieron de su boca.</p><p>Marina le observó atentamente.</p><p>--¿No te parece bien que esté con Chinook? -preguntó con un leve aunque amenazante tono de ira en la voz.</p><p>--Olvídalo.</p><p>--No es que tú te hayas dejado ver mucho, Shade. Siempre andas volando por ahí, buscando grietas en los muros. O enfurruñado.</p><p>--No estoy enfurruñado.</p><p>--Bueno, como prefieras llamarlo.</p><p>--Estoy pensando. A veces lo hago, no como Chinook.</p><p>--Reconozco que él nunca llegará a convertirse en un sabio. No es especial -hizo un despectivo hincapié en esa palabra-, pero creo que tiene buen corazón.</p><p>--Bueno, si no puedes tener cerebro, es genial tener un buen corazón -bajo el pelaje, la cara le ardía de celos y de rabia-. Y no olvidemos lo divertido que es. ¿Por qué, si no, pasarías tanto tiempo con él?</p><p>--Bueno, también es guapo -dijo Marina con indiferencia.</p><p>--¿En serio? -dijo Shade, mientras su ira se tornaba en auténtico asombro. Chinook, guapo. Sin duda era grande. Fuerte, por supuesto. Buen volador y cazador. Pero Shade nunca había pensado que fuera guapo.</p><p>¿Seré yo guapo?, se preguntó, y al instante supo que no. Era demasiado esmirriado para ser guapo. A veces, cuando miraba la elegante silueta y el exuberante pelo de Marina, se sentía definitivamente feo.</p><p>--Tienes razón -le dijo a Marina con frialdad-. Es muy guapo.</p><p>Ella le miró de un modo raro y sacudió la cabeza.</p><p>--¿Sabes una cosa? Le caes bien. Él también está celoso de ti. ¿Sorprendido? Quizá hayas estado demasiado ocupado para darte cuenta -había en su voz una aspereza que sorprendió a Shade-. Demasiado ocupado para preocuparte de nosotros.</p><p>--¿Qué quieres decir? -preguntó Shade, frunciendo el ceño.</p><p>--Deja ya de querer ser un héroe, Shade. Y, además, no eres el único que ha perdido a su padre.</p><p>Y se alejó volando.</p><p/><p/><p>Shade se colgó de una rama baja y sacudió enfadado, con breves ondas sonoras, las hojas de un roble. Apuntó a otro tallo, lo bombardeó y vio satisfecho cómo la hoja se desprendía limpiamente y caía con suavidad al vacío. Sin embargo, una hoja no era un carámbano. Demasiado fácil. Centró su atención en el suelo y divisó una pequeña piedra a unos tres metros de donde él estaba. Pero no podía concentrarse.</p><p><emphasis>No eres el único que ha perdido a su padre.</emphasis></p><p>Parpadeó cuando las palabras resonaron en su mente. Marina le estaba diciendo que lo superara, recordándole que también ella había perdido a su padre, y a su madre, y que la vida continuaba. Bueno, quizá ella podía vivir así, pero él no. Quizá Cassiel se hubiera perdido, pero Shade le encontraría. ¿Acaso debía pedir perdón por eso? ¿Por no darse por vencido? ¿Por no querer quedarse allí flotando para siempre como una polilla atontada por el sol, comiendo bichos insípidos?</p><p><emphasis>Deja ya de querer ser un héroe. </emphasis>¡Eso sí le puso los pelos de punta! Simplemente estaba haciendo lo que debía, ya que nadie más parecía ocuparse de nada. Y ¿qué pasaba con el resto de Silverwings que se habían quedado en Hibernaculum? ¿Y los buhos y sus planes de guerra? ¿Y el hecho de estar prisioneros en ese bosque artificial? Si él no se preocupaba de esas cosas, ¿quién lo haría? ¡Alguien tenía que ponerse en marcha!</p><p>No era de extrañar que a Marina le gustara más Chinook. Conservaba a su padre y a su madre, nunca se preguntaba nada, nunca se preocupaba por nada. Estaba siempre tan contento que a Shade le daba náuseas. Debía de ser fantástico ser Chinook.</p><p>Miró ferozmente la piedra que estaba en el suelo.</p><p>Muévete, le dijo, y lanzó sobre ella furiosas ráfagas de sonido.</p><p>Para su sorpresa, la piedra dio una vuelta de campana en la hierba. Volvió a intentarlo y consiguió empujarla unos cuantos centímetros más hasta que, ya sin aliento, se dio por vencido.</p><p>--Muy bien -dijo Frieda. Shade se giró, y se sorprendió al verla colgando a su lado-. Estás mejorando.</p><p>--Bueno, la verdad es que tengo mucho tiempo para practicar.</p><p>Frieda sonrió. A Shade siempre le había gustado cómo se le arrugaba el pelo gris que le rodeaba los ojos. Había algo apaciblemente expectante en la forma en que Frieda le miraba.</p><p>--¿Qué me está pasando? -preguntó a la anciana-. Me refiero a que tenemos el sol, montones de comida y disfrutamos del verano aunque en realidad sea invierno. No tenemos que preocuparnos de los buhos y todos parecen felices.</p><p>--Excepto tú.</p><p>Shade asintió.</p><p>--Excepto yo.</p><p>--¿Qué te preocupa?</p><p>No sabía por dónde empezar.</p><p>--Esto no es como lo había imaginado.</p><p>--Nuestra imaginación es limitada.</p><p>Shade asintió, sintiéndose humillado.</p><p>--Querías encontrar a los humanos -dijo Frieda-, como todos. Creíamos que de algún modo estaban vinculados a nosotros mediante La Promesa de Nocturna. Creíamos que nos ayudarían.</p><p>--Supongo que esperaba más.</p><p>--¿Quizá algún tipo de transformación maravillosa? ¿O una guerra que nos llevara a derrotar a los buhos y a reinar sobre la tierra?</p><p>Shade desvió la mirada avergonzado, recordando lo mucho que había deseado luchar en grandes batallas y vengarse de los buhos. Una parte de él todavía lo deseaba.</p><p>--Aparentemente los humanos han hecho mucho por nosotros construyendo este lugar -dijo Frieda, mirándole atentamente-. Y, sin embargo, ¿todavía desconfías de ellos?</p><p>--Pero es como estar en una jaula -gritó Shade-. Es una jaula grande y agradable, sí, pero aun así los bichos no saben demasiado bien, y hasta el sol es pálido, y no le veo ningún sentido a todo esto.</p><p>--Estoy de acuerdo contigo.</p><p>Shade guardó silencio. Se limitó a mirar a Frieda a la vez que sentía que una sonrisa se le dibujaba en el rostro.</p><p>--¿De verdad?</p><p>--Sí.</p><p>Se había sentido muy solo desde que habían llegado, ya que creía ser el único que no había encontrado allí el paraíso. Y durante todo ese tiempo Frieda había sentido lo mismo. Su sensación de alivio no tenía límites.</p><p>--Entonces, ¿me ayudarás a encontrar una salida?</p><p>Frieda suspiró.</p><p>--A estas alas no les queda demasiado vuelo -dijo-. Es posible que éste sea mi último destino.</p><p>Shade sintió una sacudida y la miró con ojos distintos. No como a la anciana a la que siempre había reverenciado, sino como a una vieja murciélago que llevaba numerosos veranos e inviernos a sus espaldas. Frieda parecía cansada. Tenía los hombros encogidos y el pelo sin vida. Sólo los ojos oscuros seguían conservando su brillo.</p><p>--No creo que esto sea la materialización de La Promesa -dijo.</p><p>--Pero no entiendo por qué... por qué no les has dicho nada a los demás. ¿O a Arcadia?</p><p>--No estoy segura de que Arcadia me escuchara.</p><p>--Pero ¡tú eres una anciana jefe!</p><p>Frieda sonrió.</p><p>--Arcadia ya ha tomado su decisión y no creo que pudiera hacerla cambiar de opinión. Tiene una gran influencia sobre los murciélagos que están aquí, eso es obvio. Ellos creen lo que quieren creer. Y sospecho que este lugar ejerce sobre ellos más poder que el que tendrían mis palabras. Están convencidos de que es el paraíso, y en muchos sentidos lo es. Pero créeme, no es lo que Nocturna tenía pensado para nosotros.</p><p>--He buscado por todas partes -dijo Shade abatido-. En las paredes, en el techo. Si fuera más pequeño me arrastraría dentro de esos ridículos tubos de donde salen los insectos.</p><p>--Encontrarás la salida -le dijo Frieda sin inmutarse-. Sé que lo conseguirás.</p><p>--¿Como? -dijo Shade con la voz cansada.</p><p>--Con el sonido. Es la herramienta de todos los murciélagos, pero es también tu don especial. Recuerda, siempre dije que tenías una gran capacidad para escuchar, que llegarías a oír cosas que nadie más es rapaz de oír. Oirás la forma de salir de aquí.</p><p/><p/><p>Esa noche, en sus sueños se introdujeron los sonidos de la respiración de Goth y el latido de su corazón, como si Shade estuviera dentro de su estómago. Imágenes plateadas, como figuras sonoras, parpadeaban en su mente dormida, y en cierto sentido le resultaban tan familiares que tuvo la certeza de que debía de haberlas soñado antes. Una serpiente emplumada de dos cabezas, un esplendoroso jaguar y, la más aterradora de todas: dos ojos sin rostro, simplemente dos ranuras gemelas rasgando la oscuridad, brillando en ella, más negras que la noche.</p><p>Quiso despertar, pero no pudo.</p><p>Un olor extraño, dulce y ligeramente nauseabundo, invadió su sueño. Shade luchó por abrir los ojos y quizá lo consiguió, porque creyó estar viendo el bosque, por el que se movían figuras altas con dos piernas. ¿Humanos? No tenían rostro. Se deslizaban entre los árboles como espectros. Incapaz de moverse en el sueño, Shade los miraba presa del horror. Tenían brazos, brazos largos y esqueléticos que se alzaban hacia las ramas nerviosamente, hacia los murciélagos dormidos...</p><p>Y entonces ya no pudo mantener abiertos los ojos por más tiempo y una espantosa oscuridad volvió a envolverle.</p><p/><p/><p>Le despertó el sonido de voces ansiosas que se superponían al hablar.</p><p>--...no le encuentro por ninguna parte... </p><p>--...¿adonde han ido? </p><p>--...ha desaparecido...</p><p>Se le aceleró el pulso. ¿Desaparecido? Alzó el vuelo desde la rama donde había estado colgado y aguzó aún más los oídos. Los murciélagos volaban por el bosque a toda velocidad y en todas las direcciones, gritando nombres con creciente desesperación.</p><p>--¡Dédalus... Hécuba... Miranda...!</p><p>Viró las alas, aleteando con todas sus fuerzas hacia el lugar donde sabía que a Ariel y Marina les gustaba colgarse. Se sentía extrañamente abotargado y tenía la boca seca y amarga. Un dolor sordo le presionaba la base del cráneo.</p><p>--No está... no está... no está -las palabras resonaban entre los árboles, mezclándose con el sonido del llanto.</p><p>--¿Qué ocurre? -preguntó Shade a una frenética Graywing que se acercaba a él batiendo las alas.</p><p>--¿Has visto a mi pequeña Ursa? -le interrogó la Graywing.</p><p>--No, yo...</p><p>--No la encuentro por ninguna parte -gimió la madre Graywing-. Ha desaparecido como los demás.</p><p>--¿Qué quieres decir?</p><p>--¡Todos han desaparecido! -y se alejó volando, gritando el nombre de su hija con su voz quebrada.</p><p>Shade zigzagueó entonces entre las ramas, sacudiendo con violencia las hojas a su paso, y salió disparado a un claro del bosque. Qué estúpido había sido al mantenerse apartado de ellas y discutir con Marina. En ese momento, toda la ira que había acumulado le pareció cruel e infantil.</p><p>--¿Marina? ¿Mamá?</p><p>Aquél era el lugar donde solían dormir. ¿Dónde estaban? Volvió a llamarlas, pero había tantos murciélagos gritando nombres que sus esfuerzos eran inútiles. La algarabía era tremenda. Shade voló más alto, atravesando la cúpula verde del bosque, a punió de ahogarse por la falta de aliento. Una enorme multitud de murciélagos volaba en remolino sobre las copas de los árboles y Shade distinguió a Arcadia en mitad de ellos.</p><p>--¿Shade?</p><p>Se giró y casi gritó de alivio al ver a Marina y a su madre volando hacia él.</p><p>--¡Te estábamos buscando!</p><p>--Y yo a vosotras.</p><p>Se abrazaron brevemente en pleno vuelo, los tres juntos. Entonces Shade se separó de ellas.</p><p>--¿Y Frieda?</p><p>--Está bien, pero otros han desaparecido. Ícaro. Platón e Isis, y... -su madre vaciló.</p><p>--¿Chinook? -dijo Shade en voz baja, y vio asentir a su madre. Se le encogió el corazón y se mareó. Y se sintió culpable. Había pasado tanto tiempo deseando que Chinook desapareciera que no podía evitar la disparatada sensación de haber tenido algo que ver en eso.</p><p>--¿Como? -preguntó confundido, todavía con la cabeza abotargada.</p><p>--¿Qué está ocurriendo? -gritaba la asustada muchedumbre de murciélagos-. ¿Adónde han ido?</p><p>--¡Todavía no lo sabemos! -gritó Arcadia-. ¡Debemos conservar la calma!</p><p>--¡Han desaparecido cientos! -gritó un murciélago Pallid-. ¿Adónde han podido ir?</p><p>De pronto Shade lo entendió todo.</p><p>--Los humanos -susurró, y luego gritó-: ¡Los humanos!</p><p>Su voz se desvaneció entre la multitud, pero los que estaban más cerca de él le oyeron y se giraron para mirarle.</p><p>--¿Se los han llevado los humanos? -dijeron, ceñudos e incrédulos, aunque la idea fue extendiéndose rápidamente entre la muchedumbre hasta que las palabras estuvieron en boca de todos.</p><p>--¿Estás seguro? -le preguntó Marina.</p><p>--¿Quién ha dicho eso? -exigió saber Arcadia-. ¿Quién ha visto a los humanos llevarse a los murciélagos?</p><p>Un silencio tenso cayó sobre la multitud.</p><p>Shade tragó con dificultad.</p><p>--Vinieron mientras dormíamos -dijo-. Yo los vi. Al principio pensé que estaba soñando, pero tiene sentido. Eran muchos: se movían entre los árboles y levantaban las manos hacia las ramas...</p><p>--¿Por qué nadie más los ha visto? -dijo Arcadia bruscamente.</p><p>Durante unos instantes no hubo más que silencio, luego se oyeron algunas respuestas musitadas entre dientes:</p><p>--Quizá yo los viera...</p><p>--No estoy seguro...</p><p>--Pensé que no era más que un sueño...</p><p>--Me sentía como si me hubieran drogado con un somnífero -continuó Shade, recordando las bayas machacadas que Céfiro le había metido una vez en la boca-. No podía mantener los ojos abiertos -en ese momento recordó más cosas-. ¡Y el olor! ¿Alguien más lo notó?</p><p>--¡Dulce! -dijo una voz-. Sí, yo también lo noté. Pensaba que era parte del sueño.</p><p>Unos cuantos más murmuraron, mostrándose de acuerdo a regañadientes.</p><p>--Nos durmieron para poder llevarse a algunos de nosotros -dijo Shade. Se preguntaba si eso explicaba el dolor que le oprimía el cráneo y el sabor amargo que tenía en la boca.</p><p>De la multitud empezaron a brotar preguntas:</p><p>--¿Los traerán de vuelta?</p><p>--¡Tenemos que averiguar a dónde se los han llevado!</p><p>--¡Quiero que me devuelvan a mis hijos!</p><p>Shade vio a Arcadia mesarse pensativa la barba con su afilado pulgar, mientras sus ojos barrían fríamente los rostros de los murciélagos. A él le reconfortaba la congoja que le rodeaba, la confusión... deseaba que le ayudaran a encontrar una salida de aquel lugar. Quería respuestas.</p><p>Pero cuando Arcadia habló, su potente voz pareció reducir las demás al silencio.</p><p>--Si los humanos de verdad han venido y se han llevado a algunos de los nuestros, eso debe de formar parte del plan.</p><p>--¿Pero qué clase de plan es ése? -dijo Shade con el corazón latiéndole con furia-. Nadie lo conoce. ¡Deberíamos intentar averiguarlo!</p><p>--¡Silencio! -gritó Arcadia.</p><p>--No puedes hacerle callar, ni a él ni a nadie -dijo Frieda con calma, y Shade se giró agradecido para verla alzarse volando desde atrás-. Todos tenemos derecho a hacer preguntas. Cientos de murciélagos han sido arrebatados del bosque y es normal que nos preocupemos por lo que les pueda haber pasado.</p><p>--No -dijo Arcadia con una sonrisa helada-. Debemos confiar en los humanos. Hasta ahora han cuidado de nosotros y seguirán haciéndolo. Quizá no pretendan tenernos aquí para siempre.</p><p>--¡Pero yo creía que supuestamente esto era nuestro paraíso! -dijo Shade.</p><p>--Quizá esos murciélagos vuelvan pronto. O quizá este lugar sea sólo la primera fase, donde se nos prepara pura algo más. Algo mucho más maravilloso.</p><p>--No sé si podría soportar más maravillas como ésta -murmuró Shade para sus adentros.</p><p>--No sé cuál es la próxima fase -continuó Arcadia-, pero yo, no obstante, ¡estoy dispuesta a depositar toda mi fe en Nocturna y en los humanos! Si nos llevan a alguna otra parte, será un lugar milagroso.</p><p>--¡Sí! ¡Nos han tratado muy bien hasta ahora! -dijo un murciélago Fringed, un cola orlada, que estaba entre la multitud.</p><p>--¡Saben qué es lo mejor para nosotros! -dijo otro.</p><p>--¡Sí! -dijo un Long-ear, un oreja larga, con creciente convicción-. Cuidarán de nosotros.</p><p>Shade los observó, asombrado al ver con qué rapidez los murciélagos podían pasar del llanto por los compañeros desaparecidos a aquel entusiasmo febril.</p><p>--¡Los humanos cuidarán de nosotros!</p><p>--Estoy segura -dijo Arcadia con la voz henchida de confianza, llenando con ella el bosque- de que pronto nos reuniremos con aquellos a los que se han llevado. No temáis por ellos. Ellos son los afortunados. Han pasado a un lugar todavía mejor. ¡Han sido elegidos, como también vosotros lo seréis en su momento!</p><p>--¡Elegidos! -decían los murciélagos, y las palabras se convirtieron en una especie de cántico-: ¡Elegidos! ¡Elegidos! ¡Son los afortunados! ¡Elegidos!</p><p>--No debemos permitirnos caer en la desesperación -dijo Arcadia, y en ese momento Shade vio cómo se giraba y clavaba en él su intensa mirada-, ni dejarnos inquietar por esos pocos que temen la voluntad de Nocturna.</p><p/><p/><p><emphasis>Oirás la forma de salir de aquí.</emphasis></p><p>Esas habían sido las palabras de Frieda. En ese momento no pareció un consejo demasiado útil. Al fin y al cabo, ¿acaso no había examinado ya el techo y las paredes en busca de fisuras y de aberturas que pudieran servir de salida?</p><p>Hacía ya unas horas que se había hecho de día y el bosque dormía. En cuanto estuvo colgado, Shade cerró los ojos e hizo girar las orejas. Intentó respirar acompasadamente. Dejó la mente en blanco, sin emitir el menor sonido.</p><p>Escuchó.</p><p>¿Qué estoy oyendo? Todo. Demasiado. Las alas de los insectos, el susurro de las hojas, la respiración de los murciélagos.</p><p>Intentó elegir sólo una cosa a la vez, escuchar, descartarla y concentrarse en la siguiente.</p><p>¿A qué le llevaba eso?</p><p>Abrió los ojos. Aquello no tenía ningún sentido. Quedarse ahí escuchando no le sacaría de allí. Estaba perdiendo el tiempo. Debería estar volando, buscando con los ojos y los oídos.</p><p>Lo intentó una vez más.</p><p>Volvió a escuchar.</p><p>El caudal del agua.</p><p>Aquél era el ruido de fondo del resto de los sonidos del bosque: el susurro de la corriente al deslizarse sobre su lecho rocoso. Abrió los ojos de golpe. Claro, el arroyo.</p><p>Esa era la salida.</p><p/><p/><p>Con las alas rozando el agua, Shade siguió el curso de la corriente, que serpenteaba por el bosque. ¿Cómo no se le había ocurrido antes? El arroyo venía de alguna parte, de manera que tenía que ir a alguna parte. Voló a ras del agua, pasando por debajo del follaje y de las ramas largas y lacerantes que le bloqueaban el paso. Ya casi había llegado.</p><p>El bosque terminaba en una escarpada pared de piedra, y el arroyo se estrechaba y se perdía en ella por su base. Shade extendió las alas, frenó y se colgó de una cornisa baja para echar un vistazo con más detenimiento. El agua desaparecía en un túnel de paredes lisas excavado en la piedra. Sólo había un pequeño resquicio de aire entre el agua y el techo del túnel. Shade ni siquiera estaba seguro de que hubiera espacio suficiente para poder respirar.</p><p>Si tuviera que nadar...</p><p>Pero si ésa era la única forma, lo haría. Mantendría la nariz fuera del agua para coger aire, con la esperanza de que el túnel le condujera rápidamente a algún lugar en el exterior. Los murciélagos no nadan demasiado bien. Con un escalofrío, se acordó de haber chapoteado torpemente en las alcantarillas con Marina, intentando en vano escapar de las ratas. No era posible nadar con alas.</p><p>Descendió volando hasta la orilla del arroyo y observó la rápida corriente, infundiéndose valor.</p><p>--¿Qué haces?</p><p>Shade levantó la mirada y vio a Marina posándose a su lado.</p><p>--Será sólo un pequeño viaje corriente abajo -respondió Shade.</p><p>--¡Estás loco! ¡Si apenas sabes nadar y ahí es imposible respirar!</p><p>--Seguro que me conduce a algún lugar fuera de aquí. No me cabe duda.</p><p>--Sí, pero ¿cuándo? Podrías ahogarte antes de llegar.</p><p>--Cuento con la fuerza de la corriente -le recordó Shade.</p><p>--Es buena idea lo de salir, pero ¿qué ocurrirá si luego quieres volver a entrar?</p><p>Shade dejó escapar un profundo suspiro. No había pensado en eso. Sintió una punzada de miedo, pero a la vez estaba irritado, como de costumbre, su plan tenía también sus inconvenientes.</p><p>--No te estoy pidiendo que vengas -dijo cortante.</p><p>--No iría aunque me lo suplicaras -le replicó Marina, igual de cortante-. No he llegado hasta aquí para morir ahogada.</p><p>--Eres como los demás -dijo Shade-. ¿Por qué no te instalas a dormir cerca de uno de esos agujeros de donde salen los bichos y dejas la boca abierta para poder comer sin tener que salir a cazar? ¡Qué forma tan maravillosa de pasar el resto de tu vida!</p><p>--Por lo menos tendría una vida. Si te metes ahí abajo, la tuya va a ser muy corta.</p><p>Shade estuvo a punto de sonreír. ¿Y era aquello que asomaba por la comisura de los labios de Marina una risa disimulada? Estaba increíblemente contento de verla y de discutir con ella de nuevo, tal como lo habían hecho a menudo en el pasado.</p><p>--Esto no es lo único que hay en el edificio.</p><p>--Eso no lo sabes.</p><p>--¿Te acuerdas de lo grande que era desde fuera? Es más grande que el bosque, eso seguro. Entonces ¿qué más hay aquí?</p><p>--Quizá lo descubramos si esperamos.</p><p>--¿Como los murciélagos que han desaparecido hoy? ¿Cómo sabes que les ha ocurrido algo bueno? ¿No preferirías saberlo antes de que te ocurra a ti?</p><p>Marina estaba sacudiendo la cabeza.</p><p>--Shade...</p><p>--¿No echas de menos a Chinook? -preguntó burlón, y vio cómo Marina pegaba las orejas a la cabeza, mostrando su enfado.</p><p>--Claro que le echo de menos -dijo con frialdad-. Es mi amigo. Y también el tuyo, te guste o no.</p><p>Shade soltó un gruñido.</p><p>--Bueno, veamos, me ha estado atormentando durante toda mi vida. Me ha robado la comida, se ha reído de mí. Solía llamarme «enano» todo el tiempo, ¿lo sabías? -suspiró profundamente-. Yo también le echo de menos. ¿No quieres asegurarte de que está bien?</p><p>Shade la miró atentamente, en espera de ver cómo reaccionaba. ¿Hasta dónde llegaba su amistad?</p><p>--¿Quién dice que esté en peligro?</p><p>--Entonces ¿crees a Arcadia? -preguntó, incrédulo.</p><p>--¡Sí! -dijo Marina, elevando quizá demasiado la voz.</p><p>--Muy bien -dijo Shade-, perfecto. Pero yo quiero saber por qué los humanos están haciendo esto, para qué construyeron este lugar, qué se proponen. Porque no confío en ellos. No creo que sea esto lo que supuestamente debía suceder.</p><p>--Realmente aborreces esos bichos, ¿eh?</p><p>Durante un instante, Shade se rió con ella.</p><p>--¿Te acuerdas de cuando dijo Céfiro que era posible oír las estrellas si escuchabas muy atentamente?</p><p>Marina asintió.</p><p>--Bien, nunca oiremos las estrellas si nos quedamos aquí. Estamos aislados. No podemos oír lo que ocurre fuera y desde fuera nadie puede oír lo que ocurre aquí. Estamos rodeados de paredes. Por ellas no pasa ni un solo ruido.</p><p>Marina no dijo nada.</p><p>--Y ¿qué pasa con los murciélagos que no llegan hasta aquí, o que no encuentran el camino, o que se pierden? ¿Qué pasa con ellos? ¿Se supone que debemos olvidarnos de todos los demás y seguir con nuestras pequeñas y felices vidas? Y ¿qué hay de todos los Silverwings que se han quedado en Hibernaculum? ¿Y tu colonia de Brightwings?</p><p>Al instante se arrepintió de haberlos mencionado. Era un estúpido.</p><p>--No tuvieron la menor contemplación a la hora de dejarme atrás -dijo Marina con un bufido-. ¿Por qué debería yo ahora preocuparme por ellos? Me gusta esto, Shade. Todo el que llega es bienvenido, esté o no anillado. No se te halaga ni se te margina por el hecho de llevar un aro de metal en el antebrazo. Eso significa mucho para mí. De todos modos, quizá los humanos hayan construido muchos lugares como éste, los suficientes para todos.</p><p>Shade sopesó esa posibilidad.</p><p>--Es posible, pero no lo sabemos.</p><p>--No puedes saberlo todo -dijo Marina enfadada-. ¡Qué te hace pensar que eres tan especial!</p><p>A Shade le ardía la cara de indignación.</p><p>--¿Sabes una cosa? -dijo-. ¡No es fácil ser especial! Me encantaría ser como Chinook. De verdad. ¡Me encantaría dejar que los otros se encargaran de pensar y se ocuparan de las cosas durante un tiempo!</p><p>Marina le miró fijamente y se echó a reír.</p><p>--¿Qué pasa? -preguntó Shade con brusquedad.</p><p>Marina seguía todavía sin aliento a causa de la risa y resolló:</p><p>--La idea... de que tú... dejes que alguien más... se ocupe de las cosas. Eso es... Lo siento, Shade, pero... es lo más divertido que he oído en mucho tiempo -había lágrimas en sus ojos-. No podrías. Te resultaría imposible.</p><p>--Tú eres igual -dijo Shade con dulzura-. Siempre quisiste saber tanto como yo. En parte por eso viniste conmigo desde el principio. Para descubrir el verdadero significado de los anillos.</p><p>--Quizá esté satisfecha con la respuesta.</p><p>--¿Lo dices en serio?</p><p>Durante unos instantes ninguno de los dos dijo nada.</p><p>--Hay algo más -añadió Shade. Casi no se atrevía a mencionarlo, como si al decirlo en voz alta la idea pudiera evaporarse como la niebla-. Si los humanos se están llevando a los murciélagos, quizá mi padre haya estado aquí. Incluso antes de que Arcadia y los demás llegaran. Quizá mi padre estuvo aquí como muchos otros murciélagos y se lo llevaron. Entonces ¿qué ha sido de él, Marina? ¿Dónde está ahora?</p><p>Ella sacudió la cabeza y miró fijamente cómo el arroyo desaparecía bajo el risco.</p><p>--No me cabe en la cabeza que fueras a hacer esto solo. Sin decírselo a nadie. ¿Y tu madre? ¡Y yo!</p><p>--Dijiste que te encantaba este lugar.</p><p>--Pero si te vas a alguna parte... -vaciló-. Mira, si vas solo no harás más que enredarlo todo. Voy contigo.</p><p/><p/><p/><p/><p/><p/><subtitle><strong>_____ 5 _____</strong></subtitle><subtitle><strong>CORRIENTE ABAJO</strong></subtitle><p/><p>Shade volvió a mirar la rápida corriente y, antes de darse tiempo a cambiar de opinión, se zambulló en ella, estremeciéndose cuando el agua le envolvió y le traspasó el pelo. Marina chapoteó a su lado y juntos se lanzaron hacia la boca del túnel.</p><p>Fue mucho peor de lo que había imaginado. Apenas había dos dedos de aire por encima de la superficie y rozaban el techo del túnel con la nariz, resultándoles casi imposible respirar y tragando desesperadamente más agua que aire.</p><p>--No saldrá bien -balbuceó Marina-, volvamos.</p><p>De repente se les acabó el aire. Shade intentó salir a la superficie, pero no había ninguna superficie, sólo agua. Sumergido, sacudió la cabeza con los ojos muy abiertos, incapaz de ver nada excepto manchas oscuras. ¿Aquello era Marina? Intentó lanzar señales sonoras, pero los ecos que éstas le devolvían llegaban débilmente a sus oídos taponados, dibujando en su mente un cieno borroso y alquitranado. El agua entraba en su garganta y cerró la boca de golpe.</p><p>Ni siquiera sabía ya dónde estaba el arriba y dónde el abajo.</p><p>No veía nada y sólo tenía por guía la corriente. Se obligó a quedarse quieto durante un instante y esperó a ver hacia dónde le llevaba el agua. Por ahí. No le quedaba demasiado aire en los pulmones y lo único que podía hacer era esperar a que la corriente le condujera sin tardanza a algún lugar del exterior. Y que Marina todavía estuviera cerca.</p><p>Parecía que el pecho fuera a estallarle. Necesitaba aire. Intentó remar con las alas pero eso, más que ayudarlo, lo frenaba. Sintió que el pánico empezaba a invadirle el cuerpo. Aire. Dio con la nariz en el techo del túnel con la esperanza de poder tomar un poco de oxígeno. Las ideas se le astillaban y le bailaban en la cabeza. Aire. ¿Hacia dónde ir? No puedo. Deprisa, deprisa, por favor.</p><p>De pronto estaba jadeando y atragantándose, con la cabeza fuera del agua. Le caían chorros por la cara y tenía el pelo pegado al cuerpo. Se giró torpemente, parpadeó para sacudirse el agua de los ojos, y vio a Marina emergiendo cerca de él, balbuceando e intentando tomar aire desesperadamente.</p><p>--Otra de las grandes ideas del maestro -dijo con sarcasmo cuando por fin recuperó el aliento-. Gracias, Shade.</p><p>Habían desplegado las alas para mantenerse a flote y se deslizaban por un arroyo bordeado de sauces. Estaban en otro bosque. Les resultó tan familiar que, por un momento, Shade se preguntó si por medio de algún truco el túnel simplemente los habría devuelto al mismo lugar. A su alrededor se extendía la misma mezcla frondosa de coniferas y de árboles colmados de hojas; y allá en lo alto, el mismo techo, el mismo sol. Siguieron dejándose llevar perezosamente corriente abajo.</p><p>--Quizá es aquí a donde traen a los murciélagos -susurró Marina entusiasmada.</p><p>Shade tomó aire impulsivamente para gritar el nombre de su padre, pero Marina le tapó la boca con una de sus alas empapadas.</p><p>--¿Estás loco? ¡Ni siquiera sabemos lo que hay aquí!</p><p>Shade se enfurruñó, pero asintió. Con sumo cuidado, barrió los árboles con sonido, buscando tras las ramas alguna forma que revelara la presencia de murciélagos dormidos. Hasta el momento nada... sólo hojas... y más hojas... y entonces algo se movió, algo mucho más grande que lo que estaba buscando. Se había concentrado sólo en la búsqueda de murciélagos, pero en ese momento se echó hacia atrás alarmado porque vio una enorme cabeza emplumada con orejas como cuernos.</p><p>Con el corazón martilleándole en el pecho, fue deslizando su visión ecosonora por la rama, y a continuación recorrió con ella los árboles cercanos.</p><p>El bosque estaba plagado de buhos.</p><p>--Marina... -susurró.</p><p>--Ya los veo. Menos mal que no has gritado.</p><p>Nunca había visto tantos buhos juntos, y dudaba de que algún murciélago los hubiera visto desde la rebelión que había tenido lugar quince años atrás.</p><p>Ya llevaba contadas tres docenas. Al parecer, todos dormían, y Shade deseó que siguieran así. Pero ¿qué hacían ahí, en aquel bosque idéntico justo al lado del suyo?</p><p>--Volvamos -dijo Marina con voz tensa.</p><p>Shade asintió, pero advirtió desconcertado que ya se habían alejado mucho corriente abajo. La boca del túnel se había perdido de vista tras un recodo. ¡Qué estúpido! Había olvidado lo rápida que bajaba la corriente. Chapoteó torpemente con las alas, pero no consiguió más que remover el agua.</p><p>--No sirve de nada -susurró Marina-. Tardaremos demasiado.</p><p>--Tendremos que volar -dijo Shade.</p><p>Marina hizo una mueca de fastidio y a Shade tampoco le gustó la idea. Volar implicaba el riesgo de ser vistos por algún buho inquieto. Aunque una vez en el aire, probablemente podrían conseguir volver al túnel en menos de un minuto.</p><p>--Ha sido una mala idea, ¿verdad?</p><p>--Sin duda -dijo Marina-. Alcancemos la orilla.</p><p>Sigilosamente, se arrastraron hasta la orilla y se sacudieron el agua del pelo y de las alas sin hacer ruido. Shade sabía que deberían esperar a estar secos, pero no disponían de tanto tiempo. Sólo confiaba en no estar demasiado empapado. Se elevó en el aire con un salto torpe, pesado y aleteando con fuerza. Con Marina al lado, voló bajo, regresando a toda velocidad por el bosque al punto donde nacía el arroyo. Ahí estaba.</p><p>Se posaron en la orilla. El agua salía con fuerza del túnel, formando espuma a ambos lados del caudal. Hasta entonces Shade no se había dado cuenta de la rapidez con la que fluía. Casi se habían ahogado durante el trayecto de ida, y eso que habían avanzado a favor de la corriente. Ni siquiera alcanzaba a imaginar que pudieran regresar con vida. Se le encogió el estómago. Miró a Marina.</p><p>--Lo siento -dijo.</p><p>Marina temblaba de rabia.</p><p>--No puedo creer que te haya dejado hacer esto.</p><p>--No tenías por qué...</p><p>--Ya puedes empezar a pensar en algo, porque...</p><p>--¡Murciélagos!</p><p>Lo primero que vio Shade fueron las patas, aquellas patas sorprendentemente largas que colgaban como si no tuvieran huesos, pero que terminaban en garras con cuatro púas, listas para rasgar. El buho se dejó caer sobre ellos como una enorme cabeza alada con el pico abierto, chillando para despertar a todo el bosque.</p><p>Shade se hizo a un lado, metiéndose con Marina en una densa maraña de ramas al tiempo que el buho se precipitaba sobre ellos y a punto estaba de apresar a Marina por la cola.</p><p>--¡Murciélagos! -volvió a chillar el buho.</p><p>Shade alcanzó a ver que era un macho joven, de cuyas alas todavía pendían restos de plumón. A pesar de eso, era un gigante comparado con él. En el centro del pecho, las plumas moteadas formaban un dibujo de rayos blancos.</p><p>A su alrededor, los buhos estaban despertándose y, pasados unos segundos, el aire se convirtió en un revuelo de alas. Entre los contornos borrosos de garras extendidas, patas y cabezas aladas, Shade escudriñaba desesperadamente el bosque en busca de algún escondite. En cuestión de segundos le atraparían y se lo comerían entero. Divisó en el nudo de un tronco un agujero aparentemente demasiado pequeño para los buhos y lo bastante grande para ellos, o eso esperaba. No había tiempo para calcularlo mejor. Miró con inquietud a su alrededor, intentando encontrar a Marina.</p><p>--¡El árbol! -gritó, arrojando hacia él una ráfaga de sonido para que Marina pudiera verlo. Entonces se lanzó hacia el agujero, atravesándolo como una flecha, a punto de estrellarse contra el interior. Aturdido, se hizo a un lado mientras Marina entraba en el hueco, entre aleteos y tropezones.</p><p>--¡Échate hacia atrás! -gritó Shade, y Marina se apartó de la entrada cuando el pico de un buho hembra se introducía por ella y se cerraba con un chasquido. La lengua dura y puntiaguda del buho vibró con sus chillidos.</p><p>Se quedaron abrazados en el fondo del hueco y Shade vio cómo el buho pegaba su cara plana al agujero y los observaba con un ojo enorme y luminoso.</p><p>--¿Por qué estamos aquí? -chilló.</p><p>La pregunta sorprendió a Shade.</p><p>--Yo... no sé de qué...</p><p>--¿Vamos a estar prisioneros hasta que muramos? ¿Es ése vuestro plan?</p><p>--¿A qué te refieres con eso de nuestro plan? -preguntó Marina.</p><p>Los ojos del buho hembra se encapirotaron peligrosamente.</p><p>--Me refiero a vuestro plan con los humanos. Sí, lo sabemos todo. Les habéis pedido que luchen a vuestro lado y ahora nos encerráis aquí, en su edificio.</p><p>--¿Cómo podríamos habérselo pedido? -preguntó Shade confundido-. Somos tan incapaces de hablar con ellos como vosotros.</p><p>--¡Mostradnos la salida! -exigió el buho hembra.</p><p>--¡No conozco la salida!</p><p>--Entonces, ¿cómo habéis entrado aquí? -replicó el buho hembra maliciosamente.</p><p>¿Debía decirle que los humanos también los tenían encerrados a ellos y que, como los buhos, también él estaba intentando encontrar una salida? No, no se arriesgaría a decirle que había miles de murciélagos justo al otro extremo del túnel. Aunque los buhos fueran capaces de luchar contra la corriente, el túnel era demasiado pequeño para ellos, de eso estaba seguro, pero no pensaba arriesgarse.</p><p>--No tenemos nada que ver con que os hayan atrapado -dijo Shade.</p><p>--Podemos esperar, pequeños murciélagos. Somos pacientes -y dicho eso, el buho apartó la cabeza.</p><p>Shade miró a Marina.</p><p>--Hemos pasado por situaciones peores que ésta.</p><p>--Sí -dijo ella sin demasiada convicción.</p><p>--Excavaremos un túnel y saldremos de aquí.</p><p>Marina le siguió y empezó a examinar la corteza del hueco en busca de fisuras. Mientras buscaba, Shade sabía que probablemente aquello no conduciría a nada, pero tenía que mantenerse ocupado para no perder la confianza.</p><p>--¿Qué están haciendo los humanos? -murmuró enfadado.</p><p>--Quizá el buho hembra tenga razón -susurró Marina-. Quizá esto forme parte del plan, como dijo Arcadia. Meterán aquí a todos los buhos y entonces quedaremos libres y podremos volver al exterior.</p><p>Shade titubeó durante un instante. No podía negar que la idea era muy atrayente. ¿Deshacerse de todos los buhos del mundo? Sonaba bien. Pero costaría mucho, ¿no? Ahí fuera había demasiados buhos.</p><p>--Por fin lo había conseguido: era feliz por primera vez en mi vida -murmuró Marina-. Pero no, tenías que venir tú con tu ceño fruncido y tus grandes preguntas, y fui lo bastante estúpida para creerte.</p><p>Shade se estremeció. ¿Y si ella tenía razón y los humanos se estaban ocupando de todo y él simplemente no había sido capaz de aceptarlo? Había arriesgado la vida, y lo que era peor, la de Marina, para averiguarlo. Marina tenía razón: era un egoísta y un vanidoso.</p><p>--¿Has encontrado algo? -preguntó débilmente a Marina.</p><p>--Creo que aquí es más delgada -dijo ella.</p><p>Shade echó un vistazo con un asomo de esperanza.</p><p>--¿Cuánto crees que nos llevará arrancarla?</p><p>--Una semana, más o menos. Ni se te ocurra pensar que cuentas con alguno de esos fantásticos trucos con los ecos para sacarnos de ésta.</p><p>--¡Cuidado! -gritó Shade.</p><p>Marina se tambaleó, apunándose a un lado al tiempo que una piedra caía desde el agujero, casi rompiéndole la crisma. Shade miró hacia arriba y vio retirarse el pico del buho. Un instante después, otro pico se introdujo por el agujero y dejó caer una segunda piedra.</p><p>--¡Pégate a la pared! -gritó Shade. Se arrimaron a la corteza y lograron esquivar la firme avalancha de piedras que los buhos iban arrojándoles desde arriba.</p><p>--Están llenando el hueco -dijo Marina desalentada.</p><p>Shade sabía que pronto tendrían que salir del agujero y caerían en las pacientes garras de los buhos. Sabía lo que hacían con sus presas. Se las tragaban enteras, a veces vivas, y luego escupían lo que no querían: los huesos y el pelo convertidos en una masa compacta. En una ocasión había visto esas horribles bolitas y le habían hecho enfermar de rabia. Cayeron más rocas y subieron gateando al montón para no quedar aplastados.</p><p>--No nos cogerán -dijo Shade.</p><p>--¿Qué haces? -dijo Marina alarmada mientras le veía trepar por la corteza hacia el agujero.</p><p>--Prepararme para volar.</p><p>Se agachó, pegando el cuerpo a la corteza, justo debajo del agujero, a la espera de que asomara el siguiente pico. Cuando el pico volviera a desaparecer, él saltaría al exterior y chillaría una imagen de Goth tan aterradora que les daría un susto de muerte. Tendrían entonces el tiempo suficiente para salir de allí, y después... Se preocuparía de eso más adelante.</p><p>Shade esperó, contando los furiosos latidos de su corazón: sesenta y siete, sesenta y ocho, sesenta y nueve... pero ningún pico se asomaba. Cuanto más esperaba más asustado estaba, y eso le encolerizaba aún más... y entonces arrugó la nariz y frunció el ceño.</p><p>--¿Hueles eso? -susurró por encima del hombro a Marina.</p><p>Marina tomó una rápida bocanada de aire.</p><p>--Dulce.</p><p>--¡Es lo que usaron para dormirnos!</p><p>Un enorme y sibilante suspiro recorrió el bosque. Shade alcanzó a oír el susurro de las hojas y luego pisadas descomunales, que percibió a través de la corteza del árbol. Se acercó al agujero con sumo cuidado y miró fuera. No había buhos a la vista, pero ahora las fuertes pisadas sonaban más cerca. Se asomó un poco más para ampliar el campo de visión y se quedó sin aliento.</p><p>Por el bosque caminaban los mismos fantasmas sin rostro que habían aparecido en su sueño, pero esta vez sabía que eran humanos, totalmente vestidos de blanco y con las cabezas cubiertas por gruesas capuchas con pequeñas ranuras para los ojos. Eran altos y aterradores y avanzaban a paso lento y pesado por el bosque, dispersándose entre los árboles.</p><p>Como Shade pudo observar, los buhos se habían refugiado en las ramas más altas, apiñándose cerca de los troncos. Pero si creían que los humanos no iban a poder alcanzarlos, se equivocaban. Todos llevaban largas varas de metal (en su sueño, Shade había creído que se trataba de brazos esqueléticos) que terminaban en grandes redes. Y cuando las levantaban en el aire, se alargaban aún más, estirándose hacia las copas de los árboles.</p><p>Shade vio cómo la punta de una de las varas de metal rozaba la panza de un buho. Se oyó un sonido agudo y crepitante y el buho cayó pesadamente en la red colocada en la punta de la vara.</p><p>Muchos de los buhos parecían extrañamente aletargados (Shade sabía que eso se debía al gas somnífero) y los humanos los atrapaban con facilidad en sus redes. Otros todavía se resistían, ahuecando su plumaje para aparentar el doble de su tamaño real. Pero en cuanto las terribles varas de los humanos atravesaban las plumas, los buhos caían retorciéndose en la red. Los humanos seguían sin inmutarse, actuando con absoluta deliberación. Shade pudo oír sus voces: graves y atronadoras.</p><p>Sus propios ojos se cerraron y echó la cabeza hacia atrás, luchando contra la pesada calma que le recorría el cuerpo. Miró hacia abajo y vio a Marina, que tenía los ojos vidriosos y serenos.</p><p>--¡Despierta! -gritó-. Ahora es nuestra única oportunidad. ¡Vamos! ¡Muévete!</p><p>Se dejó caer hasta situarse junto a ella y empezó a empujarla sin miramientos hacia el agujero. Tras dudar sólo un segundo, le mordió la cola.</p><p>--¡Ay!</p><p>--¡Vuela!</p><p>Salió del agujero tras Marina y dibujó un pequeño círculo en el aire para orientarse. Allí estaba: el arroyo. No podían volar corriente arriba; sólo podían seguir el curso del agua con la esperanza de que los llevara a algún lugar más seguro.</p><p>--¡Todo esto es culpa tuya!</p><p>Shade se giró morosamente y vio al joven buho de plumaje engalanado con rayos blancos. También él parecía aturdido por el vapor del bosque y sus aleteos eran lentos y torpes, de manera que se escoraba ligeramente al volar. Aún así, se dirigía hacia ellos de frente, con las garras preparadas para atacar.</p><p>Shade y Marina volaron. Shade miró por encima del hombro y vio que el buho los seguía, tan cerca que poco le faltaba para atraparlos. Intentó entonces lanzar una ilusión sonora tras él, pero apenas le quedaba alíenlo y la imagen se desvaneció incluso antes de que pudiera salir de su boca.</p><p>Habían perdido de vista el arroyo, pero ahora volvían a sobrevolarlo, e intentaron avanzar tan rápido como la corriente en cuanto lo vieron entre los árboles entrando por una alta pared de piedra. Los alejaría aún más de su propio bosque, pero ¿qué otra cosa podían hacer?</p><p>--¡Al arroyo! -gritó. Pegó las alas al cuerpo y apenas tuvo tiempo de tomar aire antes de cortar la superficie del agua y entrar disparado en el túnel. Una vez bajo el agua, volvió a quedarse ciego y sólo pudo guiarse por su propio impulso y por la corriente. Intentó de nuevo usar las alas, esta vez con más éxito. Las encogió todo lo que pudo y fue moviéndolas arriba y abajo, usando a la vez la membrana de la cola para impulsarse hacia delante. Pero también se cansaba más deprisa, y, ¿qué ocurriría si el túnel no tenía fin? ¿Qué pasaría si el túnel seguía avanzando indefinidamente por debajo de la tierra hasta que se le anegasen los pulmones?</p><p>Salió al otro lado del túnel casi antes de haberse dado cuenta y sacó la cabeza del agua al tiempo que luchaba por tomar aire. Marina emergió a su lado.</p><p>En cuanto treparon a la orilla, Shade notó el calor, un calor húmedo y sofocante que flotaba en el aire como la niebla. Por encima de sus cabezas había árboles de hojas anchas y extrañas y de frondas exuberantes que jamás había visto. Lloviznaba. Pequeñas gotas de agua caían con suavidad.</p><p>Apenas había podido recuperar el aliento cuando Marina tensó el cuerpo.</p><p>--Mira -dijo.</p><p>Shade vio en el arroyo cómo una gran silueta oscurecía el agua antes de salir a la superficie.</p><p>El buho también había llegado.</p><p/><p/><p>A Shade le costaba decidir si el buho daba más o menos miedo mojado. Sin duda parecía más flaco ahora que tenía el plumaje, habitualmente voluminoso, pegado al cuerpo; pero la cabeza, con las plumas enmarañadas, ofrecía un aspecto ferozmente adusto, y los ojos y el pico parecían más grandes y más perversos.</p><p>Paralizado junto a Marina, Shade vio al buho acercarse a la orilla dando bandazos y arrastrarse agotado fuera del agua. Entonces giró la cabeza y los miró directamente a los ojos. Se observaron con desconfianza, a menos de veinte aleteos de distancia.</p><p>El joven buho hizo un valiente intento de ahuecar las plumas, pero lo único que logró fue sacudir el agua de sus alas empapadas. El terrible chillido que escapó de su boca resultó, sin embargo, más impresionante.</p><p>Shade estaba demasiado exhausto para poder volar e hizo un esfuerzo por no acobardarse.</p><p>El buho ladeó la cabeza, hacia la izquierda primero, luego hacia la derecha, dejándola casi en posición horizontal. Fue un gesto curioso, casi cómico, pero Shade sabía que estaba calculando la distancia que le separaba de ellos, preparándose para el ataque.</p><p>Instintivamente, Shade y Marina mostraron los dientes y sisearon, desplegando las alas y triplicando su tamaño.</p><p>--¡Vuelve atrás! -gritó Shade.</p><p>--No me dais miedo -dijo el buho, pero Shade percibió un temblor de inseguridad en su voz grave. El ave miró hacia la boca del arroyo, como esperando a que más buhos aparecieran pronto.</p><p>--La mitad de él no son más que plumas -dijo Shade a Marina alzando la voz.</p><p>--Tienes razón. No hay nada que temer.</p><p>El buho se tambaleó lentamente de lado a lado.</p><p>El calor trepaba por el pelo de Shade como gusanos. Ni siquiera durante el día más caluroso que podía recordar había sentido algo así. Echó un rápido vistazo a las anchas hojas y a las musgosas enredaderas que colgaban de las ramas. Costaba respirar.</p><p>--Estúpidos murciélagos.</p><p>El buho miró una vez más en dirección al agua.</p><p>--Nadie va a venir en tu ayuda -dijo Shade-. Son demasiado grandes para pasar por el túnel.</p><p>--Estáis aliados con ellos, ¿verdad? -escupió el buho-. Los humanos. Ellos fueron en vuestra ayuda. Os ayudaron a escapar y mataron a los otros buhos.</p><p>--No están muertos -dijo Shade-. Todavía se movían.</p><p>No podía evitar sentir una punzada de compasión por el buho. Con sus ojos velados por el sueño, había visto a los humanos atrapar y llevarse a sus compañeros. Como Shade, aquel buho había estado prisionero en un bosque, deseando salir, sin saber lo que les estaba pasando.</p><p>--Están haciendo lo mismo con nosotros -dijo, mirando furtivamente a Marina, sin saber si aquélla era la estrategia adecuada.</p><p>--Mentirosos. Vosotros, los murciélagos, habéis actuado siempre en contra de la ley. Empezasteis esta guerra matando aves durante la noche. Primero fueron las palomas, luego los buhos, y después...</p><p>--No fuimos nosotros -dijo Shade con desesperación.</p><p>--Eran murciélagos.</p><p>--No... bueno, sí, eran murciélagos, pero no murciélagos del norte. Venían de la selva. Los humanos los trajeron de la selva, y escaparon y...</p><p>--¡Entonces los humanos sí son vuestros aliados!</p><p>--¡No!</p><p>Shade miró impotente a Marina. ¿Cómo podía explicar eso?</p><p>--Había dos de esos murciélagos de la selva -dijo Marina-. Y comían aves. También comían mamíferos. Y murciélagos. Casi nos comen a nosotros, si eso te hace sentir mejor. Eran monstruos.</p><p>--De todos modos, ahora están muertos -dijo Shade con un atisbo de esperanza-. De manera que todo esto, toda esta guerra, no es más que un malentendido. No queremos la guerra.</p><p>Sin embargo, por la rigidez en la expresión del buho, vio que éste no estaba en absoluto convencido. Más mentiras de los murciélagos, eso era lo que estaba pensando.</p><p>--Es estúpido hablar con vosotros. Sois el enemigo -dijo entonces el buho con un bufido de enojo.</p><p>--Yo no soy tu enemigo.</p><p>--Todos los murciélagos son mis enemigos. Matáis aves.</p><p>--Pero ya te he dicho que... mira, yo nunca he matado ninguna ave.</p><p>--Sólo porque no puedes.</p><p>Shade sintió una punzada de culpa. El buho tenía razón. ¿Cuántas veces había deseado ser lo bastante fuerte para matar a los buhos? Llevaba mucho tiempo alimentando el odio hacia ellos.</p><p>--¿Has matado a algún murciélago? -preguntó Shade.</p><p>--Todavía no.</p><p>--Entonces tú tampoco eres mi enemigo.</p><p>--Y si no sois aliados de los humanos, ¿por qué estáis aquí? -exigió saber el buho.</p><p>--Ya te lo he dicho. También nos han hecho prisioneros -dijo Shade-. Aquí hay miles de los nuestros, y ayer vinieron y se llevaron a algunos, exactamente como hoy han hecho con vosotros.</p><p>El buho pareció meditar cuidadosamente las palabras de Shade.</p><p>--¿Adónde los llevan?</p><p>--No lo sé -dijo Shade-. Eso es lo que estamos intentando averiguar. ¿Cuánto tiempo llevas dentro?</p><p>--Varias semanas. Llegamos justo antes de que empezaran los grandes fríos del invierno. Volábamos hacia nuestro lugar de hibernación y pasamos junto a este edificio. Oímos buhos y nos acercamos. Había entradas en las paredes y daba la impresión de que podía tratarse de algún granero. Un buen lugar donde pasar el invierno, de modo que entramos y encontramos el bosque. Y una vez dentro...</p><p>--No hubo forma de salir.</p><p>El buho asintió.</p><p>--¿Qué os dan de comer? -preguntó Shade.</p><p>El buho frunció sus enormes cejas al oír la pregunta.</p><p>--Sobre todo ratones -dijo dubitativo.</p><p>--Apuesto a que son asquerosos. ¿Saben todos igual?</p><p>Un ululato breve y en cierto sentido alarmante salió de la garganta del buho y Shade tensó el cuerpo antes de darse cuenta de que se trataba de su risa.</p><p>--Deberías probar los insectos que nos dan a nosotros -dijo Shade-. ¡Hoy me he comido uno y casi vomito!</p><p>--¿No creéis que el agua tiene un sabor extraño? -quiso saber el buho.</p><p>--Sí, como metálico -dijo Shade.</p><p>--Sí, metálico -admitió el buho con otra breve carcajada.</p><p>--Bueno, ¿te das cuenta de cuánto tenemos en común? -dijo Marina.</p><p>El buho los miró fijamente mientras recuperaba parte de su desconfianza.</p><p>--No me dejaré engañar por vuestras artimañas.</p><p>--En este momento no tenemos ninguna artimaña -dijo Shade-. Estamos tan confundidos como tú, créeme.</p><p>El buho hizo rotar la cabeza para mirar los enormes árboles y las exuberantes plantas.</p><p>--¿Dónde estamos?</p><p>Shade sacudió la cabeza y escuchó con atención. No se oía nada salvo el goteo del agua al caer de las hojas y el zumbido ocasional de algún insecto extraño. Un inquietante silencio lo cubría todo.</p><p>--Tiene que haber algo aquí dentro -dijo-, ¿no os parece?</p><p>--Quizá estén esperando a ocuparlo -dijo Marina.</p><p>--¿Qué clase de criatura podría habitar un lugar como éste? -preguntó el buho.</p><p>Shade sintió un escalofrío recorriéndole los huesos. Había algo en aquel lugar que le resultaba terriblemente familiar. ¿Lo había visto en uno de sus sueños? O quizá alguien se lo había descrito, dibujándoselo con palabras.</p><p>Una enredadera crujió.</p><p>Algo los observaba. Shade estaba totalmente seguro de ello. Ladeó la cabeza y envolvió las sombras de un árbol carnoso con sus señales sonoras. Una hoja estrecha y puntiaguda se estremeció, dejando caer un hilo de agua.</p><p>No era una hoja.</p><p>Era una nariz, una nariz ancha y curvada hacia arriba que terminaba en un gancho afilado y arrugado, y bajo la nariz, un par de largas mandíbulas muy semejantes a las de un sabueso que, abiertas y amenazadoras, revelaban sendas hileras de incisivos. Shade vio los dos ojos enormes, negros e imperturbables; las orejas altas y puntiagudas y, entre ellas, la cresta de pelo negro y duro.</p><p>Shade sabía lo que era.</p><p>En su mente, pronunció su nombre.</p><p>Goth.</p><p/><p/><p/><p/><p/><subtitle><strong>_____ 6 _____</strong></subtitle><subtitle><strong>EL LUGAR DE LOS MILAGROS</strong></subtitle><p/><p>Siempre lo había sabido.</p><p>Había visto a Goth envuelto en llamas después de haber sido alcanzado por el rayo, cayendo en círculos y sin vida entre las nubes, pero en cierto modo nunca dudó de que hubiera sobrevivido. Guando discutía con Marina e insistía en que Goth estaba muerto, en el fondo era consciente de que mentía. Sus sueños siempre habían sabido la verdad.</p><p>--¿Qué es eso? -oyó decir al buho con la voz entrecortada.</p><p>--Es él -fue lo único que salió de la boca de Shade.</p><p>Goth desplegó las alas con un violento chasquido, un metro y medio de alas golpeando las hojas. Se precipitó al vacío como algo recién recortado y arrancado del cielo nocturno, y en los pocos segundos que pasaron hasta que estuvo delante de ellos. Shade no podía parar de hacerse preguntas: ¿dónde estaban los anillos de metal que adornaron una vez los antebrazos de Goth? Y ¿cómo era posible que sus alas parecieran estar ilesas? Se veían tersas y fuertes, y no había en ellas la menor cicatriz. ¿Acaso se las habían curado los humanos?</p><p>Shade se apartó a un lado, pero, en su aturdimiento, el buho no fue tan rápido. Goth lo tambó de espaldas y lo sujetó con sus dos garras traseras. El buho le golpeó con las alas, pero Goth aguantó los golpes, moviendo rápidamente la cabeza y esperando la oportunidad para clavarle los dientes.</p><p>--¡Huyamos! -oyó susurrar Shade a Marina.</p><p>Pero Shade era incapaz de apartar la mirada. El miedo reflejado en la cara del buho, aquel terror total e incrédulo, le había paralizado. Era terrible. Goth se echó hacia atrás mientras abría su largo hocico.</p><p>Shade se alzó frente a él y le lanzó a la cara una imagen ecosonora: un humano esquelético que se cernía sobre él con la cara encapuchada y las ranuras de los ojos en llamas.</p><p>Goth retrocedió con un grito y soltó al buho.</p><p>--¡Vuela! -le gritó Shade al ave.</p><p>El buho no necesitó que se lo repitiera. Se alejó entre una emplumada explosión de alas. Shade se elevó de golpe, virando sobre la cabeza de Goth al tiempo que su ilusión sonora se evaporaba. Vio a Marina a lo lejos, desapareciendo tras una densa capa de hojas, y encogiendo los hombros, aleteó con furia para darle alcance.</p><p>Oyó a Goth rugiendo de rabia a su espalda, pero no se volvió para mirarlo, sino que se sumergió en la espesura. Marina le esperaba al otro lado. Sin decir una sola palabra, ambos se internaron aún más en las profundidades de la exuberante vegetación y finalmente se acomodaron tras unas hojas gigantes de bordes curvos, quedando casi totalmente ocultos.</p><p>--¿Habrá más? -le susurró Marina.</p><p>Era una idea aterradora: más criaturas como Goth allí encerradas, del mismo modo que los murciélagos y los buhos habían sido encerrados en los otros bosques. Si los humanos habían capturado en su selva a Goth y a Throbb, quizá también habían capturado a otros y los habían llevado hasta allí. En ese momento, a Shade no le habría sorprendido ver también a Throbb renacer de sus propias cenizas. Si podían curarle las alas a Goth, ¿de qué no serían capaces? Shade escudriñó entre el denso follaje y escuchó con atención, pero lo único que logró oír fueron los sonidos del murciélago caníbal agitando violentamente las hojas a su paso, cada vez más cerca.</p><p>--Ya era hora de que me dieran comida de verdad -rugió Goth-. ¡Voy a darme un banquete contigo, Shade! Lo he visto en mis sueños, ¡y mis sueños siempre se hacen realidad! Soñé que mis alas estaban curadas, y lo están. ¡Y soñé que probaba el sabor de tu palpitante corazón! Y lo haré.</p><p>A Shade le temblaron las patas y tensó sus agotados músculos para que dejaran de moverse. Una gota de sudor le resbaló por el pelo de la cara y se le metió en el ojo. Intentó mentirse y decirse que se trataba de otra pesadilla, pero sabía que aquello era real y que no conseguiría escapar saliendo del sueño. Estaba terriblemente despierto.</p><p>Se produjo un repentino silencio que se alargó lo suficiente para que Shade empezara a albergar alguna esperanza, y, justo cuando se giraba para susurrarle algo a Marina, un ala oscura retiró la cortina de hojas y Goth se abalanzó sobre ellos en picado.</p><p>Antes incluso de que Shade pudiera moverse, el buho se había lanzado sobre la espalda de Goth y ambos cayeron al vacío entre las hojas. Shade alzó el vuelo con Marina mientras el buho y el murciélago caníbal luchaban abajo.</p><p>--¡No! -gritó Shade consternado-. ¡No podrás con él!</p><p>Sabía que el buho sería derrotado; era sólo cuestión de segundos. Pero ya no había forma de ayudarle. Shade voló hasta un pequeño claro y a punto estuvo de darse de bruces contra un humano.</p><p>Totalmente vestido de blanco, el humano encapuchado los ignoró, a él y a Marina, y siguió avanzando hacia el centro del matorral. Llevaba en la mano una de aquellas largas varas en cuyo extremo había una red. Shade vio cómo el humano levantaba la vara de metal en el aire. Otro humano se acercó desde el otro lado del matorral, empujó al buho con la vara y lo atrapó en la red en cuanto cayó exánime.</p><p>Shade los vio encerrando a Goth en una jaula y al buho en otra. Entonces se detuvieron, escudriñando la selva a su alrededor.</p><p>Saben que estamos aquí, pensó Shade.</p><p>Percibió un leve siseo, y al girarse vio abrirse una sección de la pared de piedra que dio paso a un tercer humano. Y en seguida la pared comenzó a cerrarse tras él.</p><p>--Marina -susurró, y se puso en marcha, aleteando con todas sus fuerzas hacia la abertura. El humano debió de verlos, porque emitió un grave e interminable gemido de sorpresa, girándose cuando pasaron como un rayo por su lado. La pared casi había vuelto a cerrarse del todo, pero Shade no pensaba detenerse. Había atravesado fisuras ocultas tras cataratas y podría también con ésta. Voló poniendo el cuerpo de lado, metió el estómago, plegó las alas y se coló por la abertura con Marina detrás de él a punto de clavarle las garras en la cola. La pared quedó sellada a su espalda con una leve aspiración y se encontraron fuera de la falsa selva.</p><p>Shade había estado antes en algunos edificios humanos, pero casi siempre en los escondrijos de las zonas altas a las que los humanos nunca subían: los chapiteles de las catedrales, la torre de un reloj, la buhardilla de una cabaña abandonada en las montañas.</p><p>Ahora estaban en un pasillo cegadoramente iluminado por lámparas situadas en el techo. Las paredes eran blandeas, tan blancas que podían ser vistos en cualquier momento. Instintivamente volaron hacia las esquinas superiores, intentando ocultarse en las diminutas manchas de sombra.</p><p>Descansaron durante un instante y Shade notó que Marina temblaba contra él. Entonces se dio cuenta de que era él quien temblaba.</p><p>--El buho nos ha salvado.</p><p>Marina asintió.</p><p>--Nunca imaginé que algún día recibiría ayuda de un buho. ¿Por qué crees que él...? ¿Por qué le ayudaste tú?</p><p>--No lo sé. Supongo que... me pareció lo correcto.</p><p>--¿Los humanos le habrán matado con esas varas metálicas?</p><p>--Creo que los dos todavía se movían. Sólo estaban aturdidos.</p><p>--Fue una suerte para el buho que aparecieran los humanos. De lo contrario ahora estaría muerto. ¿Qué hace aquí Goth?</p><p>--Deben de haberle capturado, aunque los anillos...</p><p>--Han desaparecido, lo sé -dijo Marina-. Y las alas, ¿le has visto las alas?</p><p>--Ni una sola cicatriz.</p><p>Marina asintió con tristeza.</p><p>--Quizá tengas razón, Shade. Quizá nos estén estudiando para algo. Tenemos que, decírselo a los demás.</p><p>Shade quería alejarse más de la puerta. Probablemente no pasaría mucho tiempo antes de que los humanos volvieran a salir, y casi con toda seguridad vendrían en su busca. Pero ¿hacia dónde ir?</p><p>El pasillo parecía alargarse indefinidamente en ambas direcciones. Había puertas a derecha e izquierda. Shade cerró los ojos y rápidamente recuperó el sentido de la orientación.</p><p>--Bien, quizá este pasillo pase por detrás de todos los bosques: primero por el de Goth, luego por el de los buhos, y después por el nuestro. Así es como entran en ellos los humanos.</p><p>Marina asentía.</p><p>--¿Lo seguimos hacia nuestro bosque?</p><p>--Todas estas puertas de la derecha dan a los bosques, ¿no? -dijo Shade, mirando a Marina en espera de una confirmación-. Esperaremos a que los humanos abran una y nos colaremos dentro.</p><p>--Puede que tengamos que esperar mucho. ¿Y ésas? -preguntó Marina, señalando las puertas situadas a la izquierda del pasillo.</p><p>Shade se encogió de hombros.</p><p>--Quizá lleven al interior del edificio, o a otros bosques... o quizá al exterior -añadió esperanzado.</p><p>De pronto se oyeron pasos y vieron acercarse a una hembra humana con la cabeza encapuchada. Shade contuvo el aliento cuando ella pasó por debajo. Los techos eran altos, pero la humana llevaba en la mano una de esas varas. Fácilmente podía levantarla y darles con ella. Afortunadamente no miró hacia arriba.</p><p>--Sigámosla -dijo Marina.</p><p>Pegados a las sombras del techo, siguieron a la hembra por el pasillo, siempre a una distancia prudencial. Un minuto después, la humana se detuvo delante de una puerta situada en la pared de la izquierda, dio unos golpecitos y tiró de ella para abrirla.</p><p>Una horrible oleada de llantos, en la que se mezclaban gritos de dolor y de miedo, salió despedida de la habitación, quedando instantáneamente silenciada cuando la puerta volvió a sibilar al sellarse. El pasillo quedó sumido en un callado susurro, pero aquellos terribles chillidos todavía resonaban en los oídos de Shade.</p><p>Eran chillidos de murciélago.</p><p>--Están ahí -dijo Shade con la boca reseca.</p><p>Marina sacudía la cabeza. Tenía los ojos muy abiertos. Había pánico en ellos.</p><p>--No quiero entrar ahí, Shade. Va a ser algo muy, muy horrible.</p><p>--Es ahí donde nos llevan. Tenemos que entrar -dijo con voz ronca. No lograba pensar con claridad y las ideas revoloteaban desordenadamente en su cabeza-. Debemos ver lo que hay dentro.</p><p>Nuevamente se oyeron pasos en el pasillo y Shade vio acercarse a tres humanos más. Dos de ellos llevaban jaulas en las manos. Goth y el buho. Se detuvieron delante de la misma puerta y hurgaron en un grupo de botones metálicos.</p><p>Shade miró a Marina y ésta sacudió la cabeza angustiada.</p><p>--¿Y si mi padre está ahí dentro? -susurró Shade. Vio a Marina desviar la mirada y luego asentir brevemente con resignación.</p><p>La puerta sibiló al abrirse. Shade se dejó caer del techo con Marina a su lado y aterrizaron en la espalda del humano que iba detrás. Se aferró con delicadeza a los holgados pliegues del traje blanco con las garras apenas clavadas a la tela, temeroso de atravesarla. Por encima de él vio a Marina firmemente agarrada entre los omóplatos del humano. Shade podía sentir la energía del humano a través del movimiento de la bata. El humano vaciló durante una décima de segundo. Se ha dado cuenta, pensó Shade preocupado, ha notado el peso... Pero en ese momento el humano apretó el paso tras sus compañeros.</p><p>Una vez atravesada la puerta se soltaron de inmediato y volaron directamente hacia arriba. Una triste oleada de chillidos se elevó con ellos. Shade no se giró ni miró hacia abajo hasta que no alcanzaron lo alto del techo.</p><p>Entrecerró los ojos. La habitación le hería, le deslumbraba aún más que el pasillo, y había también un olor, un espantoso olor a cuerpos sudorosos y aterrorizados, a bocas secas por el miedo.</p><p>En la habitación había dos urnas elevadas del suelo, tan gruesas como enormes árboles caídos. A Shade le pareció que estaban hechas de metal y, escudriñándolas con su visión ecosonora, vio que una especie de cristal, perforado con pequeños agujeros, cubría la parte superior.</p><p>A lo largo de cada una de las urnas metálicas, los humanos se inclinaban sobre el cristal. Introducían las manos por las numerosas aberturas situadas a ambos lados de las urnas. Parecían estar manipulando algo.</p><p>Murciélagos.</p><p>Shade vislumbró por primera vez bajo el cristal las conocidas siluetas familiares, desplegadas en una larga fila, aunque cada una separada de la siguiente por pequeñas paredes divisorias. En cada compartimento sólo había espacio para un murciélago tumbado y con las alas extendidas. Shade frunció el sueño. Inmóviles, los murciélagos parecían avanzar deslizándose por el interior de la urna, deteniéndose cada vez que llegaban hasta donde estaba colocado un humano.</p><p>Las manos desaparecían por las aberturas y Shade no podía ver lo que los humanos les hacían a los murciélagos porque las manos le tapaban la vista.</p><p>Pero sí podía oír las voces, esas voces estridentes que llenaban el aire húmedo de la habitación.</p><p>--¡Por favor!</p><p>--¡No! No...</p><p>--¿Por qué nos hacéis esto?</p><p>Y aún peor: les oía gritar nombres, llamarse los unos a los otros por la habitación, intentando averiguar dónde estaban y qué les estaba ocurriendo.</p><p>Los humanos trabajaban en silencio, fríos y eficientes. Shade vio que había machos y hembras con el pelo recogido, concentrados en su trabajo, y se acordó de cuando los había visto en la catedral de la ciudad, rezando de pie. También en aquella ocasión estaban en silencio, pero entonces había pensado en ellos de forma diferente. Había reverenciado su estatura y su fuerza. Ahora les tenía pánico.</p><p>--No puedo ver -susurró a Marina.</p><p>--Ni se te ocurra moverte.</p><p>Pero Shade no pudo contenerse. Tenía que averiguar lo que estaban haciendo. Se soltó y comenzó a bajar, pegado a la pared para no ser descubierto, mientras observaba a los humanos. Tan ensimismados estaban en su horrible tarea que nunca levantaban la mirada. No le verían.</p><p>--¡Shade! -Marina le seguía, tirando de él con las garras-. Sube. Tenemos que salir de aquí. Hay que contárselo a los demás.</p><p>Shade se sacudió las garras de Marina y siguió descendiendo, volando en pequeños y rápidos círculos.</p><p>Junto a los humanos había unas pequeñas plataformas elevadas llenas de instrumentos metálicos que brillaban cruelmente bajo la luz. Algunos estaban afilados. Una punzada de dolor atravesó el estómago de Shade al verlos. Los humanos cogían sus instrumentos e introducían sus manos enguantadas por dos grandes agujeros redondos abiertos en un lateral de la urna. Shade oía gritar a los murciélagos.</p><p>No había sentido tanta rabia desde que los buhos redujeron a cenizas Tree Haven. Los oídos le estallaban, y durante unos segundos no pudo ver nada. Voló aún más cerca, sus ojos estaban llenos de lágrimas de impotencia. Aquello no era La Promesa.</p><p>--¡Shade!</p><p>Oyó el grito de Marina y, casi al mismo tiempo, le recorrió una horrible sacudida. Se inclinó peligrosamente y sintió las extremidades entumecidas. Mientras caía vio retazos de cosas. La punta de una vara de metal, el rostro de un humano, la malla de una red cerrándose a su alrededor.</p><p/><p/><p>Estaba dentro de una de las urnas de metal.</p><p>Como si tuvieran vida propia, un par de manos gordas y enguantadas se abalanzaron sobre él y lo agarraron hábilmente, tumbándole de espaldas y sujetándole. Las manos estaban frías y desprendían un olor acre. Del otro lado de la urna, un segundo par de guantes revoloteaba a su alrededor. El metal brilló con gran intensidad. Antes incluso de que pudiera dar un grito de alarma, una cuchilla se deslizó por su estómago, afeitándole limpiamente un rectángulo de pelo. Shade miró con atención su piel sonrosada. Como un recién nacido: lampiño y débil.</p><p>Las manos se retiraron y, con un zumbido, el suelo de la urna comenzó a moverse. A través del techo de cristal. Shade vio alejarse deslizándose a los dos humanos, y a continuación otros dos se deslizaron hacia él.</p><p>El corazón le galopaba de miedo en el pecho. El suelo se detuvo. Shade se puso en pie e intentó desesperadamente clavar las garras en el cristal. Ni siquiera consiguió dejar en él las marcas de sus uñas. Con cierta dificultad, se giró y quedó de cara a una de las pequeñas paredes que le encerraban por ambos lados. Se lanzó contra ella y el dolor le atravesó el hombro. La barrera ni siquiera se movió.</p><p>--¡Marina! -gritó-. ¡Marina!</p><p>Pero no hubo respuesta. Esperaba que Marina hubiera escapado. Quizá todavía estuviera rondando cerca del techo, mirando impotente.</p><p>Unos dedos enguantados se cerraron sobre su cuerpo, y Shade volvió a dar un grito de alarma. Una segunda mano se cernió sobre él. Ésta sujetaba un dardo largo y cruelmente afilado, más largo que una aguja de pino, lo suficiente para atravesarle. De nuevo le empujaron hasta tumbarlo de espaldas. Incluso mientras se resistía era consciente de que no tenía ningún sentido: si querían, las manos que le aferraban podían triturarle los huesos. Shade sintió su fuerza bruta en cada uno de sus dedos. Soltó un chillido cuando vio aproximarse la aguja, cuya punta le pinchó en la zona afeitada del estómago, aunque no fue más allá. Shade vio aliviado cómo se retiraba. Las manos le soltaron.</p><p>Se miró el estómago y vio en él un diminuto verdugón inflándose en el punto donde se había clavado la aguja. Se lo tocó con la punta del ala y lo sintió extrañamente adormilado y abultado, como si no formara parte de él.</p><p>Volvía a moverse. Fatigado, rodó hasta quedar tumbado boca abajo, apretando bien las alas al cuerpo para dejar de temblar. Pero siguió temblando. Vio cómo los humanos se deslizaban hacia él con caras inquietantemente deformadas por el cristal. No le miraban a los ojos. ¿Por qué?, quiso preguntarles. Pero en sus caras, totalmente concentradas en su tarea, no había la menor expresión. Escudriñó angustiado sus rostros en busca de algún signo de compasión, de calidez, de pesar. Pero para ellos él no era nada. Le recorrió una profunda y rabiosa sensación de humillación: pensar que su colonia había creído que los humanos eran sus amigos y que los ayudarían, y ahora se veía tratado así.</p><p>Oyó la ronca respiración de un murciélago que procedía del otro lado de una de las paredes de separación.</p><p>--¡Hola! -le gritó-. ¿Cómo te llamas?</p><p>No hubo respuesta.</p><p>--¿Qué te han hecho?</p><p>Sólo oyó un gemido. Shade empezó a tiritar. Quizá fuera mejor no saber lo que le esperaba.</p><p>El suelo se detuvo y Shade fijó la mirada en las aberturas circulares de las paredes de la urna a la espera de que las manos asomaran por ellas, preguntándose con qué clase de horribles herramientas aparecerían esta vez. No tuvo que esperar mucho para saberlo. Cuatro manos se introdujeron simultáneamente en su compartimento por ambos lados, y esta vez Shade se resistió. Enseñó los dientes y arremetió contra los dedos, intentando atravesar los guantes hasta ver salir la sangre. Dio un mordisco y oyó con satisfacción al humano gritar de sorpresa y de dolor. Un par de manos se retiraron.</p><p>--¡Ya he tenido suficiente! -rugió Shade.</p><p>Pero una mano regresó, llevando entre los dedos una especie de varilla de metal, y Shade adivinó de lo que se trataba. Saltó de pared a pared, intentando evitarla, pero la varilla terminó por rozarle la cola y una familiar sacudida le recorrió las extremidades, que quedaron insensibles. Shade se desplomó, resollante.</p><p>Se quedó boca arriba. Le colocaron una pequeña pieza metálica en la zona afeitada del estómago. Shade levantó la cabeza para mirar, pero había demasiadas manos tapándole la vista. Vio otra aguja y una especie de hilo tieso unido a ella, y entonces, horrorizado, comprendió que iban a coserle aquella pieza de metal en el estómago. Le pareció ver cómo la aguja le atravesaba la piel y volvía a aparecer, pero lo único que experimentaba era una sensación pesada, como si un objeto romo topara contra él. La aguja le atravesó una y otra vez, uniéndole el círculo de metal al abdomen. Apareció entonces otro objeto afilado que cortó el hilo. Las manos se retiraron.</p><p>Ahora podía verlo bien. Del centro del estómago le salía un anillo redondo y metálico. Lo tocó tímidamente con la uña. El anillo se balanceó de lado a lado, por lo que Shade entendió que lo tenía totalmente pegado al abdomen y que ya era parte de él. Le habían añadido un fragmento de metal. La pieza metálica parecía totalmente fuera de lugar sobre su piel. Empezaba a notar un dolor sordo alrededor de la zona. Recordó cuánto había envidiado a Marina y a Frieda por sus anillos, cuánto había deseado tener uno: aquel objeto que los humanos daban como una bendición. Pero ahora sentía aquel objeto pegado a su piel y a sus huesos como algo ajeno, antinatural. Vio grabados extraños jeroglíficos humanos en la pieza. Lo odió.</p><p>Apenas había notado que volvía a moverse. Cuando se detuvo, más manos humanas se abalanzaron sobre él con otra pieza metálica entre los dedos. Esta vez se trataba de un disco, que le engancharon con una corta cadena al anillo que tenía pegado al estómago. Se sacudió para ponerse en pie y sintió cómo el disco, sorprendentemente pesado, le oprimía el estómago.</p><p>--¿Ya está? -gritó con voz ronca al murciélago vecino. Pero no obtuvo más respuesta que un aullido de dolor. De nuevo el terror le atenazó. ¿Qué más? ¿Qué faltaba todavía?</p><p>La urna volvió a zumbar. Al otro lado del cristal se acercaron más humanos. Vio sus manos junto a las aberturas e, hipnotizado, se quedó observándolas, incapaz de apartar la mirada. Se acercaban sujetando unas pinzas semejantes a las mandíbulas de un fiero animal metálico. Shade retrocedió, pero unas manos aparecieron por el otro lado y lo sujetaron con firmeza. Miró atentamente cómo se le acercaba el instrumento de dos puntas, apuntándole directamente a la cabeza.</p><p>--¡No! -chilló-. ¡No! ¡Por favor!</p><p>Pegó las orejas a la cabeza e intentó encogerse, intentó desaparecer, cerrando los ojos con fuerza como un recién nacido. Pero no sirvió de nada. Notó cómo el metal se deslizaba por la pared externa de su oreja y luego sintió un espantoso dolor agudo.</p><p>Creyó que el corazón iba a salírsele de las costillas. Pero lo peor había pasado, convertido ahora en un punzante recuerdo, y, al ver cómo la mano se alejaba con el instrumento, Shade se dejó caer, exhausto. Gracias, pensó paralizado. Al menos ya se había acabado. Seguía con vida.</p><p>Pero le habían dejado algo en la oreja. Sacudió la cabeza con furia, intentando quitárselo. Era algo que le habían incrustado en la membrana externa de la oreja, un objeto pequeño, frío y duro. Torció el cuello, intentando verlo, pero fue en vano.</p><p>De pronto el suelo de la urna se inclinó, la pared que tenía enfrente se retiró y Shade cayó torpemente en la oscuridad, dándose un fuerte golpe en la cabeza al aterrizar contra el suelo. Cuando levantó la mirada vio a otros murciélagos a su alrededor que le miraban entristecidos. Todos respiraban aceleradamente, como si acabaran de llegar de un largo viaje. Shade se encontraba en un gran contenedor en el que no había ninguna abertura, salvo aquella por la que había caído, a un lado. Se volvió hacia los murciélagos y reconoció algunas caras que había visto en el bosque, aunque no sabía sus nombres. Entonces vio que todos tenían tachuelas en las orejas y también vislumbró los discos de metal en sus estómagos. A ellos les había ocurrido lo mismo. Se dejó caer sobre el estómago. Le dolía todo el cuerpo, como si una tempestad le hubiera pasado por encima. Se sintió contagiado por el ambiente de derrota y estaba tan agotado que ni siquiera tenía fuerzas para hablar.</p><p>--¡Shade!</p><p>Al instante, otro murciélago cayó sobre él, prácticamente estrangulándole con los antebrazos y presionándole la nuca con la nariz, en un saludo desbordante de alegría. Shade reconoció su olor, el volumen de sus músculos y el destello plateado de las puntas de su pelaje.</p><p>--¡Chinook! -exclamó con sorpresa y genuino placer-. Hmm, Chinook, ¿podrías dejar de apretar tan fuerte? Me estás aplastando...</p><p>--Oh, perdona -se disculpó Chinook, relajando ligeramente los músculos alrededor de la garganta de Shade. A continuación miró por encima del hombro-: Oíd todos, ¡éste es Shade Silverwing! Es todo un héroe. ¡Él sabe lo que está ocurriendo!</p><p>Shade se quedó boquiabierto de puro asombro. ¿Chinook llamándole héroe? ¿Era una broma? Aunque, por la expresión de esperanza en el rostro de Chinook, Shade supo que hablaba en serio. Casi sonrió, pero entonces vio que todos los murciélagos se giraban hacia él, expectantes. Soltó un profundo suspiro. Estaba seguro de que no tenía las respuestas que esperaban.</p><p>--¿Cómo hemos llegado aquí? -preguntó un murciélago Hoary.</p><p>--Capturaron a muchos de vosotros mientras dormíais -dijo Shade-. A cientos. Los humanos entraron en el bosque y os arrancaron de vuestros nidos.</p><p>--¿Y mis padres? -preguntó Chinook, y Shade percibió la ansiedad en su voz.</p><p>Shade asintió.</p><p>--A ellos también. Deben de estar en otra jaula -añadió de modo tranquilizador.</p><p>--¿Pero cómo sabes todo esto? -preguntó otro murciélago-. Ninguno de nosotros se acuerda de nada. Simplemente despertamos y los humanos estaban... haciéndonos esas cosas.</p><p>--No me cogieron al mismo tiempo que a vosotros. Nos despertamos en el bosque y habíais desaparecido. Luego, al día siguiente, vine a buscaros. Encontré una salida... a través del arroyo -estaba demasiado exhausto para hablarles de los buhos y de Goth-. Me metí en esta habitación y vi todo lo que os estaban haciendo. Me cogieron cuando me acerqué demasiado -sintió que se le encogía la garganta-, y quizá también hayan cogido a Marina.</p><p>Su única esperanza era que Marina se hubiera quedado arriba y hubiera encontrado la forma de regresar al bosque para contárselo todo a los demás.</p><p>--¿Marina vino contigo? -preguntó Chinook, y Shade tuvo la sensación de que estaba encantado.</p><p>--Sí.</p><p>Chinook se acercó aún más, y bajando la voz, dijo:</p><p>--Entonces, ¿me echaba de menos?</p><p>Shade le miró, incapaz de creer que Chinook pudiera estar haciéndole esa pregunta en aquel preciso instante.</p><p>--Porque estoy seguro de que le gusto -dijo Chinook, seguro de sí.</p><p>--¿Qué son estas cosas que nos han pegado? -preguntó un murciélago Fringed, golpeando la chapa de metal de su oreja.</p><p>--No lo sé -respondió Shade.</p><p>--Y estos discos tan pesados, ¿para qué son?</p><p>--No lo sé -volvió a responder Shade con creciente frustración.</p><p>--Si Arcadia estuviera aquí, ¡ella lo sabría! Tenía razón sobre ti: no eres más que un alborotador. ¡No sabes nada!</p><p>--¡Lo único que sé es que deberíamos escapar! -le replicó Shade-. ¿Alguno de vosotros lo ha intentado?</p><p>--No.</p><p>Genial, pensó Shade. Son todos una pandilla de inútiles. ¿Siempre tengo que hacerlo yo todo?</p><p>--¿Por qué deberíamos escapar? -preguntó un Long-ear anillado-. ¿Cómo sabemos que esto no es parte de La Promesa?</p><p>--Muy bien, entonces quedaos -soltó Shade-. Yo me largo. ¿Quién viene conmigo?</p><p>Durante un segundo se produjo un deprimente silencio, y luego...</p><p>--Yo.</p><p>Era Chinook.</p><p>Shade sintió una oleada de alivio y gratitud.</p><p>--Venga, vamos.</p><p>Se dirigió a toda prisa hacia la pequeña abertura situada en uno de los laterales y sacó la cabeza por ella. Había un túnel casi vertical, y muy por encima de su cabeza pudo ver el cristal que los encerraba dentro.</p><p>De repente una Brightwing cayó dando bandazos hacia él, y Shade se hizo a un lado justo cuando ella se deslizó dentro, aturdida. No era Marina. Shade sintió una mezcla de decepción y de alivio. Si Marina estaba libre, quizá podría ir en busca de ayuda. Aunque en ese momento ni siquiera era capaz de imaginar qué tipo de ayuda podría encontrar.</p><p>Sin previo aviso, el contenedor dio una repentina sacudida. La abertura del lateral fue rápidamente sellada por un panel deslizante y la inesperada y total oscuridad desató el pánico de los murciélagos.</p><p>--¿Qué ocurre ahora? -gimoteó uno.</p><p>--¡No puedo más! -gritó otro.</p><p>Sus voces se amontonaban unas sobre otras, con creciente angustia e intensidad. Shade intentó no escucharlas. Con su visión ecosonora examinó al panel deslizante y oyó un preciso chasquido metálico que procedía de un pequeño agujero situado a inedia altura.</p><p>--Chinook, aúpame.</p><p>Se subió a la espalda de Chinook y se levantó sobre las patas. A duras penas llegaba al pequeño agujero con el pulgar, pero consiguió clavar en él la garra. Con todo su peso intentó tirar del panel para abrirlo, pero el panel ni siquiera se movió. En algún punto de aquel agujero, el panel estaba firmemente cerrado.</p><p>En ese momento el contenedor se balanceó peligrosamente, dibujando un arco, y Shade se tambaleó sobre la espalda de Chinook y fue a dar al suelo. Oyó fuertes pisadas humanas. Se los llevaban a alguna parte. Una puerta sibiló al abrirse. Y de repente hacía mucho más frío. Las pisadas crujían.</p><p>Nieve.</p><p>--El exterior -oyó susurrar a Chinook.</p><p>A Shade casi se le parte el corazón de añoranza. Al otro lado de aquel contenedor estaba el mundo. Deseó poder escapar, abrir las alas y salir volando, y que los humanos no volvieran a atraparlo jamás. Golpeó la pared con las alas, y entonces el dolor le hizo recuperar el sentido. No tenía necesidad de desperdiciar sus energías de ese modo.</p><p>De repente los pasos sonaron más fuertes y más cercanos, captó su eco. Estaban dentro de algo, aunque el frío apenas había disminuido. La jaula se zarandeó bruscamente, lanzando a Shade contra Chinook.</p><p>Allí había otros murciélagos. Shade pudo oír sus voces, que se elevaban al otro lado de las paredes de su contenedor en un lamento confuso y fantasmagórico. Se acordó de la cámara de los ecos de Tree Haven, a la que Frieda le había llevado tiempo atrás para que oyera las antiguas historias: siglos de sonido susurrando en el aire. ¿Era eso todo lo que iba a quedar de ellos? ¿Serían pronto simples creadores muertos de sonidos perdidos?</p><p>Sintió a Chinook arrebujándose contra él y entonces oyó un tremendo golpe, como de metal contra metal, que le hizo dar un respingo. Durante unos segundos se hizo un silencio tenso. Después, el suelo del contenedor empezó a vibrar profunda y fuertemente, agitando los huesos de las patas, la columna y el pecho. Shade tuvo la sensación de estar dentro de la barriga de una enorme bestia mecánica.</p><p>Sopló una fuerte corriente de aire y a Shade se le taparon los oídos. Tragó saliva y miró a Chinook. Ambos estaban demasiado aterrados para poder hablar. La vibración se hizo más intensa, de manera que parecía provenir del tuétano de sus propios huesos. El contenedor zumbaba.</p><p>Se movían, no sólo la jaula, sino también lo que les rodeaba. A Shade le pareció percibir algo de una fuerza inmensa que se movía despacio al principio y que luego iba ganando velocidad. La jaula se ladeó y Shade desplegó las alas instintivamente para no perder el equilibrio.</p><p>Un aterrorizado silencio se había extendido entre los demás murciélagos. Algunos murmuraban por lo bajo, quizá rezándole a Nocturna. Pero Shade tenía la mente en blanco y se avergonzaba de sí mismo. Tenía que pensar, tenía que hacer algo. Aunque lo único que podía hacer era esperar estúpidamente a que llegara lo que tuviera que llegar.</p><p>De pronto la vibración disminuyó y Shade sintió una ligereza que le resultó extrañamente familiar.</p><p>--¡Estamos volando! -dijo.</p><p/><p/><p/><p/><p/><p/><p/><p/><subtitle><strong>SEGUNDA PARTE</strong></subtitle><p/><p/><p/><p/><p/><p/><subtitle><strong>_____ 7 _____</strong></subtitle><subtitle><strong>VOLANDO</strong></subtitle><p/><p>Marina se agarró al casco de la máquina voladora cuando ésta viró hacia el cielo nocturno. Sabía que sus garras no resistirían mucho más contra el viento, cuya fuerza laceraba su cuerpo, bramando en sus oídos. Había una pequeña muesca en el casco metálico, a menos de dos centímetros de ella. Quizá, si lograba alcanzarla, la protegería. Si se movía corría el peligro de soltarse, pero si no lo hacía sería arrastrada por el viento con toda seguridad.</p><p>Tensó el cuerpo y levantó la garra izquierda. De inmediato el viento la arrancó del casco, lanzándola hacia atrás por el cielo. Marina oyó el chillido de uno de los alerones de la máquina al pasar junto a ella, casi cortándola en dos. Mientras daba bandazos en el aire vio cómo la máquina voladora, ya muy lejos de ella, ganaba altura.</p><p>--¡No! -gritó, desplegando las alas y lanzándose tras ella. La máquina apenas era ya más grande que un pájaro, las luces parpadeaban en su panza, y se llevaba a Shade. De su boca salió un jadeo angustiado, como si sus pulmones hubieran dejado escapar un último aliento. Siguió mirando la máquina voladora hasta que ésta desapareció, y experimentó una espantosa sensación de pérdida que no había sentido desde que su padre y su madre la repudiaron, condenándola al exilio.</p><p>Ya no estaba. Shade ya no estaba.</p><p>Tensó las alas y se dejó caer al vacío, atraída por la fuerza de la gravedad, dibujando en su descenso una lenta espiral. Lo había visto todo: cómo Shade fue golpeado por la vara de metal de los humanos, quedando atrapado en una de sus urnas. Desde el techo había visto su cuerpo bajo el cristal, manoseado por manos laboriosas. Había alcanzado a ver cómo le sujetaban algo metálico al cuerpo. Le oyó chillar. Y después Shade había desaparecido al caer en aquel enorme contenedor. Un humano lo selló, luego lo cogió y se lo llevó hacia una puerta. Marina le había seguido, deslizándose a través de la puerta que ya se cerraba y saliendo al crepúsculo invernal.</p><p>Había muchos humanos llevando contenedores por la nieve hasta una larga carretera donde descansaba una enorme máquina voladora. Marina se quedó atrás, asustada, mientras los humanos metían los contenedores en el estómago de la máquina.</p><p>Cobarde, se dijo Marina tristemente. Te ofreció su amistad cuando nadie más quería ser tu amigo; te dio un nuevo hogar entre los Silverwings. Deberías haber entrado en la máquina voladora. Así, al menos, estarías viajando con él en vez de ver cómo desaparece.</p><p>El sur. Esa era la dirección que había tomado la máquina: hacia el sur.</p><p>Debajo de ella estaba el edificio humano, que resplandecía fríamente a la luz del crepúsculo. Ya no se arremolinaba en torno a él la mágica melodía de los murciélagos, nada la atraía hacia él. No era más que un enorme montón de piedra y metal, como cualquier otro edificio.</p><p>Libre, pensó Marina con amargura. Aflora estoy libre. Pero nunca se había sentido menos libre. Decírselo a Ariel, decírselo a Frieda... No conseguía pensar en otra cosa. Tenía que volver dentro. Ahora tenían que salir todos de allí, de eso estaba segura. Frieda sabría qué hacer. Volarían hacia el sur, alcanzarían el avión y encontrarían a Shade. Sí, eso era. Encontrarían a Shade.</p><p>Reconoció el trecho de tejado que habían sobrevolado cuando llegaron y, después de unos minutos, distinguió una de las aberturas de acceso. Se precipitó hacia ella y luego, asustada, se detuvo. Si pasaba por ahí, nunca volvería a salir. Tenía que lograr que fuese posible salir.</p><p>Miró el edificio enfurecida, odiándolo.</p><p>Deseó aplastarlo.</p><p>Pues aplástalo.</p><p>Voló a ras del suelo y buscó la piedra más grande que pudiese transportar. La cogió entre las garras traseras y voló a gran altura, apuntó y la soltó. La siguió con la vista mientras caía e iba a dar justo en el centro de un panel de cristal. Nada. Ni siquiera una grieta. Cogió otra piedra, consiguió alzarse en el aire y la dejó caer sobre el mismo punto. La piedra rebotó, inofensiva.</p><p>Eso sólo le dejaba una elección.</p><p>Tendría que usar la puerta.</p><p>Recordó haberle oído explicar a Shade que sólo se abría en un sentido. Pero ni hablar de quedar atrapada de nuevo en aquel bosque. Voló bajo, y por fin sus ojos vislumbraron lo que estaba buscando, una ramita, gruesa y no demasiado larga. La cogió y voló hacia la abertura de acceso. Justo antes de entrar, intentó recordar lo que había ocurrido la última vez, cuan rápida era la caída cuando se llegaba al final del túnel. A punto de descender, se detuvo un momento en el borde. Llenó de aire los pulmones, desplegó las alas y se dejó caer.</p><p>Le saltaron chispas de las garras cuando las clavó en las paredes. Sus alas vibrantes se apretaban contra el pozo, frenando un poco su descenso. Más despacio... más despacio... se apremió. Con su visión ecosonora consiguió distinguir el final del pozo acercándose a ella a toda velocidad y la tapa metálica que sólo se abría en un sentido. Si no lograba frenar lo suficiente la atravesaría, y ahí terminaría todo.</p><p>Apretó aún con más fuerza las alas contra las paredes del pozo, clavó las garras en el metal, y...</p><p>La tapa se levantó cuando Marina llegó junto a ella, y consiguió trabarla metiendo su cuerpo en la abertura. Jadeando a causa del esfuerzo, introdujo rápidamente la ramita debajo de la tapa, que cayó con fuerza y rechinó al frenarse. La rama se dobló un poco, pero aguantó.</p><p>A través de la abertura, Marina vio el bosque.</p><p>Había vuelto.</p><p>Pero esta vez tenía una salida.</p><p/><p/><p>De pie sobre la espalda de Chinook, Shade lanzó sus señales sonoras por el diminuto agujero del panel metálico. Los ecos que recogió le llenaron la mente de una confusa telaraña de metal. Rápidamente intentó darle un sentido a todo aquello. Era una especie de cerradura. Y los humanos debían de tener algún tipo de herramienta que introducían en ella para abrirla. Quizá él pudiera fabricar su propia herramienta... con sonido. Abrir la cerradura así.</p><p>Shade no sabía lo que había al otro lado del panel, pero no tenía la menor intención de seguir ahí esperando durante más tiempo. Los demás murciélagos estaban agazapados en el suelo, algunos mirando en silencio, otros murmurando entre ellos desamparados.</p><p>--¿Puedes abrirla? -preguntó Chinook desde abajo.</p><p>--Eso espero.</p><p>--Puedes hacerlo -dijo Chinook, asintiendo con confianza-. Te vi mover aquellas piedras. Puedes hacerlo.</p><p>--Gracias -dijo Shade, conmovido por la lealtad de Chinook.</p><p>Arrojó una aguja ecosonora al interior de la abertura y vio en su mente cómo rebotaba contra las piezas metálicas, haciendo que una o dos se movieran ligeramente. Ahora sabía qué piezas necesitaba mover: tres, de ellas, y todas a la vez. Contuvo el aliento, apuntó y envió un rayo de sonido de tres puntas. El metal se movió y se oyó un pequeño chasquido que sacudió el panel.</p><p>--Lo he conseguido -susurró. Entonces, alzando la voz-: ¡Lo he conseguido! ¡Está abierto!</p><p>Los demás murciélagos le miraron desde abajo.</p><p>--Pero no sabemos qué hay del otro lado -dijo el Long-ear anillado-. Quizá estemos mejor aquí dentro.</p><p>--Quizá sea esto lo que supuestamente deba ocurrir -dijo otro murciélago esperanzado-. Arcadia siempre decía que todo lo que hacen los humanos es parte del plan.</p><p>--¿Acaso tenéis la impresión de que esto es algo bueno? -dijo Shade amargamente-. ¿No recordáis cómo nos han pinchado, cómo nos han cosido esas cosas al cuerpo, cuánto dolía?</p><p>El horrible lamento que llenaba la sala todavía resonaba en su cabeza.</p><p>--Pero quizá se supone que debemos soportar el sufrimiento. Puede que sea una prueba -dijo el Long-ear.</p><p>--Quizá -dijo Shade, y por un momento también él deseó tumbarse en el suelo a descansar y esperar. ¿Le había ocurrido eso también a su padre? Cómo deseó en ese momento poder hablar con él.</p><p>Miró a los murciélagos y suspiró.</p><p>--El panel está abierto -se limitó a decir-. El que quiera puede irse. Vamos, Chinook, larguémonos de aquí.</p><p>Vio un ligero temblor de duda en el cuerpo de Chinook, pero en seguida siguió el ejemplo de Shade y, juntos, clavaron las garras y cargaron con todo su peso contra el panel, empujándolo. El panel se deslizó hacia atrás, despacio pero con suavidad, y al otro lado había...</p><p>Otra pared negra que les bloqueaba la salida.</p><p>Chinook se desplomó.</p><p>Shade miró el muro, desalentado, y entonces se dio cuenta de que era otro panel, idéntico al primero, con un diminuto agujero donde estaba la cerradura.</p><p>--Es otra jaula -dijo.</p><p>Hasta él llegaron, débiles, los ruidos de otros murciélagos murmullos exhaustos, algún que otro grito de ayuda.</p><p>--Quizá también pueda abrir ésta -dijo Shade.</p><p>--¿Para qué? -gimoteó un Graywing a su espalda.</p><p>--Seguro que es otra jaula -dijo otro murciélago-. ¿Y cómo se supone que saldremos de ésa?</p><p>--Nunca conseguiremos escapar -lloriqueó un tercero.</p><p>--Es mejor que quedarnos aquí sentados esperando -dijo Shade enfadado. De nuevo se subió a la espalda de Chinook y examinó con señales ecosonoras el interior del agujero. Qué murciélagos tan estúpidos. Le daba igual lo que dijeran. Seguiría intentado salir de allí hasta la muerte.</p><p>Era obvio que estaban dentro de una especie de máquina voladora humana. Y si lograba salir de todas esas jaulas, quizá hubiera alguna forma de escapar también de aquella máquina voladora. Salir al aire libre. Volver al mundo.</p><p>La cerradura era ligeramente distinta de la primera, pero Shade reconoció en ella el mismo sistema de metal giratorio. Contuvo el aliento, apuntó y disparó una ráfaga de sonidos. A tenor del sólido chasquido, supo que lo había conseguido. Con la ayuda de Chinook empezó a retirar el panel. Probablemente hubiera más inútiles murciélagos ahí dentro, pensó con una mueca de fastidio.</p><p>Apenas habían retirado el panel unos centímetros cuando un gigantesco hocico asomó por la ranura, golpeando a Shade, que cayó sobre su cola. Vio los colmillos y supo de inmediato lo que había ocurrido.</p><p>Acababa de abrir la jaula de Goth.</p><p>Se puso en pie y se lanzó contra el panel con Chinook, empujándolo a su posición original.</p><p>--¿Qué es eso? -preguntó Chinook con un hilo de voz.</p><p>--Te presento a Goth -gruñó Shade, y por encima del hombro gritó a los demás murciélagos-: ¡Ayudadnos!</p><p>La cabeza de Goth asomó aún más por la ranura, y eso era todo lo que Chinook y Shade podían hacer por impedir que el panel siguiera deslizándose. Si Goth lograba entrar, todo habría terminado. Era inimaginable lo que podía ocurrir.</p><p>Unos cuantos murciélagos consiguieron controlar el terror que los atenazaba ante la visión de los dientes de Goth, añadieron su peso al de Shade y Chinook y empujaron. Pero Goth resistía, azotando con el hocico a derecha e izquierda, intentando colarse a través de la ranura. Hay que evitar que meta los hombros, pensó Shade. En cuanto eso ocurriera, ya no habría forma de impedirle el paso.</p><p>La cabeza de Goth empujó con fuerza y ahora sus ojos estaban de este lado. Shade miró uno de esos salvajes ojos negros, situados a un centímetro escaso de su propia cara, y parpadeó cuando le envolvió el aliento abrasador de Goth. Estuvo a punto de vomitar. Sabía que Goth lograría pasar a menos que hiciera algo rápido.</p><p>Soltó el panel, se lanzó hacia delante y hundió los dientes en su mejilla con todas sus fuerzas. Goth retiró la cabeza con un rugido de dolor y de rabia, y el panel se cerró sobre el afilado gancho de su nariz. Goth volvió a aullar y se retiró completamente.</p><p>El panel se cerró del todo.</p><p>--No lo soltéis -jadeó Shade, escupiendo asqueado el sabor de Goth-. Tengo que volver a asegurar la cerradura.</p><p>Pero Goth ya estaba embistiendo nuevamente el panel, que con cada golpe se abombaba más.</p><p>--¿Qué era eso? -tartamudeó uno de los murciélagos.</p><p>--Un murciélago de la selva. Su nombre es Goth.</p><p>--¿Le conoces?</p><p>Shade se limitó a asentir.</p><p>--Come murciélagos. Necesitamos refuerzos.</p><p>Cinco nuevos murciélagos se aproximaron a regañadientes, y se apoyaron contra el panel mientras Goth golpeaba desde el otro lado, intentando volver a abrirlo.</p><p>Shade no tenía ni idea de si podría asegurar la cerradura. Abrirla era una cosa, pero se preguntó si sería capaz de llegar con sus ecos a las piezas adecuadas y colocarlas en su lugar.</p><p>Inundó de sonidos el interior de la cerradura, pero éstos sucumbieron bajo los rugidos de Goth que venían del otro lado del panel. Se miraron a los ojos a través del diminuto agujero situado en el delgado panel metálico.</p><p>--Voy a comerte vivo, Shade -dijo su aliento caliente y apestoso.</p><p>Shade no tuvo tiempo de hacer otro intento para asegurar la cerradura. Un profundo zumbido procedente de la máquina los envolvió y de pronto todo el contenedor empezó a inclinarse lentamente hacia atrás. Shade intentó aferrarse al panel, pero fue inútil. Resbaló por el suelo, cayendo encima del resto de murciélagos, en un amasijo de codos, ganas y alas desplegadas para mantener el equilibrio.</p><p>El panel. No quedaba nadie para sostenerlo.</p><p>Incluso a medida que el contenedor iba inclinándose aún más, amontonando a los murciélagos en tropel. Shade seguía sin perder de vista el panel, atemorizado. El panel dio una sacudida, se abrió apenas un centímetro, y entonces se deslizó de golpe del todo.</p><p>Goth se abalanzó sobre ellos enseñando los dientes, y, en esa décima de segundo, Shade tuvo tiempo de ver que también él llevaba una tachuela clavada a la oreja. De su estómago colgaba un disco metálico igual al suyo, sólo que mucho, mucho más grande.</p><p>Shade pataleó y golpeó en el cuello a Goth, que apartó de él sus dientes durante un segundo, sólo un segundo. La confusión era total, una masa enfurecida de alas y palas. Goth estaba encima de él con la saliva cayéndole de la boca. Shade vio cómo hundía los colmillos en el pelo, y gritó de dolor antes de darse cuenta de que aquel pelaje no era el suyo.</p><p>Entonces el techo del contenedor se abrió de golpe. Se oyó el ensordecedor bramido del viento. Shade fue aspirado hacia arriba y salió dando bandazos por el aire. No tuvo tiempo de desplegar las alas, no tuvo tiempo de nada. Sólo vio algunos retazos sesgados de lo que le rodeaba: el vasto interior de la máquina voladora, puertas enormes abiertas como fauces. Y, más allá de las puertas, el cielo nocturno.</p><p>A su alrededor había cientos de murciélagos, arrojándose con violencia hacia las puertas a medida que salían aspirados fuera de los contenedores. Nadie se resistía y Shade tampoco quiso hacerlo. Se había librado de Goth y del contenedor humano.</p><p>Salió al aire libre.</p><p/><p/><p>Marina no desperdició un solo segundo. No tenía la menor idea de cuánto tiempo lograría la rama mantener abierta la tapa. El aire frío silbaba al colarse en el calor artificial del bosque. Se lanzó al vacío.</p><p>--¡Deprisa! -gritó-. ¡Tenemos que irnos! ¡Tenemos que salir de aquí! ¡Ahora!</p><p>Acababa de anochecer y todos estaban ya despiertos y listos para salir a cazar. Los murciélagos se giraron sorprendidos al oír su voz. Pero Marina no se detuvo a explicar. Voló directa hacia el tramo del arroyo donde les gustaba comer a los Silverwings y allí encontró a Ariel y a Frieda, que la miraron ansiosas.</p><p>--¿Dónde has estado? -exigió saber Ariel de inmediato, y a continuación preguntó con la voz repentinamente ronca de miedo-: ¿Dónde está Shade?</p><p>--Le han cogido -jadeó Marina, colgándose boca abajo junto a ellas.</p><p>--Recupera el aliento -le dijo Frieda con firmeza.</p><p>Pero Marina sacudía la cabeza con insistencia.</p><p>--He bloqueado la entrada. Por favor, no me pidáis que os lo explique ahora. Tenemos que irnos.</p><p>--¿Qué le ha ocurrido a Shade? -insistió Ariel.</p><p>--Se lo llevaron con los demás.</p><p>Se oyó un crujido de alas. Arcadia descendía sobre ellas frunciendo el ceño severamente.</p><p>--¿Qué es todo esto? ¡Estás sembrando el pánico!</p><p>Cuando Marina consiguió volver a respirar más o menos con normalidad, les contó a toda prisa cómo ella y Shade se habían sumergido en el arroyo, y habían pasado por el bosque de los buhos hasta el de Goth. Les habló de la sala donde los humanos cosían los anillos de metal a los murciélagos y cómo después los metían en jaulas y los llevaban a la máquina voladora.</p><p>Y con cada latido de su corazón. Marina pensaba en la puerta y en la rama. ¿Cuánto tiempo aguantaría manteniendo la tapa abierta?</p><p>--Tenemos que darnos prisa -dijo suplicante-. La máquina voladora se dirige hacia el sur, y...</p><p>--¿Qué te hace pensar que lo que nos estás contando es motivo de alarma? -dijo Arcadia irritada.</p><p>Su pregunta parecía tan absurda que Marina se quedó muda de asombro.</p><p>--¿Qué diferencia hay entre eso y anillarnos? -insistió Arcadia-. Hemos aprobado que nos anillaran durante años. Esto es lo mismo.</p><p>--No, yo estuve anillada. Era diferente. O quizá no lo fuera, puede que sea todo lo mismo, pero lo que hacían ahí dentro no estaba bien. Yo lo vi.</p><p>Todavía sentía en las aletas de la nariz el olor de la sala, el miedo y el dolor, como una niebla venenosa.</p><p>A esas alturas, una enorme multitud se había agrupado a su alrededor: murciélagos ansiosos que escuchaban a Marina relatar su historia. Pero la voz de Arcadia era poderosa y segura de sí.</p><p>--¡Presumes de saber más que los humanos... más que la propia Nocturna! Somos criaturas insignificantes. ¡Debemos confiar en las señales y esperar! ¿Cómo sabemos que los buhos no están presos aquí a fin de mantener seguros los cielos para nuestros hermanos y hermanas que están en el exterior? Y ese caníbal del que hablas, quizá también él sea prisionero en beneficio nuestro.</p><p>Marina miró de modo suplicante a Ariel y a Frieda, que la miraban a su vez, como intentando encontrar la verdad en su rostro y en sus ojos.</p><p>--Nos vamos -dijo Frieda-, y todo aquel que quiera venir, ¡que venga ahora! -desplegó las alas y se elevó entre las ramas al tiempo que su voz manaba de ella, estallando entre las hojas del bosque-. Todos los que deseéis salir de este lugar, volad con nosotros. Tenemos razones para creer que los humanos nos están haciendo daño. ¡Venid ahora, os lo ruego!</p><p>Agradecida, Marina fue tras ella con Ariel. Arcadia las siguió.</p><p>--¡No vayáis con esos murciélagos! -gritó-. Os están apartando del camino. No han sido elegidos, sino que están aquí para causaros miedo y desconfianza y tentaros para que os alejéis del paraíso. ¡Quedaos!</p><p>Y a medida que Frieda gritaba su mensaje a través de las copas de los árboles, sólo unos cuantos murciélagos acudieron a volar con ellas, la mayoría eran los Silverwings que habían viajado a su lado desde Hibernaculum.</p><p>--Ya lo veis -chilló Arcadia satisfecha-. Nosotros ponernos nuestra fe en manos de un poder más grande que el vuestro.</p><p>--En ese caso, os deseo lo mejor -dijo Frieda.</p><p>Al oír fuertes pisadas por encima de su cabeza, Marina aleteó con más fuerza. Dos humanos avanzaban cautelosamente por el entramado metálico del techo de cristal... hacia la abertura de acceso.</p><p>--¡Deprisa! -apremió-. Deben de haber descubierto que he atrancado la puerta.</p><p>Vio aliviada que la rama todavía aguantaba, aunque temblaba bajo la presión de la tapa. De la pared salía una espiral de humo acre y el silbido del mecanismo sonaba cada vez más fatigoso.</p><p>--¡Rápido! -gritó, esperando en el umbral y haciendo pasar a los murciélagos.</p><p>Percibía a los humanos muy cerca y se oía el sonido de metales entrechocando y de cosas que se levantaban. De pronto, a su lado se deslizó un panel y una mano humana se introdujo por él y tanteó la zona. Tocó la rama, cerró los dedos a su alrededor y empezó a tirar de ella.</p><p>Marina hundió los dientes en la carne blanda, no sin cierta satisfacción.</p><p>Se oyó un gritó y la mano se retiró.</p><p>Marina vio a Frieda colarse por el hueco, luego a Ariel. Iba a hacer lo mismo cuando la mano humana volvió a asomar de golpe, esta vez con un dardo malvadamente puntiagudo entre los dedos. Marina se hizo a un lado, pero el humano agitaba el dardo salvajemente, bloqueándole el paso hacia la salida. Oyó a Ariel llamándola desde lo alto del pozo.</p><p>Se mantuvo apartada, esperando, viendo cómo el dardo se clavaba a ciegas a su alrededor. La rama empezaba a resbalar, la tapa se cerraba. Se lanzó y la tapa se cerró sobre su cola. Marina tiró de ella con una mueca de dolor y sintió cómo se le arrancaba parte de la piel. Pero había pasado. Desplegó las alas y con las garras arañaba el metal a medida que trepaba por el empinado pozo. Colgada por encima de ella, Ariel la esperaba ansiosa. Marina se arrastró jadeando hacia el extremo del túnel y se lanzó tras Ariel, irrumpiendo en el cielo estrellado.</p><p/><p/><p>El violento impacto del aire frío le dejó sin aliento. Dando volteretas en el aire, Shade vio nubes, aunque no sabía si caía desde ellas o hacia ellas. Bajaba a tanta velocidad que tuvo miedo de desplegar las alas por si el viento se las arrancaba. Se ahogaba, el viento le robaba el aire. Estaba en el cielo, pero no había aire que respirar.</p><p>¿Cómo podía ser que estuviera cayendo hacia las nubes? Se le encogió el estómago y contuvo una arcada. Se le distorsionó la visión y sus ojos llamearon. Había estrellas en lo alto. Eso era normal, ¿no? Sí. Estrellas en lo alto. Bien. ¿Nubes debajo? No, eso no era buena señal. No se cae hacia las nubes.</p><p>Era como un recién nacido que, con tan sólo unos días, intenta descifrar lo que le rodea. Poco a poco se le ocurrió que quizá estuviera más alto que las nubes.</p><p>Y entonces el mundo volvió a tener sentido.</p><p>Nunca había estado a tanta altura. No era de extrañar que tuviera frío ni que apenas pudiera respirar. ¿Es que había aire a esa altura? Seguía dando volteretas, pero fue desplegando gradualmente una pequeña porción de las alas para estabilizarse.</p><p>Había estrellas por encima de él, y un pedazo de luna, y vislumbró a otros murciélagos que salpicaban el cielo nocturno y que caían como él. Ahora se precipitaba directamente hacia abajo y se dio cuenta de que el disco de metal que llevaba encadenado al cuerpo le hacía descender a una velocidad peligrosa. En el contenedor, donde había estado casi todo el tiempo a gatas, no había notado lo pesado que era. Ahora era como un lastre. Debajo de él había un mar de nubes.</p><p>Poco a poco fue desplegando más las alas. El viento las golpeó por debajo, y y su columna absorbió el impacto al tiempo que los brazos se le levantaban como dos látigos. Al aminorar la velocidad de golpe, sintió como si de repente estuviera siendo succionando de nuevo cielo arriba.</p><p>Pero las nubes seguían acercándose a él muy rápido y no pudo evitar cerrar los ojos y contener el aliento cuando chocó contra ellas. Experimentó como una colisión cuando atravesó la superficie, luego turbulencias, y fue dando bandazos mientras iba cayendo a plomo, perforando la base de un banco de nubes para, segundos después, precipitarse en el siguiente.</p><p>Estaba empapado. Tenía el pelo cubierto de escarcha y tiritaba violentamente. No podía ver nada dentro de las nubes. ¿Dónde estaba Chinook? ¿Dónde estaba Goth?</p><p>De pronto hacía más calor.</p><p>En cuestión de segundos se le habían descongelado las alas y al poco rato las tenía totalmente secas.</p><p><emphasis>Fiuuu, </emphasis>atravesó otro banco de nubes, <emphasis>fiuuu </emphasis>de nuevo, y entonces el calor le envolvió por completo, aquel calor pegajoso que había sentido en la selva artificial de Goth.</p><p>Miró de nuevo hacia arriba, alarmado. A través de los claros que dejaban las nubes vio las estrellas e intentó identificar las constelaciones que conocía. Las estrellas no se unían, estaban todas en el sitio equivocado. Volvió a sentir un vacío en el estómago.</p><p>La chapa metálica que tenía pegada a la oreja empezó a cantar.</p><p>Shade dio un respingo, sorprendido. La chapa le estaba dibujando en la mente un tosco mapa de sonidos: una simple formación de líneas y puntos. Quizá, una ciudad. Una ciudad de noche. Y entonces la silueta de un único edificio empezó a brillar con más intensidad que el resto. El edificio no era más que un gran bloque de cemento, muy poco interesante a la vista, del que partían, como los rayos de una rueda, otros edificios más estrechos.</p><p>Shade sacudió la cabeza en un intento por desprenderse de la imagen, pero ésta no desapareció, sino que siguió centelleando en su mente una y otra vez.</p><p><emphasis>¡Fiuuu!</emphasis></p><p>Por fin salió de la última capa de nubes y una densa constelación de luces resplandeció ante él. Todavía estaba a gran altura y la ciudad se extendía en todas direcciones. Era incluso más grande que la última ciudad que había visto en el norte. A medida que descendía sobre ella, observó que los edificios no eran tan altos ni sus auras tan brillantes.</p><p>La ciudad que tenía debajo y la que relucía en su mente parecían superponerse. Y Shade vio la mole del edificio a lo lejos, hacia un lado del horizonte.</p><p><emphasis>Dirígete hacia allí.</emphasis></p><p>La orden se abrió paso con rudeza en su mente, y se sorprendió virando las alas y dirigiéndose hacía allí. Se detuvo. ¿Por qué tengo que obedecer?</p><p>Pero era como si estuviera oyendo una voz que le repetía algo una y otra vez; después de un rato, terminabas haciendo lo que quería. <emphasis>Dirígete al edificio.</emphasis> Pero ¿por qué, por qué? <emphasis>Dirígete hacia allí.</emphasis> No conseguía quitársela de la cabeza. Si no iba hacia donde le decía, le volvería loco.</p><p>Obviamente los humanos querían que fuera hasta allí por alguna razón, y eso era motivo suficiente para desobedecer.</p><p>Pero ¿y si su padre estaba allí?</p><p><emphasis>Dirígete hacia allí.</emphasis></p><p>Estaba cansado y el peso del disco metálico empezaba a ser insoportable. Tenía que descansar en alguna parte, ¿por qué no en aquel edificio?</p><p>Eres un idiota, se dijo.</p><p>Aun así, inclinó las alas e inició un lento descenso hacia el edificio. Podía ver ahora a otros murciélagos a su alrededor. Todos convergían en el mismo lugar. Las chapas debían de estar cantándoles una imagen idéntica en la mente. Dirígete hacia allí.</p><p>A pesar del calor, Shade sintió un escalofrío, y de pronto comenzó a sudar. Así era cómo los humanos los habían atraído a su bosque artificial, con aquella melodiosa canción de murciélagos. Y él había caído antes que nadie, sin pensar siquiera en lo que hacía. Y ya había visto las consecuencias. Aquello no era más que otra trampa.</p><p>No iría. No iría.</p><p>Pero ¿y si en realidad era parte de La Promesa, una especie de prueba? ¿Y si su padre estaba allí esperándole, esperando que la superara?</p><p>--¡No vayáis!</p><p>Oyó la voz y tardó un instante en darse cuenta de que era él quien gritaba.</p><p>--¡No vayáis allí! -gritó al viento una y otra vez.</p><p>Pero ninguno de los demás murciélagos le escuchaba. Parecían totalmente concentrados en sus objetivos sonoros, absolutamente ajenos a cualquier otra cosa. Un Brightwing pasó muy cerca de Shade, y él le gritó que se detuviera, llegando a golpearle en el ala para llamar su atención, pero el otro murciélago le miró como si estuviera viendo a un insecto poco apetecible y siguió su camino con los ojos velados.</p><p>--¡No hagáis caso a esa voz!</p><p>Volaban muy bajo sobre la ciudad y ya casi habían llegado al edificio. Shade se detuvo, volando en círculos, luchando contra el peso del disco metálico. Los primeros murciélagos se aproximaron al tejado del edificio. Shade vio cómo frenaban, mientras los anillos echaban chispas, preparándose para tomar tierra.</p><p>Aterrizaron.</p><p>Las llamas brotaron de sus discos, formando delicadas lenguas de fuego que en menos de un segundo se convirtieron en una explosión de humo y sonido. Ahora más murciélagos estaban aterrizando, todos ellos sobre el enorme tejado, y en cuanto sus discos golpeaban con fuerza la piedra, también ellos estallaban, abriendo cráteres en el edificio.</p><p>--¡Deteneos! -los gritos de Shade le abrasaron los pulmones-. No aterricéis. ¡Alejaos!</p><p>Era inútil. En mitad de aquella confusión. Shade veía a más y más murciélagos tomar tierra como objetos aturdidos, creando cada vez más géisers que escupían llamas, metal y piedra. Era como si estuvieran hipnotizados por la canción que sonaba en sus oídos, incapaces de liberarse de su magnetismo. Un espantoso ulular de sirenas humano rasgaba el aire.</p><p>Shade intentó ganar altura y apartarse de los escombros que salían disparados en espiral desde el edificio. Un humo negro se le metió en los ojos y le tiznó el pelo. Las alas le pesaban como el plomo, amenazando con doblarse.</p><p>Así que aquél era el secreto de los anillos. Eso era lo que los humanos hacían con ellos. Sus ojos brillaron con el reflejo de las llamas. Se sintió vacío. Iba a morir. La idea le llegó sin el menor atisbo de pánico, como una certeza paralizadora. No podía seguir volando indefinidamente.</p><p>Pronto tendría que aterrizar.</p><p/><p/><p/><p/><subtitle><strong>_____ 8 _____</strong></subtitle><subtitle><strong>LA SELVA</strong></subtitle><p/><p>Un Silverwing de gran tamaño pasó junto a Shade, escorándose precipitadamente hacia las furiosas llamas.</p><p>--¡Chinook! -gritó-. ¡No!</p><p>Chinook se dio la vuelta y miró a Shade con la confusión dibujada en su ceño fruncido, y vaciló sólo un instante antes de seguir su camino. Haciendo acopio de sus últimas fuerzas, Shade le dio alcance justo cuando estaban entrando en los primeros jirones de humo. Hundió con fuerza los dientes en la cola de Chinook.</p><p>--¡Ay!</p><p>Chinook se giró de golpe con los ojos entrecerrados.</p><p>--¿Qué haces?</p><p>--¡Detenerte!</p><p>--Pero tengo que...</p><p>--¡Estallarás! ¡Mira ahí abajo! Aterrizaremos y volaremos por los aires. Llevamos fuego encima.</p><p>Por primera vez, Chinook pareció percibir las llamas y el estruendo de las explosiones. Una sección de una pared del edificio se desprendió y cayó en avalancha al suelo. Shade recorrió el cielo con los ojos; rio consiguió ver más murciélagos. Iodos se habían precipitado sobre el edificio, encontrando la muerte.</p><p>--Vamos, alejémonos de aquí.</p><p>--Sí -dijo Chinook, aturdido-. Aterrizaremos en otro sitio.</p><p>--No -respondió Shade frustrado-. No podemos. Si ese disco metálico choca contra algo, explota.</p><p>--Pero tenemos que aterrizar en algún lugar -dijo el otro murciélago.</p><p>Pero ¿cómo? ¿Sobre qué podían aterrizar que no activara el explosivo? Tenía que ser algo blando, muy blando. ¿El agua, una capa de hojas?, ¿sería eso lo suficientemente blando? No tenía la menor intención de arriesgarse a comprobarlo. Lamentó, sintiéndose culpable, que Marina no estuviera allí. También a ella se le ocurrían buenas ideas, o al menos le diría cuál de las suyas era la menos estúpida. Pero no tenían mucho tiempo. El disco metálico cada vez pesaba más y tenía que hacer denodados esfuerzos para evitar perder altura.</p><p>--Tenemos que arrancárnoslos -dijo.</p><p>--¿Cómo?</p><p>--Con los dientes -Shade pensaba a toda prisa-. Mira, Chinook, voy a colocarme debajo de ti y te lo arrancaré con los dientes. Tendrás que soportar mi peso durante un rato.</p><p>Chinook miró al suelo, vacilante.</p><p>--Bajaré demasiado rápido.</p><p>--Encuentra una corriente de aire caliente e intenta circular a su alrededor -dijo Shade. Con el calor que hacía ahí, no debía de ser difícil dar con una, pensó. Notó una corriente cálida que le acariciaba las alas y concentró en ella su atención-. Aquí, justo aquí. ¿La notas? No la pierdas, nos ayudará a mantener la altura. Ahora voy a volar por debajo de ti y agarraré el anillo. ¿Preparado?</p><p>Ni siquiera sabía si aquello iba a funcionar. ¿Se activaría su explosivo en cuanto aterrizara sobre Chinook? No, no podía ser. Había estado golpeando contra el suelo del contenedor y contra su propio cuerpo en cuanto había salido despedido del avión. Seguramente era necesario algo más duro, como la piedra o el metal; un buen golpe. O quizá estuviera solamente intentando no perder las esperanzas.</p><p>Se alejó de Chinook y a continuación voló rápido hacia él en diagonal, como si fuera a colgarse. Vio a Chinook preparándose para la embestida.</p><p>--¡Repliega las alas! -le gritó.</p><p>Chinook pegó las alas al cuerpo y, en esa décima de segundo, Shade frenó y se aferró a él con todas sus garras, intentando no chocar con el disco metálico que colgaba del estómago de Chinook. Se tumbó contra el flanco derecho de Chinook y se agachó cuando las alas de éste se abrieron de golpe por encima de su cabeza. Nadie estalló. Aminoraron la marcha, Chinook balanceándose peligrosamente mientras intentaba recuperar el equilibrio. Shade sintió a través del pelo de Chinook cómo se le contraían los músculos del pecho.</p><p>--¿Cómo es que pesas tanto, Shade? -gruñó-. Con lo pequeño y ligero que eras antes.</p><p>--Pero tú eres grande y fuerte, Chinook -le respondió, intentando animarle-. Para ti no debería ser un problema.</p><p>--Tranquilo.</p><p>Bajaban a bastante velocidad, y Shade era consciente de que no tenía mucho tiempo. Al menos, la chapa que tenía en la oreja por fin había dejado de cantar. Se desplazó hacia el estómago de Chinook, estirando el cuello en dirección a la cadena que sostenía el disco. La puso a prueba con los dientes, mordisqueándola con los incisivos, pero la cadena no cedía. Jamás conseguiría partirla a tiempo. Miró el anillo de metal cosido al estómago de Chinook.</p><p>--Voy a tener que arrancártelo todo.</p><p>--¿Qué?</p><p>--Las puntadas. Voy a arrancártelas.</p><p>--¿Estás seguro?</p><p>No perdió el tiempo en tranquilizar a Chinook. Clavó los dientes en su piel, intentando desprender los cuidadosos nudos de hilo humano. Sintió cómo uno cedía, luego otro. Sentía el sabor salado de la sangre de Chinook y notaba cómo el dolor atravesaba sus músculos tensos. Lo siento, pensó, lo siento. Pero no había otra forma. Ya había logrado arrancar tres puntadas. Tenía el hocico lleno de sangre. Casi había terminado. El último lazo de hilo se desprendió con el peso del metal y Shade vio cómo el disco caía al vacío, alejándose de ellos.</p><p>--¡Ya está! -gritó, y se soltó de Chinook dando bandazos, desplegando sus propias alas. Por debajo de ellos, desde una carretera humana, una fuente de llamas se elevó con un rugido apagado. Shade se sobresaltó al darse cuenta de lo cerca que estaban del suelo.</p><p>--Ahora yo -dijo-. Arráncame la mía.</p><p>Le preocupaba que Chinook no supiese hacerlo o que él no fuese capaz de aguantar el peso del murciélago de mayor envergadura o quedarse sin espacio de vuelo.</p><p>--¡Mueve las alas! ¡allá voy! -le gritó Chinook.</p><p>Las garras se cerraron sobre el pelaje de Shade, que a punto estuvo de zozobrar por culpa del peso. Desplegó las alas y las movió con todas sus fuerzas, luchando por mantener a los dos en el aire. Despacio, aunque con total seguridad, fueron planeando hacia las cumbres de la ciudad. Rápidamente Shade puso rumbo a un grupo de árboles cuyas ramas estaban bañadas en niebla. Desde esa altura, la arboleda parecía blanda y fresca y deseó con todas sus fuerzas poder sumergir en ella su cuerpo cansado y dormir.</p><p>Chinook clavó en él los dientes y Shade se estremeció. Intentó sacudirse, imaginando que el anillo metálico estaba cada vez más suelto y que por fin se desprendía. Una bofetada de aire caliente les hizo descender de golpe hacia el suelo. Aleteó más rápido, intentando compensar la presión.</p><p>--¿Chinook?</p><p>--Sólo unos cuantos más.</p><p>--Chinook, apártate, ¡vamos a chocar!</p><p>Los árboles parecían elevarse para ir a su encuentro.</p><p>--Sólo me falta un par...</p><p>--¡Apártate!</p><p>Chinook se apartó, haciéndose a un lado. Shade echó un vistazo a su estómago y vio que el disco metálico colgaba sujeto por una sola puntada.</p><p>¡Suéltate!, pensó con todas sus fuerzas. ¡Suéltate!</p><p>Volaba rozando las copas de los árboles, lo suficientemente cerca de ellas para ver el brillo de las gotitas de agua en las hojas ahuecadas. Era muy hermoso, e iba a morir muy pronto. El disco golpeó unas cuantas hojas y a Shade se le encogió la cara de miedo, pero no ocurrió nada, todavía no. De repente se abrió un claro entre los árboles y justo debajo vio un larga extensión de aguas pantanosas. Giró y se lanzó hacia allí, agitando las alas y batiéndolas en el aire con todas sus fuerzas. Cuando ya casi flotaba en el aire aterrizó sobre la humeante superficie del agua con los ojos fuertemente cerrados, a la espera del fin.</p><p>Nada.</p><p>Chinook aterrizó cuidadosamente en la orilla.</p><p>--Qué raro. No has explotado -dijo, más sorprendido que aliviado.</p><p>--Pero sigue ahí -jadeó Shade-. ¿Podrías bucear y arrancarme el último trozo?</p><p>--Mejor sube a la orilla.</p><p>--No pienso arriesgarme. Venga, Chinook.</p><p>Empezaba ya a sentir el peso del disco metálico tirando de él hacia el fondo, y no quería chapotear con demasiada fuerza con las alas por miedo a que el movimiento provocara una explosión.</p><p>--No me gusta el agua -dijo Chinook.</p><p>--A mí tampoco -replicó Shade, perdiendo la paciencia-. Así que ven aquí y arráncame esta cosa.</p><p>Chinook arrugó la nariz, incapaz de disimular la aversión que le producía el agua aceitosa. Estaba cubierta de hierbajos y de hojas podridas, y despedía un fuerte olor a descomposición. El gran murciélago suspiró, plegó las alas al cuerpo y se metió cautelosamente en el agua manteniendo la cabeza por encima de la superficie.</p><p>Mientras Shade veía acercarse a Chinook pensaba entristecido: ¿por qué no eres Marina? En seguida se sintió culpable.</p><p>--Gracias, Chinook.</p><p>--¿Quieres que me sumerja del todo?</p><p>--Esa es la idea, sí.</p><p>Chinook tomó aliento y se sumergió. Shade notó cómo le daba un codazo en el estómago, pero casi en seguida volvió a estar a su lado escupiendo agua.</p><p>--¡Algo me ha rozado ahí abajo!</p><p>--¿Estás seguro?</p><p>Shade encogió instintivamente las patas. Los ojos de Chinook recorrieron como flechas la superficie, pero estaba tan oscura que era imposible ver lo que había debajo.</p><p>--Quizá sea sólo una corteza o algo así.</p><p>Entonces algo le rozó la cola. Sintió un contacto rápido y escamoso antes de apartar la cola, y a punto estuvo de naufragar de miedo.</p><p>--¡No es una corteza!</p><p>Chinook se arrastraba ya hacia la orilla.</p><p>--¡El disco! -siseó Shade. ¿Cómo podía saber que no estallaría cuando subiera a gatas a la orilla? A un lado vio un bulto alargado que surcaba el agua y una cabeza con ojos bulbosos apareció en la superficie, seguida de una espalda escamosa y resbaladiza de algunos metros de longitud. Era algún tipo de pez, totalmente distinto a todos los que Shade había visto hasta el momento. Este tenía dientes, unos dientes grandes y triangulares que asomaban por sus fauces abiertas.</p><p>Entonces desapareció por debajo de él y se volvió invisible.</p><p>Shade se quedó a la espera.</p><p>No podía soportarlo más. Con o sin disco, iba a salir de ahí. Empezó a remar tras Chinook hacia la orilla. Estaba ya a medio camino cuando de pronto algo lo aferró desde abajo. Shade se agitó y no pudo ver nada en el agua pantanosa, pero por la dolorosa punzada que sintió en el estómago se dio cuenta de que el pez lo estaba arrastrando al fondo tirando del disco.</p><p>Lo tenía en la boca.</p><p>Shade intentó zafarse, pero sus alas empapadas no le sirvieron de nada cuando el poderoso pez se hundió aún más. Dio un último tirón violento hacia arriba y sintió cómo se rompía la última de las puntadas de su estómago. Con dificultad, plegó bien las alas y pataleó con furia. Fue subiendo con insoportable lentitud. En cuanto quisiera, el pez podría volver a atraparle en un segundo.</p><p>Por fin salió a la superficie, jadeante, y vio a Chinook, agachado en la orilla, que le miraba aliviado. Pero antes de que Shade pudiera pronunciar una sola palabra, se oyó un potente aunque amortiguado estallido debajo de él. El agua comenzó a bullir y Shade vio cómo se elevaba en el aire sobre un colosal geiser. Cuando casi alcanzaba la altura de los árboles, abrió de golpe las alas y bajó volando en círculos hasta donde estaba Chinook.</p><p>--Se ha comido el disco -jadeó.</p><p>Guardaron silencio durante unos segundos mientras veían cómo el agua iba aquietándose lentamente. Entonces Shade levantó los ojos hacia los altísimos árboles y las estrellas desconocidas, e irguió las orejas al oír las llamadas, cercanas y lejanas, de extraños animales: chillidos raros, ululatos y cacareos, algunos de ellos desconcertantemente próximos.</p><p>Ese bosque nada tenía que ver con los bosques a los que Shade estaba acostumbrado. Los árboles eran altos y ralos. Estaban desprovistos de follaje y de ramas en los primeros veinticinco metros o más, y luego se abrían formando exuberantes bóvedas. Debajo, las flores se enroscaban en los troncos y parecía que otras plantas habían encontrado cobijo en la corteza y entre las trepadoras. Algunas hojas le recordaban vagamente las del norte, aunque éstas eran más carnosas y estaban recubiertas por una pátina brillante.</p><p>Shade tuvo náuseas. Había visto aquello antes en el edificio humano. Y las estrellas desconocidas, el calor sofocante, todo cuadraba. Dijo las palabras en voz baja, como si temiera conferirles demasiada fuerza.</p><p>--La selva.</p><p>Los humanos los habían arrojado a la tierra de Goth.</p><p/><p/><p>Comparada con la calidez del bosque, la noche invernal era terriblemente fría y Marina sintió que todo su arrojo y todas sus energías la abandonaban. Miró hacia atrás para ver el edificio humano y se estremeció. ¿Y si Arcadia estaba en lo cierto? ¿Y si los humanos en realidad los estaban preparando para un glorioso futuro y ella lo había interpretado todo mal? Rechazó la idea: no, había visto lo que les estaban haciendo a los murciélagos, los había visto manejarlos como si fueran objetos sin valor. Aquello no estaba bien.</p><p>Cuando llegaron a un pequeño bosque de pinos, Frieda les ordenó detenerse y se colgaron todos juntos. Marina se arrebujó junto a Ariel en busca de calor.</p><p>--Tenemos que tomar una decisión -dijo Frieda-. Y deprisa.</p><p>Marina miró al pequeño grupo. Aparte de Frieda, Ariel y ella, sólo eran seis más, y todos parecían tener tanto frío y tanto miedo como ella.</p><p>--Todo el que quiera volver al bosque es libre de hacerlo. No os obligo a quedaros. Debéis hacer lo que creáis conveniente -dijo Frieda como si les hubiera leído el pensamiento.</p><p>--¿Por qué no volvemos a Hibernaculum? -preguntó un macho llamado Windsling, moviéndose de manera extraña.</p><p>La pregunta quedó suspendida en el aire durante un instante. Marina sintió su cálida calma. Volver a la seguridad de aquella cueva tras la cascada, plegar las alas, dormir y olvidarse de todo hasta la primavera...</p><p>--Shade -dijo-. Vi qué dirección tomaba la máquina voladora. Sur-sureste. No podemos abandonarle.</p><p>Miraba a Ariel al hablar y vio en los ojos de la madre de Shade el reflejo de su propia pena.</p><p>--A estas alturas ese avión podría estar a millones de aleteos de distancia -dijo Frieda despacio-. Podría haber cambiado de rumbo.</p><p>--Tendría que haber subido a bordo -se lamentó Marina con amargura-. Lo habría hecho si hubiera sido más... valiente.</p><p>--En ese caso no habrías podido alertarnos -le recordó Ariel con suavidad.</p><p>La dulzura de aquellas palabras hizo brotar las lágrimas en los ojos de Marina y Ariel la envolvió con el ala.</p><p>--Lo sé, lo sé -le dijo con ternura-. Tengo mucha experiencia con machos que desaparecen volando sin decírmelo. Incluso estoy empezando a acostumbrarme.</p><p>Marina se rió agradecida y luego tosió, enjugándose las lágrimas con el antebrazo.</p><p>--Yo digo que Hibernaculum debería ser nuestro destino -dijo Windsling-. Lo siento por tu hijo, Ariel, y también por los demás, pero Frieda tiene razón. Esa máquina voladora puede haber ido a cualquier parte, y es mucho más rápida que nosotros. ¿Cómo podríamos encontrarla? Y si lo consiguiéramos, ¿acaso podríamos hacer algo?</p><p>--Tienes razón. Quizá no podamos -admitió Ariel-. Pero he perdido a mi compañero y ahora a mi hijo por segunda vez. La primera vez le di por muerto. Pero eso no volverá a ocurrir. Vosotros podéis volver a Hibernaculum, pero yo me voy tras la máquina voladora.</p><p>--Yo también -dijo Marina. Ya había perdido a su familia en una ocasión y pensaba hacer todo lo que pudiera para que eso no volviera a ocurrir. Sentimientos de culpa la atormentaban. ¿Por qué no se había montado en la máquina voladora? Viajaban deprisa, a un millón de aleteos por noche... y cómo saber a qué distancia volaría. Aunque por lo menos ahora no iría sola.</p><p>--Puede que vuestro viaje sea demasiado largo para mí -dijo Frieda-, pero iré con vosotras hasta que mis alas dejen de moverse.</p><p>Otros dos murciélagos accedieron a acompañarlas, pero Windsling y el resto optaron por regresar a Hibernaculum.</p><p>--De acuerdo -dijo Frieda sin el menor resquicio de resentimiento-. Les contaréis lo que le ha ocurrido a nuestra colonia. Aseguraos de que nadie más venga a este lugar y comunicádselo a cuantos encontréis durante el viaje. Este lugar está maldito para nosotros. Buena suerte y que cada uno siga su camino.</p><p>Cuando Marina se elevaba en el aire con Ariel y con Frieda vio un denso nubarrón moviéndose en el cielo hacia el este. Buhos. Eso fue lo primero que le vino a la cabeza. Pero instantes después el eco le reveló el crujido que emiten las alas de los murciélagos en el frío. Se trataba de un grupo numeroso, quizá llegaran a cien, y se dirigían al edificio humano.</p><p>--¡Deprisa! -apremió Frieda-. Tenemos que avisarles.</p><p>Cuando estuvieron cerca de ellos, Marina vio cómo una sonrisa arrugaba el rostro de Frieda.</p><p>--Aquél, a menos que me engañe la vista, es Aquiles Graywing.</p><p>Marina abrió desmesuradamente los ojos. Aquiles Graywing era un nombre bien conocido por casi todos los murciélagos del mundo del norte, un gran guerrero que había luchado en la última rebelión contra los buhos hacía quince años. A pesar de que los murciélagos habían sido derrotados, la bravura y la astucia de Aquiles durante la batalla eran legendarias, y la mayoría de los recién nacidos había jugado a ser él en batallas imaginarias.</p><p>--¡Frieda Silverwing! -la llamó el majestuoso guerrero. Parecía viejo, incluso mayor que Frieda, si eso era posible, aunque sus aleteos todavía eran fuertes y seguros.</p><p>--Aquiles -dijo Frieda-, es un placer volver a verte. Y un gran alivio.</p><p>Volaron en círculo uno alrededor del otro, dibujando un apretado abrazo aéreo.</p><p>--El alivio es sólo mío, Frieda. Somos portadores de malas noticias. Hibernaculum ha caído.</p><p>Fue como si Frieda hubiera recibido un golpe en el pecho. Por un instante, al ver sus ojos apagados, a Marina le pareció que había dejado de respirar del todo. Entonces dijo:</p><p>--Los buhos.</p><p>Aquiles asintió.</p><p>--Han violado las leyes de la hibernación. Han estado atacando todos los nidos que han podido encontrar, llevándose prisionero a todo aquel que hallaban dentro o dejándolos a su suerte en lo más duro del invierno. Estos -añadió, señalando con la cabeza a los murciélagos que le rodeaban- son algunos de los supervivientes que he conseguido reunir. Nos dirigíamos a despertar a vuestra colonia, pero llegamos demasiado tarde. Les vimos sitiados por los buhos, demasiados para que pudiéramos presentarles batalla. Tu colonia ha caído prisionera, Frieda Silverwing, y lo siento.</p><p>La conmoción de Frieda duró muy poco. Marina nunca había visto a la anciana Silverwing tan furiosa en el poco tiempo que la conocía. Los ojos le ardían y tenía la voz ronca de rabia.</p><p>--Jamás he visto un ultraje semejante. Atacar el Hibernaculum de una colonia. Son leyes ancestrales... no han sido violadas en un millón de años.</p><p>Aquiles asintió cansado, extendiendo un ala para tocar con ella la de Frieda.</p><p>--Lo sé, amiga mía. Están decididos a aplastarnos y su estrategia es inteligente.</p><p>Marina echó una mirada a Windsling y al resto de murciélagos que habían esperado poder volver a Hibernaculum y vio que la decepción les había debilitado el rostro. Su refugio era ahora una jaula. Peor aún, un territorio en vías de extinción. Se estremeció. Despertar a un murciélago dormido era obligarle a luchar por su vida. Primero tenía que entrar en calor, deshelarse y, con la poca energía que le quedaba, cazar vorazmente. Pero en invierno había muy poco que comer. Dormir no era simplemente una elección: era una necesidad vital para los murciélagos durante el invierno. Y si los buhos ni siquiera les permitían cazar, muy pocos conseguirían sobrevivir hasta la primavera.</p><p>--Volveremos para liberarlos -dijo Frieda.</p><p>Aquiles sacudió la cabeza.</p><p>--No hay nada que podamos hacer. El destacamento de buhos apostado allí es demasiado fuerte para nosotros. Debemos volar hacia el sur.</p><p>--¡Es mi colonia! -protestó Frieda.</p><p>--Lo sé, y si vas a reunirte con ellos perderán a su anciana jefe y no los habrás ayudado. Debemos ir hacia el sur. Hay otros grupos como el nuestro que vuelan ya rumbo a Bridge City, la Ciudad del Puente.</p><p>Marina había oído hablar de aquel lugar, el mayor refugio de murciélagos. Naturalmente se trataba de una ciudad humana, pero debajo de su gran puente había una enorme colonia de murciélagos, millones y millones que vivían allí desde hacía décadas y que nunca fueron molestados. Siempre que los humanos no los hubieran encerrado también, pensó Marina con amargura.</p><p>--Es nuestra última esperanza -dijo Aquiles-. Nos reuniremos allí y aunaremos nuestras fuerzas. Si va a haber una gran batalla, será allí. Venid con nosotros.</p><p>--Estábamos a punto de embarcarnos en una misión igualmente peligrosa -anunció Frieda. Fue entonces su turno de contarle a Aquiles su historia. Con la ayuda de Marina, le contó al general Graywing todo sobre el edificio humano y cuanto había allí dentro, y cómo los humanos se estaban llevando a los murciélagos en sus máquinas voladoras a algún lugar en el sur.</p><p>--En ese caso seguimos la misma ruta -dijo Aquiles-. Viajad con nosotros. Los cielos son demasiado peligrosos para volar en grupos pequeños. Hay escuadrones de buhos por todas partes. Hemos perdido a quince de los nuestros en una emboscada hace sólo un par de noches.</p><p>--Hacia el sur entonces -concluyó Frieda-. Juntos.</p><p>En busca de Shade, añadió Marina en silencio.</p><p/><p/><p>Goth sobrevolaba la selva, cuya gloriosa calidez ascendía hasta él, envolviéndole en su abrazo. Las estrellas, bendito fuera Zotz, resplandecían en sus constelaciones habituales: el jaguar, la serpiente de dos cabezas y los ojos del Inframundo abrasándole desde el cielo. Zotz le había protegido y le había devuelto a casa utilizando a los estúpidos humanos.</p><p>El disco metálico colgaba de él con todo su peso.</p><p>Había visto lo que podía hacerle. Cuando salió despedido al aire libre, siguió a los pequeños murciélagos mientras se precipitaban sobre la ciudad. Se había quedado rezagado, observándolos con curiosidad mientras ellos se arrojaban contra un edificio.</p><p>Al ver las explosiones Goth había comprendido qué era lo que llevaba encima. El odio que sentía hacia los humanos se intensificó, pero se vio teñido de un nuevo respeto. Le estaban utilizando como instrumento de destrucción. No sabía que fueran tan inteligentes.</p><p>La chapa que tenía en la oreja seguía cantando, como lo llevaba haciendo desde el momento en que se había lanzado al vacío desde la máquina voladora de los humanos. Un edificio, le cantaba. Un edificio bajo y pequeño situado a las afueras de la ciudad. Ve allí, le apremiaba la imagen insistentemente.</p><p>Que típico de los humanos imaginarle tan débil, tan estúpido, pensó Goth. Ahí estaba su verdadero error: los humanos eran unos necios. Naturalmente, parecía funcionarles con los murciélagos del norte, que se arrojaban felices a su propia muerte. Ellos siempre tan prestos a agradar a los humanos. No pudo reprimir una sonrisa.</p><p>Sin embargo, mientras observaba las columnas de llamas y humo provocadas por aquellos discos metálicos, un súbito pensamiento le sobresaltó: qué sería capaz de provocar el suyo.</p><p>Lo utilizaría en su propio beneficio, para gloria de Zotz.</p><p>Entonces viró y se alejó del edificio que todavía brillaba débilmente en su cabeza. El disco metálico era pesado, pero sus alas eran muy fuertes, más que nunca, gracias a Zotz. Puso rumbo a la espesura de la selva.</p><p>Estaba en casa.</p><p/><p/><p/><p/><subtitle><strong>_____ 9 _____</strong></subtitle><subtitle><strong>LA PIEDRA</strong></subtitle><p/><p>La maleza crujió a lo lejos y las garras de Shade sintieron las vibraciones de fuertes pisadas en la tierra.</p><p>--Deberíamos elevarnos -le dijo a Chinook-, ganar altura.</p><p>--Vale, buena idea -respondió Chinook, asintiendo rápidamente.</p><p>Se alejaron de la ribera pantanosa y volaron trazando espirales cerradas y lentas hacia la bóveda de la selva. Shade no quería adentrarse en el follaje superior, ¿quién sabía lo que anidaba ahí?, de manera que se mantuvo a cierta distancia, buscando entre los grandes troncos de la zona intermedia un lugar donde colgarse. Se acomodó en un entramado de frágiles ramas, suponiendo que probablemente eran demasiado débiles para soportar el peso de cualquier cosa más grande que él y Chinook.</p><p>Cerró las garras traseras alrededor de ellas y se colgó cabeza abajo. Por primera vez fue consciente del dolor que le atenazaba el estómago. Al arrancarse el metal le había quedado una herida en carne viva que todavía sangraba un poco. Echó una mirada a la herida de Chinook, que tenia tan mal aspecto como la suya.</p><p>--¿Estás bien? -le preguntó.</p><p>--No es tan terrible -respondió Chinook-. ¿Qué tal la tuya?</p><p>Shade se encogió de hombros. Chinook le tenía impresionado. En cierto sentido había esperado que se desmoronara, pero se estaba comportando muy bien. Nada comparable con Marina, pensó Shade con una punzada de angustia, aunque después de todo Chinook no tenía ni de lejos tanta práctica como ella en estar continuamente al borde de la muerte.</p><p>Por debajo de ellos oyeron agitarse con fuerza arbustos y hojas, y Shade vislumbró una bestia enorme. Tenía una espalda estrecha y peluda de no menos de dos metros de longitud y una cola gruesa y ancha casi igual de larga. Pero lo más extraño era su hocico: era como si tuviera una especie de serpiente pegada a la cara. La bestia hundió el hocico en el suelo y succionó con fuerza. Cuando se incorporó, Shade vio una lengua larga y elástica cubierta de hormigas que le azotó los bordes del hocico y que volvió a desaparecer dentro de la boca. Bien, pensó Shade indiferente. Comía hormigas y no parecía tener ningún interés por trepar a los árboles. Un instante después la bestia se marchó a paso lento, caminando sobre sus jarretes.</p><p>Nunca había visto una criatura tan extraña, aunque ya nada le sorprendía. Estaba aturdido. Habían pasado tantas cosas, y tan rápido, que todo parecía ser un mero recuerdo en la mente de alguien que no era él: los buhos. Goth, los humanos encadenándole con aquel disco metálico, la jaula, la máquina voladora y luego las explosiones. Un pez que casi se lo come. Todo parecía lejano, difuso en el horizonte de su mente, pero como un nubarrón de tormenta del que no podía escapar.</p><p>--Gracias, Shade -dijo Chinook entristecido-. Gracias por detenerme.</p><p>--Siento haber tenido que morderte.</p><p>--Si no lo hubieras hecho, habría... -pegó las orejas a la cabeza y se estremeció, como si intentara bloquear un sonido doloroso. Añadió en voz baja-: ¿Los has visto? ¿A mi padre y a mi madre?</p><p>Shade notó que se quedaba sin aliento. Había olvidado por completo que Platón e Isis también habían sido capturados, y si los habían metido en aquella máquina voladora... Tragó saliva con dificultad, tratando de encontrar las palabras adecuadas.</p><p>Había alarma en la voz de Chinook.</p><p>--Estaba buscándolos, pero tenía la cabeza llena de aquel estrepitoso eco y no podía... Estoy seguro de haberlos visto una vez, pero estaban tan lejos... ¿Tú los viste?</p><p>Shade sacudió la cabeza, mareado.</p><p>--Ni siquiera sabemos si estaban en aquella máquina voladora, Chinook. Puede que todavía estén en el edificio humano.</p><p>--No tienes por qué mentirme. No soy tan idiota.</p><p>No había rabia en la voz de Chinook, sólo un terrible vacío.</p><p>--No te estoy mintiendo -dijo Shade angustiado-. ¡No lo sabemos! Incluso si los arrojaron con nosotros, puede que hayan sobrevivido -concluyó, aunque en su mente vio a cientos de murciélagos cayendo a aquel infierno con el rostro desprovisto de toda expresión. No podía creer que ninguno de ellos hubiera conseguido apartarse a tiempo.</p><p>Marina.</p><p>El corazón le dio un vuelco tremendo. ¿Iba ella también en uno de aquellos contenedores? No lo pienses, se gritó en silencio. Ni siquiera sabes si estaba en la máquina voladora. Pero ¿y si la habían lanzado al vacío con él y con Chinook y no la había visto? Marina no habría seguido la imagen sonora, se dijo. Era demasiado lista para eso.</p><p>--Si nosotros hemos sobrevivido, puede que ellos también -se obligó a decir-. Volveremos a buscarlos dentro de un rato, ¿de acuerdo? Descansaremos y luego regresaremos a ver qué ha ocurrido. Habrá otros. Tiene que haber más.</p><p>Chinook no parecía escucharle. Miraba lentamente a uno y otro lado como si por primera vez se hubiera percatado de que estaban en un entorno totalmente desconocido.</p><p>--Viviremos, Chinook. Pero necesitamos un plan, ¿de acuerdo? -sabía que, si se relajaba, el miedo podría con él y se lo llevaría por delante. Necesitaba hablar para acallar sus propios temores. Cómo deseó que Marina estuviera allí. Ideas, necesitaba ideas-. Pensemos un plan, Chinook.</p><p>El otro murciélago seguía estupefacto y con la mirada fija en la selva.</p><p>--Chinook -dijo Shade-. ¿Me estás escuchando?</p><p>--Quiero recuperar a mi padre -respondió Chinook en voz baja.</p><p>A Shade la paciencia se le evaporó al instante.</p><p>--Lo sé -dijo-. Yo también.</p><p>Chinook se giró hacia él, y Shade vio en la compungida expresión de su rostro esa misma ansia desesperada e insondable que él sentía desde hacía mucho. Yo también quiero recuperar a mi padre. Tuvo que apartar la mirada y tensar el cuerpo intentando reprimir el apenado sollozo que se le había quedado atravesado en la garganta. No tenía miedo de llorar delante de Chinook; tenía miedo de no poder parar.</p><p>Consiguió articular un tembloroso suspiro.</p><p>--Iremos a ver si hay supervivientes y luego intentaremos salir de aquí. Hay que avisar a los demás.</p><p>--Bien -dijo Chinook, sorbiendo las lágrimas-. Bien. Deberíamos ser capaces de estar de regreso antes del amanecer, ¿no? No hemos estado en esa máquina voladora mucho tiempo.</p><p>--No, pero vuela mucho más rápido que nosotros -apuntó Shade.</p><p>--Ah, bien, bien -dijo Chinook-. Entonces ¿a qué distancia estamos?</p><p>Shade inspiró.</p><p>--Bueno, hemos estado en esa máquina voladora durante ¿cuánto? ¿Un cuarto de día quizá? -no esperaba que Chinook le contestara, pero le reconfortaba poder hablar en voz alta. Le hacía sentir más razonable, como si estuviera pensando con claridad, solucionando un problema-. ¿A qué velocidad vuela una de ésas? -no tenía la menor idea-. Cuando nos arrojaron al cielo íbamos muy, muy deprisa -no había expresión alguna en el rostro de Chinook-. ¿Qué distancia supondría eso...? Seguramente... Más de un millón de aleteos -concluyó mareado, respirando con dificultad-. Está muy lejos.</p><p>--¿Por qué nos han hecho esto? -susurró Chinook.</p><p>--Nos están utilizando -dijo Shade apenado.</p><p>--¿Para quemar sus propios edificios?</p><p>--Cuando Marina y yo nos encontramos con Céfiro en la ciudad, él nos dijo que los humanos estaban librando su propia batalla. Unos contra otros.</p><p>Aunque aquello le había sorprendido entonces, no había tardado mucho en olvidarlo. Ahora lo recordó con horror.</p><p>--Los humanos que viven en el norte deben de estar luchando contra los de aquí. Y nos están utilizando como portadores de fuego.</p><p>--Se suponía que eran nuestros amigos -había incredulidad y desaliento en la voz de Chinook-. Y ¿qué pasa con La Promesa?</p><p>A Shade le avergonzaba tener que admitir, incluso ante sí mismo, que hasta que hubo visto a todos aquellos murciélagos encontrando la muerte entre las llamas, una parte de él todavía quería creer en los humanos. Esperaba... Tenía la esperanza de que Arcadia estuviera en lo cierto y de que todo aquello fuera parte de algún plan. Y daba igual lo horrible y doloroso que fuera, puesto que al final todo se solucionaría. Y quizá hasta llegara a encontrar a su padre. Todo mentira.</p><p>--No hay ninguna Promesa -dijo Shade con amargura-. Goth tenía razón desde el principio acerca de los humanos. Son malignos. Atrapan murciélagos para estudiarlos. Sabían cómo introducir imágenes en nuestras mentes, imágenes idénticas a nuestros mapas cantados. Y ahora nos han arrojado a la selva.</p><p>Algo chasqueó a su espalda y Shade se giró a toda prisa, pero allí no había nada. Probablemente había sido una gotita de agua al caer sobre una hoja.</p><p>--Tenemos que salir de aquí, Chinook -dijo-. Estoy seguro de que ésta es la tierra de los murciélagos caníbales.</p><p>--¿Como Goth?</p><p>Shade asintió, preguntándose si había sido buena idea decírselo. Pero ¿qué sentido tenía ocultarle cosas? Estaba demasiado agotado para mentir e iba a necesitar la ayuda de Chinook si querían sobrevivir.</p><p>--Pronto amanecerá -dijo Chinook desalentado, levantando la vista hacia los árboles-. ¿Crees que aquí también hay buhos?</p><p>Shade sacudió la cabeza.</p><p>--No lo sé.</p><p>--Aquí las estrellas son diferentes -dijo Chinook. A Shade le asombró que lo hubiera notado. Nunca le había considerado demasiado observador. Aunque la verdad era que últimamente Chinook le había sorprendido bastante-. ¿Cómo sabremos dónde está el norte?</p><p>--Nos guiaremos por la puesta de sol -decidió Shade-. A partir de ahí adivinaremos dónde queda el norte. Volaremos a gran altura y seguiremos el resplandor del horizonte tanto como podamos, orientándonos de nuevo cuando llegue el crepúsculo.</p><p>No era perfecto, pero por el momento no se le ocurría nada mejor.</p><p>Click.</p><p>El mismo sonido. Shade se giró y esta vez vio una hoja balancearse levemente, como si acabaran de tocarla. Frunció el ceño. Aquella ramita no estaba ahí antes. Se había acercado.</p><p>No podía ser, se dijo con impaciencia. La observó detenidamente. Era una ramita gruesa que terminaba en una punta nudosa.</p><p>Se crispó.</p><p>De repente la ramita se desdobló y desde un cuerpo alado se elevó un cuello espantosamente largo, coronado por una cabeza en forma de lanza. Púas melladas se erizaban en unas pinzas que parecían tenazas. Era un insecto, pero el insecto más grande que Shade había visto nunca, de casi medio metro de longitud, es decir, dos veces su tamaño. Su camuflaje era tan perfecto que Shade había tomado su cuerpo, las patas y los brazos por protuberantes ramitas. Tenía unos ojos grandes, vacíos y globulares. De la cabeza le salían dos antenas y tenía la boca picuda.</p><p>Antes de que Shade pudiera descolgarse, el insecto saltó y cayó encima de él con sus cuatro larguiruchas patas, sobre las que se empinó, con las fauces abiertas, intentando apresarle la cabeza. Shade apartó la cara del insecto con su ala, pero una de las pinzas con forma de tenaza le aprisionó el antebrazo izquierdo, impidiéndole volar. Vio al insecto flexionar su otra pinza y acercársela al cuello.</p><p>Y entonces, en un revuelo de pelo de puntas plateadas. Chinook se abalanzó sobre el insecto, clavándole los dientes en la base de su largo cuello. Shade oyó un crack y vio cómo caían al vacío desde la rama las dos mitades del insecto con las patas y las pinzas espinosas todavía agitándose en el aire.</p><p>--Eso -dijo Shade, temblando ostensiblemente- era un insecto enorme. Casi no lo cuento, Chinook. Me... -miró al murciélago de mayor envergadura absolutamente asombrado-, me has salvado la vida.</p><p>Pero Chinook seguía colgado cabeza abajo, inmóvil y sin parpadear.</p><p>--Chinook, ¿estás bien?</p><p>--¡Esa cosa casi nos come! -chilló Chinook. Era como si de pronto todo su miedo estuviera brotando de él a raudales.</p><p>--Chinook, baja la voz -dijo Shade inquieto-. No debemos...</p><p>--Aquí los insectos comen murciélagos. ¿Qué lugar es éste, Shade? Tienes que sacarnos de aquí.</p><p>--Chinook...</p><p>--¡Todo esto es culpa tuya! Ahora podríamos estar en el bosque, pero no parabas de quejarte y de decir que no era algo bueno y... y... hiciste que los humanos se enfadaran con nosotros, y ahora mira lo que ha pasado. ¡Hay murciélagos caníbales, peces gigantes e insectos más grandes que nosotros capaces de arrancarnos la cabeza de un mordisco!</p><p>Presa del pánico, había perdido el control e iba a despertar a toda la selva. Shade le abofeteó con el ala, no muy fuerte, pero lo suficiente para hacerle callar durante un segundo. Una rabia repentina ardió en los ojos del murciélago más grande, y Shade se preguntó si había hecho lo correcto. Aun así, siguió adelante.</p><p>--Chinook, tienes que controlarte, ¿de acuerdo? -le susurró alarmado-. Eres un murciélago de gran tamaño, un murciélago fuerte. ¡Mira lo que acabas de hacer! Yo me quedé paralizado, Chinook. Pero tú no. Mataste a ese insecto.</p><p>Chinook se limitaba a mirarle fijamente, todavía jadeante.</p><p>--Mataste a ese insecto, Chinook.</p><p>--Sí -murmuró.</p><p>--Ni siquiera lo pensaste. Simplemente lo hiciste. Instinto, Chinook. Tienes un instinto inmejorable. Siempre lo has tenido. ¡Eres el mejor cazador y volador de toda la colonia!</p><p>--¡Nos van a comer!</p><p>--Ni hablar, Chinook. ¿Sabes una cosa? Me alegra que estés aquí.</p><p>--¿De verdad?</p><p>--Oh, sí -dijo Shade, sorprendido al darse cuenta del fervor con que lo creía-. Me has salvado la vida. Ahora necesito que te calmes. Necesito que me ayudes a salir de aquí. Vamos a salir de ésta con vida.</p><p>--No si seguís siendo tan ruidosos.</p><p>Shade se giró de golpe y vio a un murciélago aleteando sobre sus cabezas, a escasos centímetros de ellos. Sobrecogido y aliviado a la vez, Shade se dio cuenta de que no se trataba de un caníbal sino de un murciélago del norte, de mayor tamaño que cualquiera de los que había visto hasta entonces. Tenía el pelo grueso y oscuro, unas orejas bajas con forma de espátula y los incisivos más feroces que Shade había visto después de los de Goth. Y lo más extraño era que tenía cola. No era como la pequeña protuberancia de Shade, sino una verdadera cola como la de una rata, puntiaguda y elástica.</p><p>--No me habéis oído, ¿a que no? -preguntó el extraño murciélago-. Podría haber sido cualquier cosa: un buho, una serpiente arborícola, un caníbal... y ahora estaríais muertos. Ya no estáis en los bosques del norte -añadió, estudiándolos con atención-. Os habéis arrancado los discos. Bien. Entonces no sois unos idiotas.</p><p>--¿Quién eres? -preguntó Shade.</p><p>--Soy Caliban, de los bosques del norte. También yo he sobrevivido. Y hay más. Ahora guardad silencio y acompañadme.</p><p/><p/><p>A medida que Goth se adentraba en la selva, pudo ver los enormes cráteres que las explosiones habían abierto en el suelo. Obviamente los humanos no se limitaban a atacar la ciudad, aunque, por lo que había podido ver, los daños eran inmensos: edificios destrozados y ennegrecidos, calles retorcidas. Y ahora, a medida que avanzaba sobre la verde cúpula de la selva, le sorprendía encontrarla tan silenciosa, como si la multitud de criaturas que habían construido allí sus hogares hubieran sido obligadas a guardar silencio o simplemente hubieran huido.</p><p>Sin embargo, era imposible no disfrutar de la sensación de estar de regreso en la selva: los olores, el calor... Por fin en casa. Zotz le había devuelto a casa.</p><p>El metal que le colgaba del estómago era pesado, pero Goth sabía que podía llegar a la pirámide. Su único problema era conseguir deshacerse del disco sin correr peligro. Aunque no le preocupaba demasiado. Sabía que la pirámide real albergaba a algunos de los mejores artesanos del reino. Sus dientes eran sus herramientas, y los habían afilado y tallado para que pudieran cortar la piedra y delinear intrincadas puertas, como las de las celdas de la prisión donde estaban encerradas las víctimas de los sacrificios. Confió en que lograrían arrancarle el disco del cuerpo.</p><p>Allí estaba.</p><p>En medio de la selva se erigía una pirámide, el hogar de la familia real, los Vampyrum Spectrum. La vegetación la tapaba casi por completo: las terrazas escalonadas estaban cubiertas por un manto de enredaderas, helechos y palmas que de algún modo habían conseguido hundir sus raíces en las grietas de la piedra.</p><p>Los humanos habían construido la pirámide hacía cientos de años en honor de Cama Zotz, el dios murciélago del Inframundo. Al parecer se habían olvidado de él. Dejaban que la selva fuera engullendo la pirámide. Aun así, grupitos de hombres y mujeres a veces lograban llegar hasta allí, abriéndose paso entre la vegetación, para dejar ofrendas en el primer escalón de la gran escalinata. Enclavados en la cara este, los escalones conducían a la cámara real que coronaba la pirámide. Su hogar.</p><p>Había otra entrada situada a media altura, entre las terrazas, y Goth pudo ver a murciélagos regresando en tropel hacia ella en cuanto la luz del amanecer empezó a filtrarse por la selva. Sus hermanos y hermanas. Goth dio un profundo suspiro.</p><p>--¡He vuelto! -rugió-. ¡Soy yo! ¡El príncipe Goth! ¡He vuelto!</p><p>El eco de su voz fue rebotando entre los árboles y la piedra como el rugido del trueno, silenciando las voces de las aves y los insectos de la selva.</p><p>--¡Estoy aquí! -volvió a gritar, y los Vampyrum volaron a su alrededor para verlo. No tardaron en rodearlo. Después de tantos meses, era una delicia estar de nuevo entre los suyos: murciélagos de gran fuerza y tamaño. Sin embargo, no eran tan grandes como deberían ser. Muchos estaban flacuchos y parecían hambrientos, se les traslucían las costillas bajo el pelo del pecho. Aun así, Goth se dejó acariciar por su entusiasmo mientras le saludaban.</p><p>--¡Príncipe Goth!</p><p>--¿Dónde has estado?</p><p>--¡Pensábamos que te habían matado!</p><p>--¡Oíd todos! ¡El príncipe Goth ha vuelto!</p><p>--¡Saludos, rey Goth!</p><p>Goth se giró de golpe para ver al murciélago que había dicho las últimas palabras.</p><p>--¿Quién ha dicho «rey»?</p><p>--Lo siento, mi señor -dijo el murciélago, amedrentado por la ferocidad de la expresión de Goth-. Pero tu padre ha muerto. Ahora eres el rey.</p><p>Las palabras de Cama Zotz se deslizaron por su cabeza. <emphasis>Obedéceme y serás rey.</emphasis></p><p>--¿Cuándo? -exigió saber-. ¿Cuándo ocurrió?</p><p>--Hace sólo cuatro noches, durante una de las tormentas de fuego. Estaba cazando.</p><p>--Esto es lo que provoca vuestras tormentas de fuego -rugió, elevando las alas sobre los hombros y revelando el disco metálico que llevaba cosido al estómago-. Este es el fuego de los humanos que ha asolado nuestra selva. Han utilizado a los murciélagos del norte como portadores. Creyeron que podían usarme para destruir a otros humanos, y a mí mismo. Pero utilizaremos esto contra ellos, tenéis mi promesa. Nos han insultado, también a Cama Zotz, y deben ser castigados. ¡Vengaré la muerte de mi padre!</p><p>--¡Salve, rey Goth! -gritó el murciélago, y sus palabras encontraron eco en los demás, convirtiéndose en un cántico que tronó deliciosamente en los oídos de Goth.</p><p>--Ahora -dijo, ansioso por dar órdenes-, id en busca de los talladores. ¡Quiero que me despojen de este metal y que lo guarden con sumo cuidado!</p><p>--Alteza, te esperaba.</p><p>Goth miró y vio a Voxzaco que se acercaba batiendo sus maltrechas alas. Era el sumo sacerdote y había sido el consejero de confianza de su padre. A Goth le resultó tan repelente como cuando era niño. Voxzaco tenía la columna arqueada, lo que le convertía en un torpe volador. Con la edad había perdido casi todo el pelo, y ya sólo le quedaban algunas peladuras sarnosas de un color gris pajizo entre la carne macilenta. Le apestaba el aliento debido a las repugnantes bayas y hojas que comía a fin de alimentar sus visiones, y hasta a Goth le resultaba difícil sostenerle la mirada, pues sus enormes ojos en aquella cabeza demacrada parecían tragarse a todo aquel sobre el que se posaban. Por lo que Goth recordaba, Voxzaco siempre había tenido ese aspecto.</p><p>--¿Me esperabas? -preguntó Goth confundido-. ¿Sabías que iba a volver?</p><p>--Sí -respondió Voxzaco-. Está escrito en la Piedra.</p><p>Entonces los ojos del viejo sacerdote vieron el disco que colgaba del estómago de Goth y un pequeño grito escapó de su garganta. El temblor que le sacudió el cuerpo apenas le permitió mantener el vuelo.</p><p>--¿Qué ocurre? -preguntó Goth alarmado.</p><p>--Sí -murmuró Voxzaco con los ojos todavía clavados en el disco humano-. Sí, ahora lo veo. Concuerda perfectamente -concluyó, apartando con gran esfuerzo los ojos y mirando a Goth-. Acompáñame, te lo mostraré.</p><p>En el interior de la cámara real, Goth revoloteó sobre el grueso manto de hojas blandas que los talladores habían dispuesto para él. Luego, batiendo las alas, descendió con sumo cuidado hasta posar el disco metálico en el lecho de hojas.</p><p>--Liberadme de él -ordenó, y los talladores se pusieron manos a la obra sin demora, hurgando en la cadena que sujetaba el disco al cuerpo de Goth con sus dientes especialmente afilados. Mientras Goth sufría, los talladores serraron los eslabones metálicos en cuestión de segundos, y Goth remontó el vuelo aliviado y se colgó. Todavía tenía el anillo metálico en el estómago, y no le atraía en absoluto la idea de que se lo arrancaran de la carne, ni siquiera por obra de uno de los cirujanos reales.</p><p>--Ahora -dijo volviéndose hacia Voxzaco, que había estado supervisando angustiado todo el proceso- muéstrame la Piedra.</p><p>La cámara real era rectangular y estaba hecha de enormes bloques de granito. En lo alto, todas las paredes estaban talladas y lucían incrustaciones de materiales preciosos: jaguares gemelos con ojos de ónix reluciente; una serpiente de dos cabezas con las alas de plata; y, en cada esquina de la sala, un par de ojos vigilantes.</p><p>En la pared este, un gran portal daba a una escalera exterior totalmente cubierta por enredaderas y helechos y escombros. En el techo plano y alto había una abertura circular que Voxzaco mantenía siempre despejada, puesto que ofrecía una magnífica vista de las estrellas y la luna.</p><p>Exactamente debajo de esta abertura estaba la Piedra, circular, gruesa y con el doble de diámetro que las alas de Goth. Yacía en posición horizontal sobre el suelo de la cámara y su superficie estaba intrincadamente tallada con extraños glifos de humanos, aves y bestias, murciélagos... y del propio Gama Zotz, cuyos ojos rasgados vigilaban desde varios lugares. La Piedra era obra de los humanos y las imágenes estaban ennegrecidas y erosionadas por el paso del tiempo. Recorrían el borde exterior de la Piedra y luego formaban una espiral que se iba acercando gradualmente al agujero situado en el centro.</p><p>Goth había pasado gran parte de su vida en la cámara real, pero nunca había examinado la Piedra con mucha atención. Era tarea de Voxzaco inclinarse sobre aquellas diminutas imágenes y rascar el moho y el polvo que los siglos habían ido acumulando sobre ella. Se decía que con la Piedra podía predecir la llegada de las estaciones, calcular la duración de las noches, las fases de la luna. Y era también tarea suya ejecutar los sacrificios sobre la Piedra: arrancar los corazones y ofrecérselos a Cama Zotz. Los jeroglíficos habían quedado para siempre teñidos de sangre.</p><p>--Acércate -dijo Voxzaco, apresurándose hacia la Piedra y llevando a Goth más cerca de su centro-. Mira. Esto es el aquí y el ahora. Todo está en la Piedra. Tu captura a manos de los humanos, las tormentas de fuego...</p><p>Goth escudriñó la Piedra con sus señales ecosonoras, pero no percibió en su mente más que una serie de líneas melladas. ¿Se suponía que aquello de allí era un murciélago? ¿O llamas?</p><p>--Y aquí, las miserias del reino -continuó Voxzaco-. El hambre que hemos sufrido.</p><p>Goth se acordó entonces de lo flacos que estaban los murciélagos que había visto.</p><p>--¿Por qué hambre?</p><p>--Muchas aves y bestias han huido de las tormentas de fuego. Se han ocultado o se han ido más al sur, incluso hacia el norte. La caza ha sido muy difícil. Pero ha habido pequeños murciélagos -concluyó el viejo sacerdote señalando otra imagen con una garra escamosa.</p><p>Goth agachó la cabeza, acercándola más a la Piedra, arrugando la nariz cuando aspiró el apestoso aliento de Voxzaco. Había en la selva una planta que siempre olía a carne putrefacta. Así era como olía el sacerdote. Allí, en la Piedra, distinguió la forma de numerosas y pequeñas alas de murciélago. Pensó en Shade. Por alguna razón, la idea de que aquellos pequeños murciélagos del norte pudieran estar en la Piedra le hizo sentir incómodo.</p><p>--Son presa fácil -dijo Voxzaco-. Tenemos varias docenas en la mazmorra, y se los hemos estado ofreciendo a Zotz antes de comérnoslos y rezar por la llegada de tiempos de mayor abundancia.</p><p>--Bien -dijo Goth, preguntándose si Shade habría sobrevivido. Recordó el sueño en el que se había visto arrancándole el corazón al pequeño murciélago. Si Shade seguía con vida en la selva, Goth mismo se lo comería. En su mente, los humanos y los murciélagos del norte habían quedado unidos para siempre, puesto que ambos le habían desafiado y atraído sobre él la desgracia.</p><p>--Derrotaremos a los humanos y a los pequeños murciélagos -dijo Goth-. Ese ha sido mi plan desde que fui capturado. Debemos formar un ejército y volar hacia el norte. Aniquilaremos a los murciélagos y atacaremos a los humanos con su propia arma.</p><p>--Sí -dijo Voxzaco con una sonrisa de complicidad-. También eso está en la Piedra. Pero primero hay algo que debemos hacer.</p><p>--¡Entonces muéstramelo! -ordenó Goth. No le gustaban los aires de superioridad con que Voxzaco le trataba. Podía arrancarle el corazón; él era el rey. No necesitaba que un cadáver podrido le predijera el futuro. Se rumoreaba que Voxzaco hablaba con el mismo Zotz. Pero también puedo hacerlo yo, pensó Goth, y sin la ayuda de bayas ni pociones.</p><p>Sin embargo, sintió que le temblaban las tripas. Quería saber más.</p><p>--¿Qué es lo que ves aquí? -le preguntó el sacerdote.</p><p>--Un círculo -respondió-. El sol.</p><p>--Acércate más.</p><p>--Le falta una parte.</p><p>--Y ahora aquí... -dijo Voxzaco fijando su percepción sonora en la siguiente imagen, donde al sol le faltaba una porción aún mayor.</p><p>--¿Qué significa?</p><p>--Habrá un eclipse de sol total -dijo Voxzaco, cuya voz crepitó de entusiasmo-. Se hará de noche en pleno día.</p><p>Voxzaco guió a Goth por las imágenes mientras volaban en círculos, ahora a toda velocidad, hacia el centro mismo de la Piedra y el sol iba encogiéndose más y más hasta que desapareció y fue sustituido por un ojo rasgado: el ojo de Zotz. Y entonces ya no hubo más imágenes, puesto que se habían precipitado dentro del agujero situado en el centro de la Piedra: un círculo de oscuridad.</p><p>--¿Eres consciente de lo importante que es esto? -le preguntó Voxzaco.</p><p>Goth le devolvió una mirada helada y arrogante, en silencio.</p><p>--Entonces, no sabes nada sobre los dioses.</p><p>--Conozco a Zotz -refunfuñó Goth.</p><p>--Puede ser, pero ¿sabes algo acerca de Nocturna?</p><p>Goth se enfureció.</p><p>--Shade, el pequeño murciélago, hablaba de Nocturna. ¿Existe?</p><p>--Es tan real como lo es Zotz. Son gemelos. Nocturna preside el mundo superior. Anuncia el crepúsculo, pero también trae con ella el amanecer. Es un ente de la noche, pero toma su poder del sol. Es egoísta. Mantiene a Zotz, su hermano gemelo, en el Inframundo porque sabe que si él estuviera arriba su poder aniquilaría el de ella.</p><p>--Nadie es más poderoso que Zotz -insistió Goth, furioso por la idea de que Zotz pudiera tener un rival y despechado por no haberlo sabido hasta entonces, y por pensar que aquellos enanos del norte tenían como diosa a Nocturna.</p><p>--En otros tiempos Zotz y Nocturna tenían el mismo poder -le dijo Voxzaco-, pero con el paso de los siglos Zotz perdió a muchos de sus seguidores del mundo superior. Hubo una época en que los humanos que vivían aquí y que construyeron este templo y tallaron esta Piedra le conocían y le adoraban. Pero le dieron la espalda, quizá para adorar al sol. Sin embargo, hay más almas en el Inframundo que en el mundo superior, te lo aseguro, y quieren encontrar la vía de acceso a este mundo. Nocturna usa el sol para mantener a Zotz debajo. Pero el eclipse nos dará la oportunidad que estamos esperando. Podemos traer de vuelta a nuestro dios, devolverlo al mundo superior para que reine sobre toda la creación.</p><p>Goth miraba a Voxzaco mudo de asombro. No era la primera vez que se preguntaba si el sacerdote habría perdido el juicio. Demasiadas pociones, demasiadas visiones. Pero también tú has tenido visiones, se recordó, pensando en la cueva.</p><p>--¿Cómo? -preguntó.</p><p>Voxzaco sobrevolaba la piedra a toda velocidad.</p><p>--En una ocasión tuvimos nuestra oportunidad y la desaprovechamos. De eso hace trescientos años. Mira. Ese fue el último eclipse total, pero el sacerdote de aquel entonces no estaba preparado. No sabía nada. Aquí está nuestra oportunidad. Nosotros seremos quienes lo consigamos.</p><p>--Pero ¿cómo? -exigió saber Goth una vez más, rechinando los dientes.</p><p>--No estuve seguro hasta que te vi, rey Goth. Entonces lo supe.</p><p>Con las alas desplegadas, alzó el vuelo desde la Piedra y aterrizó junto al disco metálico. Antes de que Goth pudiera detenerle, Voxzaco cogió la cadena entre sus garras y levantó el disco en el aire, llevándolo hasta la Piedra.</p><p>--¡No! -gritó Goth-. ¡Explotará al chocar contra la Piedra!</p><p>Voxzaco no le escuchó. Descendió balanceándose e insertó el disco metálico en el centro mismo de la Piedra.</p><p>Encajó perfectamente. Como si hubiera sido hecho únicamente para llenar ese agujero.</p><p>--Ya lo ves -resolló el sacerdote-. Es el momento. Esto completa la Piedra. Es el fin de la Piedra, el fin del tiempo conocido. Ahora debemos celebrar un doble sacrificio y pedir a Zotz que nos muestre cómo destruir al sol.</p><p/><p/><p>Goth observaba cómo los dos murciélagos del norte eran llevados hasta allí desde la sala de los huesos con las alas fuertemente sujetas por un guardia a cada lado. Escudriñó sus rostros, quizá con la esperanza de ver en ellos a Shade, pero sufrió una decepción. Normalmente allí se sacrificaban aves, buhos y, en rituales especiales, miembros de su propia especie: un Vampyrum que había tenido el honor de ser elegido.</p><p>--Colocad a ése sobre la Piedra -instruyó Voxzaco a los guardias.</p><p>Goth vio cómo dos guardias levantaban al primero de los aterrorizados murciélagos y, con las alas totalmente desplegadas, lo sujetaban sobre la Piedra. El viejo sacerdote se acercó aún más con los ojos cerrados.</p><p>--¡No! -dijo Goth de pronto-. Yo llevaré a cabo el sacrificio.</p><p>La perplejidad conmocionó el rostro de Voxzaco.</p><p>--Sólo un sacerdote puede celebrar los ritos, rey Goth. Enojarás a Zotz si...</p><p>--He hablado con Zotz. Volverá a hablarme.</p><p>El sacerdote sonrió afectadamente.</p><p>--Eso crees, ¿verdad? ¿Crees que estás más cerca de él que yo, que he dedicado toda mi vida a servirle y a cuidar de la Piedra? ¿Yo, su sumo sacerdote?</p><p>--Me ha escogido como su siervo -gruñó Goth-. Me ha enviado visiones. Me ha hecho rey, me curó las alas, y seré yo quien celebre el sacrificio.</p><p>Sin esperar a oír la respuesta del sacerdote, Goth se precipitó sobre el murciélago del norte y le clavó con fuerza los dientes en el pecho, arrancándole el corazón, que todavía se estremecía.</p><p>--¡Zotz! -gritó-. Esta es mi ofrenda. ¡Dime a mí, tu siervo, qué debemos hacer para matar al sol!</p><p>Levantándose sobre las patas, desplegó las alas y empezó a dar vueltas para que ondearan con el aire.</p><p>--¡Zotz! -volvió a chillar-. ¡Aquí tienes a tu siervo! ¡Dime lo que debo hacer!</p><p>En ese momento se oyó un tremendo rugido, seguido por una descomunal aspiración que dejó la cámara en el más absoluto silencio. Luego, de todas las esquinas salió un torbellino de viento tan fuerte que sonó como un gemido, como un coro de ángeles negros cuyos miembros cantasen notas distintas.</p><p>Goth dio un respingo y vio a Voxzaco escondiendo la cabeza debajo del ala. Los guardias que custodiaban al segundo murciélago del norte cayeron de espaldas horrorizados, y el pequeño murciélago consiguió liberarse y lanzarse a una de las grietas del suelo. No tenía importancia. Lo que de verdad importaba era la presencia que Goth percibía en la cámara, envuelta en aquella marea de sonido.</p><p>De pronto la presencia no estaba a su alrededor sino dentro de él. Sintió que una fuerza incontenible le abría las fauces y el aire le subía por la garganta.</p><p><emphasis>--¡Pregunta!</emphasis> -le gritó a Voxzaco, y supo que aquella no era su voz, sino la de Zotz que hablaba a través de él.</p><p>Voxzaco seguía refugiado bajo su ala, aunque alzó la mirada hacia Goth, temblando ostensiblemente.</p><p><emphasis>--¡Pregunta!</emphasis> -chilló Goth de nuevo.</p><p>--¿Qué debemos hacer, señor Zotz, para matar al sol? -preguntó Voxzaco.</p><p><emphasis>--¡Dadme más vida! </emphasis>-se oyó rugir Goth-. <emphasis>¡La vida de cien murciélagos, sus corazones! ¡Todas durante la oscuridad del eclipse!</emphasis></p><p>--Y ¿qué ocurrirá entonces, señor Zotz?</p><p>Goth sintió sus pulmones hincharse al intentar inspirar más aire. Luego habló de nuevo.</p><p><emphasis>--Vendré. Ahora vengo sólo como sonido, un mero susurro de mi pleno poder. Pero matad al sol y el Inframundo será el mundo entero, y tú, Goth, liderarás mis ejércitos por su faz. Limpiarás el planeta de humanos, esos humanos que han intentado eliminarte. Reinarás e impondrás tu supremacía sobre todas las cosas, sobre las aves y las bestias y también sobre todos los murciélagos. Tu imperio se extenderá hacia el norte para conquistar los reinos de los Silverwings, de los Brightwings y de todos los demás. Los dominios de los buhos también serán tuyos. Vivos y muertos. Y cruzaremos océanos para adueñarnos de nuevas tierras. Esa será tu recompensa por servirme.</emphasis></p><p>Otra enorme inspiración se abrió camino hasta sus pulmones.</p><p><emphasis>--Ayudarás a los humanos a terminar la obra que han comenzado: aniquilarse mutuamente y desaparecer de la faz de la tierra. Y el disco metálico que te dieron será nuestro primer asalto. Hay un lugar llamado Bridge City donde podrás arrojar el disco. Es el hogar de millones de murciélagos, y es la gran ciudad... de muchos humanos, y tú la destruirás</emphasis>.</p><p>Goth se sintió arrancado de sus propios pies y estampado contra la Piedra. Era como si una bestia inmensa lo hubiera tenido agarrado por la articulación que unía sus mandíbulas y por fin le hubiera soltado. Casi se atragantó al volver a tomar aire. Las costillas le gemían de dolor.</p><p>--Lo siento, alteza -lloriqueó un guardia-. Uno de los murciélagos ha escapado.</p><p>--Entonces, encontradle -le replicó Goth, aunque tenía la cabeza en otro sitio. Se giró hacia Voxzaco-. Ese eclipse, ¿cuánto dura?</p><p>--Menos de mil aleteos -respondió el sacerdote.</p><p>Y tendría que sacrificar cien ofrendas.</p><p>--Y, según la Piedra, se producirá dentro de tres noches -añadió Voxzaco.</p><p>Goth se volvió hacia los guardias.</p><p>--Enviaremos soldados de inmediato. Capturad a buhos y otras aves, y a todos los murciélagos del norte que podáis. Atrapadlos en sus nidos y traedlos aquí. Tenemos tres noches para encontrar cien ofrendas. Quedaos cortos y seréis vosotros quienes terminéis sobre la Piedra. ¿Lo habéis entendido?</p><p>--Sí, rey Goth.</p><p>--Entonces preparadlo todo. Rápido.</p><p/><p/><p/><p/><subtitle><strong>_____ 10 _____</strong></subtitle><subtitle><strong>STATUE HAVEN</strong></subtitle><p/><p>Con cada aleteo, el dolor rezumaba de la herida que tenía en el estómago, y Shade tenía que luchar para seguir el ritmo de Chinook y de Caliban. Sobrevolaban la ciudad envueltos en un silencio tenso, y, por primera vez, Shade se dio cuenta de lo destrozada que estaba: calles retorcidas, edificios convertidos en escombros, espacios inmensos reducidos a un cráter de cenizas. El viaje transcurrió sobre tétricos edificios de piedra con los techos cubiertos de tejas, muchos de ellos en ruinas. Hacia el oeste pudo ver el parpadeo de las llamas que procedían del gran edificio que había sido destruido por los murciélagos, y el ulular de las sirenas humanas se filtraba entre el olor acre que llenaba el aire. Se preguntó si los humanos del sur también usarían murciélagos como portadores de sus armas. Por el este el cielo empezaba a clarear: el amanecer estaba cerca.</p><p>Volando detrás de Caliban, Shade podía ver la fea cicatriz que éste tenía en el estómago. También él debía de haberse arrancado su disco. Era un murciélago grande, incluso de mayor envergadura que Chinook, pero las costillas se le marcaban contra la piel de los flancos, estaba demacrado y su rostro tenía una expresión casi salvaje. Shade se preguntó cuánto tiempo llevaría allí y qué se habría visto obligado a hacer para sobrevivir.</p><p>--¿De qué colonia eres? -preguntó.</p><p>--De los Murciélagos Mastín -respondió Caliban sin rodeos y sin mirarle-. De los bosques del oeste.</p><p>No parecía tener muchas ganas de hablar. Chinook no había dicho nada desde que habían emprendido el viaje. Se limitaba a volar con la mirada aturdida y fija en el horizonte. Shade ni siquiera sabía adonde los llevaba. Intentó encontrar consuelo en lo que Caliban les había dicho con anterioridad: había otros que buscaban a más supervivientes en los alrededores del edificio en llamas.</p><p>Quizá los padres de Chinook.</p><p>Quizá su padre.</p><p>Alejó sus pensamientos, enfadado consigo mismo por atreverse a mantener vivas las esperanzas. Tantas veces se había hecho ilusiones, y tantas otras se había visto decepcionado, que ¿qué sentido tenía seguir esperando?</p><p>Detrás de él fulguró un intenso fogonazo, y durante una décima de segundo fue como si el día se hubiera tragado a la noche.</p><p>--No miréis atrás -ordenó Caliban.</p><p>Shade miró. Un enorme penacho de humo y de luz iba ascendiendo a lo lejos en el horizonte. Incluso después de haber cerrado los ojos con fuerza, angustiado y aterrado, la imagen de aquel monstruoso nubarrón seguía ardiendo delante de él. Instantes después, el aire y la tierra retumbaron cuando el sonido de la explosión los alcanzó.</p><p>--Eso ha sido uno de los buhos -dijo Caliban.</p><p>--¿Qué quieres decir? -preguntó Shade.</p><p>--A nosotros nos ponen los pequeños, pero los buhos llevan discos mucho más grandes.</p><p>Shade se acordó de haber visto a los humanos entrar en el bosque artificial de los buhos con sus varas metálicas y enjaular a los pájaros una vez drogados. Pensó en el joven buho con los rayos dibujados en su plumaje y sintió náuseas. La mera visión de aquella nube encendida... nada podía haber sobrevivido a su paso.</p><p>--Los humanos escogen a voladores nocturnos -decía Caliban en voz baja por encima del ala-. Murciélagos, buhos... ambos tenemos visión ecosonora. Eso es importante. Es lo que utilizan para guiarnos. Una vez vi a un buho muerto; también tenía una sirena en la oreja, ya sabes, esa chapa de metal, como nosotros. Los humanos eligen sus objetivos y nos envían hasta allí para que hagamos el trabajo por ellos. Ellos no sufren ningún daño. Los buhos pueden transportar más metal. Explosiones mucho mayores, como la que acabamos de dejar atrás. Afortunadamente para nosotros, los objetivos suelen estar muy apartados de la ciudad. Hasta ahora, claro.</p><p>Shade pensó en el gran disco que Goth llevaba en el estómago. ¿Provocaría aquel disco una explosión como ésa? Pero Shade sabía que Goth sobreviviría. Siempre lo conseguía. Estaba en algún lugar de la selva, llevando su disco con él: una catástrofe voladora.</p><p>--Ya estamos cerca -dijo Caliban, señalando con el mentón-. Ahí arriba.</p><p>Era el último lugar sobre la faz de la tierra al que Shade habría volado en busca de refugio. Encima de un gran peñasco que dominaba la ciudad se erigía una gigantesca estatua metálica: un macho humano con los brazos extendidos en actitud suplicante, aunque tenía el brazo derecho cortado por encima del codo, por obra del fuego, a juzgar por el aspecto retorcido y deshecho del muñón.</p><p>--Statue Haven, la Estatua Refugio -dijo Caliban, conduciéndolos en vuelo ascendente hacia la cumbre. Shade podía ver ahora el rostro del humano metálico. Había algo dolorosamente amable en la expresión de aquel rostro, y eso le enojó. ¿Qué derecho tenían los humanos a tener ese aspecto después de todo lo que les habían hecho? Era mentira. Los humanos eran malvados, como Goth había dicho desde un principio. No quería acercarse más, pero Caliban descendía ya hacia el brazo derecho amputado y Shade le siguió con Chinook.</p><p>Entre el metal retorcido y fundido del muñón había una pequeña abertura y Shade plegó las alas para aterrizar. A medida que se aproximaba logró distinguir, justo en el interior de la entrada, a dos murciélagos haciendo guardia. Le sorprendió ver que ambos sujetaban varas terriblemente afiladas.</p><p>Caliban gritó a los guardias y las varas fueron inmediatamente retiradas hacia el interior. Era la primera vez que Shade tenía noticia de murciélagos armados, y se estremeció. Contra qué terribles peligros tendrían que protegerse. El insecto que casi se lo había comido ya era bastante aterrador. Imaginó un ejército de ellos, trepando por la estatua e invadiendo su interior. Los murciélagos necesitaban esas armas.</p><p>Aterrizó detrás de Caliban y se arrastró un poco más adentro para dejarle espacio a Chinook. Echó un vistazo a los guardias, un Brightwing y un Graywing, ambos aparentemente debilitados por el hambre aunque con una feroz determinación en la mirada.</p><p>--Nos alegra teneros entre nosotros -le dijo a Shade uno de ellos cuando pasaba junto a él.</p><p>El pasadizo ascendía levemente por el interior del brazo de la estatua, en dirección al hombro, según adivinó Shade. Allí, en la cumbre, desembocaba en una caverna vertical: el espacio hueco del interior de la estatua. Le recordó un poco a Tree Haven, el refugio perdido que había sido su bogar y el de Chinook en los bosques del norte, y la nostalgia le hizo un nudo en la garganta cuando oyó el eco del batir de alas, el chillido de las voces.</p><p>--¿Cuántos sois aquí? -preguntó Shade a Caliban. No se atrevía a preguntar directamente por su padre. Le daba demasiado miedo ver a Caliban sacudir la cabeza y musitar una disculpa. Había ocurrido demasiadas veces.</p><p>--Treinta y seis, incluidos vosotros dos -respondió Caliban con una mirada de agotamiento. A Shade le resultó obvio que Caliban estaba acostumbrado a llevar la cuenta, día tras día, a medida que el número de habitantes que formaban esa colonia provisional cambiaba, a veces para mejor, a veces para peor-. Pero esperemos que encuentren más supervivientes en el edificio.</p><p>Lo que Shade vio a continuación, a medida que se adentraba revoloteando en la caverna, fue un trágico muestrario de murciélagos. Barrió las cornisas con su visión ecosonora, buscando desesperadamente a un macho Silverwing anillado. Muchos de los murciélagos todavía llevaban restos de cadenas colgándoles del estómago. Algunos tenían las alas cruelmente cortadas, fruto de alguna lesión; otros mostraban grandes peladuras llenas de cicatrices causadas por quemaduras horribles. Todos tenían un aspecto desharrapado y enjuto, y ninguno de ellos era su padre.</p><p>Por lo menos ahora estaba seguro. Su padre, como tantos otros, había muerto devorado por las llamas. El hecho de que le afectara tan poco le dejaba perplejo y le hacía sentirse culpable. Se sentía como una cueva vacía de dimensiones colosales desprovista del menor eco. ¿Qué le estaba pasando?</p><p>Alzó la vista cuando dos murciélagos se deslizaron en Statue Haven por el túnel de entrada y oyó que Caliban les gritaba:</p><p>--¿Habéis encontrado más supervivientes?</p><p>--Hemos registrado los alrededores del edificio hasta que no hemos podido seguir. No quedaba nadie.</p><p>Shade miró a Chinook. Sus ojos parecían sin vida. Incluso daba la impresión de haber empequeñecido. ¿Cómo era posible que la muerte de su padre sólo le paralizara pero que casi le resultara insoportable ver a Chinook así? Habría hecho cualquier cosa por recuperar al Chinook de siempre: a aquel fanfarrón que se pavoneaba en el aire y le llamaba enano.</p><p>--Lo siento, Chinook -dijo, pegando la nariz al cuello del otro murciélago.</p><p>--Sé que los vi -dijo Chinook despacio.</p><p>La rabia bullía en la cabeza de Shade. Menudo idiota estás hecho, se reprochó, enfurecido consigo mismo. Marina perdió a sus padres y ahora también Chinook ha perdido a los suyos. Tú por lo menos tienes a tu madre. Y también a otros: Frieda, Marina y Chinook. Tenías una familia, pero para ti nunca fue suficiente. Deberías haberte quedado en Hibernaculum con ellos y sentirte agradecido por tener algo. Porque ¿qué le quedaba ahora?</p><p>--Habéis perdido a familia y amigos -dijo Caliban realista-. Todos hemos pasado por ello. Pero sobreviviremos.</p><p>--¿Cuánto tiempo lleváis aquí? -preguntó Shade.</p><p>--Depende. Algunos varias semanas; otros, como yo, algunos meses.</p><p>--¿No habéis intentado volver al norte?</p><p>Caliban soltó una risotada áspera.</p><p>--Es un largo viaje. Ya habéis visto lo que es la selva. El insecto que casi os devora no es nada. Hay buhos, y serpientes tan grandes que podrían engulliros vivos y dejaros echar un buen vistazo a sus entrañas antes de exprimiros hasta mataros. Hay águilas, halcones y buitres. Y murciélagos caníbales. Miles de ellos.</p><p>A pesar de que ya lo sabía, oírselo decir a Caliban le llenó de espanto. Goth ya resultaba bastante aterrador por sí solo. La idea de miles de ellos era algo inimaginable.</p><p>--Conozco a esos murciélagos -dijo Shade.</p><p>--¿Cómo es eso? -preguntó Caliban.</p><p>--Los humanos tenían a uno en el norte llamado Goth. Lo llevaron al mismo edificio en el que estábamos nosotros y le encadenaron un disco metálico, uno de los grandes. También a él le han arrojado con nosotros esta noche.</p><p>--En ese caso es probable que haya muerto. Uno menos.</p><p>--Goth no muere -dijo Shade sin inmutarse.</p><p>Caliban le miró extrañado.</p><p>--De todas formas da igual. Son suficientes para gobernar el cielo nocturno. Hasta los buhos se apartan de su camino -añadió, sacudiendo la cabeza-. Todo lo contrario a lo que estamos habituados. ¡Buhos que temen a los murciélagos! Algunos de los nuestros han sido víctimas de ellos, pero nada comparado con la cantidad que han apresado los caníbales. Cazan en grupo. Hace sólo unas semanas aquí éramos casi cincuenta.</p><p>--Tenemos que volver al norte -dijo Chinook, y Shade le miró sorprendido; hasta entonces había estado muy callado-. Tenemos que intentar avisar a los demás antes de que sea demasiado tarde. Está Frieda, y tu madre. Y quizá también Marina.</p><p>--Totalmente de acuerdo -dijo Caliban-. Nos habríamos puesto en marcha hace tiempo, pero todavía tenemos a muchos heridos. Debemos esperar a que todos se curen. Aquí no se abandona a nadie. Esa es la norma. O nos quedamos todos o nos vamos todos.</p><p>Shade asintió, lleno de admiración por la determinación que mostraba ese pequeño grupo de murciélagos.</p><p>--Ahora vosotros dos necesitáis descansar un poco si queréis venir con nosotros. Hay algunas bayas que encontré por casualidad que al parecer ayudan a curar más rápido. Os conviene poneros algunas en las heridas.</p><p>--Gracias -dijo Shade. Quería dormir, caer en un sueño profundo que le envolviera durante semanas y meses hasta poder despertar en algún otro lugar, en algún sitio seguro. Le sorprendió darse cuenta de lo aliviado que se sentía. Ahí alguien estaba al frente, y el instinto le decía que podía confiar en Caliban. Ya no quería hacer más planes. Sólo deseaba obedecer órdenes. Durante toda su vida nunca había hecho lo que le mandaban; siempre había dudado de lo que los demás le decían... y así le había ido. Pero eso se había terminado. Había decidido tomarse un respiro y dejar de ser un héroe. Marina tenía razón. Estaba cansado incluso de tener que pensar.</p><p>Caliban regresó con una baya en la boca y procedió a triturarla con los dientes hasta formar con ella una pasta que esparció por el estómago de Chinook.</p><p>--Cada pocas semanas -empezó el gran murciélago mastín-, caen más murciélagos sobre la ciudad. Entonces vamos a ver si queda algún superviviente. Solía haber más. A veces los discos no estallaban o los murciélagos viraban justo a tiempo -sonrió enfadado-. Obviamente los humanos cada vez lo hacen mejor. Me asombra que vosotros dos hayáis sobrevivido. Aunque me alegra haberos encontrado en el momento en que lo hice. El lugar donde os colgasteis era un nido de insectos. Habrían llegado más. Les he visto comerse unos a otros mientras se apareaban. La hembra le arranca la cabeza al macho de un mordisco. Aunque no tienen mal sabor.</p><p>--¿Os los coméis? -preguntó Chinook sin salir de su asombro.</p><p>--Siempre que podemos. Tienen mucha carne, y eso es muy bueno, porque aquí cazar es muy difícil. Salimos en grupos de dos y de tres y nunca nos alejamos de Statue Haven. Sin este lugar, no habríamos durado ni una sola noche en la selva.</p><p>Caliban trituró otra baya en la boca y empezó a aplicarla a la herida de Shade.</p><p>--Estábamos preparándonos para partir hace unas cuantas noches, pero entonces perdimos a nuestro líder. Si había alguien que podía guiarnos de regreso al norte con total seguridad, era él. Yo no soy más que un pobre sustituto. Él fue uno de los primeros que arrojaron aquí. Me salvó cuando llegué. Había estado en el bosque de los humanos durante meses y había visto algunas de las cosas que nos hacían. Pruebas.</p><p>--¿Qué tipo de pruebas? -preguntó Shade.</p><p>--Se aseguraban de que los murciélagos fueran lo suficientemente fuertes para llevar los discos e intentaban descubrir cómo hacerlos estallar; cómo hacer que funcionaran las sirenas y que siguieran pegadas a sus orejas. Muchos murciélagos murieron en aquel edificio, quemados vivos, o terminaron con las alas chamuscadas, de manera que no pudieron volver a volar. Él consiguió sobrevivir a todo eso. Pero la selva pudo con él. Era un murciélago muy valiente. Cassiel salvó a muchos de nosotros.</p><p>--¿Cassiel Silverwing?</p><p>Shade pudo oírse haciendo la pregunta, como si estuviera revoloteando a gran altura, viéndose hablar.</p><p>--Eso es.</p><p>--¿Qué le ocurrió?</p><p>--Los caníbales se lo comieron.</p><p>Caliban miró a Shade con una expresión de extrañeza en los ojos y su actitud práctica vaciló durante un instante. </p><p>--¿Le conocías? </p><p>--Era mi padre.</p><p/><p/><p>Marina volaba hacia el sur.</p><p>Todas las noches, la caravana guiada por Aquiles Graywing aumentaba en número a medida que otros refugiados que habían sido expulsados de sus lugares de hibernación por los buhos se unían a ella. A Marina la reconfortaba volar en compañía de tantos murciélagos, aunque era consciente de que un solo escuadrón de buhos podía infligir un sangriento castigo a sus filas.</p><p>Ariel y ella intentaban hablar con todos los recién llegados, preguntándoles si habían visto alguna máquina voladora humana, tanto en tierra como en el aire, que se dirigiera hacia el sur. Las respuestas eran vagas: el cielo estaba lleno de maquinaria humana que avanzaba en todas direcciones. Shade podía estar ya en cualquier parte. En cualquier parte.</p><p>Ya no hacía tanto frío. Habían dejado atrás la nieve, y la noche anterior el corazón le dio un vuelco cuando volvió a ver la hierba, e incluso algunas flores.</p><p>Pero, a pesar de que el tiempo mejoraba, Frieda flaqueaba. Se rezagaba y respiraba con dificultad. Marina, Ariel y los demás habían empezado a turnarse para llevar a la anciana Silverwing a la espalda. Marina se había quedado asombrada al comprobar lo poco que pesaba, como si sus viejos huesos estuvieran empezando a vaciarse. Durante el día, Frieda caía en un sueño largo y profundo.</p><p>Marina miró a Ariel por encima del ala. Todas las mañanas, Ariel la peinaba y la mimaba, preguntándole si tenía frío y si había comido bien. Al principio, Marina se había sentido rara. Había pasado demasiado tiempo sola y no estaba acostumbrada a tantas atenciones. Se había habituado a cuidar de sí misma y a hacer las cosas a su manera. Pero no podía negar que le gustaba. Y el hecho de intimar tanto con la madre de Shade resultaba extrañamente reconfortante. Era una manera de sentirse cerca de él.</p><p>--Debería haber ido con él -dijo desconsolada, probablemente, lo sabía, por décima vez-. Si seguimos así nunca le encontraremos.</p><p>Ariel sacudió la cabeza.</p><p>--Hiciste lo correcto al no entrar en aquella máquina voladora. Shade tomó su propia decisión. Tú no eres responsable de eso. Yo tampoco logré entender nunca por qué Cassiel hacía algunas de las cosas que hacía. Creo que era simple estupidez.</p><p>Marina se echó a reír y luego apartó la mirada, frunciendo el ceño.</p><p>Ariel no dijo nada, pero su silencio no era inquisidor, solamente paciente.</p><p>--Le estaba ignorando -dijo Marina de pronto, aliviada al confesar algo que la estaba haciendo sentir culpable-, pero sólo porque él me ignoraba a mí. No hacía otra cosa que buscar y quejarse, como si lo demás no existiera... y, bueno, sí, resultó que tenía razón sobre el bosque, pero...</p><p>--No es fácil aceptar que una gran causa te relegue a un segundo plano. Cassiel era igual. Estaba tan obsesionado por descubrir el secreto de los anillos y La Promesa que apenas veía nada más.</p><p>--Exacto -dijo Marina, aliviada-. Se había vuelto muy importante y no me estaba poniendo nada fácil integrarme entre vosotros. Vivir sola era una cosa: podías llegar a resignarte, marcar tus propias reglas, funcionar a tu manera... pero entonces apareció Shade y se me presentó esta segunda oportunidad, y tuve miedo de volver a perderlo todo otra vez.</p><p>Ariel asintió.</p><p>--Sí, es cierto, le fastidié -admitió Marina sin conseguir disimular una sonrisa-. Chinook me prestaba mucha atención, y... era agradable.</p><p>--Claro que lo era.</p><p>--No entiendo cómo Shade no se daba cuenta -dijo irritada-. Lo único que conseguía era enojarle aún más. Para ser un murciélago tan listo, puede llegar a ser muy estúpido.</p><p>Volvió a recordar el cuerpo de Shade deslizándose por aquella terrible urna en el edificio humano y se le borró la sonrisa.</p><p>--Es un superviviente -dijo con firmeza, aunque miraba a Ariel como si en realidad estuviera haciendo una apremiante pregunta-. Consiguió regresar a Hibernaculum -dijo e inmediatamente frunció el ceño-. Aunque ahí estaba yo para ayudarle. Dudo que lo hubiera conseguido sin mí. Ya le conoces; no piensa y a veces hace tonterías.</p><p>--Lo sé -dijo Ariel amablemente-. No te preocupes. Le encontraremos.</p><p/><p/><p>Se anunciaba ya el amanecer y lograron encontrar refugio en un bosque de cedros. Cuando Marina se envolvía ya con las alas, preparándose para dormir, vio a Frieda sola en una rama lejana, muy quieta, observando atentamente el cielo iluminado. ¿Qué estaba mirando? Ariel dormía a su lado y Marina no quería despertarla. Se elevó en silencio desde la rama y subió volando a la copa del árbol, colocándose detrás de Frieda a una distancia respetable para rio sobresaltarla.</p><p>--¿Los ves? -preguntó Frieda sin moverse.</p><p>Marina siguió la mirada de la anciana y, en la pálida luz, vio una masa tornasolada sobre un lejano bosque de árboles en flor. ¿Qué eran? Eran demasiado grandes para tratarse de insectos, y desde luego demasiado pequeños para ser pájaros. Pero había docenas de ellos, revoloteando de flor en flor.</p><p>--Colibríes -dijo Frieda.</p><p>--¿Son pájaros? -preguntó Marina al ver la expresión de gravedad en el rostro de la anciana. No podía creer que aquellas criaturas supusieran una amenaza. Eran minúsculas-. ¿Qué ocurre?</p><p>--El hecho de que estén aquí -respondió Frieda-. Pasan el invierno mucho más al sur. Verlos aquí... Algo muy grave debe de estar ocurriendo. Acompáñame, pero ve despacio, deja que te vean acercarte.</p><p>Marina se elevó desde la rama, siguiendo a Frieda.</p><p>--¿Vamos a hablar con pájaros?</p><p>--No son como los demás. Son muy pequeños, nunca se han sentido cómodos entre otras especies. Viven aparte. Comen insectos como nosotros, además de flores.</p><p>--¿Flores?</p><p>--Beben el néctar. Y tampoco se fían de los buhos. Nunca han luchado contra nosotros, y no tenemos nada en contra de ellos.</p><p>Volaron muy por encima de las copas de los árboles, para que los colibríes pudieran verlas acercarse.</p><p>--Soy Frieda Silverwing -gritó la anciana-. No quiero haceros ningún daño y sólo pido hablar con vosotros.</p><p>Durante un instante, a Marina le pareció que todos los colibríes se habían quedado suspendidos en el aire con sus finísimas alas quietas y las diminutas cabezas giradas hacia ellas. Luego, más veloces que una imagen ecosonora, desaparecieron.</p><p>--¿Adónde han ido?</p><p>--Por favor, sólo queremos hablar -gritó de nuevo Frieda mientras volaban en círculos alrededor del árbol.</p><p>--Acercaos, Silverwings.</p><p>Marina miró sorprendida a su alrededor y vio a un colibrí encima de su cabeza que se movía con tanta rapidez que le era imposible seguirle con la vista... el colibrí se desplazaba de un lado a otro, arriba, abajo, incluso podía volar marcha atrás.</p><p>--¿Qué os hace arriesgaros a violar vuestro toque de queda al alba para hablar con nosotros?</p><p>La voz del colibrí denotaba cierta irritación. Era muy aguda y parecía vibrar en sintonía con el batir de sus alas. ¿A qué velocidad aleteaba?, se preguntaba Marina maravillada. Mucho más rápido que los murciélagos. Qué criatura tan fabulosa, pensó con admiración. Era un poco más pequeño que un murciélago y parecía volar en el aire casi en vertical. Tenía el pecho cubierto de plumaje blanco como la nieve que se convertía en una brillante mata de plumas alrededor del cuello. Su pico era delgado como una aguja de pino, elegantemente curvado en la punta.</p><p>Ahora podía ver a otros que volvían a salir de los árboles, y hundían sus picos en las flores. Entendía por qué no había el menor motivo para que temieran a los murciélagos o a cualquier otra criatura. Estaban siempre muy alerta y se movían muy rápido, sin el menor esfuerzo, y parecían no pesar nada, como si fuesen más un elemento del aire que seres hechos de músculo y hueso. Podían volar indefinidamente. Sintió una punzada de envidia.</p><p>--¿Qué os trae hasta aquí, tan lejos de vuestros territorios invernales? -preguntó Frieda.</p><p>--Han sido destruidos -se limitó a replicar el colibrí.</p><p>--¿Por obra de quién?</p><p>--Los humanos y su interminable guerra. Los humanos del norte enviaron sus máquinas voladoras y nos rociaron con fuego. Casi todos nuestros árboles han sido quemados. Nos han echado de la selva, y no sólo a nosotros. Muchas aves y bestias han huido también. ¿No os habéis enterado? -preguntó el pájaro intencionadamente, ladeando la cabeza. Revoloteó hacia atrás en el aire.</p><p>--No -dijo Frieda.</p><p>--Porque nos han llegado algunos rumores -dijo el colibrí con su voz chillona.</p><p>--Cuéntanos, por favor -dijo Marina, notando cómo el corazón le latía con fuerza. Máquinas voladoras humanas viajando hacia el sur, cargadas de fuego, llevándose a Shade.</p><p>--Al principio los humanos llegaron con muchas máquinas voladoras, volando bajo, y eran las propias máquinas las que parecían escupir fuego. Pero los humanos del sur los abatieron con sus misiles. Hace varios meses, los aviones del norte empezaron a volar más alto, por encima de las nubes, donde no podían ser alcanzados. Aun así, seguían arrojando fuego. Y se rumorea que utilizan aves y murciélagos como portadores de fuego.</p><p>--¿Tú lo has visto? -preguntó Marina con la boca seca.</p><p>--Yo no. Pero otros dicen haberlo visto. ¿De verdad que no sabéis nada de esto?</p><p>Marina miró a Frieda. Se había quedado sin habla.</p><p>--Si eso es cierto, no lo hacemos por nuestra propia voluntad -dijo Frieda-. Los humanos han capturado a muchos murciélagos y buhos y les han cosido discos metálicos al cuerpo. Luego se los llevan en sus máquinas voladoras hacia el sur.</p><p>--El fuego procedo de esos discos metálicos. Eso es lo que he oído -dijo el colibrí.</p><p>--¿Qué pasa después con los murciélagos? -preguntó Marina.</p><p>--No sabría deciros. Supongo que la mayoría muere, porque las explosiones son enormes. No veo cómo podrían sobrevivir.</p><p>--Pero ¿has visto murciélagos vivos en la selva?</p><p>--Siempre ha habido murciélagos, mucho más grandes que vosotros. Los Vampyrum.</p><p>--Los Vampyrum -dijo Marina, sabiendo muy bien de qué hablaba el colibrí-. Alas de metro y medio. Caníbales.</p><p>--Sí.</p><p>Marina cerró con tanta fuerza los ojos que le dolieron. Goth y Throbb venían del sur. Los humanos estaban llevando a los murciélagos a su territorio.</p><p>--Solían ignorarnos en la selva, pero ahora que sus suministros de comida han sido destruidos, han recurrido a nosotros. Ésa es otra de las razones por las que hemos huido. Siento ser portador de tan malas noticias -dijo el colibrí-. Es monstruoso que los humanos nos traten así.</p><p>--Gracias, colibrí.</p><p>--Sabemos que los buhos os han declarado la guerra. No lucharemos a su lado.</p><p>--Os estamos muy agradecidos por ello.</p><p>--Buen viaje -dijo el colibrí y, en un abrir y cerrar de ojos, todos los pájaros habían desaparecido.</p><p>Qué criatura tan maravillosa, murmuró Frieda para sus adentros.</p><p>Marina agotada dio la vuelta tras la anciana y batió apáticamente las alas en dirección a los cedros.</p><p>--Mi colonia tenía razón -dijo, casi con lágrimas en los ojos-. Tenían razón al repudiarme cuando fui anillada. Todas esas estúpidas historias sobre murciélagos anillados que desaparecían o que estallaban en llamas. De algún modo debían de saberlo, quizá hubieran escuchado rumores o algo parecido. Tenían razón. Los humanos son perversos.</p><p>--Por lo menos ahora sabemos adonde se los llevan -dijo Frieda-. Los colibríes pasan el invierno en el gran istmo del sur. Allí es donde encontraremos a Shade.</p><p>Si sigue con vida.</p><p>Ninguna de las dos necesitaba decirlo.</p><p>--Mañana llegaremos a Bridge City -dijo Frieda-. Intentemos que eso nos reconforte.</p><p>Pero sonaba tan desalentada y agotada como el presentimiento que atenazaba a Marina.</p><p/><p/><p/><p/><subtitle><strong>_____ 11 _____</strong></subtitle><subtitle><strong>BRIDGE CITY</strong></subtitle><p/><p>Shade esperaba que aquella fuera su última noche en la selva.</p><p>Cazaba distraídamente, prestando más atención al cielo que le rodeaba que a los insectos que intentaba capturar. Con Chinook y Caliban a su lado, que habían insistido en acompañarle, permanecía en las cercanías de Statue Haven, intentando morder a todo aquel insecto que no pareciera ir a devolverle el mordisco. Se mantenía alejado de todo lo que fuera demasiado grande, de todo lo que tuviera dos antenas, manchas extrañas u olores desconocidos. También evitaba los árboles porque albergaban serpientes, buhos y más insectos de los que casi le habían arrancado la cabeza; no se acercaba al suelo porque había gatos gigantes y a saber qué más.</p><p>Emprenderían el viaje la noche siguiente.</p><p>Ése era el plan. Durante las últimas tres noches lo habían discutido a la hora del crepúsculo y al amanecer en Statue Haven. Shade sabía que era la única posibilidad que tenían de seguir con vida. Por alguna razón, tras su llegada la selva se había vuelto aún más peligrosa. Hacía dos noches habían perdido a un murciélago, y la noche anterior, a tres más. Habían sido los caníbales. Normalmente cazaban a solas, pero últimamente viajaban en grupos, y rastreaban la selva poseídos por una especie de frenesí en busca de alimento. Una noche, agazapado en la estrecha entrada de Statue Haven, Shade estaba mirando las bombardeadas copas de los árboles no muy lejos de allí, y se estremeció al identificar las conocidas siluetas de aquellas alas enormes y dentadas. Habían matado a su padre.</p><p>Aquél era sólo uno de los pensamientos que conformaban el constante y sordo rugido que ahora bullía en su cabeza. Su padre había estado allí, vivo, hacía sólo dos noches. Era demasiado cruel, y deseó poder dejar de pensar en ello. Sin embargo, aquello tiraba de su corazón como un garfio. Por primera vez desde que se había lanzado al arroyo del bosque humano tenía tiempo para pensar, y las ideas retumbaban dentro de él como una violenta tormenta, dejándole agotado entre el pesar y la rabia. Apenas era capaz de reunir la energía suficiente para hablar con Chinook y con Caliban. Se había retraído, encerrándose en sí mismo.</p><p>Ni siquiera en el sueño encontraba la paz. Las pesadillas que tenía desde su llegada a Hibernaculum se habían transformado en algo incluso más siniestro. Soñaba con una noche eterna, una noche jamás interrumpida por el alba, una noche sin tan siquiera la esperanza del calor del sol. Soñaba con vientos violentos que barrían la faz de la tierra y se llevaban consigo los sonidos más horribles que había oído jamás. El día anterior se había despertado temblando a causa de una visión en la que el sol había sido repentinamente cubierto por un ojo oscuro, pero el ojo carecía de centro, no había luz en él. Era como un agujero que sólo llevaba a una oscuridad aún más absoluta.</p><p>Escapar de la selva era lo único que le daba fuerza. Era lo que su padre había querido hacer, y tenía razón. Debía volver al norte, encontrar el bosque y avisar a los demás. Ojalá pudiera saber si Marina también había sido capturada o si de algún modo había logrado regresar junto a Ariel y Frieda. Pero, aunque así hubiera sido, ¿podrían haber escapado del edificio? Quizá en ese momento las estuvieran metiendo en una máquina voladora con sirenas en las orejas y discos cosidos al estómago. Vivía con el constante temor de oír el estallido de explosiones procedentes de los tejados de la ciudad, aunque, afortunadamente, no había oído ninguna... todavía.</p><p>Estaba desesperado por irse, y lo que le enloquecía aún más era el hecho de ser él quien retrasaba la partida. Caliban le había dicho que de ningún modo podía emprender el viaje hasta que la herida estuviera mejor. También Chinook necesitaba tiempo para recuperarse. Y nadie se movería hasta que pudieran irse todos.</p><p>Shade se estaba curando, pero despacio. Hacía unos días le había asustado la rapidez con que se le caía el pelo. Preocupado, pensando que aquello podía ser un síntoma de alguna horrible enfermedad, consultó a Caliban y recibió como respuesta una sonrisa del murciélago de larga cola. Era la primera vez que Shade le veía sonreír. Supuso que donde estaban no había demasiados motivos para hacerlo.</p><p>--A eso se le llama muda -le había dicho Caliban soltando una carcajada-. Es natural que ocurra con el calor. Lo que pasa es que normalmente sucede en verano.</p><p>Shade asintió, deseando que Marina estuviera allí. Ella podría habérselo dicho. Nunca antes había mudado. Mudar en pleno invierno, en la selva. Allí hacía tanto calor que casi echó de menos uno de esos verdaderos inviernos del norte.</p><p>Shade capturó otro escarabajo y echó una mirada a Chinook, que había estado cazando a su lado. Durante los últimos tres días y noches nunca se habían separado. Habían dormido uno al lado del otro y cazaban juntos. No hablaban mucho, pero a Shade le reconfortaba su presencia. Sabía que en parte era debido a que Chinook era en ese momento lo único que le recordaba a su hogar. Pero ¿qué significaba la palabra «hogar»?, pensó con amargura. Y ¿dónde estaba? Tree Haven había desaparecido para siempre. Ariel, Marina y Frieda estaban atrapadas en el edificio humano, o quizá hubieran corrido peor suerte. Te prometiste que dejarías de pensar en ello, se dijo.</p><p>--¿Crees que Marina está bien? -susurró Chinook.</p><p>--Eso espero.</p><p>--Porque tengo la sensación de que todo es culpa mía. Quiero decir que fue a mí a quien fue a buscar, ¿no? Me refiero al edificio humano. Corrió un gran riesgo por mí.</p><p>--Bueno... en parte sí, pero...</p><p>--Es tan fiel -dijo Chinook sacudiendo la cabeza y suspirando de amor. Y, por primera vez desde hacía noches, Shade se irritó con él, y casi se alegró.</p><p>--También quería saber lo que ocurría -no pudo evitar apuntar-. En general.</p><p>--Pero me echaba de menos. Yo ya lo sabía. ¿Alguna vez te dijo algo, ya sabes... de mí?</p><p>Shade apretó los dientes. Guapo. Marina le había llamado guapo, ¡jamás podría olvidarlo!</p><p>--Si quieres que te diga la verdad, no me acuerdo -murmuró.</p><p>--Hmm -dijo Chinook-. Bueno, pues no paraba de hablar de ti.</p><p>Shade esperó expectante, pero el otro murciélago no dijo nada más.</p><p>--¿Y? -preguntó después de unos cuantos segundos de agonía.</p><p>--Oh, sólo hablaba de lo inflado que te habías vuelto.</p><p>Shade irguió las orejas, indignado.</p><p>--¿Inflado? ¿Qué significa eso de inflado? -sonaba a algo propio de una paloma vanidosa: esponjarse las plumas. Qué ridiculez.</p><p>--Simplemente pensaba que te creías demasiado importante para ocuparte de los demás. Un gran héroe. Intenté defenderte, pero ella parecía muy enfadada.</p><p>--Ya.</p><p>--Tengo que encontrarla -dijo Chinook-. Y salvarla.</p><p>--Se le da muy bien cuidar de sí misma -murmuró Shade.</p><p>--Iba a pedirle que fuera mi compañera -le confesó Chinook-. Creo que me hubiera dicho que sí, ¿no te parece? Quiero decir que, como hace tiempo que tú y ella sois amigos, se me ocurrió preguntártelo.</p><p>Shade se atragantó e intentó reprimir la tos mientras le caían lágrimas de los ojos. ¿Marina compañera de Chinook? ¡Era increíble! ¿Acaso Chinook no había pensado que él, Shade, el enano, podía también estar interesado en Marina? Bueno, había echado de menos al viejo y estúpido Chinook y ahí le tenía de nuevo, totalmente recuperado.</p><p>--No sé, Chinook -dijo por fin-. Es difícil predecir su respuesta. Marina no es fácil.</p><p>--¿En serio? Nunca lo hubiera dicho.</p><p>--Dale tiempo.</p><p>--Oye, tiene una risa fantástica, ¿verdad? Es tan...</p><p>--¿Cantarina?</p><p>--Sí, cantarina.</p><p>--Hermosa -asintió Shade.</p><p>Caliban voló a su lado y con señas les indicó que debían emprender el camino de regreso a Statue Haven. Ahora sólo se arriesgaban a cazar a lo sumo una hora, tiempo apenas suficiente para impedir que el estómago de Shade se retorciera de hambre durante el día. Y ¿cómo podían esperar conservar sus fuerzas para el largo viaje al norte? Allí todos los murciélagos estaban muy flacos. Al menos él y Chinook seguían estando relativamente gordos después de haber engullido todos aquellos insectos que salían de las tuberías del bosque humano. Aunque sabía que el hambre no iba a ser el mayor de sus problemas. Lo único que se interponía entre ellos y los murciélagos caníbales era Statue Haven, y sin eso serían terriblemente vulnerables en los cielos nocturnos.</p><p>Shade viró y emprendió rumbo de regreso hacia el gigantesco humano metálico. Pero en los árboles que coronaban el peñasco vio un nubarrón de alas entre las ramas. Envió sonido y en su mente brilló la imagen de un buho. Eso era todo lo que necesitaba saber. A esas alturas ya había vislumbrado en varias ocasiones algunos buhos del sur. Tenían resplandecientes círculos de plumaje blanco alrededor de los ojos y emitían un chillido que sonaba aún más aterrador que el de sus primos del norte.</p><p>Encogió los hombros y empezó a volar a toda prisa con la esperanza de no haber sido visto.</p><p>--¡Espera!</p><p>La voz sonaba tan desesperada que le resultó imposible no mirar atrás. Shade se giró y vio al buho elevarse sobre las copas de los árboles: un joven buho con rayos dibujados sobre el pecho. Del estómago le colgaba un gran disco metálico.</p><p>--¡Vuela, Shade! -oyó gritar a Caliban por delante de él.</p><p>--Le conozco -le respondió Shade.</p><p>--¡No seas idiota!</p><p>El buho no le daba caza, sino que se limitaba a volar en círculos, mirando con desesperación a Shade, que no podía despegar los ojos del disco. Tenía el misino tamaño que el de Goth y sabía lo que podía provocar si explotaba.</p><p>--Ayúdame -dijo el buho.</p><p>--¡Shade! -le advirtió Caliban con un destello de rabia en los ojos.</p><p>Shade vaciló. No quería desobedecer a Caliban; respetaba al murciélago mastín y confiaba en él. Y se había prometido hacía sólo dos noches que a partir de entonces se limitaría a cumplir órdenes y no se metería en líos. Pero no podía abandonar al buho a su suerte.</p><p>--Seguid vosotros. Ya os alcanzaré.</p><p>Sin esperar una respuesta, viró bruscamente y voló hacia el buho.</p><p>--Escucha -le gritó-. Eso de ahí, el disco metálico, es...</p><p>--Lo sé. No funciona.</p><p>--¿Qué?</p><p>--No explotó. Ya he aterrizado donde se suponía que debía hacerlo y no ocurrió nada. No como los demás. Vi lo que les ocurrió a los otros.</p><p>Shade miró fijamente el disco, todavía sin fiarse de él. Se sobresaltó cuando de repente Chinook apareció a su lado.</p><p>--¡Vuelve junto a Caliban! -le dijo Shade con impaciencia.</p><p>--Me quedo contigo.</p><p>--¡Vete!</p><p>--¡No!</p><p>A Shade le sorprendió ver tanta decisión en el rostro de Chinook.</p><p>--¿Por qué no?</p><p>--Porque me siento a salvo -tartamudeó Chinook. A continuación, casi gritó-: Me siento a salvo cuando estoy contigo, ¿vale? Es el único momento en que me siento seguro.</p><p>La irritación de Shade se desvaneció por completo. Parecía imposible que Chinook estuviera diciendo aquellas palabras, que Shade, el eterno enano, le hiciera sentir a salvo. Sonrió agradecido.</p><p>--Lo mismo te digo, Chinook. Créeme.</p><p>Oyó decir a Caliban a sus espaldas:</p><p>--Espero que sepáis lo que hacéis, Silverwings. Sea cual sea vuestro plan, daos prisa. No falta mucho para que amanezca -y desapareció.</p><p>Shade se giró hacia el buho.</p><p>--¿Por qué estás solo? -preguntó.</p><p>--Los demás, los buhos que viven aquí, no se acercan a mí. Casi me matan cuando vieron el disco. Temen que explote.</p><p>Shade no les culpó. Por lo que sabía, podía estallar en cualquier momento.</p><p>--También me lo pusieron a mí -dijo Shade-. A todos los murciélagos. Mira -dijo, colocándose en vertical para que el buho pudiera ver la herida todavía abierta que tenía en el estómago-. Por eso estábamos todos en aquel edificio. Los humanos nos han estado utilizando a todos.</p><p>--Quiero irme a casa -dijo el buho apenado-. Pero no sé dónde está.</p><p>--Hemos sobrevivido unos cuantos -le dijo Shade-. Y partiremos mañana por la noche. Ven con nosotros.</p><p>Vio la mirada aterrada que le lanzó Chinook y fue plenamente consciente de que estaba corriendo un gran riesgo, quizá un riesgo fatal. Pero no estaba siendo sólo amable. Había en su invitación un interés solapado: un grupo de murciélagos del norte volando en aquellos cielos era presa fácil, pero con un buho como escolta quizá pudieran evitar el ataque de otros buhos, e incluso de los murciélagos caníbales. Caliban captaría la lógica de su plan.</p><p>--¿Sabéis cómo volver al norte? -preguntó el buho.</p><p>--Sí.</p><p>Shade se percató de que los buhos no tenían tanta experiencia como ellos a la hora de leer las estrellas.</p><p>--Pero este disco me pesa demasiado -dijo el buho-. Anoche estuvo a punto de comerme una serpiente. Casi no tuve tiempo de elevarme antes de que cerrara las fauces sobre mí.</p><p>--¿Estás seguro de que está desactivado? -preguntó Shade, señalando el disco con el mentón.</p><p>--Fui a dar contra el edificio, y muy fuerte. No ocurrió nada.</p><p>Shade respiró hondo.</p><p>--Escucha. Puedo quitártelo, pero te dolerá. Tendré que arrancarte las puntadas que te lo sujetan al estómago. Aunque ya lo he hecho antes. ¿De acuerdo?</p><p>--¿Por qué me estás ayudando?</p><p>--Me salvaste la vida.</p><p>--Tú me la salvaste primero. ¿Por qué?</p><p>--Porque parecías aterrado -se limitó a responder Shade.</p><p>--Aquel monstruo, el murciélago gigante del edificio humano, ¿fue ese el que decías que había matado a las palomas en la ciudad?</p><p>--Sí -dijo Shade con un suspiro, como si por fin se hubiera quitado un gran peso de las alas-. Es lo que he estado tratando de decirte todo este tiempo. No fuimos nosotros quienes empezamos a matar a las aves, sino estos murciélagos de la selva.</p><p>--Ahora te creo.</p><p>--¿Puedes aterrizar en aquel árbol? -preguntó Shade-. Será más fácil si te estás quieto.</p><p>Al ver que el buho se posaba en una rama alta, a Shade se le tensaron los músculos cuando el disco metálico golpeó repetidamente contra la corteza. En efecto, parecía estar desactivado, aunque se sentiría mucho mejor en cuanto el buho se hubiera desprendido de él, si es que iba a acompañarlos.</p><p>Shade aterrizó cerca del buho con Chinook a su lado, todavía intentando acostumbrarse a lo extraño que le resultaba estar tari cerca de un buho, su enemigo mortal desde hacía millones de años. No podía decir que le gustara su olor, pero supuso que al pájaro probablemente tampoco le gustaba el suyo. Las plumas hacían que le picara la nariz.</p><p>--Allá vamos -avisó al buho-. Te dolerá, pero no lo hago a propósito, ¿de acuerdo?</p><p>--Adelante -dijo el buho.</p><p>--Tú vigila que no haya por ahí nada que pueda querer comernos. Tú también, Chinook.</p><p>--Estoy vigilando -respondió Chinook.</p><p>Shade empezó, clavando los dientes delicadamente en el trozo de piel desnuda que los humanos habían afeitado en la panza del buho.</p><p>--¿Cómo te llamas? -oyó preguntar al buho con voz forzada.</p><p>Shade se retiró para tomar aliento.</p><p>--Shade. Y éste es Chinook.</p><p>--Yo me llamo Orestes -y un instante después preguntó-: No sabes quién soy, ¿verdad?</p><p>Shade negó con un gruñido. Tenía sangre en la nariz. Qué increíble, casi sabía igual que la sangre de murciélago.</p><p>--Soy el hijo del rey Boreal.</p><p>Shade vaciló. No sólo le estaba clavando los dientes a un buho, sino que además resultaba que éste era el hijo del más poderoso rey de los pájaros de los bosques del norte.</p><p>--¿Dónde está ahora tu padre? -preguntó, echándose hacia atrás para ver lo que estaba haciendo-. ¿Se encontraba él en el edificio contigo?</p><p>--Afortunadamente no. Me envió lejos mientras él...</p><p>--¿Qué?</p><p>--Organizaba sus ejércitos para la guerra -dijo Orestes bajando la voz.</p><p>Shade apartó la mirada. La guerra contra los murciélagos. Estuvo a punto de marcharse y dejar que Orestes se las arreglara solo. ¿Por qué tenía que ayudarle si su padre se estaba preparando para acabar con todos los murciélagos del cielo?</p><p>--¿También tú quieres una guerra? -le preguntó a Orestes fríamente.</p><p>--No lo sé. ¿Y tú?</p><p>--No, pero no quiero que nos condenen a vivir de noche para siempre.</p><p>Shade suspiró. Todo le parecía tan lejano como si fuera la vida de otro. En ese momento estaba en la selva y eso era lo único que sabía. Seguir con vida, arreglárselas para salir adelante con vida. Y para conseguirlo necesitaba a aquel buho.</p><p>--¿Puedo fiarme de ti? -preguntó a Orestes-. Cuando te arranque esto, ¿nos acompañarás al norte y nos protegerás de los buhos con los que podamos encontrarnos?</p><p>--Sí.</p><p>Miró los enormes ojos del buho y fue consciente de que no había forma de saber si estaba diciendo la verdad. Pero decidió creer que sí. ¿Qué otra cosa podía hacer? Volvió al trabajo, y siguió rasgando las puntadas hasta que sólo quedó una.</p><p>--Cuando corte ésta, coge la cadena con las garras -dijo Shade-. No creo que sea buena idea dejar que caiga al suelo. Por si acaso.</p><p>Orestes asintió. Shade cortó el hilo con un rápido movimiento y el buho, con una asombrosa agilidad, aferró la cadena con las garras.</p><p>--Déjala despacio en el suelo.</p><p>Shade esperó en lo alto mientras Orestes descendía entre las ramas con el disco.</p><p>--¿Te fías de él? -susurró Chinook.</p><p>--No tenemos otra elección.</p><p>--Puede ser que ahora vuelva a reunirse con los demás buhos y les diga dónde nos escondemos.</p><p>--Es posible -dijo Shade, azuzado por las palabras de Chinook.</p><p>Orestes regresó a la rama, por fin libre del explosivo humano.</p><p>--Gracias.</p><p>--Vamos. Te mostraré dónde nos refugiamos -dijo mientras medía al buho con sonido-. Creo que, aunque muy justo, podrás entrar en Statue Haven.</p><p>--Antes de eso tendrás que convencer a los tuyos -dijo Orestes.</p><p>Shade sonrió abiertamente.</p><p>Un par de garras se precipitó desde el cielo, clavándose en la espalda emplumada de Orestes. Shade levantó la mirada y vio cómo un enorme murciélago caníbal arrastraba al pájaro izándolo de la rama. Una sombra se cernió sobre Shade, que sólo alcanzó a apartarse instintivamente justo cuando un segundo par de garras pasaba silbando junto a él y se clavaba en los hombros de Chinook, elevándolo también en el aire.</p><p>--¡Shade! -oyó que Chinook gritaba entre el dolor y la confusión.</p><p>Shade atisbo entre las hojas y vio cómo los dos murciélagos caníbales se alejaban llevando a Chinook y Orestes entre las garras.</p><p>El corazón le latía con fuerza mientras los veía desaparecer. No has hecho nada, nada. No había nada que hacer.</p><p><emphasis>Me siento a salvo cuando estoy contigo, </emphasis>le había dicho Chinook.</p><p>Temblaba y, por primera vez desde que los humanos le habían capturado, lloraba desconsoladamente. Era estúpido y débil y lo había perdido todo, todo. Regresó dando bandazos a Statue Haven, cegado por las lágrimas.</p><p/><p/><p>Un ancho río dividía la ciudad en dos, y un altísimo puente de metal cruzaba el agua. A pesar de la gran distancia que la separaba de él, Marina logró ver la agitación alrededor de la superficie inferior del puente, y entonces unos relucientes, largos e inmensos zarcillos serpenteaban en el cielo en todas direcciones, zigzagueando y arqueándose sobre la ciudad como oscuros arco iris.</p><p>Murciélagos. Millones de murciélagos.</p><p>Habían llegado a Bridge City.</p><p>A Marina la invadió el orgullo. Jamás había imaginado que visitaría aquel lugar, esa ciudad legendaria donde los murciélagos llenaban los cielos y parecían gobernar el lugar más que los humanos que lo habían construido. También se sintió profundamente aliviada. Se aproximaban a la mayor de las fortalezas de murciélagos, donde vivían las colonias de los free-tailed, o cola de ratón, del oeste, el más grande de los murciélagos del norte. Si quedaba sobre la tierra algún lugar donde todavía podían sentirse a salvo, era éste. Aun así, sintió vértigo cuando vio la ciudad de los humanos. Ahora la idea de vivir tan cerca de ellos le desagradaba. Y ¿cómo podían los murciélagos estar a salvo de los espantosos planes de los humanos?</p><p>A medida que se acercaban, Marina entendió cómo el puente podía albergar a tal cantidad de murciélagos. Era inmensamente largo: un entramado de vigas de metal, sostenidas a intervalos por gruesos pilares de piedra que se hundían en las profundidades del río. Como pudo apreciar Marina, la parte superior del puente hacía las veces de una especie de carretera humana, iluminada ahora por sus ruidosas máquinas, que avanzaban en una y otra dirección. Pero la cara inferior del puente, con su multitud de cornisas y nichos, proporcionaba refugios en toda su extensión, de un lado a otro del río.</p><p>Cuando ya estuvieron cerca fueron recibidos por alegres escuadrones de murciélagos que los rodearon, y Marina sintió algo muy parecido al regocijo. ¡Estar en medio de aquella multitud! ¿Cómo podían vencerles? Ahora todo era posible.</p><p>Vencer a los buhos.</p><p>Rescatar a Shade.</p><p>Las horas siguientes pasaron vertiginosamente mientras Ariel, ella y los demás recién llegados eran conducidos a diferentes partes del puente y les mostraban dónde podían descansar. Se enteró de que la población del puente había aumentado mucho durante los últimos dos meses, y de que ahora daba cobijo a murciélagos de todas las especies, desde la costa oeste hasta la costa este. Los nidos estaban llenos y todos parecían estar de muy buen humor: contaban historias de sus propias aventuras, cómo habían conseguido escapar en el último instante de los buhos, cómo habían sufrido ataques furtivos y habían volado desesperadamente para huir.</p><p>--Deberías dormir -le dijo Ariel-. Hemos volado muy duro durante un millón de aleteos.</p><p>--¿Cuándo podremos seguir hacia el sur?</p><p>--Se lo preguntaremos a Frieda -respondió Ariel, y luego frunció el ceño-. Estoy preocupada por ella.</p><p>La anciana Silverwing no estaba con ellas. Halo Free-tail, el anciano jefe del puente, había requerido su presencia y la de Aquiles. Marina también estaba preocupada por la salud de Frieda. Con el paso de las noches, se había visto obligada con mayor frecuencia a dejar que otros volaran por ella, y su respiración silbaba casi constantemente. Hasta sus ojos brillantes parecían levemente nublados, perdidos en horizontes lejanos.</p><p>--Este último viaje ha sido demasiado para ella -dijo Ariel.</p><p>Marina sacudió la cabeza, alarmada.</p><p>--Se recuperará. Sólo necesita descansar.</p><p>Marina no quería ni oír hablar de que alguien pudiera morir. Pero Ariel no dijo nada.</p><p>Asombrosamente, a pesar del constante murmullo que la rodeaba y de la impaciencia que circulaba por sus venas, Marina se quedó dormida al instante. Cuando despertó, Frieda estaba a su lado y en el rostro de Marina se dibujó una amplia sonrisa.</p><p>--Los ancianos celebran un consejo de guerra dentro de una hora -dijo Frieda, reprimiendo un ataque de tos-, y me gustaría que vosotras dos me acompañarais. Es posible que necesite que habléis por mí.</p><p/><p/><p>El consejo de guerra se celebraba en la más elevada de las altísimas torres del puente. Allí era donde Halo Freetail y los demás ancianos tenían sus refugios y el lugar gozaba de una amplia vista sobre la ciudad humana y sobre los cielos abiertos que se extendían por encima de las llanuras.</p><p>Marina se sentía terriblemente fuera de lugar entre los ancianos. Además, nunca había visto un grupo tan numeroso. Había cientos de ellos que procedían de todas las colonias y cuyos rostros se arrugaban al hablar, llenándose de surcos y adoptando una expresión de extrema sobriedad. Como los demás Freetails, Halo tenía una figura imponente: era considerablemente más grande que un Silverwing o que un Brightwing, y tenía un pecho enorme y esa característica membrana alargada que hacía las veces de cola y que le daba una increíble agilidad durante el vuelo.</p><p>--Nos alegra contar con la presencia de Aquiles Graywing -dijo- y de Frieda Silverwing. Sed ambos bienvenidos.</p><p>Un coro de saludos se elevó desde los demás ancianos.</p><p>--Nuestros exploradores nos han informado de que los buhos se están concentrando desde el norte y están a pocas noches de distancia de Bridge City. A pesar de lo mucho que me entristece, ha llegado el momento de hablar de guerra -suspiró y al hacerlo se le hundió el pecho-. Sé que algunos de vosotros tenéis mucha fe en las enseñanzas de La Promesa de Nocturna, y habéis puesto grandes esperanzas en que de algún modo los humanos acudirían en nuestra ayuda cuando llegara el momento de luchar. Pero, a tenor de lo que ha dicho Frieda Silverwing, entiendo que esas esperanzas han resultado vanas.</p><p>Marina escuchó a Frieda empezar a contar despacio, aunque todavía con fuerza en su dolorida voz, la historia del edificio humano y de los bosques que contenía. Cuando la anciana Silverwing se volvió hacia ella y le pidió que continuara, el corazón empezó a latirle con tanta fuerza que por un momento creyó que iba a desmayarse. Todos los ancianos la miraron y Marina intentó contar lo más rápido que pudo lo que ella y Shade habían visto en el edificio humano: la forma en que los humanos trataban a los murciélagos y cómo se los llevaban al sur en sus máquinas voladoras; a continuación contó lo que le habían dicho los colibríes noches atrás: los humanos usaban a los murciélagos como portadores de fuego.</p><p>Cuando terminó, un silencio desolado se extendió entre los presentes y Marina se miró las garras, deseando que alguien hablara.</p><p>--No pienso fingir ahora que nosotros, los Freetails, tuviéramos demasiada fe en La Promesa -dijo por fin Halo-. Hemos prosperado en la noche y nunca nos atrajo demasiado la luz del día, como ha sido el caso de otros.</p><p>Al decir eso pareció mirar directamente a Frieda y a Aquiles Graywing.</p><p>--Nunca creímos que valiera la pena luchar con los buhos por el sol, y sé que muchos de vosotros nos culpabais por ello. En cuanto a los humanos, hemos convivido con ellos como vecinos durante cientos de años, sin la menor razón para confiar o desconfiar de ellos. Nunca han importunado nuestros refugios, y sólo unos pocos de nosotros han sido anillados. Pero la noticia que ahora nos traes, Frieda, me preocupa seriamente. Si nos están utilizando para llevar sus armas, debemos considerarles nuestros enemigos y reforzar la vigilancia aquí, en el puente. Pero creo que debemos poner todas nuestras energías en los buhos.</p><p>Se produjo un rumor de alas en señal de acuerdo.</p><p>--Hemos tolerado que nos prohibieran vivir de día, pero no podemos tolerar estas otras atrocidades. El sitio a los Hibernaculums, los ataques sorpresa durante la noche. Sus acciones nos dicen que buscan la guerra, y no tenemos otra elección que luchar.</p><p>Marina miró a Frieda y se dio cuenta de lo cansada que parecía, no sólo por la expresión de su rostro, sino por la fragilidad que emanaba de todo su cuerpo. Apartó la mirada, asustada.</p><p>--Los buhos son poderosos, pero nosotros contamos con un ejército cuyo tamaño no ha sido visto jamás, y quizá ahora tengamos que luchar por nuestra supervivencia.</p><p>--Será terrible -dijo Frieda, y en su voz había tanta tristeza que nadie volvió a hablar durante unos instantes.</p><p>--Me sorprendes, Frieda -intervino Halo, intentando reír para ahuyentar el aire de derrota que Frieda había creado-. Tú fuiste una de las voces más aguerridas en la rebelión que tuvo lugar hace quince años. ¿Has perdido el gusto por la batalla?</p><p>--Supongo que así es, sí -admitió Frieda-, porque me doy cuenta de que ésta no es una batalla que podamos ganar, no si estamos solos...</p><p>--Pero no contamos con ninguna ayuda -gritó una voz amarga. Se trataba de otro anciano-. Tú misma has dicho que los humanos no son nuestros amigos. Entonces ¿qué alternativas tenemos?</p><p>--Debemos al menos intentar hablar con los buhos. Quizá descubramos que son nuestros aliados.</p><p>--¿Aliados contra quién? -preguntó Halo.</p><p>--Según creo, las criaturas más poderosas de la tierra son los humanos, y nos han utilizado a ambos con fines malvados.</p><p>--Quizá, pero no son los humanos quienes nos están expulsando sistemáticamente de nuestros hogares -dijo Halo con impaciencia-. En cuanto a hablar con los buhos, les envié una embajada hace unas semanas, y los nuestros tuvieron que huir para salvar sus vidas antes incluso de poder conseguir una audiencia con el rey Boreal. Hablaremos con los buhos, sí, si es posible, pero debemos prepararnos para luchar, y hacerlo solos.</p><p>Un Freetail apareció desde abajo, sin aliento debido a su rápido ascenso a la torre.</p><p>--Halo Freetail -dijo-, una delegación de ratas ha abierto un túnel debajo de uno de los pilares. Son portadoras de ofrendas de paz y dicen que el rey Rómulo está ansioso por entrevistarse contigo.</p><p>Al oír aquel nombre, Marina se sintió sorprendida y entusiasmada. ¿Se trataba del mismo Rómulo que ella y Shade habían conocido el otoño anterior? En aquella ocasión, su situación distaba mucho de la de un rey. Prisionero en una mazmorra llena de fango por su hermano, el príncipe Remo, había impedido que terminaran ahogados, acusados de espías. Si era verdad que Rómulo era ahora rey, eso sólo podían ser buenas noticias.</p><p>Pero un murmullo de alarma y de rabia se extendió por la asamblea.</p><p>--¿Cómo se atreven a abrir un túnel debajo de nuestro pilar? -dijo un anciano.</p><p>--Deben de estar en connivencia con los buhos -dijo otro.</p><p>--¿Hablarás con ellos? -preguntó Aquiles Graywing a Halo-. Puede ser una trampa.</p><p>--¡Un golpe anticipado para debilitarnos antes de que vengan los buhos! -gritó ansioso otro anciano.</p><p>--No -dijo bruscamente Marina, y tuvo que gritar más alto para ser oída-. No, no lo creo. Le conozco.</p><p>--¿Que tú conoces al rey Rómulo? -preguntó Halo, arqueando sus pobladas cejas dubitativamente.</p><p>--Creo que sí.</p><p>Sin demora, Marina le contó a Halo Freetail y a los demás cómo ella y Shade habían conocido al príncipe Rómulo.</p><p>--Nos salvó la vida. Nos mostró el camino de regreso a la superficie desde las cloacas. Y creo que es amigo de todos los murciélagos.</p><p>--En ese caso, ven con nosotros -decidió Halo. Y le dijo a su mensajero-: Reúne a cinco de mis mejores guardias para que me acompañen y alerta a las guarniciones. Si es una trampa, no nos pillarán por sorpresa.</p><p>A medida que Marina iba descendiendo más y más en círculos desde la torre, a su grupo se unieron cinco formidables soldados Freetail. Pasaron ligeramente bajo la cara inferior del puente y volaron rozando el agua hacia el pilar situado más al sur, una enorme montaña de piedra enclavada en la tierra.</p><p>Allí, a los pies del pilar, había un montón de ramitas y de paja de apariencia engañosamente fortuita, pero cuando se acercaron a él vieron una rata agazapada en actitud vigilante. Marina supuso que las ramitas debían de cubrir el agujero por el que las ratas habían salido a la superficie. Los bigotes de la rata temblaron cuando los murciélagos encontraron un lugar donde posarse por encima de ella, en la piedra, a una distancia lo suficientemente segura del suelo. Marina sintió cierta desconfianza y desagrado. Aparte de Rómulo, no guardaba recuerdos agradables de las ratas.</p><p>--Halo Freetail -dijo la rata-. Gracias por venir. El rey Rómulo está aquí y desea hablar contigo.</p><p>Sin más preámbulos, una única rata grande y blanca salió del refugio cubierto por las ramitas y alzó la vista hacia los murciélagos allí agrupados. Cuando se irguió sobre sus patas traseras y desplegó los brazos en señal de bienvenida Marina vio, aliviada, que aquél era sin duda el mismo Rómulo que ella recordaba.</p><p>Y es que Rómulo era medio murciélago. Una fina membrana de piel se extendía entre sus patas delanteras y el pecho, dando la sensación de que estaba provisto de una especie de ala deforme. También en sus patas traseras podían verse esas extrañas aletas de piel que unían las extremidades y el estómago, como promesas de alas.</p><p>--Halo Freetail, gracias por concederme una audiencia. Mis saludos a todos los demás ancianos.</p><p>--¿Qué te trae hasta Bridge City?</p><p>--Sabemos de la inquina que os tienen los buhos -dijo Rómulo-, y que tal inquina es totalmente injustificada. Uniremos nuestra voz a la vuestra durante cualquier negociación.</p><p>--Rey Rómulo, tu oferta es extremadamente amable, y nos honra aceptarla, pero hasta el momento los buhos no parecen partidarios de la diplomacia.</p><p>Rómulo asintió.</p><p>--Si no nos escuchan, lucharemos a vuestro lado.</p><p>Un instante de asombrado silencio se vio roto por exclamaciones de júbilo, y Marina sonrió.</p><p>--Esta es una impresionante muestra de amistad -dijo Halo-. ¿Estás seguro de que deseas traer esta desgracia sobre tus compañeras las ratas?</p><p>--Los murciélagos y las ratas llevamos demasiado tiempo enfrentados -dijo Rómulo-. Ha llegado el momento de hacer valer nuestro pasado común -y al decir esto extendió los brazos de nuevo para mostrar sus extrañas alas-, puesto que estoy convencido de que en un tiempo fuimos criaturas creadas a partir de los mismos materiales.</p><p>--¿Tienes alguna idea de por qué los buhos han emprendido esta caza? -preguntó Halo.</p><p>--Por lo que yo sé, los buhos afirman que vosotros empezasteis esta guerra matando palomas en la ciudad y luego otros pájaros en los bosques del norte, aunque yo sé que no sois responsables de eso. He visto a los murciélagos de la selva que obraron esa carnicería, y sé que no son amigos vuestros, ni tampoco de ninguna ave o bestia. Pero temo que los buhos simplemente los estén utilizando como excusa para la guerra. Si no fuera ésta, utilizarían cualquier otra. Su ánimo de guerra se remonta a la Gran Batalla de las Aves y las Bestias. Pero, como ya os he dicho, lucharemos a vuestro lado bajo la tierra y sobre su superficie, en el suelo y en los árboles.</p><p>Un gran clamor se elevó de los ancianos, un clamor de júbilo y de gran alivio, y Marina ya no pudo seguir conteniéndose.</p><p>--Rey Rómulo -dijo-, ¿me recuerdas?</p><p>Vio cómo la rata alzaba la mirada hacia ella y Marina se dejó caer y revoloteó hacia él. Podía oír los murmullos de sorpresa de los ancianos y era consciente de que estaba violando una especie de regla que establecía la distancia que debía guardarse entre criaturas distintas. Pero había estado más cerca de las ratas que ahora. Se posó en el suelo a una distancia prudencial y vio sonreír a Rómulo.</p><p>--He aquí una cara que recuerdo perfectamente -dijo-. ¡Entonces, conseguiste escapar!</p><p>--Gracias a ti.</p><p>--Pero ¿dónde está tu amigo, el Silverwing?</p><p>--Bueno, ésa es una larga historia.</p><p>--Cuéntamela, te lo ruego.</p><p>Así que Marina le contó tímidamente lo que les había ocurrido, a ella y a Shade, después de escapar de las cloacas. El dolor se reflejó en el rostro de la rata cuando finalmente le dijo que a Shade le habían encadenado una pieza de metal humana y se lo habían llevado en una de sus máquinas voladoras.</p><p>--Creo que hemos visto ese edificio -dijo Rómulo-, aunque no nos atrevimos a entrar en él. Y me temo que no es el único.</p><p>Marina miró horrorizada a Frieda y a Ariel.</p><p>--¿Hay más?</p><p>--Tendría sentido -intervino Frieda-, si es cierto que los humanos necesitan un gran número de nosotros para llevar su guerra al sur.</p><p>--Nos han llegado rumores de nuestras primas del sur -admitió Rómulo-, pero nunca supe qué pensar de ellos hasta ahora. Es espantoso. Voy a enviar mensajeros ahora mismo para ver si podemos abrir túneles hasta el interior de esos edificios y socavar sus cimientos. A los humanos nunca se les ha dado demasiado bien mantenernos alejadas cuando queremos entrar -dijo con una amplia sonrisa-. Esa maquinaria de la que tanto se enorgullecen no es más que pedazos de metal y plástico que nosotros desmenuzamos.</p><p>--Nos vamos al sur a buscar a Shade -dijo Marina.</p><p>Rómulo la miró con lo que parecía admiración.</p><p>--Sois muy valientes al intentar rescatarle... -vaciló mientras reflexionaba-. No puedo acompañaros, pero quizá sí pueda acelerar vuestro viaje.</p><p>Marina le miró esperanzada, pero se preguntaba cómo podían las ratas viajar más rápido que las criaturas aladas.</p><p>--No hay duda de que nada hay más rápido que el vuelo -dijo Rómulo, como si le hubiera leído el pensamiento-, pero a medida que vayáis hacia el sur puede que los cielos no os resulten tan hospitalarios como los de aquí. Y lo que es más importante, no podréis viajar ininterrumpidamente día y noche. Pero mi barcaza sí puede, por los canales subterráneos.</p><p>Marina se acordó del laberinto de túneles que ella y Shade habían recorrido en balsa hasta llegar a la corte del príncipe Remo.</p><p>--¿Llegan tan al sur? -preguntó, asombrada.</p><p>--Oh, sí. Nuestra red es muy amplia, y creo que hay un ramal... aunque hace tanto tiempo que no se utiliza... pero os llevaría hacia el sur, sí, creo que sí.</p><p>--Has sido un gran amigo para nosotros -dijo Marina-. Gracias.</p><p>--Cuando estéis preparados, el barco estará a vuestra disposición.</p><p/><p/><p>--Vienes con nosotras, ¿verdad? -preguntó Marina a Frieda. No sabía cómo explicarlo, pero la anciana murciélago, a pesar de su fragilidad, hacía que se sintiera inmensamente segura, como si generara un aura protectora a su alrededor.</p><p>Frieda sonrió tristemente y desplegó sus viejas alas.</p><p>--Todo murciélago nace con un número dado de aleteos. A mí me quedan ya pocos. Y creo que me necesitan aquí.</p><p>Marina apartó la mirada, sintiéndose culpable. Se debatía entre dos opciones: quedarse en Bridge City y luchar si era necesario, o ir en busca de Shade. Sabía lo que su corazón le pedía. ¿Era egoísta? ¿Pensarían los demás que era cobarde, que simplemente intentaba librarse de la guerra? No le importaba. Iría en busca de Shade.</p><p>--Debes ir -le dijo Frieda, como intentando tranquilizarla. Se giró hacia Ariel-. Lo correcto es que vayáis las dos.</p><p>Marina miró a Frieda y de pronto la embargó la sensación de que nunca volvería a verla.</p><p>--De acuerdo -dijo, mirándose las garras. Sintió el delicado contacto del ala de Frieda en su cabeza.</p><p>--Viajad con mucho cuidado y traedle de vuelta. Y a Cassiel también.</p><p>Marina forzó una sonrisa, se despidió y se alejó volando en compañía de Ariel, intentando contenerse con todas sus fuerzas. Odiaba irse casi tanto como que la dejaran atrás.</p><p>A los pies del enorme pilar del puente situado más al sur, una rata mensajera las esperaba.</p><p>--El rey Rómulo os aguarda -dijo-. Por favor, seguidme.</p><p>No había duda de que aquellas ratas eran mucho más amables que las que Marina y Shade habían conocido. Marina supuso que Rómulo las había metido en cintura al convertirse en rey. A Marina no le gustaban los túneles: hacían que se sintiera sin aire y se veía obligada a pegar las alas al cuerpo. Pero el pasadizo no era largo y no tardó en llegar a ella el sonido del agua.</p><p>Rómulo las esperaba sobre una gran piedra plana que sobresalía hasta introducirse en una rápida corriente subterránea. Amarrada a la roca estaba su barcaza, un navío de madera de exquisita factura. A Marina le bastó verlo para saber que debía de ser obra de los humanos. Ni siquiera las ratas artesanas era capaces de tallar algo tan rico en detalles. Sin embargo, se preguntó para qué podrían utilizarlo los humanos. Había pasado gran parte de su vida en una isla, y los había visto ir y venir en sus barcos. Aquél ni siquiera daría cabida a un niño humano.</p><p>--Lo encontramos hace décadas entre un montón de basura humana -explicó Rómulo-, y es sorprendente lo impermeable que es. A mí me ha prestado un gran servicio. Os llevará a salvo al sur.</p><p>--Gracias -dijo Marina.</p><p>--No puedo prescindir de muchos -continuó la rata-, pero éstos se cuentan entre mis sirvientes más fieles y capaces.</p><p>Les presentó entonces a Ulises, que guiaría el barco hacia el sur y que conocía los canales del mundo mejor que muchos peces. También las acompañarían dos voluminosas ratas soldado, además de Harbinger, uno de los embajadores de Rómulo.</p><p>--Vuestro destino está mucho más allá de los límites de mi reino... y no puedo garantizar cómo seréis recibidas por mis primas del sur. Últimamente nuestras relaciones han sido... difíciles. Pero con Harbinger os dispensarán el mejor trato posible. Cuidad de ellas -dijo Rómulo, girándose hacia su tripulación de ratas-, y tratadlas como si fuera a mí a quien llevarais.</p><p>--Sí, Alteza -fue la respuesta.</p><p>--No te preocupes -le susurró Rómulo a Marina al oído-. Estás a salvo con ellos. He hecho cambios desde el reinado de mi hermano.</p><p>--¿Qué ha sido de Remo? -preguntó Marina.</p><p>Rómulo sonrió débilmente.</p><p>--¿Imaginas que le derroqué? No, se derrocó a sí mismo. Huyó de su propio reino, convencido de que había un complot para envenenarle. Dejó el reino en un estado tal que no me fue difícil volver y reinstaurar el orden. Buen viaje.</p><p>Con Ariel a su lado, Marina subió al barco. Las ratas cortaron la cuerda que lo sujetaba a la piedra, y el barco dio un brinco en la corriente.</p><p>A Marina también le dio un brinco el corazón. Estaban de camino. Era una aventura y no podía evitar la excitación inicial. Al sur. A buscar a Shade.</p><p/><p/><p/><p/><p/><p/><p/><p/><p/><p/><subtitle><strong>TERCERA PARTE</strong></subtitle><p/><p/><p/><p/><p/><p/><p/><subtitle><strong>_____ 12 _____</strong></subtitle><subtitle><strong>ISHMAEL</strong></subtitle><p/><p>En Statue Haven, Shade colgaba aturdido, insomne, viendo cómo las primeras luces del día avanzaban por el largo túnel del brazo de la estatua.</p><p>Casi había deseado no volver, debido a la vergüenza y el temor que le provocaba el tener que contarle a Caliban lo ocurrido. El murciélago mastín le había escuchado lúgubremente y se había limitado a decir:</p><p>--Tu amigo ha pagado por tu imprudencia con su vida.</p><p>Shade no tenía energía para explicarle por qué había hablado con el buho ni lo que esperaba conseguir con eso. Le resultaba imposible no acordarse de Tree Haven, cuando apenas era un recién nacido y había retado a Chinook a violar las leyes del amanecer para que le acompañara a ver el sol. Lo había hecho para hacer callar a Chinook, para demostrarle lo valiente que era... con desastrosas consecuencias. Había visto una diminuta línea de sol naciente, pero los buhos estuvieron a punto de darle caza y, más adelante y como castigo, redujeron Tree Haven a cenizas.</p><p>Le advertí que no viniera, se dijo. Pero se sentía a salvo conmigo. Era un suplicio volver a ver la cara de Chinook en su mente, diciendo esas palabras. Había sentido celos, había tenido malos pensamientos acerca de Chinook y, sin embargo, el otro murciélago había confiado en él. Le había elegido a él en vez de a Caliban y la seguridad de Statue Haven.</p><p>Sus pensamientos fueron interrumpidos por un clamor de voces excitadas que provenía de la lejanía. Vio a Caliban, que al instante despertó y abandonó volando su refugio, y esperó lo peor. Un ataque. Insectos, buhos o, aún más grave, los murciélagos caníbales. Pero no pudo contenerse y siguió a Caliban, que bajaba a toda velocidad por el túnel hacia la entrada. Prefería saber cuanto antes cuál era el problema a preocuparse intentando adivinarlo.</p><p>--¿Es Ishmael? -oyó decir a un guardia.</p><p>--No lo sé... ¿Quién más podría ser?</p><p>Estaban mirando a un Silverwing que se había desplomado en la boca de la entrada y cuyos flancos se agitaban, jadeando en busca de aire, con la cabeza oculta bajo una de sus alas. Era poco más que un esqueleto, la piel y el pelo adheridos dolorosamente a los huesos salientes. Caliban se sentó a su lado y se inclinó para acercarse a la cara del otro murciélago.</p><p>--¿Ishmael? -susurró.</p><p>--Sí -respondió la voz rota-. Soy yo.</p><p>Shade nunca había oído pronunciar el nombre de Ishmael, de manera que adivinó que debía de tratarse de uno de los muchos murciélagos que habían desaparecido antes de su llegada. Caliban miró asombrado a los guardias y luego dijo a Shade:</p><p>--Ayúdame a llevarle dentro.</p><p>Pasó casi una hora hasta que Ishmael se hubo recobrado lo suficiente para hablar. Le llevaron una hoja empapada en rocío para que pudiera humedecer su garganta seca.</p><p>--Te dábamos por muerto -dijo Caliban-. Ramiel nos contó que vio cómo os llevaban dos murciélagos de la selva.</p><p>--Así fue -gruñó Ishmael-. Me llevaron a su pirámide -describió entonces con la voz quebrada una inmensa estructura de piedra sepultada en la selva que ascendía escalonadamente hasta una cumbre tan alta como los árboles más altos-. Miles de ellos anidan allí -dijo, y Shade sintió un escalofrío bajo el pelo.</p><p>Ishmael tosió y tomó otro sorbo de la hoja.</p><p>--Hay más -dijo. Su voz produjo un susurrante eco en el interior de la estatua gigante-. Más de los nuestros.</p><p>--¿Qué quieres decir? -preguntó Caliban bruscamente.</p><p>--Los que desaparecieron, los que fueron capturados... muchos de ellos todavía siguen allí, encerrados en un túmulo de piedra en las profundidades de la pirámide. Debe de haber humanos enterrados ahí, porque hay huesos grandes y pedazos de metal y de piedra tallada.</p><p>--¿Por qué te encerraron? -preguntó Caliban.</p><p>Ésa era la pregunta que Shade tenía en mente. ¿Por qué los murciélagos de la selva no se lo habían comido directamente? Así era como actuaban Goth y Throbb: cazaban y comían de inmediato. Con el corazón en un puño, Shade supo que algo terrible estaba por venir.</p><p>--Primero nos utilizan -dijo Ishmael con los ojos vidriosos.</p><p>De repente Shade se dio cuenta de que estaba tiritando. Tenía la piel fría y húmeda. Para, estuvo a punto de gritarle a Ishmael, no sigas. Pero tuvo que oír cómo el esquelético murciélago iniciaba su historia.</p><p>--Venían casi todos los días y se llevaban a uno de nosotros. Sólo a uno.</p><p>Shade podía verlo: los guardias caníbales lanzándose dentro y el resto de murciélagos arrinconándose al fondo, intentando ocultarse detrás de los que estaban delante, haciendo lo imposible por convencerse de que eran invisibles. Lleváoslo a él, a ella, ¡a cualquiera menos a mí! ¿Acaso había sitio para el valor en medio de aquel terror absoluto?</p><p>--Nunca volvían -dijo Ishmael-. Suponíamos que se los comían. Pero era mucho peor. Hace tres días vinieron en busca de dos de nosotros: Hermes y yo. Cuando nos llevaban, pasamos por delante de otros túmulos de piedra desde cuyo interior se oía gritar a otras criaturas. Buhos, estoy seguro de que oí buhos, y también ratas. Nos llevaron a una cámara situada más arriba. Debía de estar cerca de la cumbre de la pirámide porque había una entrada en el techo, un agujero redondo. Lo recuerdo porque miré por él y pude ver las estrellas y envié una parte de mí a través de aquella abertura para escapar y no tener que seguir pensando. No sirvió de nada. Vi lo que ocurrió.</p><p>Shade escuchaba como apresado en las garras de una terrible pesadilla, incapaz de liberarse.</p><p>--Recuerdo que había allí dos caníbales esperándonos. Un viejo macho, quizá una especie de anciano, y otro, mucho más joven, enorme y con un anillo negro en el antebrazo.</p><p>Y Shade supo de quién se trataba, incluso antes de que Ishmael dijera su nombre. Claro que había sobrevivido: Shade estaba empezando a pensar que era inmortal.</p><p>--Goth -susurró.</p><p>--Sí, el rey Goth, así le llamaba el viejo murciélago -admitió Ishmael con una risotada temblorosa-. El rey de todos esos monstruos.</p><p>Shade quería preguntar sobre el disco metálico: ¿todavía lo llevaba Goth? ¿Se le había desactivado como a Orestes o acaso también él había conseguido arrancárselo? Pero Ishmael seguía hablando.</p><p>--Había una piedra y los guardias arrojaron a Hermes sobre ella. Y el rey Goth dijo: «Ésta es mi ofrenda, Zotz», y arrancó el corazón de Hermes. Mientras Goth se lo estaba comiendo, vio cómo aún latía.</p><p>El silencio de la sala era sofocante. Shade cerró los ojos e intentó borrar la imagen de su mente. Zotz. Se acordó de que Goth le había contado todo acerca de aquel dios: los fuertes se alimentan de los débiles y al comérselos adquieren toda su fuerza. Goth había dicho que Zotz era el único dios.</p><p>--Los guardias me estaban llevando hacia la Piedra, pero entonces ocurrió algo. Goth tenía el corazón de Hermes en la boca y de pronto la cámara se llenó de ruido. Era algo que no podía compararse a nada de lo que había oído hasta entonces. Era... -Ishmael tuvo que dejar de hablar para recuperar el aliento mientras sus delgados flancos se hinchaban y se deshinchaban intentando tomar aire.</p><p>--Bebe -dijo Caliban con suavidad.</p><p>Ishmael bebió.</p><p>--En aquella cámara había algo, una especie de presencia que la recorría a toda velocidad como un tornado. Pareció introducirse en la garganta de Goth y entonces él empezó a hablar con una voz que no era la suya. Los guardias, que también estaban aterrados, se retiraron hacia atrás y conseguí liberarme. Antes de que pudieran atraparme encontré una rendija en el suelo de piedra y me metí dentro. Había otras grietas más profundas, y como estoy bastante flaco logré escurrirme por ellas como un insecto. Lo único que oía era aquel sonido por encima de mí, y no paré de arrastrarme hasta que me sangraron las garras -las levantó para que todos pudieran verlas. A Shade se le encogió el estómago. Prácticamente no les quedaban uñas.</p><p>--Di con un entramado de túneles de ventilación demasiado estrechos para los caníbales y esperé, no sé durante cuánto tiempo, la oportunidad de echar a volar. Me ha llevado tres días llegar hasta aquí. Había caníbales por todas partes. Casi no podía volar. Nunca pensé que lo conseguiría.</p><p>Y entonces, cuando hubo terminado de contar su historia, el sonido que procedía de su cuerpo roto se convirtió en un llanto que no se parecía a nada de lo que Shade había oído jamás, violento y desgarrado, como si fuera cincelado desde sus propios huesos.</p><p>Mientras Shade miraba, otros cuatro o cinco murciélagos se acercaron volando a Ishmael y lo envolvieron entre sus alas hasta que quedó completamente oculto y sus sollozos fueron amortiguados por sus cuerpos. Minutos más tarde, el grupo se disgregó e Ishmael pareció más calmado.</p><p>--Los que siguen encerrados en la mazmorra -dijo Caliban amablemente-, ¿quiénes son?</p><p>Shade pudo sentir la angustia de los presentes, presas de una horrible expectación, cuando Ishmael empezó a recitar nombres a trompicones. Apenas lograba escuchar porque sabía lo que esperaba oír. La lista parecía infinita. Ishmael había citado ya a veintiuno, nombres que para Shade no pasaban de ser crueles sonidos.</p><p>--...Lidia, Sócrates, Monzón... y Cassiel. También él estaba allí.</p><p>Shade se acordó entonces de respirar. Notó sobre él la mirada de Caliban, y no consiguió descifrar la expresión de sus ojos: quizá lástima, mezclada con algo de dureza y determinación.</p><p>--Partiremos mañana por la mañana -dijo Caliban sin más preámbulos-. No podemos arriesgarnos a quedarnos más tiempo.</p><p>A Shade le llevó unos instantes entender lo que acababa de oír.</p><p>--¿Qué quieres decir? ¡Tenemos que liberarlos! ¡Ahora Chinook también está allí!</p><p>Ishmael volvió hacia él sus atormentados ojos.</p><p>--No, no podéis.</p><p>--¡Yo voy a buscarlos!</p><p>--Partiremos mañana -repitió Caliban enfurecido-. Ese es el plan y no nos apartaremos de él. Es nuestra oportunidad de sobrevivir. Los demás ya han perdido la suya.</p><p>--Entonces iré solo -dijo Shade, volviéndose hacia Ishmael-. Dime cómo llegar.</p><p>--Han pasado tres noches -dijo Ishmael-. Quizá Cassiel ya haya muerto.</p><p>--¡Es mi padre! -respondió Shade suplicante.</p><p>--Y yo he dejado allí a mi hermano -siseó Ishmael con los ojos bailándole de rabia-. Ni siquiera intenté volver para liberarle. Simplemente huí. Me salvé a mí mismo y le abandoné, dejándole morir. ¿Sabes lo que es eso? Pero no podría haber hecho nada. Nadie puede. ¿Me estás escuchando? Son miles.</p><p>--Tú escapaste.</p><p>--Fue... cometieron un error. Tuve la oportunidad de volar -Ishmael sacudió la cabeza-. No volverá a ocurrir.</p><p>--Mañana, al amanecer, alzaremos el vuelo -dijo Caliban-. Es lo único que podemos hacer. Y que Nocturna nos proteja.</p><p>Shade se echó a reír y su risa sonó como un doloroso aullido.</p><p>--¿Nocturna? No recibiréis de ella ninguna ayuda. Eso en caso de que exista.</p><p>Por su expresión se diría que a Caliban y a los demás los acababan de abofetear.</p><p>--¿Cómo puedes decir eso? -preguntó Caliban, consternado.</p><p>--Entonces ¿dónde está? -exigió saber Shade mientras la rabia crecía en su interior-. ¿Cómo sabes que no ha sido todo un gran error, una mentira, y nos lo hemos tragado todo como unos idiotas? Lo mismo nos ocurrió cuando fuimos tan estúpidos como para creer en el secreto de los anillos y que los humanos nos ayudarían. ¡Y mira lo que nos han hecho! ¿Dónde estaba Nocturna cuando la necesitábamos?</p><p>--Tú has sobrevivido -le recordó Caliban, abarcando la estatua con un movimiento de su ala-. Todos nosotros hemos sobrevivido, pero tenemos que salir de este lugar ahora. Mira a tu alrededor, Silverwing. ¿No crees que estos murciélagos ya han sufrido bastante? ¿Quieres que vayan contigo a la selva con la esperanza de poder salvar a uno o dos más? No. Ya sabes de lo que son capaces esos caníbales. No hay la menor esperanza de poder vencerlos.</p><p>--No espero ninguna ayuda -dijo Shade desafiante.</p><p>--Nosotros no te esperaremos -dijo Caliban-. Lo siento, pero si vas, irás solo.</p><p/><p/><p>Cuando el sol se liberó del horizonte, Shade ascendió aún más desde Statue Haven en pequeños círculos. Quería volar lo más alto posible, no sólo por seguridad, sino también para poder ver en la distancia.</p><p>Y quizá incluso oír en la distancia.</p><p>Era una locura volar a plena luz del día y lo sabía. Había águilas, buitres y quizá incluso máquinas voladoras humanas. Pero deseaba estar solo, intentar aclarar su mente y decidir qué hacer. Había transcurrido mucho tiempo desde que volara a plena luz del sol. No contaba los días que había pasado en el bosque humano bajo aquel sol atenuado.</p><p>Notaba cómo el negro pelaje le ardía desagradablemente con el calor. Pero a medida que se elevaba, más y más, el aire fue enfriándose. Ascendió aún más. Cuando por fin miró hacia abajo, vio cómo la ciudad entera se extendía a sus pies, tranquilizadoramente lejana... La estatua, las altas colinas, y luego la oscuridad de la selva hasta donde alcanzaba la vista.</p><p>Había agua al este, un largo litoral que se perdía por el norte dibujando una perezosa curva. Ese sería su camino de vuelta a casa. 0 lo que quedaba de ella. ¿Qué debía hacer? Cómo deseaba que Frieda o Ariel, y sobre todo Marina, pudieran ayudarle a tomar una decisión.</p><p>Hasta ese momento había resultado muy fácil. Volar al norte con los demás era la única posibilidad. Pero ahora los caníbales habían capturado a Chinook. Y su padre seguía vivo, o al menos lo estaba hacía tres días. El anzuelo que le había hecho recorrer millones de aleteos había vuelto a clavársele en el corazón. ¿Cómo podía irse ahora sin siquiera intentar rescatarle?</p><p>No era una decisión sencilla. También la otra alternativa tiraba de él. Si volvía al norte con los otros, quizá pudiera encontrar el edificio humano y avisar a los demás antes de que se los llevaran al sur y encontraran la muerte. Quizá pudiera salvar la vida de miles, entre ellos la de Ariel, Frieda y Marina. Apuntó la nariz contra el viento y dejó que su fría caricia le refrescara la cara. Los bancos de nubes pasaban rápidamente por encima de él hacia el noreste, y su corazón se fue con ellas. Con qué facilidad viajaban, qué seguro resultaba su avance, qué certera su llegada. Y Shade deseó echarse a volar en ese preciso instante. Volar hacia el norte, a casa. Y dejar atrás aquella horrible selva.</p><p>Pero quizá Marina ya había alertado a los demás y no necesitara hacer el viaje hasta allí. Por lo que sabía, quizá hubieran escapado. Aunque no había forma de estar seguro, a menos que...</p><p>Viró de nuevo hacia el norte. Supuestamente tenía el don del sonido. Frieda había dicho que era muy bueno escuchando y que oiría cosas que los demás no eran capaces de oír. Y Céfiro, el murciélago albino, le dijo en una ocasión que era posible llegar a oír incluso las estrellas si el oído era lo bastante bueno. Más que eso, se podía oír el pasado y el futuro, sonidos emitidos hacía mucho tiempo, y los que todavía no habían sido emitidos.</p><p>Dudaba de ser capaz de oír los susurros del pasado o del futuro, o las lejanas estrellas, pero, ¿podría enviar su voz a través de millones de aleteos hasta el norte y escuchar una respuesta?</p><p>Naturalmente, era una idea ridícula. Nunca había oído nada semejante. Pero Céfiro tenía los oídos tan agudos que quizá él sí pudiera oír un grito de auxilio. El murciélago albino le había ayudado en una ocasión; quizá pudiera volver a ayudarle ahora.</p><p>Apuntó la voz hacia la línea norte del horizonte y gritó. No intentó hacerlo con todas sus fuerzas, sólo imaginó que proyectaba la voz en el aire, como si el sonido tuviera alas y pudiera viajar por sí mismo. Imaginó la ciudad y la catedral y el chapitel donde Céfiro había construido su hogar, e imaginó también su blanco pelaje y sus ojos aún más blancos, y sus orejas aleteando para captar su voz.</p><p>Construyó el mensaje más breve que pudo. Le contó a Céfiro cómo había llegado al sur y cómo había sido separado del resto de su colonia. ¿Sabía algo de Ariel, de Frieda o de Marina? ¿Estaban a salvo? ¿Debía volver a buscarlas o quedarse e intentar salvar a su padre?</p><p>Cuando las últimas palabras salieron de su boca, se sintió ridículo, se vio a sí mismo como un recién nacido que lloraba para que le consolaran. Estaba solo en las alturas, en una tierra extraña, y tendría que arreglárselas por sí mismo. Ésa era la dura realidad.</p><p>Sin embargo, una parte de él no perdía la esperanza. Abrió bien las orejas y sólo oyó el rumor del viento. Se preguntó si Caliban tendría razón acerca de Nocturna. ¿Cuidaba de ellos? ¿Explicaba eso que hubieran sobrevivido tanto tiempo? Pero ¿qué pasaba con los que no lo habían conseguido? ¿Existía alguna razón para eso? Ninguna que él pudiera entender. Quizá fuera sólo cuestión de suerte. Todos sus sueños infantiles de llevar el sol a su colonia, de hacer así realidad La Promesa. En aquel entonces había tenido muchas esperanzas, estaba muy seguro de que todo terminaría bien, y de cuál era su lugar en todo ello.</p><p>¿Cuánto tardaba en viajar el sonido? Y ¿cuánto tardaba en morir, evaporándose en el viento, dispersando su voz como diminutas gotas de rocío sobre las hojas de los árboles?</p><p>--Shhhhhhhh -le susurró el viento en los oídos-. Shhhhhhhh.</p><p>Era como el susurro de su madre cuando intentaba que se durmiera en Tree Haven.</p><p>Estaba muy cansado. Tenía que regresar. No tenía ningún sentido seguir ahí arriba, a la espera de que alguien le solucionara los problemas. Y cuanto más tiempo siguiera ahí, más posibilidades tenía de que se lo comieran. Su voz no era lo bastante potente, o quizá sus oídos no fueran lo bastante sensibles para captar una respuesta. No había nada excepto el inmenso vacío del cielo.</p><p>--Shhhhhhhh -era todo lo que el viento podía decirle. Y entonces:</p><p>--Shhhhhaaaaade.</p><p>¿Su nombre? ¿O simplemente una triquiñuela del viento? Abrió las orejas todo lo que pudo.</p><p>--Shhhhhaaaaade. Essssscucha atennnnntamenteeeee.</p><p>¿Era ésa la voz de Céfiro? Sonaba tan velada que no podía estar seguro. Pero se concentró en el sonido, balanceándose sobre el viento en busca de una posición óptima.</p><p>--Te maaaando ssssssaludosssss desssssdeee el chapppiteeeel.</p><p>¡Céfiro! Era Céfiro. Shade estaba tan sorprendido y exultante que empezó a reír, aunque en seguida se calló para no perderse nada.</p><p>--Aaaaaaariel... Mariiiiinaaaa... vaaaan haciaaaa tiiii.</p><p>Shade frunció el ceño, concentrándose tanto que empezó a dolerle la cabeza. ¿Van hacia ti? Y ¿por qué no mencionaba a Frieda?</p><p>--No lo entiendo -gritó, y en ese momento cayó en la cuenta de que aquello no era una conversación, sino sólo un mensaje que había recorrido millones de aleteos hasta llegar a sus oídos. Sólo lo oiría una vez. Pero ¿qué significaba? ¿Estarían ya en una máquina voladora con el metal cosido al estómago? ¿O le estaban buscando? Pero ¿cómo sabrían dónde buscarle?</p><p>--Zzzzzotzzzz reinaráááá... a menossss... que te quedessss... y ssssalvessss al sooooool...</p><p>Le preocupaba estar perdiendo algunas palabras y captar sólo fragmentos. ¿Salvar al sol?</p><p>--...y tu paaaadreeee... todavíaaaaaa viveeee.</p><p>Shade siguió escuchando con los ojos cerrados a la espera de oír algo más, pero el mensaje había concluido. Todavía vive. Todavía. No sonaba muy tranquilizador. ¿Quería eso decir que su padre estaba cerca de la muerte, que su vida pendía de un hilo, y que si Shade no se daba prisa y hacía algo sería demasiado tarde?</p><p>Estaba irritado. El mensaje no le había dicho demasiado. Todavía no sabía si Marina y los demás estaban a salvo. Y ¿qué era eso de salvar al sol?</p><p>Sacudió la cabeza y soltó un bufido. El sol está bien, murmuró para sus adentros. Está de maravilla ahí arriba, brillando tranquilamente. No creo que vaya a pasarle nada. Soy yo quien me preocupa. Yo y un millón de murciélagos más.</p><p>Salvar al sol.</p><p>¿Por qué debería hacerlo? De pronto la rabia se apoderó de él. ¿Qué tipo de misión era ésa? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Por qué? ¿Por qué no podía Nocturna salvar al sol si era tan importante? ¡Podrían dejar que ella se encargara del trabajo duro para variar, en vez de ponerlo en manos de murcielaguillos enanos como él!</p><p>Estaba harto de que abusaran de él, pensaba mientras aceleraba su descenso. Goth, los humanos... ya estaba bien. Intentaría salvar a su padre, a Marina, a su madre y a Frieda. Eso era ahora lo único que le importaba. Se acabaron las grandes ideas. Basta de promesas.</p><p>Sólo sobrevivir.</p><p>Pero a tenor de lo que había dicho el mensaje, parecía que había algún tipo de conexión entre salvar al sol y a su padre. Cuál, era algo que no alcanzaba a imaginar. En ese momento, imágenes de sus sueños más recientes empezaron a aflorar a su mente: un ojo abriéndose tras el sol, una noche eterna.</p><p>Echó un vistazo al sol, que ahora estaba muy por encima del horizonte. Lo miró fugazmente y luego cerró los ojos bien fuerte para calmar el dolor. La silueta del sol llameó contra sus párpados. Shade frunció el ceño.</p><p>Le faltaba un pedazo.</p><p>No era mucho. Apenas se notaba, a menos que miraras con mucha atención. Pero en un lado, un diminuta franja había desaparecido de su curva del mismo modo que la luna iba menguando durante el mes.</p><p>La luna siempre volvía a aparecer.</p><p>¿Ocurriría lo mismo con el sol?</p><p/><p/><p>--Aquí terminan los canales del norte -dijo Ulises desde el timón-. Lo que sigue ahora pertenece al reino del sur.</p><p>Durante las últimas horas, Marina había advertido que los túneles por los que la barcaza flotaba parecían estar en peor estado. Los muros eran ahora puro barro, blandos y rezumantes. En una ocasión, el agua se había retirado por completo y Marina y Ariel habían tenido que saltar de la cubierta y ayudar a las ratas a arrastrar el barco a lo largo de un tramo totalmente anegado por el lodo. A menudo casi no había luz que los guiara y Marina utilizaba su visión ecosonora para ayudar a Ulises a comandar la nave por los cada vez más laberínticos túneles.</p><p>Era su segunda noche en la barca, y avanzaban a toda velocidad bajo tierra por los canales de las ratas. Sólo habían parado dos veces durante su viaje al sur. En ambas ocasiones, Ulises amarraba la barca a un lado, cavaba un túnel hasta la superficie y comprobaba las estrellas para asegurarse de que seguían el rumbo adecuado. Luego cazaban durante unas horas. Marina volaba cautelosamente en círculos con Ariel en aquellos paisajes nuevos y desconocidos, mientras el aire era cada vez más caliente. Durante su última salida a la superficie, no habían visto más que arena, y cactus altos y delgados. Pero el cielo estaba lleno de insectos.</p><p>Marina y Ariel no tenían mucho que hacer en la barca, aparte de dormir. El cuerpo de Marina parecía recordar su perdida hibernación y pasaba muchas horas dormitando sobre el manso balanceo del barco. Al principio había mantenido parte de su mente alerta, todavía desconfiando de las ratas, pero éstas parecían amables y, sobre todo, prestas a cumplir los deseos de su graciosa Majestad. Le gustaba especialmente Harbinger, el embajador. Tenía una cara perspicaz y animada y cuando hablaba crispaba los bigotes para hacer hincapié en lo que decía.</p><p>--¿Has estado alguna vez en el sur? -le preguntó Ariel poco después de emprender el viaje.</p><p>--No. En lo que llevo de vida ha habido muy poca comunicación entre nosotras y nuestras primas del sur. Siempre nos han guardado rencor por haber tenido que someterse al gobierno de los reyes del norte, y han preferido mantener las distancias. El general Cortez, a menos que me equivoque, es el actual gobernador, una rata con una mentalidad muy independiente.</p><p>Harbinger debió de ver la mirada de preocupación que Marina dirigió a Ariel.</p><p>--Aunque no creo que haya de qué preocuparse. Puede que no nos ayuden, pero dudo mucho que pongan inconvenientes a vuestra presencia cuando quede claro que estáis bajo nuestra protección.</p><p>Cuando no dormía, Marina pasaba el tiempo hablando en voz baja con Ariel sobre lo que podía estar esperándoles, lo que debían hacer para encontrar a Shade... y a veces también hablaban de otras cosas: de tiempos mejores en los bosques del norte, los refugios y territorios de caza favoritos...</p><p>Debía de haberse quedado dormida una vez más, porque la despertó una repentina y violenta sacudida. Lanzó sonido y vio que simplemente el río había terminado su curso. Durante varias horas habían avanzado por agua estancada, lo que había obligado a las ratas a empujar la barca con largas varas. Y ahora el barco había atracado en la superficie de un banco amplio y fangoso situado en el interior de una cueva. De pronto Marina se dio cuenta de que hacía mucho calor, incluso bajo tierra, lo que provocaba que le picara la piel.</p><p>--Los canales no van más allá -dijo Ulises-. Hemos llegado.</p><p>Harbinger, flanqueado por los dos soldados, saltó del barco y vadeó hasta la orilla. Marina y Ariel le siguieron.</p><p>--Debemos anunciarnos al general Cortez -dijo Harbinger-, y luego...</p><p>--¡Deteneos! -ordenó una voz ronca desde la boca de un túnel abierto en la parte baja del muro de la cueva.</p><p>En cuestión de segundos, una docena de ratas habían emergido y los miraban desde lo alto del banco fangoso. Eran criaturas de aspecto desaliñado, con fuertes hombros, hocicos despuntados y pálidos morros.</p><p>--¡Murciélagos! -siseó el jefe de los guardias a Harbinger-. ¿Has traído murciélagos contigo?</p><p>--Están bajo nuestra protección -dijo el emisario con frialdad-. Viajamos bajo las órdenes del rey Rómulo y...</p><p>--El rey Rómulo -se burló el guardia-. ¿Qué tenemos nosotros que ver con ese rey del norte? No es nuestro rey.</p><p>--...y pedimos audiencia con el general Cortez.</p><p>Ni siquiera cuando las ratas sureñas se acercaron un poco más, sin dejar de moverse de un lado a otro, Harbinger se inmutó, ni tampoco su voz titubeó. Marina estaba impresionada. Ella misma estaba a punto de echar a volar.</p><p>--Somos una pequeña embajada diplomática -dijo Harbinger-. Estos soldados son mi única escolta.</p><p>--Lo sabemos -dijo el guardia-. Hemos vigilando vuestro barco. Sabemos que estáis solos.</p><p>--En ese caso sabéis que no representamos ninguna amenaza. Os ruego que nos llevéis ante el general.</p><p>El guardia sureño volvió a mirarlos con desprecio y les dio la espalda.</p><p>--Seguidme -dijo sin más rodeos, y abrió la marcha.</p><p/><p/><p>El general Cortez no era en absoluto como Marina se esperaba. A juzgar por los guardias sureños, había imaginado una rata gorda y desaliñada, apoltronada sobre un montón de basura. Pero el general, en su austera ciudadela rocosa enclavada en la superficie terrestre, era delgado, y casi elegante. Sus vibrisas crecían tan juntas que casi formaban un bigote bajo su nariz, y en la barbilla los pelos oscuros dibujaban una barba triangular y bien cuidada. Pero lo que más llamaba la atención eran sus ojos: a diferencia de los ojos de todas las ratas que Marina había visto, los suyos eran increíblemente claros y translúcidos. El resultado era una mirada penetrante, como si tuviera por ojos dos diamantes que podían cortar cualquier cosa.</p><p>Marina vio la luz a través de las rendijas abiertas entre las piedras y los palos con los que estaba construida la ciudadela y dio las gracias por haber salido finalmente a la superficie, a pesar de que el calor había aumentado desagradablemente. Deseó poder mudar el pelo.</p><p>--General Cortez -dijo Harbinger-. Soy un emisario del rey Rómulo. Me ha pedido que os confíe a estas dos murciélagos, con la esperanza de que podáis ayudarlas a encontrar a otros de su especie que los humanos han enviado hasta aquí.</p><p>--No nos sentimos muy generosos con los murciélagos -dijo Cortez, mirando a Ariel y a Marina con desdén-. Vuestros primos caníbales han estado destrozando la selva, y cazando mucho más de lo que sin duda necesitan. Están violando todas las leyes de subsistencia. Nos han arrebatado un sinnúmero de recién nacidos sólo en las últimas cinco noches, incluido mi hijo pequeño -anunció Cortez mirando a Harbinger-. Me sorprende que vuestro rey se muestre tan partidario de hacer amistad con estas pútridas criaturas.</p><p>--General, siento mucho lo de vuestro hijo, pero mis amigas murciélagos no han tenido nada que ver con eso y tampoco sabían lo que los murciélagos caníbales están haciendo en vuestro reino.</p><p>--¿Y tampoco saben nada del fuego que los de su especie han estado arrojando sobre nuestra selva y nuestra ciudad?</p><p>--Sabemos algo de eso -dijo Marina-. Pero han sido los humanos quienes nos han obligado a ello.</p><p>--¿Ah, sí? -dijo Cortez fríamente, sin sonar en absoluto convencido.</p><p>--A nosotras no -dijo Marina-. Conseguimos escapar. Pero hay otros, quizá miles, que han sido enviados hasta aquí en máquinas voladoras humanas. Tienen discos metálicos cosidos a su cuerpo y explotan donde aterrizan.</p><p>--Mi hijo estaba entre ellos -le dijo Ariel al general Cortez-. Y quiero encontrarle. Si sigue con vida.</p><p>--Su hijo -intervino Harbinger- es amigo personal del rey Rómulo. Y para él es muy importante que Shade Silverwing vuelva a casa.</p><p>--No creo que haya demasiados supervivientes -dijo Cortez, cuya voz había perdido parte de su frialdad.</p><p>--Pero ¿hay supervivientes? -preguntó Marina esperanzada.</p><p>Cortez se giró hacia uno de sus guardias.</p><p>--Rodríguez, te he oído hablar de un lugar donde se han agrupado esos murciélagos del norte.</p><p>--Se han refugiado en el interior de la estatua que está sobre los peñascos. Les hemos estado controlando desde la base.</p><p>--¡Llevadnos hasta allí, por favor! -imploró Marina.</p><p>Cortez no dijo nada.</p><p>--El rey Rómulo os estaría tremendamente agradecido, general. Y si desearais pedirle algo a cambio, ahora o en el futuro, sin duda os lo concedería.</p><p>--Muy bien -dijo la rata general secamente-. Pero sólo con la condición de que los saquéis de mi reino. Cuantos menos murciélagos de cualquier clase tenga aquí, más contento estaré. ¿De acuerdo? Bien. Rodríguez, llévalas con sus amigos.</p><p/><p/><p/><p/><subtitle><strong>_____ 13 _____</strong></subtitle><subtitle><strong>LA NOCHE ETERNA</strong></subtitle><p/><p>--Una voz en el viento -bufó Caliban enojado-. El viento juega malas pasadas, deberías saberlo. Te dirá todo lo que siempre quisiste oír o quizá lo que más miedo te dé. Serías un idiota si le prestaras demasiada atención.</p><p>Tras volver a Statue Haven, Shade había encontrado a Caliban colgando despierto de su nido y le había contado todo lo referente al mensaje de Céfiro, o lo que él creía que era el mensaje de Céfiro. Una parte de él se sintió aliviada ante el desdén de Caliban. Quizá no fuera nada más que su propia desesperación a tanta altura. Pero estaba demasiado asustado por lo que había visto para darse por vencido tan fácilmente.</p><p>--Mira, algo extraño le pasa al sol -insistió.</p><p>--Volando por ahí solo a plena luz del sol -refunfuñó Caliban-. ¿Es que no aprendes, Silverwing? ¿No sabes lo peligroso que ha sido eso? No sólo para ti, sino para todos. Podrían haberte seguido y los habrías conducido directo hasta nosotros.</p><p>--Tienes razón. Lo siento -admitió Shade, asintiendo, avergonzado antes de añadir con obstinación-: Y ¿qué pasa con el sol? No hagas caso de mis sueños, si no quieres. No llagas caso de la voz. Pero ve a verlo por ti mismo.</p><p>--No necesito echar una mirada al sol -siseó Caliban con el pelo erizado y torciendo los labios por encima de sus mellados incisivos. Por primera vez, Shade le tuvo miedo. Vio lo decidido que estaba a abandonar la selva. Había sobrevivido dos meses en ella y eso era una especie de milagro que no podía durar-. Nos vamos, en cuanto oscurezca. Como te dije, puedes quedarte si así lo deseas, pero no quiero que intentes que nadie cambie de parecer. Entiéndelo: si envenenas nuestra huida yo mismo te haré callar.</p><p>Shade tragó saliva, sintiéndose totalmente solo. Quizá Caliban tuviera razón. Se había convertido en alguien peligroso, para sí mismo, para los demás. No había más que ver lo que le había ocurrido a Chinook. Para empezar, si no hubiera sido por él, quizá ninguno de los Silverwings habría entrado jamás en el edificio humano. Los había llevado directamente a él, a su oscura Promesa.</p><p>Caliban relajó su fornido cuello y desvió la mirada.</p><p>--El sol no es asunto nuestro -dijo más calmado.</p><p>--No, el Silverwing tiene razón.</p><p>Shade se giró hacia la voz y le sorprendió ver a Ishmael con los ojos bien abiertos. El demacrado murciélago respiraba apresuradamente y era obvio que lo había oído todo.</p><p>--Necesitas descansar, Ishmael -dijo Caliban con cierto dejo de indignación. Lanzó a Shade una mirada de advertencia.</p><p>--Lo había olvidado hasta ahora -susurró Ishmael-, pero Goth dijo algo después de asesinar a Hermes. Dijo: «¿Qué debemos hacer... para matarlo, para matar al sol?».</p><p>--¿Qué más oíste, Ishmael? -preguntó Shade.</p><p>--Me movía, y había mucho ruido y viento. Algo sobre la oscuridad del eclipse, y más sacrificios.</p><p>--¿Qué es un eclipse? -preguntó Caliban.</p><p>--El sol desaparece -dijo Shade paralizado, recordando sus sueños y la imagen del sol oscureciéndose poco a poco. Temblaba a pesar del calor-. ¿Cuándo? -preguntó a Ishmael.</p><p>El otro murciélago sacudió la cabeza.</p><p>--Pero había algo más acerca de una ciudad llamada Bridge City, y de destruirla con fuego.</p><p>--El disco -dijo Shade, sobresaltado-. Todavía tiene el disco de los humanos. ¿Viste si lo llevaba encima?</p><p>--No puedo... -a Ishmael la frente se le llenó de arrugas cuando cerró los ojos, mientras se esforzaba por recordar. Shade se sintió culpable por obligarle a revivir aquellas espantosas imágenes-. Yo... no, no lo recuerdo -concluyó, y su aliento silbó en su garganta. Su cuerpo colgaba desmadejado, exhausto.</p><p>Shade miró atentamente a Caliban, intentando adivinar cuál era su reacción ante todo eso.</p><p>--Céfiro dijo que Zotz reinaría a menos que salváramos al sol.</p><p>--¿Alguna idea, pequeño murciélago? -dijo Caliban, porfiado-. Nunca me han interesado demasiado las profecías ni las adivinanzas.</p><p>--A mí tampoco me hacen ya demasiada gracia -dijo Shade con una risa amarga-. Esto no me gusta más que a ti, créeme.</p><p>Caliban apartó la cara.</p><p>--No soy tan buen líder como tu padre -le dijo a Shade-. Quizá él hubiera sabido qué hacer en un caso así. Yo no. Lo único que pretendo es salvar a tantos como pueda, y llevarlos de regreso al norte. A casa.</p><p>Al oír esa palabra Shade sintió una punzada en el corazón. Cuánto echaba de menos su hogar, a pesar de que ya no sabía ni dónde estaba ni lo que era.</p><p>--Pero no importa a donde vayamos si Zotz mata al sol -dijo-. Si éste es el dios al que ellos adoran, en ese caso debe de ser poderoso, supongo que más que Nocturna. Si no, ¿por qué no le ha detenido ella misma?</p><p>Muy por debajo de donde ellos se encontraban, en la base de Statue Haven, Shade percibió el débil aunque claro susurro de tierra y de piedras al moverse. Caliban también lo oyó y echó a volar.</p><p>--Acompáñame -le dijo a Shade.</p><p>Shade le siguió en su descenso por el torso de la estatua y a continuación por la pierna izquierda, que cambió un poco de dirección formando un pequeño ángulo. Cuando llegaron a la rodilla, Caliban se detuvo y voló en círculos. Shade atisbo la oscuridad que se abría debajo y se perdía en el pie de la estatua.</p><p>--Ratas -oyó murmurar a Caliban con asco.</p><p>Con su visión ecosonora, Shade logró ver la cabeza de un roedor asomar por una estrecha abertura situada en el interior del pie. Arrugaba la nariz, olisqueando el aire y mostrando sus afilados incisivos. Entonces, de pronto, su cabeza volvió a desaparecer por la abertura. Shade la buscó, nervioso. ¿Habría más? Pero le pareció imposible que las ratas pudieran escalar las paredes escarpadas y lisas del interior de la estatua. Aunque lo consiguieran, los murciélagos no tenían más que huir volando.</p><p>Una segunda rata salió con dificultad por el agujero y empezó a sacudirse la tierra del pelo con cuidado. Había algo en aquel movimiento enérgico y elegante que a Shade le resultó extraordinariamente familiar. Se dio cuenta de que el pelo de aquella rata tenía un brillo asombroso, y que parecía mucho más grueso y suave que el de cualquier otra rata que hubiera visto hasta entonces. Luego vio desplegarse unas alas que se agitaron brevemente para volver a plegarse.</p><p>Se quedó boquiabierto. ¿Cómo podía ser? ¿Un murciélago en compañía de ratas? Quizá estaba equivocado. Miró más atentamente, bombardeando a la criatura con sonido hasta que le vio los ojos, y entonces lo supo. Al instante se lanzó hacia abajo, oyendo a su espalda la exclamación de advertencia de Caliban que le ordenaba que volviera, pero sonaba a un millón de aleteos de distancia.</p><p>--¿Marina? -gritó-. ¡Marina!</p><p>Fueron una maraña de alas en cuanto cayeron el uno sobre el otro, frotándose el cuello y las mejillas con los hocicos, oliéndose en pleno arrebato. Shade se apartó de Marina y la miró para asegurarse de que en verdad era ella. No había duda. Lo era.</p><p>--¡Has venido a buscarme! -le dijo sin salir de su asombro.</p><p>--Pues claro -respondió Marina echándose a reír con los ojos resplandecientes-. Hemos venido a buscarte -añadió, señalando a un lado con la barbilla.</p><p>¿Hemos? Shade se giró. Su madre esperaba a su lado. Ariel tomó con suavidad la cara de su hijo entre sus alas plegadas. Se limitó a mirarle atentamente con la frente fruncida, como repasando cada una de sus facciones. Entonces vio la fea cicatriz que tenía en el estómago y los ojos se le llenaron de lágrimas. Parecía tan cansada que una oleada de gratitud y de arrepentimiento se abatió sobre Shade.</p><p>--Gracias -dijo con voz ronca-. ¿Cómo me habéis encontrado? ¿Cómo sabíais donde...?</p><p>Miraba a su madre y luego a Marina. De pronto se había quedado sin palabras. Por primera vez desde hacía muchas noches una inesperada sensación de seguridad le embargaba y sintió cómo todas aquellas cosas que hasta entonces había ido guardado dentro de sí empezaban a liberarse. No podía dejar de temblar. Marina le envolvía con sus alas junto con su madre y se dejó mecer, sólo durante un instante, por la sensación de que a partir de ese momento todo iba a salir bien.</p><p>Hizo que fueran ellas las primeras en contar su historia, y Marina se lanzó a relatar a toda prisa cómo habían escapado del edificio humano y cómo se habían encontrado con Aquiles Graywing, y luego el viaje hasta Bridge City y su encuentro con el príncipe Rómulo. Cuando Shade la oyó hablar de la precaria salud de Frieda, sintió un repentino desmayo: parecía otra dolorosa carga que añadir al resto.</p><p>--¿Vivirá? -preguntó.</p><p>Ariel sacudió la cabeza, como si quisiera decir: No lo sé.</p><p>--Pero ahora ya podemos irnos -le dijo Marina-. El barco nos espera.</p><p>Tantas eran las ganas que tenía de limitarse a asentir y salir de allí a toda prisa con ellas, que Shade no pudo decir nada durante un instante. Luego dejó escapar un suspiro y volvió a tomar aire. ¿Por dónde empezar?</p><p>--Aquí hay más murciélagos -dijo.</p><p>--Claro -respondió Marina impaciente-. También vendrán con nosotros.</p><p>Marina miró en dirección a Caliban, que para entonces se había posado cautelosamente en tierra, a una distancia prudencial de Harbinger y de los dos guardias que le acompañaban.</p><p>--¿Cuántos más han sobrevivido? -preguntó Ariel al murciélago mastín.</p><p>--Veintiséis -respondió éste, sin apartar los ojos de los roedores.</p><p>--¿Sólo veintiséis? -murmuró Ariel, con una expresión pesarosa-. Pero si se llevaron a cientos...</p><p>--La mayoría murió en las explosiones -dijo Caliban sin rodeos.</p><p>--Caliban me encontró en la jungla -explicó Shade-. Me trajo a Statue Haven. A mí y a Chinook -añadió dolorosamente.</p><p>--¿Chinook también? -dijo su madre, y Shade vio en su rostro auténtica sorpresa y alegría al saber que otro Silverwing, un recién nacido al que ella había visto nacer y crecer, también había sobrevivido.</p><p>--No está aquí -dijo con dificultad-. Fue culpa mía. Los murciélagos de la selva lo capturaron anoche mientras cazábamos -avergonzado, miró un instante a Marina para ver cómo reaccionaba. ¿De verdad había ido a buscarle a él, o era a Chinook a quien en realidad esperaba encontrar?-. Pero puede que todavía esté vivo -le dijo.</p><p>--¿Cómo? -preguntó Marina, irguiendo las orejas.</p><p>--Han hecho prisioneros a muchos de nosotros -dijo Caliban-, y se los han llevado a la pirámide.</p><p>--¿Cassiel? -dijo Ariel, mirando a Shade. Él sabía que su madre se temía lo peor, pero todavía había esperanza en su voz.</p><p>--Está vivo, mamá. Los caníbales le capturaron hace cinco noches, antes de que yo llegara. Pero está vivo.</p><p>--¿Cómo puedes estar seguro? -preguntó Ariel.</p><p>--Eso es lo que ha dicho Céfiro.</p><p>--¿Céfiro está aquí? -preguntó Marina, atónita.</p><p>--No, pero he hablado con él -respondió Shade, jadeante-, y me ha dicho que Cassiel todavía está vivo, y también que el sol está en peligro y que, si muere, Zotz reinará en los cielos para siempre.</p><p>Sabía que debían de estar pensando que se había vuelto medio loco; se daba cuenta de cómo le miraban. Empezó por el principio, relatando el momento en que los humanos le capturaron y le sujetaron con una cadena el disco metálico. Ahora le parecía algo muy lejano. Habían ocurrido muchas cosas y él había pasado muchos días y noches limitándose a sobrevivir minuto a minuto. Sólo el presente le parecía real.</p><p>--¿Goth sobrevivió? -preguntó Marina presa de un horror sordo cuando Shade les contó cómo Ishmael había huido de la pirámide de los caníbales.</p><p>--Y ahora es el rey.</p><p>Marina soltó un bufido de asco.</p><p>--Claro. No le podía haber ocurrido a algún murciélago mejor.</p><p>Y entonces Shade les contó cómo había gritado un mensaje a través del mundo para que llegara al chapitel donde estaba Céfiro y cómo había oído su velada respuesta: «Salva al sol o Zotz reinará».</p><p>--Mi plan era volar hacia el norte esta noche -intervino Caliban-. Y todavía lo mantengo. Lo siento por Cassiel. Lo siento por Chinook y por los demás, pero no hay nada que podamos hacer. Y este asunto del sol, no nos corresponde a nosotros resolverlo. Necesitamos el consejo de nuestros ancianos, y quizá podamos volver más adelante con una fuerza mayor.</p><p>--Será demasiado tarde -dijo Shade con una convicción que le sorprendió. ¿A qué se debía, a la alarma que había sentido en sus sueños o al pedazo de sol desaparecido que ya había podido vislumbrar? Pero estaba seguro de que no tenían mucho tiempo antes de que el sol fuera engullido por completo-. No podemos irnos.</p><p>--¿Qué estás diciendo, Shade? -le apremió Marina, y Shade pudo detectar aquel conocido tono exasperado en su voz-. ¿Que tú tienes que salvar al sol? Oye, eso es algo muy serio. Te das cuenta, ¿no, Shade? Incluso para ti, ¡es demasiado! ¿Estabas planeando hacer todo esto solo?</p><p>--¿Acaso crees que me gusta la idea? -le espetó Shade.</p><p>--Sí, eso creo. Te creo capaz de meterte en el asunto más complicado...</p><p>--Yo no me he metido en ello.</p><p>--¡Salvar al sol! Hemos hecho un largo viaje para rescatarte, ¿sabes? No ha sido fácil. ¿Es que no quieres volver a casa?</p><p>--Y ¿qué pasa con los demás? ¿Y Chinook?</p><p>--Oídme vosotros dos: esto no está sirviendo de nada -dijo Ariel cortante, y Shade bajó la mirada avergonzado con la cara ardiéndole bajo el pelaje. Riñendo como dos recién nacidos delante de todos.</p><p>Ariel se giró hacia Caliban.</p><p>--Aunque consiguiéramos volver al norte, no encontraríamos allí ninguna ayuda. Los buhos están prestos a librar la guerra. Se necesita a todos los murciélagos libres para el combate. Hay un millón de nosotros en Bridge City, y los buhos están de camino.</p><p>--¿Bridge City? -exclamó Shade, lanzándole una mirada consternada a Caliban-. Ishmael dijo que era allí donde Goth arrojaría su disco después del eclipse.</p><p>En la mente de Shade volvió a dibujarse la magnitud de la explosión del buho que había visto a lo lejos: una de aquéllas en el lugar adecuado podía acabar con un millón de murciélagos.</p><p>Cerró tanto los ojos que la luz titiló tras sus párpados. ¿Cómo podían detener todo aquello? Era demasiado.</p><p>--¿Por qué Nocturna no nos ayuda? -preguntó enfurecido-. He visto lo que Zotz puede hacer: salvar a Goth del rayo, curarle las alas, ¡comerse el sol a pedazos! ¿Por qué Nocturna no se muestra nunca?</p><p>--Tú has sobrevivido -dijo Ariel-. No has muerto en las explosiones.</p><p>--No, pero otros muchos sí murieron.</p><p>--Te hemos encontrado.</p><p>Shade gruñó, poco convencido. ¿Era eso obra de Nocturna o simplemente suerte?</p><p>--Y ella nos ayudará a rescatar a Cassiel y a Chinook y a todos los demás -dijo Ariel.</p><p>A Shade le sobresaltó la certeza de su voz. Durante toda su vida, Ariel jamás había hablado mucho de Nocturna ni de La Promesa. ¿Cómo podía ahora confiar tanto en ella?</p><p>--Yo no me voy -dijo Ariel.</p><p>--No sabes lo que dices -dijo Caliban enfadado-. En la pirámide hay miles de esos murciélagos caníbales. Ni siquiera llegarás a entrar en ella.</p><p>Shade sacudió la cabeza, temiendo que Caliban estuviera en lo cierto. Marina se equivocaba si creía que él quería ser un héroe. Ansiaba volver a casa cuanto antes, como ella.</p><p>--Y ¿qué hay de salvar al sol? -dijo con dificultad-. ¿Qué significa?</p><p>--Los sacrificios.</p><p>Shade alzó la mirada y vio a Ishmael que descendía por el aire a trompicones hacia ellos.</p><p>--Ahora lo recuerdo -refunfuñó Ishmael-. El rey Goth dijo que necesitaban oficiar cien sacrificios durante el eclipse. Por eso están haciendo tantos prisioneros en la selva. Murciélagos, buhos, ratas... necesitan cien ofrendas para Zotz. Y eso es lo que le dará el poder para matar al sol.</p><p>Shade asintió despacio. Ahora lo entendía.</p><p>--Entonces, ¿qué ocurrirá si los sacamos de ahí? Detengamos los sacrificios y Zotz no podrá matar al sol. ¿Tiene sentido?</p><p>--En ese caso salvar a los murciélagos y salvar al sol es lo mismo -dijo Ariel.</p><p>Caliban sacudía la cabeza.</p><p>--Os admiro a todos. Admiro vuestra decisión, pero todo eso de lo que habláis no es posible. No somos lo bastante fuertes.</p><p>--Si lo hacéis solos, no, estoy de acuerdo -dijo Harbinger, la rata, hablando por primera vez-. Pero puede que podamos reunir algo de ayuda. Si de verdad los caníbales tienen prisioneras a ratas, quizá el general Cortez nos suministraría algún auxilio.</p><p>Ariel asintió.</p><p>--Dijo que había perdido a su propio hijo. Si creyera que lo puede recuperar...</p><p>--Sí -dijo Harbinger-. Se lo propondré inmediatamente.</p><p>--Gracias -dijo Ariel mientras la rata emisaria y sus guardias desaparecían por el túnel.</p><p>Shade se dirigió a Marina.</p><p>--No estás obligada a venir. Lo entiendo.</p><p>Marina se echó a reír.</p><p>--¿Y dejar que te lleves tú toda la gloria por haber salvado al sol? Ni lo sueñes. Además, si fueras solo no harías más que enredarlo todo. Me necesitas más de lo que crees.</p><p>--Lo sé -respondió Shade con una sonrisa de agradecimiento.</p><p/><p/><p>Ishmael dibujó con una garra vacilante una imagen en el suelo arenoso de Statue Haven. Shade vio cómo la pirámide de Goth tomaba forma: los muros escalonados, la estrecha cumbre de techo plano.</p><p>--Puede que tenga unos cien metros de altura -dijo Ishmael-. Es difícil calcularlo, estaba demasiado oculta por la vegetación y yo estaba medio inconsciente cuando me llevaron dentro.</p><p>--Sí, conocemos el lugar -dijo el general Cortez sin apartar la mirada del dibujo-. Los humanos lo construyeron hace siglos y los Vampyrum lo hicieron suyo cuando ellos lo abandonaron. No conozco a ninguna rata que haya regresado después de haber estado allí.</p><p>Shade estudiaba la cara del general Cortez, intentando dilucidar lo que pensaba. La expresión de su rostro era inescrutable. Shade sabía que tenían mucha suerte de que estuviera allí. Harbinger había vuelto a su fortaleza y había logrado convencer a Cortez para que se reuniera con ellos. El desagrado que el general sentía hacia los murciélagos era obvio. Las aletas de la nariz se le arrugaban con frecuencia ante su sola presencia, y casi nunca los miraba a los ojos cuando hablaba. Pero había acudido y Shade estaba decidido a convencerle para que los ayudara.</p><p>--La entrada -dijo Cortez, apremiando a Ishmael.</p><p>La garra de Ishmael quedó suspendida sobre el dibujo.</p><p>--Creo que entramos por aquí -hizo una señal y al instante la borró-. No, aquí, más abajo. Era una entrada grande, lo bastante para que pudieran pasar por ella los humanos. No vi ninguna otra.</p><p>--¿Guardias?</p><p>Ishmael asintió.</p><p>--Muchos. Alrededor de la entrada, colgando del techo y a los lados.</p><p>Cortez soltó un gruñido.</p><p>--Y ¿adonde te llevaron?</p><p>Ishmael cerró los ojos, pensativo.</p><p>--El pasadizo descendía, pronunciadamente, sí. Ahí era donde la mayoría parecía anidar. Nunca había visto tantos murciélagos en un solo lugar. Entonces pasamos junto a otro pasadizo del que partían unas escaleras, pero nosotros seguimos bajando hasta que nuestro pasadizo desembocó en una gran cámara.</p><p>Dibujó torpemente un espacio largo y estrecho muy próximo a la base de la pirámide.</p><p>--Había huesos -dijo Ishmael, tenso.</p><p>Shade sintió que el corazón le golpeaba las costillas.</p><p>--¿Huesos? -preguntó Cortez.</p><p>--En el suelo. De todo tipo de aves y bestias. A lo largo de la cámara había túmulos de piedra: grandes y rectangulares. Ahí es donde nos tenían prisioneros. Había una puerta...</p><p>--¿Dónde? -dijo Cortez.</p><p>--A un lado de cada uno de los túmulos. Todos tenían una puerta. Eran redondas y de piedra. Usaban un palo para abrirlas, haciéndolas rodar. Se deslizaban por unas ranuras situadas por encima y por debajo. Hacían falta dos para abrirlas. Me arrojaron dentro con los demás.</p><p>--Pero has dicho que allí había otras criaturas.</p><p>--Sin duda oí buhos, pude olerlos.</p><p>--¿Y ratas?</p><p>--Sí, en uno de los túmulos de piedra.</p><p>--Espero que estés seguro de eso -gruñó Cortez.</p><p>--Totalmente seguro.</p><p>Shade los miraba inquieto, consciente de que a Cortez sólo le interesaría ayudar si había alguna posibilidad de que su hijo todavía siguiera vivo y pudiera ser rescatado.</p><p>Cortez estudió el dibujo en silencio.</p><p>--Esta cámara, ¿había sólo una forma de entrar y salir de ella? -preguntó, señalando el pronunciado pasaje que Ishmael había dibujado.</p><p>--Que yo viera, sí -replicó el murciélago.</p><p>Shade admiró su aguante y su paciencia. Le enervaban los modales bruscos de Cortez. ¿Podía imaginar por lo que había pasado Ishmael? Ser arrastrado entre las garras de uno de aquellos murciélagos gigantes, sabiendo que iba a morir... Era asombroso que hubiera podido llegar a ver o a oír nada. Shade sólo esperaba que los recuerdos de Ishmael fueran precisos.</p><p>--Y cuando te sacaron de allí -empezó Cortez de nuevo-, ¿adonde te llevaron?</p><p>--Volvimos atrás por donde habíamos entrado, pero luego me llevaron arriba.</p><p>--¿Las escaleras que has mencionado antes?</p><p>Ishmael asintió, esbozando un zigzag desde el túnel central hasta la cumbre de la pirámide.</p><p>--¿Cómo lo sabes?</p><p>--Vi las estrellas por una abertura redonda que había en el techo. Allí es donde llevan a cabo las ejecuciones.</p><p>--En la cámara de la prisión -dijo Cortez-, ¿había guardias? Quiero decir fuera de esos túmulos donde te tenían encerrado.</p><p>--No lo sé. No oía nada. ¿Qué sentido tendría? No había forma de escapar. Los túmulos están sellados con techos de piedra tan pesada que sería necesaria una docena de humanos para levantar una de ellas. Grandes piedras en el techo, en las paredes y en el suelo. Clavamos en ellas las garras sin resultado. Sólo conseguimos arañarlas.</p><p>--Esas criaturas no le tienen miedo a nada -dijo Cortez-. El buitre es la única ave a la que no se atreverían a atacar.</p><p>Shade se acordó del enorme y desgarbado pájaro que una noche Caliban le había señalado en la lejanía. No era un volador veloz, pero si te clavaba las garras o el pico ganchudo, tu muerte estaba asegurada.</p><p>--No -dijo Caliban, levantando la mirada del plano por primera vez.</p><p>--Un ataque es imposible. Incluso aunque contáramos con un gran ejército, la cantidad de bajas que sufriríamos sería terrible.</p><p>Shade fue incapaz de contener su decepción.</p><p>--¿Y si también pidiéramos ayuda a los buhos? -dijo.</p><p>--¿A los buhos? -replicó Cortez, volviendo hacia él sus ojos pálidos y penetrantes.</p><p>--Deben de haber perdido a muchos de los suyos, igual que nosotros. Quizá, si habláramos con ellos, estarían de acuerdo en ayudarnos en el ataque.</p><p>--Los buhos no son nuestros amigos, ni tampoco los vuestros -dijo Cortez con un helado desdén-. Sería un error fatal pensar lo contrario.</p><p>--¿Ni siquiera si intentáramos...?</p><p>--Lo repito: no hay nada que ganar con ello -dijo Cortez con firmeza-. Hemos oído rumores sobre la guerra que los buhos pretenden declararos en el norte. No habrá ninguna alianza.</p><p>Shade cerró la boca enfadado. No tenía sentido discutir. Miró desesperado a su madre y a Marina. Si las ratas no los ayudaban, ¿podrían intentar un rescate?</p><p>--Un ataque sería un suicidio -dijo Cortez-, pero puede que haya otra alternativa-. Se dirigió al jefe de la guardia, que le había acompañado-. ¿Podernos cavar un túnel? ¿Aquí?</p><p>Shade vio sorprendido cómo Cortez hacía una señal en el plano.</p><p>--Desde luego, señor -la rata apuntó con la nariz a la base de la fortaleza-. Los muros de la fortaleza y los cimientos deben de haberse agrietado y asentado lo suficiente para que encontremos algún pasadizo, suponiendo, por supuesto, que esta cámara esté en verdad situada tan cerca del muro externo. Sí, creo que podemos cavar un túnel por debajo.</p><p>A Shade la expectación le tensó todo el cuerpo. Se obligó a respirar.</p><p>Cortez estudió el plano un instante antes de hablar.</p><p>--Esto es lo que estoy dispuesto a hacer. No tiene sentido lanzar un ataque frontal sobre la fortaleza. Pero si podemos abrir un túnel hasta la cámara, y ésta no está vigilada, como esperamos, quizá podamos liberar a los prisioneros y sacarlos por el túnel.</p><p>--Gracias -dijo Shade.</p><p>Cortez alzó la nariz para hacerle callar.</p><p>--Pero si encontramos una dura oposición, puede que tengamos que retirarnos. Será decisión mía, ¿entendido? Vamos a liberar a mis amigos, y a los vuestros. Eso es todo. Nuestro contingente debe ser pequeño. Cuantos más llevemos con nosotros mayores serán las posibilidades de ser vistos u oídos.</p><p>--Yo voy -dijo Shade.</p><p>--Y yo -dijo Ariel.</p><p>--Y yo -dijo Marina.</p><p>--Yo también voy -era Ishmael, con los ojos encendidos.</p><p>--No estás en condiciones -intervino Caliban.</p><p>--Dejé allí a mi hermano -dijo el otro murciélago-. Voy. De todos modos, me necesitáis. Soy el único que ha estado dentro.</p><p>--Gracias, Ishmael -dijo Shade. Miró a Caliban, que removía la arena con la uña, perdida la mirada.</p><p>--Cassiel habría ido a rescatarnos -dijo el mastín en voz baja-. Yo iré a rescatarle a él.</p><p>--Saldremos a mediodía -dijo Cortez-. Estarán descansando y nuestras posibilidades de sorprenderlos serán mayores. Nadie ha intentado nunca entrar en su pirámide. A buen seguro no estarán esperándonos. Aun así, una vez que entremos, si empiezan a oírse sus chillidos, no tendremos mucho tiempo antes de que caigan con todas sus fuerzas sobre nosotros. Debemos movernos rápido.</p><p/><p/><p>Goth volaba en círculos alrededor de la pirámide con Voxzaco cuando el sol apareció por el horizonte. Se echó a reír de felicidad cuando vio que se había reducido casi a la mitad.</p><p>--El eclipse será en pleno día -dijo Voxzaco-. Supongo que tienes suficientes ofrendas.</p><p>--Ciento diez -dijo Goth. Hacía unas horas él mismo había ido a contarlos a la sala de los huesos, sólo para asegurarse. ¡Cómo se habían acobardado los murciélagos del norte cuando había asomado la cabeza! Pero le decepcionó no ver a Shade entre ellos. Durante un instante estuvo seguro de haberle visto, pero al acercarse más e inmovilizar al murciélago contra el suelo para poder examinarle se había dado cuenta de que era un Silverwing más viejo, anillado por los humanos. No era Shade, pero era sorprendentemente parecido a él. Frunció el ceño. En su sueño, le había arrancado el corazón a Shade del pecho y se lo había comido mientras el murciélago enano le miraba. Quizá ya no importara.</p><p>Lo que sí era importante era ofrecer a Zotz cien corazones antes de que acabara el eclipse, de lo contrario el sol seguiría con vida. Pero sabía que lo conseguiría.</p><p>--Preparémonos para la llegada de Zotz -le dijo a Voxzaco, y voló de regreso al templo para afilarse las garras para los sacrificios.</p><p/><p/><p/><p/><subtitle><strong>_____ 14 _____</strong></subtitle><subtitle><strong>LA SALA DE LOS HUESOS</strong></subtitle><p/><p>Después de tres horas bajo tierra, Cortez ordenó un alto. Shade, agradecido por poder tomarse un respiro, se dejó caer en el suelo del túnel. Gatear no resultaba especialmente fácil para ningún murciélago, pero la red subterránea de las ratas era la vía más segura para llegar a las profundidades de la selva sin ser vistos. Los túneles eran bajos y tan estrechos que apenas daban cabida a una sola rata, o a dos murciélagos muy juntos. Shade odiaba la falta de aire, la incomodidad y la frustración que provocaba en él tener que mantener fuertemente plegadas las alas cuando ansiaba desesperadamente desplegarlas y volar. Le dolían las garras y los antebrazos a causa del esfuerzo que suponía caminar sobre ellos.</p><p>Eran un grupo pequeño. Junto a él estaba Marina, y, detrás de su madre, Caliban e Ishmael. Harbinger también había insistido en acompañarlos. En la vanguardia, y cerrando la marcha, iban los guardias del general Cortez y sus mejores cavadores de túneles.</p><p>--No podemos acercarnos más -susurró el jefe de cavadores por delante de ellos. Levantó la pata delantera y señaló al techo-. Aquí encima está la pirámide.</p><p>Fue como si de pronto Shade pudiera sentir el tremendo peso de la pirámide sobre su propia espalda, aplastándole. Toda esa piedra elevándose en la selva, y, dentro de ella, miles de Vampyrum.</p><p>--Empezad -ordenó Cortez.</p><p>Un pequeño equipo de cavadores consiguió pasar junto a Shade y Marina, e inmediatamente se pusieron a trabajar en el muro y en el techo. Shade vio asombrado con qué velocidad y eficiencia iban sacando barro del nuevo túnel, que pasaba de una rata a otra y que almacenaban más adelante, en el túnel principal, para no bloquear la retirada.</p><p>A pesar de la rapidez con la que trabajaban, Shade sentía como si cada uno de los latidos de su ansioso corazón marcara el tiempo perdido. El sol, cuando habían emprendido la marcha desde Statue Haven, parecía aún más marchito, con una inmensa mordedura creciente en uno de sus lados, como hecha por un enorme par de mandíbulas.</p><p>Los cavadores desaparecían ya en el nuevo agujero mientras el barro caía desde arriba sobre los que habían quedado atrás.</p><p>--Preparaos -les susurró Cortez a todos.</p><p>Shade buscó a Marina con los ojos, y ambos se miraron fijamente. Shade alargó el ala sin desplegarla y acarició con ella a Marina. Y de pronto tuvo miedo, un miedo como nunca había sentido: deseó que ella no estuviera allí, ni ella ni su madre. Una cosa era actuar solo, intentar salvar a su padre, salvar al sol, pero ahora todos sus seres queridos estaban allí, y podían terminar destruidos con él.</p><p>El pánico lo invadió. ¿Y si era todo un error, una gran equivocación? Ya se había equivocado antes. ¡Así había sido con el edificio humano! Quizá los estaba llevando a su destrucción, igual que a Chinook. ¿Era la voz de Céfiro lo que había oído en las alturas? ¿Estaba seguro? Todo eso acerca del sol, ¿hasta qué punto tenía sentido?</p><p>Abrió la boca para hablar y se dio cuenta de lo seca que la tenía. ¿Podía Marina ver el pánico en sus ojos?</p><p>--Estamos juntos -le dijo ella dulcemente-. Eso está bien.</p><p>--Sí.</p><p>--Adelante -ordenó Cortez.</p><p>Inmediatamente Shade se puso en marcha, agradecido por no tener que seguir pensando. Siguió a Cortez al interior del túnel. Era incluso más estrecho que el que habían dejado atrás, serpenteaba ajustadamente entre enormes bloques de piedra que los siglos habían ido separando, permitiéndoles pasar entre ellos. Notó que jadeaba y que le faltaba el aliento.</p><p>Ahora el pasadizo ascendía en una pronunciada pendiente y, mientras Shade subía por él, clavando las uñas en el suelo, un temblor de ondas sonoras recorrió la tierra bajo sus garras. El aire se llenó de polvo y Shade se detuvo, intentando reprimir la tos. Ahí estaba de nuevo, un segundo temblor, y a continuación una brisa casi imperceptible que venía de atrás, agitándole el pelo que le cubría la punta de las orejas.</p><p>--¿Oís eso? -susurró a Marina por encima del hombro.</p><p>--No -respondió ella, y luego más preocupada-: ¿qué?</p><p>--Silencio -tronó la voz enojada del general desde más adelante.</p><p>Pero Shade aún lo sentía: esas vibraciones en el aire y en el suelo a su alrededor. Eran tan débiles que fácilmente podría haberlas pasado por alto: pequeños remolinos que le acariciaban el pelo, pasando junto a él, deslizándose por las paredes y esbozando rápidas imágenes en su mente. Una larga serpiente emplumada, un jaguar de dos cabezas...</p><p>El corazón le galopaba en el pecho. Había visto esas imágenes antes, en sus sueños.</p><p>Y de pronto vio delante de él dos ojos abiertos, dos cortes gemelos en la oscuridad. Shade gruñó, conmocionado, y lanzó una descarga de sonido. Pero allí no había nada. Estaba imaginando cosas. Basta.</p><p>Pero el túnel volvió a temblar y esta vez todo el mundo lo notó.</p><p>--Es el peso de la piedra -oyó sisear a uno de los cavadores-. No me gusta. Aquí el suelo está blando.</p><p>Pero Shade sabía que no se trataba sólo del peso que tenían sobre sus cabezas. Había algo con ellos en el túnel, algo que podía deslizarse entre la roca, el aire y la tierra.</p><p>--¿Cuánto aguantará? -preguntó Cortez.</p><p>--Lo suficiente para que podamos terminar nuestro trabajo -dijo el jefe de cavadores-. Pero démonos prisa.</p><p>Shade oyó un golpe sordo de piedras entrechocando que procedía de más arriba.</p><p>--Ya hemos terminado -estaba diciendo el jefe de cavadores por encima de él-. Pero... no lo entiendo... -se produjo un silencio breve y deprimente-. Es una especie de cementerio...</p><p>Shade siguió al general Cortez y se deslizó como pudo entre dos enormes piedras, saliendo de pronto del túnel.</p><p>Huesos.</p><p>El túnel los había llevado a un mar de huesos. Estremeciéndose de asco, Shade comenzó a subir con grandes esfuerzos tras los demás por aquel inestable revoltijo. Un fémur de rata le golpeó en el ala y una calavera de murciélago le dio en la espalda. Había plumas por todas partes, alas de murciélago mutiladas, mechones de pelo momificado.</p><p>Shade llegó a la superficie, resbalando y tambaleándose a medida que ésta se movía debajo de él, y luego se concentró en ayudar a subir a Marina y a los demás. Un minuto más tarde estaban todos reunidos formando un grupo compacto, sosteniéndose precariamente en pie sobre el suelo de huesos.</p><p>--¿Es éste el lugar? -preguntó Cortez a Ishmael.</p><p>Shade se giró para mirar a Ishmael y vio que temblaba tanto que casi le fallaban las patas. Ishmael respondió con una inclinación de cabeza rápida y violenta, mudo de espanto.</p><p>El suelo de la larga cámara estaba completamente cubierto de huesos, testimonio de siglos de banquetes. El hedor que provenía de la putrefacción era intenso. Los huesos colocados en la superficie todavía mostraban una pátina brillante y de ellos aún colgaba algún músculo y algún tendón. Shade sintió un espasmo de miedo. ¿Estarían ahí los huesos de su padre, enterrados entre todo aquello?</p><p>Apartó la mirada de los huesos y barrió con sonido la estrecha cámara. Parecían encontrarse en el extremo opuesto. En las paredes situadas a ambos lados estaban los túmulos rectangulares de piedra que Ishmael había descrito, quizá una docena en cada pared, el más cercano a no más de cinco metros de distancia. Estaban decorados por fuera, tachonados de joyas y con figuras cinceladas que, con un escalofrío, Shade reconoció perfectamente: una serpiente emplumada, un jaguar negro. Fue elevando la mirada y casi soltó un grito, conmocionado.</p><p>Las paredes estaban hechas de cráneos.</p><p>Esta vez se trataba de cráneos humanos, amontonados unos encima de otros hasta el techo. Con su visión ecosonora, Shade vio llamear las cuencas de sus ojos y sus fauces abiertas como a punto de gritar: ¡Intruso! ¡Te vemos! ¡Te oímos!</p><p>Cortez estaba dando órdenes.</p><p>--Este túnel -dijo, señalando con la cabeza al pozo por el que acababan de ascender- es nuestra vida. Si lo perdemos, perdemos nuestra retirada. Quiero que esté bien vigilado -añadió, dirigiéndose a dos de sus guardias-. Señalad este punto, mantenedlo despejado y estad preparados para cuando volvamos.</p><p>--Sí, general.</p><p>--Quiero que dos guardias voladores vayan hasta el otro extremo de la cámara y se mantengan alerta. Tú y tú -dijo, señalando con la cabeza a Ariel y a Caliban.</p><p>Shade miró alarmado a su madre. La idea de que le separaran de ella...</p><p>--No acepto discusiones -dijo Cortez-. Necesito a dos murciélagos que puedan hacer lo que pido. Ishmael está demasiado débil, y de los jóvenes... -sus ojos fueron de Marina a Shade- no me fío. Demasiado impetuosos -volvió a mirar a Ariel y a Caliban-. Sois nuestra avanzadilla de alarma. Si veis que alguien o algo se acerca a la cámara, avisadnos.</p><p>--No te preocupes -le susurró Ariel a Shade-. Volveré. Por favor, haz lo que él diga.</p><p>--De acuerdo -dijo Shade, viendo cómo su madre se elevaba y se alejaba volando con sus silenciosas alas hacia el extremo más alejado de la cámara.</p><p>Cortez hablaba ahora con Ishmael.</p><p>--¿Recuerdas en qué túmulos estaban las ratas y los murciélagos?</p><p>El murciélago sacudió la cabeza.</p><p>--Lo siento.</p><p>--Muy bien -Cortez miró a Shade y a Marina-. Alzad el vuelo con Ishmael y volad sobre nosotros mientras nos movemos. Vosotros tres seréis mis ojos. Rastread los rincones oscuros. Si veis que algo se mueve, hacédmelo saber. Registraremos todos los túmulos por turno. Avanzad.</p><p>Shade agradeció poder abrir las alas y alzar el vuelo, alejándose así de los huesos. Se quedó cerca de Ishmael y de Marina mientras volaban en círculos sobre las ratas. Cortez y sus guardias parecían avanzar por los huesos sin tantas dificultades como él. Rápidos y ágiles, saltaban de un lugar a otro, dirigiéndose al primer túmulo de piedra.</p><p>Shade pasó volando a ras del túmulo con las orejas erguidas. Un lúgubre gorjeo se coló por la cubierta de piedra. Viró el rumbo y fue hacia Cortez.</p><p>--En ése hay buhos -dijo.</p><p>--Puedo olerlos -dijo uno de los guardias, arrugando la cara de asco.</p><p>--Sigamos -ordenó Cortez sin dudarlo.</p><p>Shade estuvo a punto de decir algo, pero Cortez le hizo callar con una mirada penetrante. Volvió a ver a Orestes alejándose por el cielo entre las garras del murciélago de la selva. Le parecía demasiado cruel dejarle morir cuando podían salvarle como a los demás.</p><p>--Muévete, Silverwing -dijo Cortez-. Tenemos poco tiempo.</p><p>Por delante de ellos, una de las ratas soldado gritó excitada:</p><p>--¡Los oigo!</p><p>Shade cruzó la cámara y, en cuanto descendió un poco, también él los oyó: chillidos amortiguados en el lenguaje de las ratas emanando del interior del túmulo de piedra. Shade encontró en el extremo opuesto al túmulo la puerta bloqueada que Ishmael había descrito.</p><p>--Aquí -gritó, colocándose con Marina junto a la puerta. Las ralas los alcanzaron en seguida. La puerta era una piedra redonda rudamente tallada y de enorme grosor. Estaba encajada entre cornisas acanaladas por encima y por debajo, y en el centro tenía un estrecho agujero que encauzaba el sonido de las ratas.</p><p>El general Cortez se incorporó sobre sus patas traseras, pegó la cara al agujero y dijo:</p><p>--Hemos venido a liberaros. Guardad silencio.</p><p>--Tendría que haber un palo -estaba diciendo Ishmael-, para abrirla.</p><p>Shade escudriñó el suelo lleno de huesos en busca de un palo que fuera lo suficientemente delgado para entrar en el agujero.</p><p>--¿Es eso? -preguntó Marina. Shade se dio la vuelta y siguió la mirada de Marina hacia lo alto del muro, hasta las filas de cráneos humanos. Vio un palo largo y resistente que se sostenía en perfecto equilibrio sobre una fila de dientes esqueléticos.</p><p>--Vamos a por él -dijo Marina ya en pleno vuelo seguida de Shade. A Shade no le gustaba acercarse tanto a los cráneos y volvió a tener la misma inquietante premonición que había tenido con anterioridad: había una presencia en la sala que los vigilaba. Él y Marina cogieron los extremos opuestos del palo con las garras y lo bajaron con cierta dificultad hasta el túmulo de piedra.</p><p>Cortez y sus ratas se hicieron con él y lo introdujeron en la piedra redonda.</p><p>--Hacedla rodar -gruñó el general, y cuatro ratas se colocaron en fila sobre sus patas traseras y empujaron con todas sus fuerzas. La piedra siguió sin moverse durante unos largos segundos y entonces, con un sordo rugido, empezó a rodar. Rodaba más rápido a medida que ganaba impulso y, en cuestión de segundos, la entrada quedó despejada.</p><p>Sin perder un instante, las ratas salieron desbandadas, aún presas de la incredulidad. Había docenas de ellas, la mayoría jóvenes o viejas, víctimas fáciles para los murciélagos de la selva, aunque había también unos cuantos soldados fuertes claramente debilitados después de tanto sufrimiento. El general Cortez se había puesto de pie y movía los ojos de una rata a otra, buscando. Entonces Shade vio cómo se le iluminaba la cara, caía sobre sus cuatro patas y se lanzaba entre la multitud.</p><p>--Mi hijo -dijo Cortez, pegando la cara a la del joven macho.</p><p>Shade los miró, atónito, y deseó desesperadamente vivir él también ese momento.</p><p>Cuando la última rata estuvo fuera del túmulo, Cortez no perdió el tiempo. Se dirigió a dos de sus guardias.</p><p>--Ahora escoltadles de regreso al túnel.</p><p>Entonces les dijo a Shade y a Marina:</p><p>--Y ahora encontremos a vuestros amigos y salgamos de este lugar de destrucción.</p><p>De nuevo en el aire, Shade dibujó amplios arcos por todo el ancho de la cámara con las orejas bien abiertas y girándolas en busca de cantos de murciélago.</p><p>--Creo que es ahí -dijo Ishmael a su lado, inclinando la barbilla.</p><p>Shade giró y descendió hacia el túmulo, pero ni siquiera cuando rozó el techo pudo oír el menor chillido.</p><p>--Sí -dijo Ishmael-. Estoy seguro de que es éste.</p><p>--Busca la puerta -dijo Marina.</p><p>La puerta estaba situada uno de los extremos, pero la piedra ya había sido desplazada del todo, dejando libre la entrada.</p><p>--No puede ser -dijo Shade, aterrizando.</p><p>--No -susurró Ishmael horrorizado-. Es aquí. Recuerdo las marcas que hay encima de la puerta.</p><p>Presa del pánico, Shade asomó la cabeza por la entrada. Lanzó sonido y vio que la cámara estaba efectivamente vacía. Pero su olfato le dijo aún más. Podía oler el calor de los murciélagos, y las paredes de piedra ensangrentadas y desconchadas todavía conservaban el eco de sus gritos.</p><p>Salió enloquecido del túmulo con tanta prisa que chocó con Marina.</p><p>--¡Estaban aquí hace un momento!</p><p>Ishmael seguía aún en el aire, incapaz de acercarse más a su antigua prisión.</p><p>--Deben de haberlos llevado arriba -dijo. El resto quedó suspendido en el aire, silenciado. Arriba, al templo. Arriba, al sacrificio.</p><p>--¿Qué ocurre? -preguntó el general Cortez, alcanzándolos y frunciendo al ceño al ver la puerta abierta.</p><p>--Demasiado tarde -jadeó Shade-. Hemos llegado demasiado tarde. ¡Tenemos que ir tras ellos!</p><p>--No -dijo Cortez-. Eso es imposible.</p><p>--¡Tú has recuperado a tu hijo! -dijo Shade-. Deja que yo recupere a mi padre.</p><p>Durante un instante pareció que el general vacilaba, pero su rostro se endureció casi inmediatamente.</p><p>--Recuerda lo que dije antes. No lanzaremos un ataque. Has hecho todo lo que has podido. Ya es demasiado tarde para ellos. ¡Lo siento, pero nos retiramos ahora! Ve a decírselo a Caliban y a tu madre. Nos vamos.</p><p>Un rugido sordo y subterráneo sacudió la cámara, y con él todos los huesos que cubrían el suelo chocaron con espantoso estrépito unos contra otros. Del techo empezó a llover barro y luego un leve suspiro atravesó el aire, erizando el pelo de Shade.</p><p>--¿Qué ha sido eso? -dijo Marina, elevándose del suelo con cautela.</p><p>--Un terremoto -respondió Cortez-. Deprisa, retirada.</p><p>Pero Shade sabía que no se trataba de un simple terremoto. La presencia que desde el principio había notado junto a ellos se estaba dando a conocer. Alzó la vista, miró hacia las tinieblas de la alta cámara y le pareció ver abrirse un par de ojos, que en seguida se cerraron, desapareciendo en la oscuridad.</p><p>Dos jadeantes ratas soldado se acercaron cojeando a ellos con el pelo cubierto de barro y el rostro manchado de sangre.</p><p>--¡General, el túnel!</p><p>--Derrumbado -refunfuñó la otra rata-. No sé qué ha ocurrido. Hubo un ruido como de agua corriendo y entonces el techo empezó a hundirse y no pudimos hacer nada. Hemos perdido la boca del túnel por completo. Tres de los nuestros quedaron enterrados vivos cuando cayó.</p><p>--¿Alguno logró salir? -preguntó Cortez rápidamente.</p><p>--Puede que la mitad; quizá se encuentren a salvo en el otro lado, pero todos los demás están dentro de la cámara.</p><p>--¿Mi hijo? -preguntó Cortez.</p><p>--Está vivo, pero no llegó al túnel. Sigue aquí con nosotros. Los cavadores ya se han puesto manos a la obra e intentan volver a abrir el pasadizo.</p><p>Shade tragó saliva. La retirada había quedado cortada. Estaban atrapados ahí dentro. Los flancos de Ishmael se hincharon frenéticamente intentando tomar aire; la idea de morir allí era demasiado para él.</p><p>--Hay que salir de aquí -dijo con una voz que sonó peligrosamente estridente-. ¡Tenemos que conseguirlo!</p><p>--Tranquilo -le dijo Marina suavemente, intentando calmarle-. Conseguirán abrir un túnel, no te preocupes.</p><p>--Voy a buscar a mamá y a Caliban -le dijo Shade a Marina-. Tú ve a la boca del túnel.</p><p>Marina le miró muy atentamente.</p><p>--Piensas volver, ¿no?</p><p>--Sí.</p><p>--¿Shade?</p><p>--Volveré.</p><p>--Porque si vas a alguna parte, no será sin mí.</p><p>--Tranquila -le dijo Shade, elevándose y volando bajo a través de la cámara hacia su extremo más alejado, donde una pálida cortina de luz cortaba levemente la oscuridad. No se atrevió a gritar, sino que se limitó a usar su visión ecosonora, barriendo con ella las paredes y el techo en busca de su madre.</p><p>Allí estaba, volando hacia él a una velocidad suicida con Caliban a su lado.</p><p>--¡Vienen hacia aquí! -dijo Caliban-. Tenemos que salir ahora.</p><p>El pánico aceleró los latidos del corazón de Shade. Viró de golpe y atravesó con ellos a toda velocidad la cámara en dirección opuesta.</p><p>--¿Le han encontrado? -jadeó su madre, y Shade supo que se refería a Cassiel.</p><p>--No -respondió sin rodeos-. Hemos llegado demasiado tarde. Ya no están.</p><p>Ariel no dijo nada y siguió volando. Para entonces todos se habían reunido ya en el extremo de la cámara por donde habían entrado. Las ratas que habían sido liberadas se encogían de miedo mientras los cavadores de Cortez que quedaban con vida intentaban abrir una nueva salida.</p><p>--¡Los murciélagos de la selva vienen hacia aquí! -dijo Caliban.</p><p>--¿Cuántos? -preguntó Cortez.</p><p>--Muchos -dijo Ariel-. Vienen de arriba, de la escalera de caracol. Les disparé sonido y lo único que vi fueron dientes y alas.</p><p>--Vienen a por más víctimas -dijo Ishmael.</p><p>Cortez bajó los ojos hacia el pozo de huesos.</p><p>--¿Cuánto tardaréis?</p><p>--Diez minutos.</p><p>--Estarán aquí dentro de un minuto -dijo Caliban.</p><p>Shade miró al general.</p><p>--Tenemos que liberar a los buhos.</p><p>--¡Se quedarán donde están! -dijo Cortez, enseñándole los dientes-. ¡No pienso dejar que los buhos acaben conmigo!</p><p>--¡Si luchan con nosotros al menos tendremos alguna posibilidad! Conozco a uno de ellos, ¡deja que hable con él!</p><p>Shade miró hacia el extremo opuesto de la cámara, proyectando sonido lo más lejos que pudo, a la espera de ver el primer destello plateado de alas de murciélago gigante.</p><p>--No nos queda mucho tiempo -dijo.</p><p>--Tiene razón, general -intervino Caliban-. En este momento necesitamos aliados. Las ratas, en su mayoría, están demasiado débiles para luchar.</p><p>Cortez encrespó los bigotes, contrariado.</p><p>--En ese caso, démonos prisa, pero sólo si acceden a respetar nuestra tregua -concedió, señalando con la cabeza a dos de sus guardias-. Venid con nosotros.</p><p>Shade abrió la marcha hacia el túmulo de piedra donde estaban encerrados los buhos. Marina encontró el palo colocado sobre una fila de cráneos y ayudó a Shade a llevarlo hasta el agujero.</p><p>Con las ratas empujando sobre sus patas traseras y Shade, Marina y Ariel impulsándola con la alas, la puerta de piedra no tardó en moverse.</p><p>--¡Alto! -gritó Cortez cuando se hubo abierto sólo una pequeña ranura-. Habla con tu amigo, Silverwing.</p><p>--¡Orestes! -gritó Shade al interior del túmulo.</p><p>Esperó a que se calmaran los ululatos de asombro, deseando desesperadamente que Orestes siguiera con vida. No tenía la menor idea de cómo hablar con los demás buhos y convencerlos para que accedieran a una tregua.</p><p>--¿Quién eres? -dijo la voz de Orestes, y Shade vio la mitad de su rostro pegada a la rendija-. ¿Shade Silverwing?</p><p>--Vamos a dejaros libres, pero tienes que hacer prometer a los demás que no nos atacarán, ni a nosotros, los murciélagos del norte, ni a las ratas. No tenemos mucho tiempo, Orestes.</p><p>Shade pudo oír a Orestes hablando aceleradamente en el interior de la prisión en un lenguaje de buhos para él totalmente irreconocible. Un instante más tarde, Orestes había vuelto a la rendija.</p><p>--Tienes su palabra -le gritó Orestes.</p><p>Shade miró a Cortez y éste asintió.</p><p>--¡Abridla del todo! -gritó el general, e hicieron rodar la piedra hasta el fondo.</p><p>Orestes asomó por la entrada.</p><p>--Gracias -dijo.</p><p>--No, tendréis que pelear para poder salir -le dijo Shade a toda prisa.</p><p>--Nos habéis dado una nueva oportunidad de seguir con vida -dijo Orestes.</p><p>--¡Tenemos un enemigo común! -gritó el general Cortez mientras los buhos empezaban a salir a empujones del túmulo de piedra-. Los caníbales han violado todas las leyes de la selva, han capturado a más de los que necesitaban para oficiar sus oscuros sacrificios. Nos han robado a nuestros pequeños, a nuestros compañeros y compañeras. ¡Que cada uno haga lo que pueda para sobrevivir!</p><p>Shade nunca hubiera imaginado que se alegraría de ver a tantos buhos, pero así fue mientras éstos emergían a docenas a la cámara. Aunque muchos todavía tenían el suave plumaje de los jóvenes, su enorme estatura, sus picos ganchudos y sus pechos musculosos le tranquilizaron. ¡Ahora sí tenían alguna posibilidad de presentar batalla!</p><p>Shade oyó a lo lejos el discordante batir de numerosas alas.</p><p>--Se acercan -dijo.</p><p>--¿Es ésa la única salida? -preguntó un gran buho macho que tenía una corona blanca y brillante alrededor de cada ojo.</p><p>--Entramos cavando un túnel desde el este -dijo Cortez-, pero el túnel se ha derrumbado, cortándonos la retirada. Aunque logremos volver a abrirlo, me temo que no será lo bastante grande para vosotros.</p><p>--Que así sea -dijo el buho-. Para nosotros sólo hay una salida. Lucharemos contra ellos de frente. Que la suerte nos acompañe.</p><p>Shade lanzó sonido hacia la distancia y contuvo el aliento. Un áspero batir de alas y de dientes se aproximaba hacia ellos. Pero sobre su cabeza un sibilante ruido desvió su atención.</p><p>--¿Has oído eso? -le preguntó a Marina.</p><p>Marina miraba hacia arriba, confundida.</p><p>--¿Qué es? -exigió saber Cortez.</p><p>--No lo sé... -respondió Shade-. No veo nada.</p><p>Pero lo sabía, sabía que estaban siendo vigilados. Ahora podía casi oír su respiración. Sus ojos se dirigieron instintivamente a las filas y filas de cráneos humanos. ¿Podían estar vivos por obra de algún conjuro infernal, con las bocas a punto de gritar y los ojos encendidos?</p><p>Sus ojos.</p><p>Tras las cuencas sin vida de los cráneos había ojos auténticos. Y luego una oscura sombra moviéndose. Pelo, el destello de un ala curtida.</p><p><emphasis>Nos vigilan desde que llegamos.</emphasis></p><p>--¡Están en los cráneos! -gritó Shade.</p><p>De las mandíbulas abiertas asomaron cabezas y largos hocicos. Cuerpos grandes y húmedos salieron arrastrándose por ellas. Los murciélagos caníbales desvelaron su presencia, aferrándose a la superficie de los cráneos y desplegando sus enormes alas. Se elevaban, volando en círculos en lo alto de la cámara a medida que su número iba aumentando hasta formar un turbio nubarrón de tormenta.</p><p>--Mirad, más huesos que añadir a los huesos -oyó decir Shade a uno de ellos con la voz pegajosa de flema.</p><p>Cuando atacaron, lanzándose sobre ellos como negros relámpagos, Shade se dio cuenta de que jamás había visto ni imaginado nada semejante. Todo su mundo se contrajo hasta quedar reducido a los centímetros que rodeaban su cuerpo mientras viraba y daba vueltas en un intento por esquivar fauces babeantes y garras curvadas.</p><p>Oyó un poderoso batir de alas y supo que debía de tratarse de los buhos, que en ese momento comenzaban su ataque. El ruido era indescriptible. Los chillidos, el reverberante zumbido de mil alas en acción, los gritos de dolor... todo ello se dibujaba en su mente, nublándole la visión ecosonora. Era como volar a ciegas.</p><p>Estaba solo. ¿Dónde estaba Marina? ¿Y Ariel? A su alrededor las alas destellaban por doquier. Algo le azotó y Shade lo mordió, y lo que fuera giró y se alejó.</p><p>Vio cómo su madre era arrastrada por el aire entre las garras de un caníbal, y sus miradas se cruzaron durante un segundo, pero no había nada que decir, nada que él pudiera hacer, porque en ese momento sintió que unos dientes le mordían la cola y sólo logró seguir los impulsos de su cuerpo y soltar un capirotazo e inclinarse y lanzarse en picado para seguir con vida.</p><p>--¡Bajo los huesos! -oyó gritar a alguien. Y luego de nuevo-: ¡Bajo los huesos!</p><p>Y entonces se dio cuenta de que era Cortez. Shade se inclinó lateralmente al virar y vio a las ratas escabullirse bajo el mar de huesos en busca de refugio, abriéndose paso lentamente hacia la boca del túnel. Se zambulló y se sumergió bajo la superficie, protegiéndose la cara con las alas cuando los huesos empezaron a golpearle.</p><p>Abrió los ojos, se quedó quieto e intentó orientarse.</p><p>Un par de garras hurgaron entre los huesos, apartando fémures y cráneos, intentando hacerle salir. Shade siguió escabullándose, sumergiéndose aún más. Vio pelo, y un cuerpo delante de él.</p><p>--¡Hey! -siseó.</p><p>Era Caliban.</p><p>--Volvemos al túnel -susurró el mastín, haciendo grandes esfuerzos por seguir avanzando. Shade vio que tenía el ala derecha gravemente herida-. Es nuestra única posibilidad. Tenemos que cavar para salir de aquí.</p><p>--¡Han cogido a mi madre!</p><p>--¡Ve hacia el túnel! -dijo Caliban, negándose a mirarle a los ojos.</p><p>--¿Dónde está Marina?</p><p>--No lo sé.</p><p/><p/><p>Marina temblaba violentamente entre los huesos con la mirada fija en el espacio en el que, sólo un segundo antes, había estado Ariel. Había visto cómo las garras aparecían y se clavaban en los hombros de Ariel para levantarla luego en el aire y alejarse con ella. A su lado resonaron más huesos y vio garras clavándose a su alrededor. Ella sería la siguiente.</p><p>--¿Dónde estaba Shade?</p><p>Sus ojos se fijaron en un fémur astillado cuyo extremo terminaba en una punta muy afilada. Apretó los dientes y lo agarró entre sus antebrazos. De pronto, delante de ella se abrió un agujero enorme y Marina retrocedió. El murciélago caníbal batió las alas sobre su cabeza y luego las plegó, preparado para caer sobre ella.</p><p>Marina hizo girar el hueso astillado justo a tiempo y el murciélago de la selva quedó empalado en la punta, cayéndole encima. Sus fauces seguían mordiendo compulsivamente y Marina se apartó rápidamente antes de que los dientes se le clavaran en el ala.</p><p>--¡Hemos abierto el túnel!</p><p>La voz viajó entre los huesos. Era Cortez, no muy lejos de allí. Sólo unos cuantos minutos más y le daría alcance.</p><p>--¡Hemos abierto el túnel! ¡Retirada!</p><p>Pero ¿dónde estaba Shade?</p><p/><p/><p>Shade oyó a Cortez llamar a retirada y vaciló, intentando tomar aire. Retirada. Abandonar a su padre, a su madre. Y ¿qué pasaba con el sol? ¿Habían al menos salvado al sol?</p><p>--¡Retirada! -siseó Caliban por encima del hombro-. ¡Vamos, Silverwing, has hecho lo que has podido!</p><p>De repente Ishmael estaba a su lado.</p><p>--¿Te vas? -preguntó Ishmael.</p><p>--No.</p><p>--Yo tampoco. No volveré a abandonar a mi hermano.</p><p>--¿Podemos llegar a la cumbre?</p><p>--Hay algunas grietas en la piedra, sé dónde están -dijo Ishmael-. Así es como sobreviví. Pero primero necesitamos llegar a la escalera de caracol.</p><p>--Tú encuentra el camino y yo me aseguraré de que logremos llegar.</p><p>--¿Cómo?</p><p>--Con sonido. Nos hará invisibles. No me preguntes cómo, sólo vuela.</p><p>Se miraron y atravesaron la superficie del mar de huesos con las alas abiertas, batiéndolas con fuerza.</p><p>La escena era todavía un caos indescriptible: buhos y murciélagos golpeándose en el aire, plumas sueltas dando vueltas en una densa niebla.</p><p>--No te separes de mí -le dijo a Ishmael.</p><p>Cantó a su alrededor un velo de oscuridad, una escurridiza oleada de sonido que desviaba los ecos de otros murciélagos. Ishmael y él eran casi invisibles. No era perfecto: el sonido se escapaba por las costuras de su frágil concha, pero en mitad de aquel caos les bastaba para volar a través del campo de batalla aéreo casi totalmente inadvertidos.</p><p>Subieron cada vez más, directamente hacia el techo de la cámara, y una vez allí volaron pegados a él. Las puntas de las alas de Shade rozaban la piedra al avanzar. Los murciélagos caníbales pasaban en bandadas por su lado, entrando en la cámara, y Shade vio unos cuantos buhos luchando valientemente abajo, intentando abrirse camino hacia el largo túnel que los llevaría de regreso a la selva. Deseó con todas sus fuerzas que lo consiguieran.</p><p>Pero prácticamente toda su energía estaba concentrada en su manto de invisibilidad y apenas le quedaba tiempo para respirar.</p><p>--Aquí es -dijo Ishmael.</p><p>Habían llegado a unos escalones que subían en pronunciada espiral, pero el camino quedó instantáneamente bloqueado por más caníbales que bajaban en tropel.</p><p>--Ahora por aquí -dijo Ishmael y se lanzó hacia el muro. Shade le siguió, pestañeando al meterse por una estrecha grieta entre dos piedras.</p><p>Shade espiró y su manto de invisibilidad se deshizo.</p><p>--Sígueme -dijo Ishmael.</p><p>La grieta era sofocantemente estrecha, y Shade se deslizaba por ella sobre el estómago, ascendiendo más y más tras Ishmael. Filamentos de luz se filtraban por las grietas y Shade fue consciente de que debían de estar acercándose a la cumbre de la pirámide.</p><p>--Aquí, aquí -susurró Ishmael.</p><p>El pasadizo se abrió de golpe y ante él Shade vio dos agujeros redondos por los que la mortecina luz del día entraba a raudales. Después de la oscuridad, resultaba casi cegadora, pero el corazón se le aceleró. El sol seguía allí. No había muerto. No había sido eclipsado. Todavía.</p><p>Vio que estaba encaramado sobre un material blanco y calcáreo que no era piedra y dio un respingo al darse cuenta de que estaba dentro de un cráneo humano. Los agujeros eran las cuencas de los ojos y debajo estaban los dientes apretados.</p><p>Movió la cabeza hasta la cuenca de uno de los ojos y miró por ella.</p><p>Lo primero que vio fue una abertura circular en el techo alto y, justo en su centro, estaba el sol o lo que quedaba de él. Casi podía verlo consumirse, devorado por la oscuridad. Tan menguado estaba que casi no necesitaba apartar la vista, aunque sintió que debía hacerlo. Era como mirar algo que agonizaba, y le aterró.</p><p>La cámara era rectangular. Una luz débil jugaba sobre las imágenes esculpidas en los muros de piedra. No le sorprendió lo más mínimo ver la serpiente emplumada, el jaguar, la mantis de dos cabezas. Y en cada uno de los rincones de la sala, un ojo como una cuchillada, vigilante.</p><p>Miró hacia abajo. Directamente bajo la abertura circular del techo había un disco de piedra enorme, cuya superficie estaba cubierta de docenas de murciélagos del norte con las alas desplegadas y sujetas al suelo por los caníbales. Había más murciélagos apostados alrededor de la Piedra, asidos por guardias.</p><p>--Mi hermano -oyó susurrar a Ishmael a su lado-. ¡Le veo!</p><p>Shade recorrió con los ojos los murciélagos que se encontraban tendidos sobre la piedra, a punto de ser sacrificados. ¿Dónde está Chinook? ¿Y Ariel? ¿Dónde está mi padre? Pero no pudo seguir mirando porque Goth pasó volando bajo por encima de la piedra.</p><p>Shade lo reconoció al instante: el anillo negro en el antebrazo, el corte de sus alas, la cresta de pelo sobre su enorme cráneo. Otro murciélago volaba a su lado. Se trataba de un ejemplar mucho más viejo y encorvado que parecía preocupado por el sol que se veía a través de la abertura.</p><p>--¡Empecemos! -rugió Goth.</p><p>--Todavía no -dijo el otro-. Debemos esperar hasta que el sol se haya extinguido del todo. Recuerda las palabras de Zotz. Cien durante la oscuridad del eclipse. ¡Si empezáramos ahora estaríamos desperdiciando unos corazones preciosos!</p><p>--¿Han sido ya capturados los intrusos? -gritó Goth a un guardia que acababa de subir volando por el hueco de la escalera de caracol que desembocaba en el suelo de la cámara.</p><p>--Todavía no, rey Goth. Pero los tendremos dentro de poco.</p><p>--Si nos falta aunque sea uno para llegar a los cien, ¡tú mismo suplirás la ofrenda perdida! ¡Ahora traedme a las ratas y a los buhos! ¡Vamos a empezar!</p><p>Cien víctimas y Zotz sería liberado del Inframundo. Shade miró al sol angustiado. Ya no era más que una delgada franja, un hilo de luz colgante. Vio cómo se oscurecía el cielo y a bandadas de pájaros regresando disparados a sus nidos, horrorizados ante aquella noche prematura. ¿Cuánto duraba el eclipse? Si de algún modo consiguiera retrasar los sacrificios...</p><p>El sol se apagó.</p><p>Shade no estaba preparado para aquel momento de total oscuridad. El cielo apenas se adivinaba; no había estrellas ni luna. Era como si le hubieran arrancado los ojos de sus órbitas.</p><p>La voz de Goth llenó el aire húmedo.</p><p>--A ti, Zotz, te ofrezco este primer sacrificio, y así darte la fuerza para que entres en nuestro mundo y reines para siempre en la oscuridad.</p><p>No se oyó ningún grito, sólo un terrible desgarrón y un crujir de huesos.</p><p>Había dado comienzo.</p><p>Y Shade supo que en ese momento, en aquella total oscuridad, estaba su única posibilidad.</p><p/><p/><p/><p/><subtitle><strong>_____ 15 _____</strong></subtitle><subtitle><strong>METAMORFOSIS SONORAS</strong></subtitle><p/><p>Se transformó en buitre.</p><p>Shade dejó la mente en blanco y se forjó un nuevo cuerpo con sonido. Unas alas emplumadas se elevaron desde su pecho hinchado, se le alargó el cuello y su rostro se convirtió en el de un buitre con pequeños ojos malévolos y un pico corto y terriblemente afilado.</p><p>Se precipitó, inmenso, en la cámara mientras cada una de sus cuerdas vocales prolongaba la ilusión una y otra vez. No logró disimular su olor a murciélago. Un buen olfato lo descubriría al instante, pero ¿quién se atrevería a acercarse tanto? Y, mientras no hubiera luz, nadie podría tomarle por lo que realmente era: un asustado enano Silverwing.</p><p>Dio vueltas alrededor de la cámara con sus alas ecosonoras de más de tres metros de longitud, y por debajo de él se desató el pánico entre los guardias caníbales. Estaba medio enloquecido, se sentía invencible. Era un buitre. Voló hacia los murciélagos de la selva con el pico totalmente abierto. Veía las cosas sólo vagamente: apenas eran pinceladas de sonido en su mente. Tenía que reservar algunos ecos para su propia visión, de manera que estaba medio ciego mientras recorría la cámara en vuelo inclinado.</p><p>Allí: un guardia caníbal retrocediendo horrorizado, soltando a su prisionero al tropezar.</p><p>Más allá: un murciélago del norte inesperadamente liberado alzando el vuelo sin perder un segundo, dirigiéndose hacia la abertura circular. ¡Fuera, había salido, lo había conseguido!</p><p>Y allí: Goth, dando vueltas cerradas en el aire, lanzándole a él, el buitre gigante, puñales de sonido.</p><p>--¡Estamos perdiendo tiempo! -oyó gritar encolerizado a un murciélago de la selva-. ¡Continuad con los sacrificios o perderemos el eclipse!</p><p>Shade voló más bajo, bombardeando a los caníbales que rodeaban la enorme piedra circular, intentando asustar a todos los que pudiera. Ahora toda la cámara se había convertido en un absoluto caos alado mientras los aterrados murciélagos, los caníbales y los del norte, se agitaban en el aire.</p><p>¡Volad!, gritaba Shade para sus adentros. ¡Todos vosotros! ¡Volad ahora! ¡Chinook, mamá, papá!</p><p>--¡Es sonido! ¡Sólo sonido!</p><p>El furioso grito reverberó por toda la sala y Shade reconoció en seguida la voz de Goth.</p><p>--¡No es ningún buitre! ¡Hay un farsante entre nosotros! ¡Guardias, quedaos junto a la Piedra! ¡Sujetad bien vuestras ofrendas!</p><p>¿Dónde estaba Goth? Shade dio vueltas, alarmado, intentando localizarle, y su buitre fue desvaneciéndose en pleno aire debido al pánico que le atenazaba: empezó a mudar el ala izquierda, que se le debilitó patéticamente, y las garras se le deshacían como se deshace un cadáver en descomposición.</p><p>Goth se abalanzó desde arriba, apuntando al cuello del buitre, y voló a través de él, esparciendo pequeñas perlas de sonido a su paso.</p><p>--¡Ya lo veis! -rugió Goth-. ¡Aquí no hay nada!</p><p>Shade notó cómo la ilusión se hacía añicos e intentó desesperadamente reconstruirla, pero ya era demasiado tarde. Goth la había agujereado con las garras y ahora todo el sonido que con tanto esmero había congregado saltó en pedazos, haciendo estallar al buitre, que se dispersó por la cámara.</p><p>El estallido causó suficiente distracción para que Shade pudiera escapar y colgarse del techo, de nuevo pequeño, intentando encogerse aún más. Al menos había recuperado totalmente la visión. Disparó ecos y la cámara al completo apareció de golpe, cristalina ante sus ojos.</p><p>Se le encogió el corazón. Aún quedaban muchos murciélagos en poder de los caníbales en la Piedra y en el suelo. Vio cómo el viejo murciélago encorvado de la selva se erguía, se inclinaba sobre una de sus víctimas y la desgarraba con las garras y los dientes. Sus movimientos eran frenéticos, desesperados. Cuando volvió a incorporarse, tenía un corazón entre los dientes. Pisoteó al pasar el cuerpo descuartizado y sin vida hacia su siguiente víctima angustiada.</p><p>El viejo caníbal se elevaba ya para volver a atacar cuando un feroz Silverwing se lanzó contra su encorvada espalda y lo tumbó. Shade tardó un poco en reconocer en él a Ishmael, que en ese momento se abalanzaba, convertido en un amasijo de chillidos y de siseos, sobre uno de los guardias que sujetaban a la víctima que iba a ser sacrificada.</p><p>--¡Vuela! -chilló Ishmael al otro murciélago-. Vuela, hermano.</p><p>El hermano de Ishmael consiguió liberarse de un tirón de los guardias y echó a volar, cada vez más alto, e Ishmael intentó lanzarse tras él. Cuando había empezado a elevarse, fue arrastrado de nuevo a la Piedra por la cola, que había sido apresada por el viejo caníbal. Con un rabioso zarpazo, la garra del caníbal abrió de par en par el pecho de Ishmael, que se desplomó sin vida.</p><p>Shade se quedó helado de espanto al verlo. Sintió como si un par de garras se le estuvieran clavando en el corazón, y de pronto fue consciente de que gimoteaba. Cerró la boca y se obligó a apartar la mirada de Ishmael. Pero lo que vio a continuación casi le hizo soltar un grito. Ahí estaba Chinook y, no lejos de él, su madre, ambos sobre la Piedra, ambos entre las víctimas que iban a ser sacrificadas por el caníbal. En un mometo morirían.</p><p>Entonces alzó la mirada y vio a Goth precipitándose sobre la Piedra, presto a empezar su oscuro asesinato.</p><p>Shade se descolgó y se lanzó tras él y, mientras volaba, se modeló un nuevo disfraz, éste más sencillo, más familiar, que le sentó como una segunda piel.</p><p>Era Goth.</p><p/><p/><p>Marina gateó enloquecidamente por el túnel de las ratas hasta alcanzar al general Cortez.</p><p>--¡Shade ha subido a la cumbre! ¡No podemos dejarle!</p><p>--Ha tomado su decisión. ¡La nuestra es seguir con vida!</p><p>--¡No puedes hacer esto! -gritó Marina-. ¡También tienen a Ariel! Él ayudó a tu hijo. ¡No le habrías recuperado sin su ayuda!</p><p>Indignada, le dio la espalda al general de las ratas y, fuera de sí, empezó a arañar el techo del túnel mientras el polvo se mezclaba con las lágrimas de sus ojos. Ni siquiera sabía lo que hacía. Lo único que sabía era que tenía que salir a la superficie y llegar a la cumbre de la pirámide, donde los habían llevado para matarlos.</p><p>Notó una pata en el hombro que tiró de ella hacia atrás con firmeza, apartándola del techo del túnel.</p><p>--Provocarás un alud de barro -dijo Cortez con sorprendente suavidad.</p><p>Marina se liberó bruscamente y volvió a rastras hasta el agujero que estaba intentando cavar. De nuevo Cortez tiró de ella hacia atrás, y Marina le gritó, aunque sus palabras apenas se entendieron. Entonces vio con la vista nublada cómo Cortez hacía una señal con el mentón a dos de sus ratas cavadoras y éstas continuaron lo que Marina había empezado, poniendo a trabajar sus poderosas patas.</p><p>--Muy bien. Regresamos -dijo Cortez.</p><p/><p/><p>Shade bajó en picado hasta plantarse frente a Goth y batió las alas, desafiante. Goth levantó la mirada con una mueca de fastidio y la confusión convulsionó su rostro. Su dilatada nariz se clavó en el aire cuando se echó hacia atrás para ver a su gemelo. Se le abrieron las fauces, pero de ellas escapó sólo un silbido.</p><p>--¡Impostor! -gritó Shade, destrozándose las cuerdas vocales para que su voz sonara más grave-. ¡Guardias, detened al embaucador antes de que nos haga perder más tiempo!</p><p>--¡No! -silbó Goth-. ¡Tú eres la mentira!</p><p>--¡No! -rugió Shade, arrojando sonido con todas sus fuerzas. Vio cómo se le abría a Goth el pelo del pecho por el impulso y cómo era empujado varios centímetros hacia atrás en el aire-. ¡Observad mi poder! ¿Podéis acaso dudar de mí? -gritó Shade a los guardias, que los miraban consternados-. ¡Soy el rey!</p><p>En el rostro de Goth la sorpresa dio paso a una furiosa indignación.</p><p>--Eres tú... -silbó-. ¡Shade!</p><p>--Guardias -gritó Shade-. ¡Apresad al impostor y haré con él nuestro próximo sacrificio!</p><p>Vio a cuatro caníbales lanzarse al aire con las garras totalmente abiertas para atrapar al rey. Pero, justo cuando estaban a punto de darle alcance, Goth se abalanzó sobre Shade con las fauces prestas a cerrarse y a desgarrar. Shade le esperaba y le esquivó con una pirueta, enviando a Goth hacia lo alto de la cámara en una cerrada espiral.</p><p>Sabía que era sólo cuestión de tiempo que Goth se apoderara de la ilusión y la hiciera añicos con las garras, pero cada segundo que pasaba la confusión aumentaba, más tiempo tenían los demás para escapar y menos tiempo tenían los caníbales para llevar a cabo sus sacrificios en la oscuridad del eclipse.</p><p/><p/><p>Desde el momento en que el sol había sido engullido por la total oscuridad, la mente de Voxzaco se había convertido en un reloj con el que llevaba la cuenta atrás de los segundos del eclipse. Cuatrocientos cincuenta segundos... cuatrocientos veinticinco...</p><p>Sólo habían sacrificado ocho corazones antes de que el buitre creado con ecos asustara a los guardias. Y ahora, encima de él, Voxzaco veía a dos Goths persiguiéndose en círculos sobre la Piedra y docenas de guardias indecisos, intentando discernir cuál de los dos era el auténtico rey, sin atreverse a clavar sus garras en ninguno de ellos.</p><p>Tiempo, tiempo. Los segundos pasaban y no habría tiempo suficiente.</p><p>El templo era un mar de confusión. Los guardias estaban aterrorizados. Algunos habían llegado a abandonar definitivamente sus puestos.</p><p>Voxzaco estaba seguro: a esas alturas nunca serían capaces de sacrificar los restantes cien corazones en honor a Zotz. Habían perdido demasiado tiempo. Y habían sido demasiadas las ofrendas que habían logrado escapar. Las había visto huir mientras los despreciables guardias se acobardaban, aterrados.</p><p>Desde el principio Voxzaco sabía que Goth jamás podría ser el verdadero servidor de Zotz. No sabía nada. Era vanidoso y arrogante y no era digno de la responsabilidad que implicaba servir a Zotz.</p><p>Goth había fracasado.</p><p>Ahora todo dependía de él. Era viejo, no volvería a haber otro eclipse en lo que le quedaba de vida, ni en los próximos trescientos años. Si quería ver reinar a Zotz por encima y por debajo de la tierra, tenía que actuar sin dilación.</p><p>Sabía lo que tenía que hacer.</p><p>Para él era evidente.</p><p>En el centro de la Piedra estaba el disco metálico. Desde que lo había visto sabía cuál era su propósito. Utilizaría el disco para llevar a cabo el sacrificio.</p><p>Ellos serían el sacrificio que más complacería a Zotz. ¿Acaso podían ofrecerle algo más valioso que sus propias vidas, su posesión más preciada, y darle así el poder para reinar? Sus vidas les serían devueltas multiplicadas por mil en el Inframundo.</p><p>Voxzaco avanzó rápidamente por encima de la Piedra, gateando sobre los guardias y los murciélagos del norte hasta su mismo centro. Cogió con las garras la cadena todavía unida al disco metálico. Era viejo, pero todavía podía hacer eso, lo último que haría en su vida.</p><p>Batió las alas y se elevó despacio, muy despacio, llevando el disco con él. Voló cada vez más alto. La confusión era tal que apenas notaron su presencia.</p><p>Ascendió hasta la abertura circular y salió por ella a la oscuridad del día.</p><p>Le quedaban doscientos sesenta segundos.</p><p>Era tiempo más que suficiente. El disco pesaba y tiraba de él hacia el suelo, pero conseguiría subir a gran altura sobre la pirámide.</p><p>Y él mismo celebraría todos los sacrificios.</p><p/><p/><p>Shade pasó como un rayo muy cerca del suelo perseguido por Goth y vio la confusión y el terror en el rostro de los guardias. ¿Quién era el auténtico rey y quién un caparazón de sonido? Muchos retrocedieron cuando se inclinó hacia ellos, y el corazón le dio un brinco al ver cómo más murciélagos del norte volaban libres.</p><p>¿Dónde estaban ahora Chinook y su madre? ¿Libres? ¿Habrían conseguido huir? Pero cuando volvió a volar a ras de la Piedra, vislumbró a un murciélago con las puntas del pelaje plateadas inmóvil y hecho un ovillo a pesar de que no lo sujetaba ningún caníbal. ¿Por qué no volaba? Entonces el murciélago se movió con dificultad y Shade soltó un grito.</p><p>Llevaba un anillo en el antebrazo.</p><p>Su padre.</p><p>Sin embargo no hubo tiempo para hacer nada por él. Un destello de brillante sonido captó su atención desde las esquinas del techo, y con su visión ecosonora vio cómo aquellos pares de ojos esculpidos en las paredes empezaban a llamear. Y reconoció esos ojos como lo que eran, los ojos de Cama Zotz, los ojos que habían contaminado sus sueños durante tanto tiempo.</p><p>Una densa columna de aire se precipitó sobre él, envolviéndole, y Shade luchó contra ella, contra aquel oscuro abrazo con el que Zotz le había apresado. Pero la columna le sujetó y luego pareció sacar unas garras y clavarlas en su caparazón de sonido.</p><p>--¡Shade! -rugió Goth, arremetiendo contra él.</p><p>Con un lúgubre chillido, el diabólico viento de Zotz arrancó una tira de la falsa piel de Shade, luego otra, y Shade supo que en cuestión de segundos estaría volando desnudo, tan desnudo como un lampiño recién nacido, rosado y tembloroso.</p><p>Abandonó su ilusión, desprendiéndose de ella como de una piel de serpiente y la dejó colgando en el aire, deshaciéndose por sí misma. Escapó con la esperanza de que, en medio de toda aquella confusión, tendría tiempo suficiente para encontrar un escondrijo.</p><p>Y volver a buscar a su padre.</p><p/><p/><p>Goth desgarró enfurecido el trémulo cadáver que todavía colgaba en el aire, aquel grotesco doble de sí mismo. Batiendo las fauces, le despedazó la cabeza y dejó que se astillara en un millón de ecos minúsculos.</p><p>Viró a tiempo para ver al pequeño Silverwing volar raudo hacia el techo.</p><p>¡Shade!</p><p>De algún modo el instinto le había dicho que se trataba de él, el mismo alborotador deforme que le había dado tan mala suerte desde que se habían conocido. Un mundo de malicia concentrado en el cuerpo de un enano. Pero se había acabado.</p><p>Goth acuchilló el aire con sonido y atrapó a Shade en su mente. Allí estaba, introduciéndose en una grieta del techo, creyendo que se encontraba oculto y a salvo para urdir más triquiñuelas. El Silverwing estaba de espaldas a él, y Goth le dio alcance con tres aléleos.</p><p>Antes incluso de que Shade hubiera tenido tiempo de girar la cabeza, Goth hundió profundamente las garras entre sus omóplatos. Luego embistió, cerrando las fauces en el cuello de Shade, mordiendo tan tuerte que sus dientes chocaron dolorosamente. Masticó con furia, esperando sentir el placer del sabor de la carne de murciélago vivo... que nunca llegó.</p><p>No sintió el menor sabor.</p><p>Dio otro formidable mordisco, y luego otro antes de darse cuenta de que estaba mordiendo aire y no carne, llenándose la boca de nada. Se echó hacia atrás, indignado y ultrajado, y vio los restos disueltos de otra ilusión sonora.</p><p>--¡Shade! -rugió Goth, girándose enfurecido.</p><p/><p/><p>Con la garganta en carne viva, Shade se envolvió en un andrajoso manto de invisibilidad y aterrizó junto a su padre. Cassiel se arrastraba penosamente por la Piedra hacia el borde, pasando hasta el momento desapercibido para los guardias que todavía quedaban. Durante una décima de segundo, todo lo demás que había en la cámara pareció desaparecer mientras Shade miraba a su padre por primera vez en su vida.</p><p>Aquél era su padre, esa criatura maltrecha y rota. No debería haberle sorprendido encontrarle tan destrozado, pero aun así no podía evitarlo. Después de tanta información de segunda mano, de todo lo que había imaginado, había hecho de su padre un héroe indomable. Y verlo tendido en aquella piedra, impotente y extenuado... Shade se acercó más. Su padre desprendía un olor punzante, después de días sin comer ni dormir, y de días sin lavarse. Pero bajo aquel olor había otro, un olor familiar y reconfortante como ningún otro sobre la faz de la tierra. Olía a casa.</p><p>Shade deseó cerrar los ojos y los oídos y acostarse junio a él, envolverse con su pelaje.</p><p>Cassiel debió de sentir que había algo cerca de él, porque se giró de golpe, enseñando los dientes, y silbó. Shade dio un paso atrás, alarmado, y entonces, sólo durante un segundo, permitió que su ilusión ecosonora se evaporara y dejó que su padre le viera. Cassiel no le reconoció, aunque cómo habría podido hacerlo si nunca le había visto. Pero Shade vio a su padre fruncir el ceño confundido y cerrar sus feroces fauces.</p><p>Entonces Shade volvió a cubrirse, pero esta vez también envolvió con sonido a su padre de manera que resultaran invisibles para todos excepto para ellos dos. Shade oía a Goth agitándose sobre sus cabezas, buscándole, dando órdenes a sus guardias. Sabía que no les quedaba mucho tiempo. Ya podía oír el viento de Zotz azotando la sala en su busca, presto a arrancarle aquel disfraz.</p><p>--¿No puedes volar? -susurró Shade.</p><p>Su padre sacudió la cabeza.</p><p>--El ala.</p><p>Shade vio la inflamación bajo la membrana y supo que Cassiel tenía el antebrazo gravemente torcido. Shade se maldijo. Menudo idiota estaba hecho. Había llegado allí ¿esperando qué? Salvarlos a todos. Y ahora no disponía de ayuda y ambos iban a morir.</p><p>--¿Quién eres? -dijo su padre con voz ronca-. Te conozco...</p><p>--No.</p><p>--Te conozco.</p><p>--No.</p><p>--Entonces, ¿quién eres?</p><p>--Soy tu hijo.</p><p>--¿Shade? -preguntó su padre.</p><p>Esta vez fue Shade quien se quedó de una pieza.</p><p>--¿Cómo lo sabes?</p><p>--Elegimos tu nombre antes de que nacieras.</p><p>Y, durante sólo un segundo, engañaron al tiempo y se abrazaron, a salvo bajo el caparazón invisible con el que Shade los había envuelto.</p><p>--Nos arrastraremos -dijo Shade-. Primero hasta la pared y luego hasta la abertura del techo.</p><p>Pero incluso mientras decía esas palabras sabía que el plan estaba condenado al fracaso. Oyó el quejido del aliento de Zotz sobre ellos, azotándolos con la furia de una tempestad. Con dos chillonas manos terminadas en zarpas, el sonido rasgó en dos el velo de invisibilidad que los protegía.</p><p>--¡Vuela! -le dijo su padre.</p><p>--Agárrate a mí -dijo Shade-. ¡Volaremos juntos!</p><p>Dudaba de poder alzarse con tanto peso añadido, pero no iba a abandonar a su padre.</p><p>Una fuerza descomunal le golpeó en el pecho y Shade cayó de nuevo sobre la piedra, preso entre dos poderosas garras, una en cada ala. Goth vertió sobre él su apestoso aliento.</p><p>--Sabía que eras tú -dijo Goth-. Has impedido que matara al sol, ¡pero todavía pienso comerme tu palpitante corazón!</p><p/><p/><p>Marina miraba el torbellino alado que envolvía la cámara, agazapada en el borde de la abertura circular.</p><p>A su lado estaban Caliban y el general Cortez y una docena de sus ratas soldado que habían conseguido coronar con éxito el difícil ascenso por la cara de la pirámide. En lo alto habían oído gritos que salían de la cumbre de la pirámide, pero de vez en cuando Marina había adivinado con su visión ecosonora las siluetas de pequeños murciélagos del norte que se alejaban por el cielo como el rayo.</p><p>--Están huyendo. Al menos algunos -le había dicho entusiasmada a Caliban.</p><p>Además había oído un disperso ululato de buhos, y se había preguntado si también algunos de ellos habrían conseguido abrirse paso contra las hordas de caníbales y salir al mundo exterior.</p><p>Ahora estaban en la cumbre, mirando hacia abajo, y a Marina le aterró lo que vieron sus ojos. Era muy difícil saber con claridad lo que ocurría. Había demasiado movimiento. Pero sí logró distinguir alas de caníbales en plena agitación, así como las de los murciélagos del norte. Justo debajo de ellos vio una piedra inmensa y durante una décima de segundo le pareció haber vislumbrado a Shade sobre ella, pero ya no estaba, había desaparecido. Aunque lo más terrible era algo que no se veía: puro sonido, una especie de chillido animado que azotaba la cámara a su paso, golpeando las paredes como un animal rabioso con estertores de muerte.</p><p>No quería bajar ahí, pero tenía que asegurarse de que Shade no había quedado atrapado.</p><p>De pronto Ariel estaba a su lado, jadeante, y también Chinook.</p><p>--¡Habéis salido! -exclamó Marina-. ¿Dónde está Shade?</p><p>La aflicción asomó en el rostro de Ariel.</p><p>--Pensaba que había salido contigo...</p><p>Marina se mareó.</p><p>--Tiene que estar ahí abajo.</p><p>Volvió a asomarse al borde y vio a Goth precipitándose sobre la Piedra. Y justo debajo de él, en la línea de vuelo del caníbal...</p><p>Shade.</p><p/><p/><p>Shade se revolvió tratando de liberarse, pero no sirvió de nada. Estaba agotado, frágil como una hoja seca. Vio los dientes afilados de Goth y cerró con fuerza los ojos, intentando enviarse a sí mismo a algún lugar muy lejos de allí.</p><p>Sintió cómo Goth le daba un fuerte golpe en el pecho, dejándole sin respiración, y de pronto todos sus instintos resucitaron y aulló sonidos para poder ver.</p><p>Goth se había desplomado encima de él y tenía la cabeza sobre la Piedra. Sobre su espalda estaban Ariel y Marina, Caliban y Chinook. Debían de haber caído sobre él, aplastándole con todo su peso. Shade logró salir de debajo del cuerpo de Goth, pero pudo oír que de su garganta salía un sordo gorgojeo. No estaba muerto. Nunca moría.</p><p>--Vamos -le gritó Marina.</p><p>--¿Dónde está mi padre?</p><p>--Aquí -dijo su madre, mirando fijamente a Cassiel, incrédula. Cassiel apenas estaba consciente, pero Shade pudo ver en sus ojos un destello de asombrado regocijo.</p><p>--Ariel -jadeó.</p><p>--Tenemos que sacarle de aquí -dijo Shade.</p><p>--Yo puedo hacerlo -dijo Caliban-. Colocadle sobre mi espalda. Deprisa.</p><p>Goth se estremeció y cuando Shade le miró vio que una de sus alas se movía convulsivamente mientras empezaba a revivir.</p><p>--¡Vete! -apremió Shade a Caliban, y vio al mastín despegar de la Piedra batiendo las alas y elevándose lentamente en el aire, llevándose a su padre. Ariel iba a su lado y también Marina y Chinook. Shade se elevó entonces, abriendo la boca, preparado para envolverlos con una red de invisibilidad que los llevara hasta el cielo.</p><p>Unas garras le apresaron la cola y tiraron de él hacia abajo.</p><p>Todo fue tan rápido que ni siquiera tuvo tiempo de gritar. Logró desasirse, sintiendo cómo se le desgarraba la cola casi por la mitad, y se encaró a Goth. Ya no había en él el menor miedo, lo había agotado, y lo único que sentía era una absoluta determinación por vivir. Disparó sonido contra la cara de Goth, abofeteándolo con fuerza. El ultraje estalló en los ojos y pulmones de Goth, que atacó, arrancándole un mechón de pelo del hombro.</p><p>Shade hizo una finta y rodó, manteniendo a Goth a raya con sonido, pero el caníbal iba conduciéndole firmemente hacia la pared. Por encima del hombro de Goth, Shade observó a Caliban llevando a su padre a través de la abertura del techo hacia la libertad, y entonces vio algo tan asombroso que creyó estar sufriendo alucinaciones.</p><p>Seis bolas en llamas cayeron en la absoluta oscuridad del templo como soles en miniatura. Hasta Goth se giró a mirar, sobresaltado por la repentina luz. Entonces Shade advirtió que se trataba de los extremos ardientes de palos encendidos, y eso sólo podía significar una cosa.</p><p>Buhos.</p><p>Como una bomba de alas emplumadas, los buhos prorrumpieron por la abertura y Shade vio a Orestes al mando, con sus fieros ojos y el pico centelleando.</p><p>Largas hiedras y enredaderas aparecieron en la abertura circular y se desenrollaron hacia el interior de la cámara. Por cada una de ellas, incluso antes de que hubieran terminado de desenrollarse, empezaron a bajar ratas. Shade vio a Cortez entre ellas cuando saltaron a las paredes, al suelo y a la espalda de los sorprendidos murciélagos caníbales, hundiendo en ellos los dientes.</p><p>Goth se alzó para enfrentarse a Shade una vez más, pero antes de que pudiera abrir sus fauces para atacar, Orestes y otro buho le atraparon entre sus garras.</p><p>--Le tenemos, Silverwing -dijo Orestes-. Vuela.</p><p>Shade no lo pensó dos veces. Voló más y más alto y atravesó la abertura circular, jadeante, como si acabara de atravesar la superficie del océano.</p><p>--¡Shade, Shade, aquí! -gritó Marina-. ¡Los buhos vienen a ayudarnos! ¡Desde todos los rincones de la selva!</p><p>Shade vio descender a más y más buhos que se lanzaban por la abertura para presentar batalla a los caníbales y se sintió rebosante de alivio.</p><p>Entonces, oyó un débil silbido en el aire muy por encima de él. Miró hacia arriba y lo vio, abrasándole la mente como un rayo.</p><p>El disco metálico de Goth.</p><p>Cayendo directamente sobre todos ellos.</p><p/><p/><p>Oyó a Marina gritándole que volara, pero Shade sabía que era inútil. Una imagen se desprendió de su memoria: la dimensión de la explosión provocada por aquellos enormes discos, la elevada columna de fuego. Los engulliría a todos: a los buhos y a las ratas que estaban dentro y a todos los que estaban en el exterior en un radio de cientos de aleteos.</p><p>Después de todo Zotz tendría su sacrificio, un sacrificio de más de cien corazones. Serían miles. Miró al cielo negro, buscando el sol.</p><p>Seguía eclipsado.</p><p>Si la bomba caía mientras todavía estaba oscuro, Zotz reinaría.</p><p>--¡Hay que hacer salir a todos de la pirámide! -le gritó a Marina-. Diles que va a caer fuego humano. ¡Díselo!</p><p>--¡Shade, no hay tiempo! -gritó Ariel-. ¡Ven con nosotros!</p><p>--¡Yo conseguiré que haya tiempo! -gritó.</p><p>Voló directamente hacia el disco y tejió una red de sonido a su alrededor, estudiando su forma y su ángulo de caída. Estaba muy cansado. Sentía las alas pesadas, tenía la garganta en carne viva, ¿de dónde iba a sacar fuerzas? Por primera vez en su vida habló con ella, la llamó por su nombre y le dijo:</p><p>--Nocturna, permíteme ser capaz de hacer esto.</p><p>El disco caía más y más abajo, chillando por el aire, chillando como el propio aliento de Zotz.</p><p>No podía hacerlo.</p><p>Puedo. Debo hacerlo.</p><p>Un carámbano era una cosa. Era pequeño y ligero. Inerte. Pero eso era metal en movimiento, con una aceleración de un millón de aleteos por segundo.</p><p>Apuntó, lanzó una red de sonido al disco, y falló.</p><p>Cerró los ojos, volvió a calcular con su visión ecosonora, y tomó aliento.</p><p>Por favor, pensó.</p><p>Abrió la boca y una explosión de sonido salió de ella, arañándole la garganta, como si algo mucho más poderoso hablara a través de él. Aquel grito sonó como si un trueno sacudiera el cielo y Shade vio en su mente cómo avanzaba como un rayo hacia el disco y lo agarraba como un puño.</p><p>Sostenlo ahí.</p><p>Shade dio vueltas, empapado en sudor, cantando sonido con todas sus fuerzas, empujando el disco desde abajo para sostenerlo.</p><p>¡Cuánto pesaba!</p><p>Deseó mirar abajo para ver si Marina y los demás estaban huyendo y si ya se habían alejado lo suficiente. Sólo podía esperar que hubiera hecho lo que le había pedido. Miró al cielo y siguió sin ver el sol. ¿Cuánto, cuánto tendría que esperar? Se encontró de nuevo en los bosques del norte, aterrado y agazapado contra el tronco de un árbol con Chinook, esperando a que saliera el sol. Sal, sal, ¿por qué no sale?</p><p>No sabía cuánto tiempo más sería capaz de seguir acunando el disco con su voz. Notó el sabor de la sangre en la boca.</p><p>--¡Suéltalo!</p><p>Muy por encima de él, el caníbal con la espalda encorvada bajaba directo hacia el disco inmóvil.</p><p>--No puedes detener a Zotz. ¡Suéltalo!</p><p>Shade vaciló y oyó caer el disco un poco y tuvo que esforzarse en frenarlo. Entonces el murciélago caníbal saltó sobre él y agarró la cadena con las garras.</p><p>La mente de Shade casi cedió por el peso añadido.</p><p>Vio entre nebulosas a Chinook lanzarse contra el murciélago caníbal, intentando apartarle del disco a golpes, atacándole con las alas y con los dientes. Vio cómo el murciélago de la selva clavaba los dientes en el hombro de Chinook y oyó a su amigo gritar de dolor. Pero Chinook siguió luchando, golpeando y empujando con la cabeza al caníbal hasta que sus garras se desprendieron del disco.</p><p>El disco cayó varios metros y Shade apenas consiguió frenarlo. Sostenlo, sostenlo, sólo un poco más. Miró hacia arriba y vio que algo se movía en el enorme cielo negro; oyó cómo se movía.</p><p>El sol.</p><p>Una delgada línea creciente le abrasó la cara al volver a aparecer, cegándole.</p><p>--¡Vuela! -le gritó a Chinook.</p><p>El disco cayó al vacío. Shade batió sus exhaustas alas con la esperanza de que Marina hubiera conseguido desalojar la pirámide. De pronto Chinook estaba a su lado, intentando empujarle con el hocico para que volara más deprisa, pero Shade sentía las alas insoportablemente pesadas. Sacudió brevemente la cabeza con impaciencia, pero Chinook no se le adelantó como él pretendía. Se quedó a su lado. Detrás de ellos, no lo suficientemente lejos, no lo bastante, oyó claramente cómo el disco silbaba al caer, primero por encima de él, luego por debajo. Era cuestión de segundos.</p><p>Se dijo a sí mismo que no debía mirar.</p><p>Oyó la explosión en el mismo instante en que sintió su calor feroz, y entonces fue como si el propio sol se lo tragara.</p><p/><p/><p/><p/><subtitle><strong>_____ 16 _____</strong></subtitle><subtitle><strong>SUNWING, LAS ALAS SOLARES</strong></subtitle><p/><p>Frieda miraba al cielo del crepúsculo desde las altas murallas de Bridge City. Su visión había disminuido dramáticamente durante las últimas noches, pero incluso ella era capaz de distinguir el colosal nubarrón de buhos que atravesaba el horizonte por el norte.</p><p>Un viento fresco le acarició el pelo de la cara, y se sintió inmensamente vieja y cansada. Habían pasado ocho noches desde que Marina y Ariel habían partido en busca de Shade, y no podía evitar temer lo peor. ¿Era posible que Shade, por muy inteligente que fuera, por muchos dones que tuviera, hubiese sobrevivido a los explosivos humanos? ¿O a la selva, con todos sus monstruos predadores? ¿Había sido una locura permitir que Marina y Ariel fueran en su busca?</p><p>Preguntas, preguntas, pensó; últimamente no hago más que hacerme preguntas.</p><p>También se preguntaba si había sido una buena anciana jefe y si había ayudado a su colonia. En particular, pensaba en Shade e intentaba decidir si se equivocaba al alimentar en él las mismas pasiones que brotaban en ella. Descubrir el secreto de los anillos, cumplir La Promesa de Nocturna. ¿Cuál era el fondo de todo aquel anhelo?</p><p>En ese momento, mientras veía cómo millones de buhos oscurecían el cielo, tuvo que luchar para no dejarse dominar por la desesperación. Era imposible vencerlos. A pesar del inmenso ejército reunido en Bridge City, se temía que serían barridos de la faz de la tierra.</p><p>--Debemos preparar nuestra embajada -dijo Aquiles Graywing, aterrizando junto a ella-. Las tropas del rey Boreal estarán sobre nosotros en cuestión de horas.</p><p>Frieda asintió, tensa. Ahora, hasta un movimiento tan sencillo como aquél la cansaba.</p><p>--Sí -dijo sin demasiadas esperanzas-. Recemos para que venga con ánimo de hablar.</p><p>--Hace tiempo que dejé de rezar -le dijo Aquiles con una severa sonrisa.</p><p>--Quizá tengas razón -dijo Frieda-, pero siempre que miro hacia ese horizonte, expreso todas las peticiones de ayuda que puedo.</p><p>Frieda miró hacia abajo y vio a un mensajero batiendo las alas hacia la cumbre del puente. Esperó pacientemente mientras el murciélago describía un círculo y recuperaba el aliento: sin duda no podían quedar más malas noticias por escuchar. Y, sin embargo, su anciano corazón palpitaba a toda prisa.</p><p>--General Aquiles, Frieda Silverwing -jadeó el mensajero-, han sido vistos murciélagos que se acercan por el sur. Algunos son Silverwings. Y... vuelan en compañía de buhos.</p><p/><p/><p>Shade viró agradecido sus doloridas alas, e inició un lento descenso hacia Bridge City. Para él volar con su familia al completo era todavía una maravillosa novedad: su madre y su padre a un lado; Marina y Chinook al otro, todos avanzando a la vez por la oscuridad del aire. Vio cerca a Caliban, y a lodos los murciélagos del norte que habían estado en la selva, pasando como rayos a su alrededor, volviendo a casa.</p><p>Delante de ellos, en formación, dibujando una punta de flecha, volaba una docena de buhos de los bosques del norte. Shade todavía no se había acostumbrado a verlos, ni siquiera después de varias noches viajando juntos. Buhos y murciélagos a escasos aleteos de distancia. En realidad, no solían mezclarse. Cazaban y anidaban por separado, y hablaban muy poco con el otro grupo. Pero Shade notaba que eso se debía más a la falta de costumbre que a la desconfianza. Vio a Orestes en la vanguardia y sonrió para sus adentros. Gracias al príncipe buho los demás pájaros habían accedido a formar un convoy con ellos. Y Shade había tenido razón al pensar que serían una buena protección. Pudieron salir a salvo de la selva y, al volar durante el día y la noche, habían ganado mucho tiempo de camino a casa.</p><p>Vivo: Shade todavía sacudía la cabeza, asombrado. Estaba vivo.</p><p>Después de haber oído estallar el disco y de sentir cómo aquel terrible calor se lo tragaba, no recordaba nada hasta que despertó atontado a plena luz del día, tendido sobre las ramas más altas de un árbol. Todo su cuerpo era un canto de dolor. Algunos trozos de piel de su espalda y de su estómago se habían volatilizado, y tenía seriamente abrasadas algunas secciones de la membrana del ala. Se sentía como si una bestia gigantesca le hubiera dado una paliza. Estaba sucio y lleno de cicatrices, pero estaba vivo. Y, milagrosamente, también Chinook lo estaba.</p><p>Y el sol seguía brillando.</p><p>Era raro para un murciélago sentirse tan feliz de ver el sol. Después de millones de años temiéndolo, evitándolo, habían intentado salvarlo. Y al verlo, Shade supuso, agradecido, que lo había logrado.</p><p>Marina y su madre no habían tardado en encontrarlos, a él y a Chinook, y los habían ayudado a volver renqueando a Statue Haven. La explosión había abierto un gran cráter en la selva y algunos árboles seguían ardiendo. En el centro de todo aquello, Shade distinguió un montón de piedras candentes: los restos de la pirámide. Se preguntaba si Goth habría sido destruido en la explosión, y no consiguió convencerse de que así hubiera sido.</p><p>Le asombraba la cantidad de murciélagos que habían sobrevivido. Marina había vuelto a la pirámide y había logrado avisar a los demás. Los buhos habían ayudado a escapar a Cortez y a la mayoría de las ratas soldado que seguían dentro, transportándolos sobre sus espaldas. Pero también había muchas bajas. Ishmael no había vuelto, aunque su hermano sí. Y docenas más habían muerto en la pirámide: buhos, murciélagos y ratas. Más vidas perdidas que añadir a los miles que ya habían muerto cuando sus discos explotaron sobre la ciudad humana.</p><p>Shade miró a Chinook. Había perdido a sus padres, pero al menos ya no estaba huérfano, no del todo. Tres noches atrás, Shade había pedido en secreto a su madre y a su padre que Chinook se uniera a la familia, y ellos habían accedido al instante. Y también Chinook había dicho que sí cuando se lo preguntaron.</p><p>--Oye, Shade, ¡ahora somos hermanos! -había dicho, clavándole alegremente el pulgar entre las costillas.</p><p>Shade hizo una mueca de dolor y se apartó.</p><p>--Intenté evitarlo, Chinook, de verdad, pero no hubo forma de convencer a mis padres.</p><p>Chinook no sabía que todo era idea de Shade, y Shade no pensaba decírselo. Suspiró al darse cuenta de que ahora volvería a caerle más nieve en la cabeza. Aunque no se arrepentía. De momento.</p><p>Mientras se aproximaban a Bridge City. Shade se giró hacia su padre. Ya le parecía imposible haber estado alguna vez sin él. Y se dio cuenta de que en ciertos aspectos nunca lo había estado, no del todo. Incluso durante su ausencia Cassiel había permanecido tan presente en sus pensamientos diarios que era como si su padre debiera materializarse un día para responder a todas las preguntas de su hijo y explicarse.</p><p>Durante el viaje, Shade había oído todos los detalles de la terrible aventura de Cassiel. La primavera anterior, Cassiel había sido uno de los primeros en encontrar el edificio humano y el bosque que albergaba en su interior, y había pasado allí meses mientras el bosque iba llenándose de otros murciélagos. Al principio había sido optimista, pero luego los humanos empezaron a experimentar con ellos, intentando perfeccionar sus discos metálicos, y Cassiel supo de murciélagos a los que les habían abrasado las alas... o cosas peores.</p><p>--No os podéis imaginar cuánto deseaba escapar, volver con vosotros, avisar a los demás -les dijo a Shade y a Ariel-. Pero no podía. Nunca se me ocurrió la posibilidad del arroyo -añadió, mirando a su hijo con admiración-. Y luego, cuando me llevaron a la selva en su máquina voladora casi perdí la esperanza de poder volver. Lo único que podíamos hacer era tratar de sobrevivir noche tras noche. Nunca pensé que nadie viniera a rescatarme, y desde luego menos aún que fuera mi hijo quien me liberara.</p><p>--Está incluso más loco que tú -dijo Ariel con una sonrisa.</p><p>--Desde luego es mucho más valiente -dijo Cassiel, y Shade ardió de placer al oír aquel cumplido. Pero en seguida miró a Marina.</p><p>--He hecho muchas estupideces -dijo, sacudiendo la cabeza-. De no haber sido por Marina y por ti, mamá, probablemente habría muerto en la selva. Todos habríamos muerto.</p><p>--Siempre consigues meterme en líos -dijo Marina, irónica-. Eso sí te lo concedo.</p><p>--Eres igual que yo -dijo Cassiel a su hijo-. Ambos ansiamos el conocimiento. Yo quería devolvernos el sol. Quería descubrir el secreto de los anillos.</p><p>--No hay ningún secreto -dijo Shade con amargura-. Nos equivocamos al pensar que los humanos nos ayudarían y al creer en La Promesa de Nocturna.</p><p>Por un momento la felicidad que sentía al haberse reunido por fin con su familia palideció y recordó que su viaje al norte no era, en absoluto, un retorno triunfal. Era una preparación para la guerra. Se había enterado de que el rey Boreal lideraba sus ejércitos y se dirigía hacia Bridge City para el combate.</p><p>--Me refiero a que hemos salvado al sol -dijo Shade indignado-. Supuestamente los buhos nos tendrían que estar agradecidos por ello, pero tengo la sensación de que no van a estar nada impresionados -y añadió, agotado-: Ahora nos espera otra batalla.</p><p>--Puede que nos ayuden -le recordó Marina, señalando con la cabeza a Orestes y a los demás buhos.</p><p>Shade asintió. Era la única esperanza que también él abrigaba. Pero al mismo tiempo le preocupaba que, una vez hubieran llegado sanos y salvos a Bridge City, todo lo bueno que habían compartido en la selva quedara olvidado: que aquella caravana hacia el norte quedara reducida a una simple cuestión de conveniencia y que ambos grupos volvieran a sus respectivos bandos bélicos. Incluido Orestes.</p><p>Pronto lo averiguaría.</p><p>Cuando Shade se acercaba ya a los brillantes picos de Bridge City, vio a un grupo de murciélagos aleteando hacia ellos mientras iniciaban el descenso.</p><p>--Es Aquiles Graywing -dijo Marina.</p><p>Shade observó aproximarse cautelosamente al famoso general, que gritó:</p><p>--¿Voláis con estos buhos por propia voluntad?</p><p>Shade supo que el general debía de pensar que eran prisioneros de los buhos, quizá rehenes que los buhos pretendían retener para asegurarse el paso sobre Bridge City.</p><p>--Sí -le respondió Cassiel a voz en grito-. Volamos en su compañía por decisión propia. Son nuestros amigos.</p><p>Shade pudo oír murmullos de asombro entre los otros murciélagos.</p><p>--Eso es difícil de imaginar -dijo Aquiles Graywing- cuando, a menos de una hora de distancia, un ejército de buhos ha oscurecido nuestro horizonte por el norte.</p><p>--¿Está mi padre entre ellos? -gritó Orestes impulsivamente.</p><p>Aquiles miró al buho con desconfianza.</p><p>--¿Tu padre?</p><p>--El rey Boreal.</p><p>--Es el rey Boreal quien está al frente -replicó fríamente el general.</p><p>--En ese caso debo hablar inmediatamente con él -dijo Orestes.</p><p>--Nuestra embajada ya ha salido con ese cometido -respondió Aquiles.</p><p>Orestes giró en círculo y se dirigió a Shade.</p><p>--Entonces, démonos prisa -le dijo.</p><p>--¿Vas a ayudarnos? -le preguntó Shade.</p><p>--Por supuesto -replicó el buho-. Con todo mi corazón. ¿Acaso lo dudabas?</p><p>--Padre, te agradecería que me permitieras hablar -dijo Orestes al rey Boreal.</p><p>Muy por encima de Bridge City, los líderes de los reinos de los buhos y los murciélagos volaban unos alrededor de los otros en cautelosos círculos. Shade se sentía claramente fuera de lugar entre Halo Freetail, Aquiles Graywing y el resto de los ancianos. Y se sentía especialmente incómodo volando tan cerca del colosal rey Boreal, con su magnífica cabeza plateada y un plumaje veteado de rayos, como el de su hijo. Shade sabía que aquélla sería la última negociación antes de que diera comienzo la batalla y miraba ansioso a Orestes mientras éste se dirigía a su fiero padre.</p><p>--¿Tienes buena relación con tu padre? -le había preguntado Shade esperanzado mientras volaban a toda velocidad hacia el punto de reunión aéreo.</p><p>--No especialmente -le había respondido Orestes.</p><p>Y, de hecho, el encuentro entre ambos fue muy distinto de lo que Shade había esperado: una fría inclinación de cabeza entre padre e hijo. Aunque quizá, pensó Shade, esa frialdad se debiera sólo a la situación. Aquél no era momento para encuentros emocionales.</p><p>El rey Boreal pareció irritarse al oír a su hijo pedir la palabra.</p><p>--¿Guarda eso alguna relación con el asunto que nos trae aquí? -dijo con un vozarrón que hizo vibrar los huesos de todos los presentes.</p><p>--Sí.</p><p>--Sé breve.</p><p>--No podemos ir a la guerra contra los murciélagos -dijo Orestes nervioso, viendo cómo los buhos que estaban agrupados a su alrededor intentaban reprimir una desdeñosa carcajada.</p><p>--Creo que tu hijo necesita cierto tutelaje sobre este tipo de asuntos -murmuró uno de los buhos embajadores.</p><p>El rey Boreal giró sus siniestros ojos hacia el buho que acababa de hablar y no necesitó hacer nada más para que fuera patente su reprimenda.</p><p>--¿Por qué dices eso? -preguntó con severidad a su hijo.</p><p>--Shade Silverwing me salvó la vida -empezó Orestes vacilante-. No una, sino dos veces. El pasado otoño, cuando cerramos los cielos nocturnos a los murciélagos, creíamos que estaban matando aves. Pero estos murciélagos del norte no eran los asesinos. Los responsables de esas muertes eran murciélagos de la selva procedentes del sur.</p><p>--Ya hemos oído estas mentiras antes -le espetó el rey Boreal.</p><p>--Lo he visto con mis propios ojos -insistió Orestes-. Y me habrían matado si no hubiera sido por Shade. Ha arriesgado su propia vida al hacerlo, a pesar de que le hemos declarado la guerra, a él y a los demás murciélagos.</p><p>--Quizá sólo haya sido un extraordinario acto de valor -dijo el rey Boreal con frialdad, clavando en Shade sus ojos como lunas-, aunque irrelevante. ¿Qué tiene eso que ver con el asunto de mayor importancia que tenemos entre manos?</p><p>--Los humanos han estado llevando buhos y murciélagos al sur para que los ayudaran en su guerra -siguió insistiendo Orestes, y esperó un instante a que remitieran las exclamaciones de sorpresa de sus ancianos-. Más adelante puedo contaros más cosas, pero esto es lo que quería decir. En el sur viven miles de caníbales que cogieron prisioneros a los buhos. De no haber sido por Shade, esos monstruos nos habrían comido vivos. Gracias a él conseguimos escapar y hemos podido volver a casa.</p><p>--Una vez más, te pregunto: ¿por qué razón debería esto hacernos cambiar de decisión?</p><p>--Porque no queremos la guerra -soltó Shade impetuosamente, recibiendo una mirada helada de Halo Freetail.</p><p>El rey Boreal se rió, burlón.</p><p>--Ya hemos librado una guerra antes -dijo-. Hace quince años, si no me falla la memoria. Pero eres demasiado joven para recordarlo, pequeño Silverwing.</p><p>--Sí, hicimos la guerra, pero fue para rebelarnos -le dijo Aquiles al rey Boreal-. Queríamos recuperar el sol, liberarnos de vuestra tiranía, ¡del riesgo de morir si veíamos un pequeño rayo de sol!</p><p>--Pero habéis perdido el sol, todos vosotros -tronó el rey Boreal-, por habernos traicionado en la Gran Batalla de las Aves y las Bestias.</p><p>--¡Porque no tomamos partido! -intervino Aquiles acaloradamente.</p><p>--No. Porque cambiasteis de bando -replicó el rey Boreal.</p><p>--Te equivocas, rey Boreal -dijo Aquiles-. Como lleváis haciéndolo desde hace millones de años.</p><p>--Qué trágico resulta que podáis llegar a creeros vuestras propias mentiras -dijo el rey de los buhos.</p><p>--Y ¿qué importa eso? -saltó Shade enfadado.</p><p>--Silencio -le silbó Halo Freetail-. No estás aquí para hablar.</p><p>--¿Por qué no? -dijo Orestes.</p><p>--Porque no sabe nada -dijo el rey Boreal-. Como tú.</p><p>--Dejadle hablar -dijo Aquiles calmadamente-. Una de nuestras grandes ancianas, Frieda Silverwing, ha puesto mucha confianza en este joven murciélago.</p><p>--Lo que decís sucedió hace mucho tiempo -dijo Shade sobresaltado, más nervioso ahora que todos le escuchaban envueltos en un silencio hostil-. Ya pasó, incluso aunque no seamos capaces de ponernos de acuerdo sobre cuál es la verdad.</p><p>--La verdad lo es todo -dijo el rey Boreal.</p><p>--También yo pensaba así -dijo Shade-. Creía que nos habían robado el sol y quise recuperarlo, y creí que de algún modo los humanos nos ayudarían. Creía que venceríamos a los buhos si entrábamos en guerra con ellos, de verdad lo creía -vaciló, dudando de si había hecho bien diciendo eso. Pero ya era demasiado tarde para callar. Tuvo que seguir antes de perder el hilo de lo que realmente quería decir-. Creía que ésa era la verdad, pero me equivocaba. Los humanos no nos ayudaron a combatir contra vosotros. No nos devolvieron el sol. Sólo querían utilizarnos, a todos, a los buhos y a los murciélagos. Así fue como conocí a Orestes, en uno de sus bosques cubiertos. Quizá él quería matarme; supongo que también yo quería matarle. Pero allí había algo que quería matarnos a los dos.</p><p>--El murciélago caníbal -dijo Orestes.</p><p>--Sí -dijo Shade-. Y ni siquiera entiendo por qué ayudé a Orestes la primera vez. Quizá simplemente porque le estaban atacando y no me gustó verlo. Y luego fue él quien me ayudó. Y supongo que eso me pareció importante, más importante que lo que ocurrió en la Gran Batalla hace un millón de años...</p><p>Ya no recordaba lo que estaba intentando decir, y se calló. Ni siquiera recordaba lo que acababa de decir. Probablemente había sido un parloteo sin sentido.</p><p>--Siempre nos enseñaron que los murciélagos eran unos traidores -dijo Orestes a su padre-, que no se podía confiar en ellos. Pero Shade no es así, ni tampoco lo son los murciélagos que he conocido. Luchamos juntos por nuestras vidas. Confiamos los unos en los otros.</p><p>--Es posible que haya más edificios humanos -intervino Shade- donde tengan prisioneros a murciélagos y buhos. Deberíamos emplear nuestras energías en liberarlos, no en luchar entre nosotros.</p><p>El rey Boreal alternó su mirada entre Shade y su hijo con un lento parpadeo.</p><p>--Me cansa esta juvenil inocencia -dijo uno de los embajadores de los buhos.</p><p>Aquiles Graywing suspiró y miró a las estrellas que brillaban por encima de ellos.</p><p>--Sería aconsejable pensarlo más detenidamente -dijo.</p><p>--Quizá -dijo el rey Boreal, y por primera vez Shade creyó verle mirar a su hijo con ternura-. Te había dado por perdido, y te he echado terriblemente de menos.</p><p>--Y yo -dijo Orestes, acercándose a él.</p><p>--Mi hambre de guerra se ha enfriado -dijo el rey Boreal-. Pactemos una tregua, si os parece aceptable. Podemos reunimos este invierno en los bosques del norte y hablar más del asunto. Espero que entonces lleguemos a un mejor acuerdo.</p><p>--Sí -dijo Halo Freetail-. Hagámoslo así, rey Boreal.</p><p>--Los cielos nocturnos ya no os están vetados. Podéis volver a disfrutar de ellos en paz.</p><p>--El sol -jadeó Shade, antes de poder contenerse.</p><p>Se atragantó cuando la cabeza del rey Boreal se giró hacia él con los ojos encendidos. Oh no, lo he estropeado todo, pensó.</p><p>--¿El sol? -dijo el buho, arqueando las cejas-. ¿Es que no tienes suficiente con las noches?</p><p>Sólo fue capaz de sacudir la cabeza.</p><p>--Eso deberemos discutirlo en nuestro próximo encuentro. Hasta entonces, puedo aceptar una medida temporal. Tú me has devuelto a mi hijo, Silverwing, así que yo te devuelvo tu sol.</p><p/><p/><p>Cuando Shade aterrizó junto a Frieda en la cornisa cubierta situada debajo del puente. Frieda estaba tan inmóvil que Shade temió haber llegado demasiado tarde.</p><p>--¿Todavía respira? -susurró angustiado a Marina, que había descendido hasta allí con él.</p><p>--Creo que sí -dijo la anciana Silverwing, abriendo los ojos y mirando a Shade con cierto regocijo. Pero sus palabras silbaban con esfuerzo-. Tu madre me ha contado todo acerca de tu encuentro con el rey Boreal.</p><p>--Ahora ya podemos volver todos a casa -dijo Shade entusiasmado-. Están liberando todos los Hibernaculums. ¡Podemos volver a nuestro bosque! ¡A la luz del sol! Quiero ayudar a construir un nuevo Tree Haven. Es decir, es lo menos que puedo hacer puesto que fue culpa mía que el primero ardiera, ¿no?</p><p>Sabía que estaba parloteando, pero no se atrevía a no hablar. Tenía miedo de lo que podía ver, u oír.</p><p>Frieda se limitó a sonreír.</p><p>--Ya te dije que tenías un brillo especial. Siempre es un placer tener razón. No es algo que ocurra muy a menudo cuando eres una anciana -tosió-. Hiciste lo que yo quería hacer. Hiciste realidad La Promesa.</p><p>Con gran dificultad, Frieda levantó el ala y dejó a la vista el anillo plateado que llevaba en el antebrazo. Shade parpadeó al verlo. Para él solía ser una imagen muy poderosa, un signo de esperanza, de fortaleza. Había deseado desesperadamente tener uno. Ahora siempre sería para él un espantoso recordatorio de lo que los humanos les habían hecho, y de una horrible decepción que les había dado falsas esperanzas durante siglos. Ahora odiaba la visión de los anillos.</p><p>--No -resolló Frieda, leyendo en la expresión de su rostro-. Los anillos eran importantes.</p><p>Shade no supo qué decir. ¿Cómo podía contradecirla ahora que estaba tan enferma?</p><p>--Creo que lo entiendo -dijo Marina sorprendida-. Jugaron su papel.</p><p>--¿Cómo? -exigió saber Shade enfadado. ¿Cómo podía alguien decir una cosa así?</p><p>--Los anillos nos pusieron sobre la pista -dijo Marina-. Hicieron que fuéramos en busca de los humanos.</p><p>--Y mira a lo que eso nos condujo -dijo Shade.</p><p>--Oh, ¡no es tan listo como parece! -dijo Marina regocijada a Frieda-. Sí, nos llevaron al edificio humano y al falso bosque. Y allí era donde también estaban los buhos.</p><p>Shade miró entonces a Frieda, perplejo. Pero Frieda asintió con chispas en los ojos.</p><p>--Sigue -apremió Shade a Marina.</p><p>--¿Y si no hubieras conocido a Orestes, si no le hubieras salvado la vida? Os ganasteis la confianza mutua. Dudo que el rey Boreal hubiera propuesto una tregua si eso no hubiese ocurrido.</p><p>Shade asintió, avergonzado, por fin dándose cuenta.</p><p>--Los humanos nos juntaron -dijo.</p><p>--Nos unieron -dijo Frieda-. No recuperamos el sol mediante la guerra. Lo ganamos con la paz.</p><p>Mientras Shade seguía mirándola, Frieda sonrió, como si acabara de vislumbrar un futuro favorable. Batió las alas, las plegó cómodamente contra su cuerpo y cerró los ojos por última vez.</p><p/><p/><p/><p/><subtitle><strong>_____ 17 _____</strong></subtitle><subtitle><strong>TREE HAVEN</strong></subtitle><p/><p>Era un buen árbol, un enorme arce plateado con un grueso tronco y multitud de ramas altas y fuertes. Mientras el sol palidecía ante el avance del crepúsculo, miles de Silverwings, machos y hembras, trabajaban ahuecando el interior del gran árbol, convirtiéndolo en un refugio guardería para la colonia. A tan sólo unos cientos de aleteos al este estaban los restos abrasados del viejo Tree Haven, el lugar donde Shade había nacido y que el otoño anterior había visto arder a manos de los buhos.</p><p>Bajo el árbol, entre las retorcidas raíces, Shade trabajaba junto a su padre, tallando las paredes de la nueva cámara de los ecos. Todas las colonias tenían una. Se trataba de una cámara de piedra perfectamente circular con las paredes tan lisas que entre ellas podía rebotar la voz de un murciélago durante siglos. Era ahí donde se contaban todas las historias de la colonia, que quedaban contenidas como ecos entre sus paredes para que nada cayera en el olvido. El pasado otoño, cuando Tree Haven había ardido, su cámara de los ecos había sido violada, y todas las historias de la colonia habían volado como fantasmales murciélagos, disolviéndose en el aire. Ahora volverían a contar las historias.</p><p>Mientras pulía las paredes con una piedrecita, Shade se acordaba de cuando Frieda le había llevado a la cámara de los ecos por primera vez. Allí, no sólo había oído las historias, sino que las había visto a medida que los ecos entraban a raudales en su mente con sus plateadas imágenes. Como si hubiera estado presente, vio la Gran Batalla de las Aves y las Bestias, el Destierro, y oyó cómo la voz de Nocturna les hacía La Promesa a los murciélagos: algún día recuperarían la luz del día. Pero Frieda había muerto antes de poder ver un amanecer, no uno de aquellos falsos amaneceres del bosque humano, sino uno real en el mundo exterior.</p><p>--Ojalá todavía estuviera viva -dijo.</p><p>Su padre asintió, sabiendo instintivamente de quién estaba hablando Shade.</p><p>--Se habría alegrado mucho de que tu madre haya ocupado su lugar.</p><p>--Sí -dijo Shade-. Mamá es una buena elección. Quiero decir que, aunque no hizo estallar la pirámide de los caníbales ni salvó al sol, lo hará muy bien -concluyó. Vio que su padre le miraba con sorna-. ¿Qué pasa?</p><p>--Sé que querías ser uno de los sabios.</p><p>--No es verdad -dijo Shade avergonzado, desviando la mirada.</p><p>--Claro que sí -se rió Cassiel-. ¡Apenas tienes un año y ya esperabas convertirte en sabio! Has hecho cosas asombrosas, pero todavía te queda mucho tiempo por delante, hijo.</p><p>--Oh, vamos, tú también querías que te lo propusieran -dijo Shade con una amplia sonrisa.</p><p>Su padre sacudió la cabeza y fue a decir algo, pero en vez de eso se limitó a mirarle. Ambos sonrieron.</p><p>--Probablemente haya sido mejor que no nos lo hayan propuesto a ninguno de los dos -dijo Shade.</p><p>--Mejor para toda la colonia -admitió su padre-. Los murciélagos impulsivos como nosotros no son buenos líderes.</p><p>Shade sonrió y siguió puliendo. Hablar con su padre era algo muy simple, aunque todavía seguía siendo una novedad, y a menudo le recorría una vibración de tremenda felicidad. Por primera vez en su vida se sentía completo.</p><p>Bueno, casi. Suspiró por dentro.</p><p>--¿Qué te parece Marina? -le preguntó a su padre, sin darle importancia.</p><p>--Una gran jovencita.</p><p>Desde que, hacía unas semanas, habían regresado al bosque del norte, muchos de los murciélagos jóvenes habían estado eligiendo pareja. Shade los miraba con una sensación de aguda incomodidad. La verdad era que aún se sentía ridículo, sobre todo entre las hembras. Últimamente incluso con Marina, cosa que todavía le causaba mayor rabia. Habían sido muy buenos amigos; ella había arriesgado su vida por él y él solía sentirse a sus anchas con ella. Pero ahora todo había cambiado, y Shade no podía creer que Marina fuera a tomarle en serio como posible pareja. No hacía tanto que la había conocido: él era un enano recién nacido, perdido y asustado, y ella era un año entero mayor que él, algo que le recordaba constantemente. Marina siempre parecía colosalmente impasible ante él. Se suponía que él debía sentirse como un héroe. ¿Por qué nunca se sentía como tal?</p><p>--Sí, es fantástica -dijo con un suspiro, dejó a un lado la piedra con la que estaba puliendo la pared-. Y yo no soy nada del otro mundo, sobre todo desde que se me quemó la mitad del pelo.</p><p>--Volverá a crecer. A ver, deja que te eche un vistazo.</p><p>Su padre se echó hacia atrás, moviendo la cabeza de un lado a otro.</p><p>--No tienes tan mal aspecto. Por lo menos no más que tu padre.</p><p>--No soy grande como los demás. Ni... guapo. Como Chinook.</p><p>--No, no eres tan guapo como Chinook.</p><p>--No -dijo Shade, molesto al ver la facilidad con que su padre se mostraba de acuerdo.</p><p>--¿Sabes una cosa? -le dijo su padre-. No creo que a Marina le importe.</p><p>--¿No?</p><p>--No. Es más inteligente que todo eso.</p><p>--Voy a estirar las alas -dijo Shade de pronto.</p><p>--Tómate tu tiempo -le dijo su padre.</p><p>Shade salió disparado de la cámara de los ecos, ascendió en espiral por una cueva más grande y luego se apresuró a gatas por el ondulante túnel que subía hasta la base del nuevo Tree Haven.</p><p>A su alrededor los Silverwings seguían trabajando, construyéndose antepechos y nidos en la blanda madera. Subió volando por el interior ahuecado del árbol, buscando a Marina con sonido. Cerca de la copa del árbol, vio a su madre supervisando el trabajo en el nido de las ancianas, que estaría situado en lo más alto.</p><p>--Shade -le saludó, acariciándole el cuello con el hocico.</p><p>--¿Has visto a Marina?</p><p>--Creo que ha salido a cazar.</p><p>Sin esperar, se metió por el agujero de uno de los nudos del tronco y salió a la noche. Cuánto había echado de menos todo aquello durante esos meses. Acababa de llegar la primavera, el aire todavía era fresco y una leve capa de hielo resplandecía en las ramas y sobre la hierba. Pero todo lo demás volvía a la vida: las hojas empezaban a desplegarse y los capullos a abrirse. Se preguntó si en algún momento llegaría a sentir lo mismo por el día que por la noche, y decidió que no. De algún modo, la noche siempre sería especial.</p><p>--¡Marina! -gritó, atrapando con la boca algunas moscas en pleno vuelo. Creyó verla por encima de él y viró tras ella, volviendo a gritar su nombre-. ¡Oye! Espera, ¿quieres?</p><p>--A ver quién llega primero al arroyo -la oyó gritar por encima del hombro.</p><p>--¿Ahora? -gritó Shade, pero Marina no mostró la menor intención de detenerse y Shade no soportaba la idea de que ella le venciera. Equilibró las alas y se lanzó tras ella, metiéndose entre las ramas de un gran castaño, un atajo que conocía. Salió disparado de entre los árboles y giró sobre el arroyo, volando muy bajo para dejar que le entrara un poco de agua en la boca. Estaba tan fría que quemaba.</p><p>--¡Te he ganado! -gritó, colgándose de una rama que caía sobre el arroyo.</p><p>--No, no me has ganado.</p><p>Shade dio un respingo. Marina colgaba a sólo unos centímetros de él, envuelta en sus brillantes alas, y con todo el aspecto de una hoja que no ha caído. Shade sonrió. Así era como la había conocido hacía tiempo en la isla.</p><p>--¿Qué tal llevas tu nido? -le preguntó Shade, sintiéndose de repente incómodo.</p><p>--Lo terminé hace unas horas.</p><p>--Me alegra que te hayas quedado con nosotros.</p><p>--Hmmm -dijo Marina perezosamente-. No podía resistirme a la novedad de ser la única Brightwing de tu colonia. Ah, por cierto, Chinook acaba de pedirme que sea su pareja.</p><p>A Shade casi se le atragantó un mosquito.</p><p>--¿Qué?</p><p>--Sí, hace sólo una hora.</p><p>--Oh -dijo Shade rígido-. Bueno, es un murciélago guapo, como tú dijiste.</p><p>--Ahora todos están eligiendo pareja. Te has dado cuenta, ¿verdad, Shade?</p><p>--Sí -respondió apretando los dientes.</p><p>--Y sabes que es algo que deseo desde hace tiempo, ¿verdad? -dijo Marina, mirándole fijamente-. Quiero decir que soy mayor que tú y que soy consciente de ello. Para ti todavía no es lo mismo. Pero yo tengo que crear un hogar. Ariel ha sido muy buena conmigo, pero ahora quiero tener mi propia familia. Lo entiendes, ¿verdad?</p><p>--Sí -dijo Shade, apartando la mirada.</p><p>--Entonces, ¿serás mi pareja? -dijo Marina con una amplia sonrisa.</p><p>--Que sea tu... y ¿qué pasa con Chinook?</p><p>--Le dije que no, gracias. Hice lo adecuado, ¿no te parece?</p><p>--No te permitiré que seas la pareja de nadie excepto la mía -dijo Shade, pasando el ala por la espalda de Marina y atrayéndola hacia él.</p><p>--Bien -dijo Marina, y su voz quedó suavizada al hundirse en el pelo de Shade-. Entonces todo está bien.</p><p>--Creí haber oído vuestras voces -dijo Ariel, aterrizando sobre la rama.</p><p>--¡Marina va a ser mi pareja! -exclamó Shade.</p><p>--Lo sé. Ya me lo ha dicho.</p><p>--¿De verdad? -preguntó, mirando a Marina.</p><p>--Bueno, vamos, Shade, era obvio. ¿Quién más podría soportarte?</p><p>--Estoy segura de que ambos seréis muy... competitivos -dijo Ariel con una sonrisa-, y también felices -añadió. Miró a Shade-. Tu padre dice que la cámara de los ecos casi está terminada.</p><p>Shade asintió.</p><p>--He estado hablando con las ancianas y hemos decidido que seas tú quien cuente nuestra historia más reciente.</p><p>--¿Yo? -dijo Shade. Jamás había imaginado ser merecedor de tal honor. Su voz contando una historia a las paredes de la cámara de los ecos, viviendo a través de los siglos, mucho después de que él hubiera muerto. Quedaría allí para siempre para la colonia de los Silverwings.</p><p>Su madre asintió.</p><p>--Frieda lo habría querido así. Es tu historia, Shade.</p><p>--Me encantaría hacerlo -dijo.</p><p>--Empezaremos después del amanecer -dijo Ariel, y se alejó volando.</p><p>Shade miró al cielo cada vez más claro entre las ramas del árbol. A su alrededor, los pájaros empezaban su coro del amanecer desde sus nidos, e incluso llegó a oír el ululato de un buho a lo lejos. Y el sonido ya no le dio miedo.</p><p>--Vamos -le dijo a Marina-. Te mostraré el mejor lugar del bosque para ver salir el sol.</p><p/><p/><p/><p/><p/><p/><p/><p/><p/><p/><p/><p><strong>NOTA DEL AUTOR</strong></p><p/><p>Durante la Segunda Guerra Mundial, el ejército de los Estados Unidos de América inició el denominado «Project X-Ray», un programa de alto secreto en el que se adiestraba a murciélagos para que transportaran y arrojaran explosivos. El proyecto terminó por desestimarse después de que cientos de murciélagos escaparan del campo de pruebas, hicieran arder varios edificios del ejército y se alojaran en un gran tanque de combustible. Este incidente histórico fue lo que inspiró una de las historias principales de <emphasis>Sunwing.</emphasis></p><p>También encontré en las mitologías maya y azteca una rica fuente de ideas a la hora de escribir sobre Goth y los Vampyrum Spectrum. Los aztecas poseían una enorme y preciosa piedra-calendario, cuya precisión estaba muy por encima de todo lo que había en Europa en aquel momento. Esa piedra es, en mi historia, la que predice el eclipse total y la noche eterna (los aztecas sentían un profundo temor a que el sol se extinguiera para siempre en ciertas fechas).</p><p>Bridge City, la Ciudad del Puente, está inspirada en Austin, una ciudad de Texas, donde la parte inferior del puente Congress Avenue alberga a más de un millón de murciélagos Freetail, que pueden ser vistos inundando el cielo al anochecer. </p><p>Por último, se me ocurrió la idea de Statue Haven, la Estatua Refugio, después de ver la gigantesca estatua del Cristo Redentor en el monte Corcovado, que domina la ciudad de Río de Janeiro.</p><p/><p/><p/><p/></section></body></FictionBook>